domingo, 1 de junio de 2014

Exótico Marruecos (I)

Siempre había pensado que cuando fuera a Marruecos, elegiría el circuito más amplio, el que englobara o abarcara más cantidad de territorio marroquí.

Había leído que los contrastes son incontables: El norte con el sur, el este con el oeste, la tierra y el mar....Y yo quería abarcarlos todos. Así que diez días me esperaban para poder experimentarlos.
Una incongruencia: Por qué el mayorista de viajes me obliga a ir a Madrid y de Madrid a Marrakech si estoy solamente a 200 km del país?????? En fin, como siempre digo la insularidad se paga.
Cuando llegamos al destino, estaba lloviendo y claro, la imagen que tienes de seco y árido se transforma, y te da la explicación de la existencia de sus vergeles y la cantidad y variedad de frutas y verduras.
Recogimos las maletas y las llevamos hasta el microbús. Llegamos al hotel Ryad Mogador Menara.

Al día siguiente empezamos con las excursiones. Después de un buen desayuno fuimos a los Jardines de la Menara.


El otoño, en Marrakech es una bendición. Irrumpe con su brisa y anuncia un sol más clemente. Cuando coincide con el Ramadán, un mes de ayuno durante el día, resalta la idiosincrasia de la gente, forjada a base de recogimiento y fiesta.

El Jardín de Alá, plantado de rosales, naranjos, adelfas, buganvillas, jazmines, sauces, margaritas, olivos y palmeras, y tejido por el vuelo de tórtolas, colirrojos, ruiseñores y golondrinas, eso debe ser Menara...

Se llega a través de la puerta Bab el Jedid, por la avenida que bordea el fastuoso barrio Hivernage. Paseando bajo la sombra de los olivos centenarios se aprecian las sutiles canalizaciones de agua y se llega al pabellón imperial, que se alza como un juguete destinado al ocio de los príncipes. Es sencillo, pero el estanque donde se mira, la luz diáfana, las palmeras del olivar, y sobre todo las montañas del Atlas, magnifican y realzan su belleza ensoñadora.

Seguimos hacia la Kutubia. Los jardines de su alrededor hacen seto a esta torre de más de setenta metros de altura, que apunta al cielo sus tres esferas de bronce dorado. Cuentan que fueron hechas con las joyas de oro de una princesa que las ofrendó como penitencia por un pecado inconfesable.

El urbanismo de la ciudad lo rige la Kutubia, que debe su nombre a los libreros que vendían manuscritos en el atrio- kutub significa libro-. El premio Nobel de Literatura Elías Canetti dice en  " Las voces de Marrakech": Siempre puede uno subir a la azotea y ver de un golpe de vista todos los terrados de la ciudad. Se tiende a pensar que sería posible pasear sobre la ciudad entera.

Las tumbas Saadies son una especie de cementerio de lujo para los miembros de la dinastía Saadi, parte de la historia de este país. Hasta 1917 en que se abrieron al público por primera vez estuvieron completamente cerradas por lo que su estado de conservación es muy bueno.



Aquí uno de los guardianes de las tumbas, en pleno descanso.

Asesinatos y traiciones salpicaron la agitada historia de la dinastía saadí. Sin embargo, el bello jardín que guarda esta necrópolis real, disimulado detrás de altos muros, es un verdadero remanso de paz.
Situado junto a la mezquita de la Kasbah, fue redescubierto en 1917 por el servicio de Bellas Artes y Monumentos Históricos, cuyos intensos trabajos de restauración permiten apreciar hoy la magnificencia de este cementerio real, único testimonio del refinamiento y el poder de la dinastía saadí, que reinó en Marrakech entre 1524 y 1659, la llamada "Edad de Oro".

Cuando el sultán alauita Moulay Ismail (1672-1727) llegó al poder decidió borrar toda huella de la magnificencia saadí ordenando la destrucción de todas sus edificaciones. De ello da cuenta, por ejemplo, el Palacio Badi. Sin embargo, por temor a cometer sacrilegio, no quiso destruir los mausoleos y ordenó cerrar el jardín-cementerio con una gran muralla. El lugar era accesible por una única puerta desde la mezquita, la cual a su vez sólo admitía el ingreso a musulmanes, y entonces permaneció así oculto hasta 1917.

