jueves, 30 de mayo de 2013

Bali, la Isla de los Dioses ( IV)

Y el siguiente día fuimos a visitar el lejano oeste...
Empezamos por el templo junto al mar, Pura Rambut Siwi.





Enclave precioso, único; una unión de la tierra y el mar gracias a la arquitectura religiosa de este templo que ocupa dos niveles.
Hay que aparcar el coche en la carretera, en las puertas del complejo, y cruzar una gran campo de arroz, hasta llegar al templo superior sobre un acantilado en la playa de Medewi. El recinto se construyó para la veneración no de un dios, sino de un sacerdote, Dang Hyang Nirarta, ya que curó a los aldeanos de una rara enfermedad mortal. Un meru de tres alturas y un santuario en forma de pabellón que guarda un mechón de pelo del santo, son los lugares más venerados del lugar.










Tras pagar una entrada exploramos todo el recinto y pasando por la parte trasera bajamos a la orilla del mar, donde encontramos un templo escondido en la roca y varios templetes de ofrendas pegados al agua del mar. Paseando llegamos a un puente con una escalera que nos llevó de nuevo al punto de partida.










































Una maravilla donde pasar momentos de asombro por el increíble paisaje y el recogimiento y silencio de los templos.

Seguimos camino, parándonos para probar la estupenda fruta balinesa.





Más adelante nos encontramos de frente con la puerta de Bali.






Al Arco de Gilimanuk lo llaman la Puerta de Bali y el porqué se encuentra unos kilómetros más adelante, en el pueblo que le da nombre.
Al parecer, antes de la existencia de los aeropuertos y de que se construyeran otros muelles en la zona y en la isla, ésta era la única vía de entrada para los comerciantes y flujo de emigrantes e inmigrantes en la relación con la vecina Java.
El arco, que aparece repentinamente en la carretera semivacía que recorremos, me recuerda a Marbella, o a esas ciudades de Oriente Medio que dan la bienvenida al visitante haciéndolo pasar por debajo de un gigantesco alarde arquitectónico.








En este caso, el exotismo de su diseño, alivia la impresión de delirio de grandeza y la transforma en algo digno de ver, sobre todo si nos paramos a pensar que se trata de un enorme arco de cuatro pilares adornado con cuatro dragones y en dirección a los cuatro puntos cardinales. Cuatro, número mágico.
En su centro hay un trono celestial que cobija a los dioses que protegen a los que pasan bajo él.
Es curioso que bajo el trono haya una pequeña lámpara. Mientras observaba el detalle me imaginaba la luz que podría dar esa bombillita de noche. No creo que alcanzara a iluminar ni siquiera el principio del arco.


Gilimanuk es el puerto de transbordadores de Java. Poco más hay. Apenas unas casitas, algunas granjas, algún lugareño caminando sobre el duro sol del oeste de Bali, algunas vacas pastando en los márgenes de la carretera.
La idea era llegar hasta la orilla para ver el flujo de gente que se mueve constantemente entre Bali y Java, en los transbordadores que salen cada pocos minutos.





Pero como en toda la isla, el acceso a la zona de puertos de embarque está muy vigilada y es estrictamente accesible sólo para los pasajeros que van a realizar la travesía.
Así que dimos la vuelta, pero he aquí que encontramos una luminosidad que provenía de lo alto de un cerro. Y como si peregrináramos, nos dirigimos allí.
Resultó ser una gigantesca y nívea estatua de Buda, en actitud de paz y conciliación, hecha en mármol y que estaba recién instalada. Tanto, que los operarios aún trabajaban en el afianzamiento de sus cimientos y en los edificios adyacentes que servirían de templo y de museo. Se eleva hasta una altura total de 25 metros sobre el nivel de la carretera, destacando como un faro de fe en medio del verde del entorno.













Observamos largo rato y sacamos fotos desde todas las perspectivas. Y por supuesto, imaginé como sería cuando el tiempo le regale su pátina....

En el camino a casa nos encontramos con mucha gente que caminaba por la carretera. Eso nos dió la pista que buscábamos.
El Mausoleo Jayaprana, que vendría a ser la traducción del indonesio, es sobre todo un templo. Pasar por delante de él, sin verlo, es lo más fácil del mundo, ya que sólo en el momento en que vemos una aglomeración impresionante de gente, a ambos lados de la carretera, más una inusual cantidad de comerciantes de objetos rituales y recuerdos, acompañados de los inevitables aparcacoches nos damos cuenta de que estamos ante un lugar de gran culto.









Aparcamos el coche y nos encaminamos al templo. Pero no va a ser tan fácil. como si de una penitencia se tratara, debemos subir los más de 300 escalones que nos llevan por una vía abierta en el bosque hasta la cima de la colina.
Una vez arriba, ante el recogimiento, la paz y el sentimiento de los orantes, abandonamos momentáneamente las ansias de fotografiar, y nos limitamos a capturar las imágenes con la vista y el corazón.
Uno de los allí presentes nos explica el origen del sitio. Al parecer, el santuario se construyó en en emplazamiento de la tumba de Jayaprana, un héroe romántico de la mitología balinesa. Según la leyenda, se casó con una mujer llamada Layonsari tan bella que uno de los señores feudales decidió liquidar a nuestro héroe para poder casarse con ella. Casualmente unos piratas habían desembarcado en la isla y el señor, confabulado con ellos, envió a Jayaprana para que los echara. Los piratas, tras una ardua lucha, mataron al héroe y el señor se vio con el campo abierto para sus delirios amorosos. pero he aquí que nuestra chica, antes de caer en sus garras y desesperada por la muerte del héroe, prefirió suicidarse antes de ser de otro hombre.
Esta historia, común en muchas culturas, siempre es motivo de alabanza por sus valores amorosos y leales. Y Bali no iba a ser menos, así que desde hace siglos, los admiradores de la pareja peregrinan hasta el templo para pedir favores de amor ante su tumba, decorada con las estatuas del héroe y de su esposa.
Tanto al subir como al bajar notamos que la mayoría de los peregrinos son gente muy joven, sobre todo parejas a punto de contraer matrimonio que piden ayuda para que su amor sea eterno....

Y para finalizar el día, una auténtica maravilla, el árbol-tunel.
El que diga que los lugares mágicos no existen está equivocado. no hablo de magia en el sentido harrypoteriano de la palabra, sino magia de encanto, de apresar los sentidos y cautivarlos de tal modo que parezcan esclavos de una visión.
Las carreteras de Bali guardan muchas sorpresas, y son de todo menos aburridas, ya que en cualquier momento puede aparecer una sorpresa, algo curioso, que llame nuestra atención, incluso más que muchas de las atracciones famosas que pueda tener la Isla.



Trasteando por el occidente balinés, cerca de la costa y en dirección a la capital, de camino a la población de Pekukatan, la carretera serpentea entre campos de café y arroz, pero también atraviesa un árbol. la imagen que se presenta es la de un inmenso ejemplar bunutan que ha dejado que el tiempo, los coches y las motos pasen a su través, sin herirlo.







Como un majestuoso dios que se ha parado en medio de nuestro camino, nos permite observarlo y admirarlo, ser testigo de como sus raíces se han arqueado de manera que forman un túnel perfecto.
Es tal la admiración que los habitantes de las aldeas que lo rodean le profesan, que han levantado dos pequeños templos a su lado, como para que entre los dioses y el gran bunubutan no dejen de derramar sobre ellos sus bendiciones.
Yo ya me considero bendito por haber gozado de la visión de un gigante que merece todo el respeto y la admiración de sus visitantes.

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