Aunque el lugar ya era utilizado como cementerio desde el siglo XIV, su esplendor se remonta al siglo XVI, cuando tras la muerte de Mohamed Cheikh en 1557, su hijo Ahmed El Mansour, conocido como "El dorado", mandó construir un mausoleo sobre su tumba. El mausoleo, de forma cuadrangular, fue llamado posteriormente "qubba de Lalla Masaouda", el nombre de su madre, quien fue también inhumada allí. Más tarde, la tumba fue embellecida y ampliada con una pequeña capilla, una gran sala y dos logias.

El segundo mausoleo es el más impactante por el cuidado y la belleza de la decoración.
De las tres salas que componen este mausoleo, sin duda las más atractiva es la llamada Sala de las doce columnas. Ocupando una posición central, consiste en una gran sala cuadrada que guarda la tumba de Ahmed El Mansour y sus dos sucesores -hijo y nieto-. Está coronada por una gran cúpula central que apoya en doce columnas de mármol de Carrara, rodeada por galerías cubiertas por cúpulas más pequeñas. Destacan los cielorrasos, finamente tallados en madera de cedro dorado.

Las paredes fueron cubiertas con azulejos esmaltados hasta dos metros del suelo y para el remate se utilizaron frisos con frases coránicas. Por encima de los frisos los muros están totalmente cubiertos de estucos imitando el dibujo del nido de abeja. En el piso abundan las lápidas de mármol adornadas con inscripciones y arabescos, algunas con frases poéticas que recuerdan las virtudes del difunto.

Una segunda sala alberga el mihrab (pequeño nicho que en las mezquitas indica el lugar adonde deben mirar los fieles para orar, es decir, en dirección a la Meca). Cuatro columnas de mármol blanco dividen el mihrab en tres naves y una gran claraboya provee de iluminación. Esta sala, que servía de mezquita, sólo guarda las tumbas alauitas, en particular la del sultán Moulay Yazid, muerto en 1792.

La tercera sala, llamada Sala de los Tres Nichos, está también profusamente adornada con mosaicos y estucos y guarda las tumbas de los príncipes saadies que murieron siendo pequeños y las mujeres y concubinas de los príncipes.

El Palacio de la Bahia.
El suntuoso palacio "de la bella" habría sido dedicado por el visir Ahmed ben Moussa
a una de sus favoritas.

La construcción del Palacio fue encargada por Ahmed ben Moussa, hombre influyente, hábil y poderoso, que fue visir (el cargo más alto luego del monarca) del sultán Abdelaziz a finales del siglo XIX.

A partir de una antigua residencia, que fuera propiedad de su padre, y apropiándose de un conjunto de casas adyacentes, el visir encargó el trabajo de diseño y construcción de su palacio al arquitecto marroquí Muhammad al-Mekki. Las obras se prolongaron durante 6 años, desde 1894 a 1900, durante los cuales los mejores artesanos y obreros de todo el país trabajaron sin interrupción.

El palacio tiene 160 habitaciones, dispuestas en una sola planta y a un mismo nivel; el visir tenía problemas de movilidad debido a su obesidad. Habiendo surgido de la reunión de diversos inmuebles, el conjunto palaciego dio como resultado una sucesión, que puede parecer desordenada, de pequeños patios, jardines, salones y dependencias en los que no es difícil perderse sin un guía.

Detalle de uno de los techos.

El denominador común es una decoración exquisita, típica de la arquitectura marroquí, que alcanza sus puntos culminantes en las dependencias donde el visir recibía visitas oficiales.

En torno al palacio, las 8 hectáreas de parque son un verdadero remanso en medio de la medina. Se dice que Ahmed ben Moussa dedicó este magnífico palacio especialmente a su preferida entre las 4 esposas y 24 concubinas que conformaban su harén; de hecho, palacio de la Bahia significa palacio de la bella o la brillante.


Se puede visitar sólo un tercio del palacio; el resto es propiedad privada de la familia real.


Sin duda, lo que más impresiona del palacio de la Bahia es el gran patio, llamado Patio de honor.

Consiste en una inmensa explanada de 50 por 30 metros, cubierta de mármol y zelliges (mosaicos geométricos típicos de Marruecos), rodeada completamente por una galería que apoya en esbeltas columnas de madera decapada.

Las numerosas habitaciones que dan a este patio eran ocupadas por las concubinas del visir y sus hijos.

También a este gran patio daba la imponente Sala de Honor de 20 por 8 metros, la más grande y suntuosa del palacio, utilizada en recepciones oficiales y cuyo cielorraso pintado destaca por su belleza.

También se pueden visitar pequeños patios interiores que dan paso a salas donde Moussa recibía a los gobernantes y embajadores, tales como la Sala del Consejo, donde resalta especialmente el cielorraso pintado, u otras que fueron sus apartamentos privados.

Más tarde, en estas salas fueron instaladas las oficinas del mariscal Lyautey, en tiempos del protectorado francés en Marruecos.


El visir Ahmed ben Moussa era un hombre influyente, envidiado y temido por su crueldad, hasta el punto en que el mismo sultán, cuando Moussa fallece en el año 1900, ordenó saquear el palacio de la Bahia y trasladar las pertenencias a su propio palacio...

Todo el Palacio de Bahía (la Brillante) es de una sola planta, construido en apenas 6 años.

La riqueza del palacio manifiesta la capacidad acaparadora de riquezas de los gobernantes de fecha aún tan reciente, así como un poder ilimitado: el palacio de construyó sobre propiedades particulares que fueron progresivamente expulsadas, y de ahí su forma extensiva e irregular sobre casi 80.000m2.

El conjunto es una sucesión de patios que permiten tránsitos entre ambientes y usos diferenciados, de conseguido contraste y maestría.

Después de la visita, fuimos de camino a la Plaza de Djemaa el Fna.




Un vendedor de agua con su atuendo típico. Lucen los atuendos de los antiguos vendedores de agua, aunque a menudo no tienen una gota y sólo intentan cobrar por alguna foto a los turistas

Verdadero "corazón" de la ciudad de Marrakech, la plaza Djemma el Fna ocupa un amplio espacio en el centro de la medina.

No se sabe exactamente cuál es el origen de su nombre. En árabe significa "Plaza de la muerte", lo cual haría referencia a las ejecuciones de infieles y delincuentes que tenían lugar en esta plaza en otros tiempos; por otra parte la palabra djemaa también quiere decir mezquita y en este caso podría relacionarse con la explanada de una antigua mezquita almorávide que se encontraba en las cercanías y que fue destruida.

Muchas plazas del mundo son famosas por la belleza o importancia de los edificios que las rodean; pues este no es el caso. Sin estar rodeada de edificios remarcables podría sorprender que este gran espacio poligonal suscite tanto interés en los turistas de todo el mundo. Es que el gran atractivo de esta plaza es la gente y sus costumbres, el ir y venir de los marroquíes que según el momento del día la vacían o la llenan.

Una vez superados la sorpresa y el asombro que provoca toda esta multitud bulliciosa, es una buena idea refugiarse en uno de los tantos cafés-restaurantes que rodean la plaza, entre ellos el Café de Francia y el Café Argana, los más populares. Sus terrazas ofrecen un lugar privilegiado para tomar distancia de la multitud y observar todo el movimiento, todo el dinamismo de este verdadero espectáculo a cielo abierto, clasificado como Patrimonio Oral de la Humanidad por la UNESCO en el año 2001.
Nosotros, por recomendación del guía, elegimos este:
Chez Chegrouni
Es un restaurante muy popular entre turistas y residentes locales y una opción perfecta para vegetarianos y gente con estómagos delicados.

Ofrece todos los platos típicos de Marruecos y tiene una pequeña terraza en la parte delantera. Al contrario que otros restaurante económicos, no utiliza caldos de carnes en los platos vegetarianos. Aunque se trata de un local pequeño y sencillo, está muy limpio y bien dirigido y es con justificación uno de los lugares favoritos de la ciudad.

Hay que elegir sopas, ensaladas, carnes , cuscús y estofados de carne (tajine) en el menú (en inglés) y escribir la orden sobre una de las servilletas de papel, darlo a un camarero y volverá como su factura al fin de la comida.

Y de sobremesa uno de los mejores tés que íbamos a probar en todo Marruecos.

Después de la comida un paseo por el zoco. Estuve tentado de cambiar mi dentadura por una de estas:

De vuelta, desandando el camino, llegamos a Djemaa de nuevo.
 
Según se aproxima la noche la plaza se anima aún más con la llegada ruidosa de incontables carros ambulantes que invaden el espacio, proponiendo comidas típicas llenas de sabor y color: couscous caliente, cabezas de cordero asadas, ensaladas, buñuelos... todo listo para degustar en mesas dispuestas ahí mismo.


También nos ofrecen frutos secos...

Y tras esta primera e intensa jornada nos fuimos a descansar, ya que al día siguiente empezaba el gran circuito

1 comentario:

  1. jajajaja esa dentadura mola jajaja

    Maravillosos palacios tienen, que fotos mas lindas!!!!!!

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