lunes, 3 de junio de 2013

Escala en Tunez

Al ratito ya habíamos atracado e el puerto de la Goulette y después de almorzar bajamos a dar un paseo hasta Sidi Bu Said por nuestra cuenta. Tras cruzar la terminal de cruceros salimos del recinto y llegamos hasta la gasolinera. Cojimos la calle que está justo enfrente y llegamos al metro- tren. Ya sabíamos que en el metro no se aceptaban euros, asi que entramos al pueblo de La Goulette y fuimos al mismo banco de la otra vez para cambiar 5 euros por cabeza y poder pagar el metro y los tés que nos ibamos a tomar en Nattes. La verdad es que para quien vaya con niños es un poco pesado hacerlo por su cuenta. Hay que caminar un rato para llegar al metro y encima hay que estar muy pendiente de sus horarios porque es una escala de sólo cuatro horas y un mínimo despiste nos puede dejar en tierra.

Estación:
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Aquí llega el tren.
El nombre del pueblo proviene de Abou Said ibn Khalef ibn Yahia Ettamini el Beji. Desde 1920, el pueblo destaca por la ley que Rodolphe d'Erlanger aprobó, obligando a todos los habitantes de la localidad a pintar y mantener sus casas de color blanco, menos las puertas, ventanas y rejas que tienen que ser de color azul claro.






Como ya habíamos estado en marzo nos dedicamos a callejear y sacar fotos.








El famoso Café des Nattes o de las esteras. El lugar ideal para tomar un té con piñones mientras se observa el ir y venir de la gente.
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Aunque desde este recién abierto restaurante la vista no es manca...
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Sidi es famoso por sus puertas....
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Y el color azul y blanco de sus casas.
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Café des Nattes o Café de Esteras.

Es el café mas conocido de todo Túnez, está decorado con esteras, predominan los colores verdes y rojos de las columnas y techos.

En este Café des Nattes fue lugar de tertulias de escritores como Simone de Beauvier junto a su compañero Jean-Paul Sartre, Oscar Wilde, André Gidé, Maupassant, y también de pintores como Giacometti, August Macke, Paul Klee, así como el arquitecto Le Corbusier, entre otros.

Dentro, en bancos de todo el Café, las esteras se instalan con múltiples colores donde las personas se acomodan para disfrutar de té con menta y piñones o fumar shisha.


Aunque los tunecinos lo conocen simplemente como el Kahwa el alya -el café en lo alto-.

Las columnas interiores, con suaves tonos rojos y verdes, los colores del Islam, recuerdan que el lugar formó parte de la mezquita zaouita.

Es un espacio tranquilo y lleno de recogimiento, donde los hombres juegan al dominó o a la chkoba, un viejo juego de cartas heredado de los napolitanos, o fuman con calma un narguile, esa pipa tradicional árabe que permite absorber el humo del tabaco a través del agua perfumada, limpiando sus impurezas.

Pero lo más solicitado son sus dos pequeñas terrazas que dominan parte de la ciudad con el mar al fondo y ofrecen una buena perspectiva sobre su calle principal, cuajada de tiendas donde se venden toda clase de recuerdos típicos y puestos donde se puede, y se debe, practicar el difícil arte del regateo para conseguir a precio de ganga una deliciosa muestra de la artesanía local entre las que ocupa un lugar importante la confección de jaulas de intrincado trabajo. El rito exige pedir un delicioso té a la menta que sirven con un montón de piñones.

Pipas de agua, jaulas sin pájaros, marionetas de madera, espadas de verdad y también de mentira. La calle principal de Sidi Bou Said es un gran zoco de souvenirs y vendedores al acecho que se estira entre callejuelas empinadas y callejones sin salida, entre los peldaños de cada tramo de escalera y más allá. Si se mira hacia dentro, este pueblecito por el que siempre suspiraron las clases nobles es blanco, muy blanco. Si se mira hacia afuera, es azul, como el mar mismo que a sus pies lame las reliquias de la vieja Cartago. Sidi Bou Said tiene nombre de señor, aquel que, allá por el siglo XIII, se retiró al acantilado que hoy le sirve de alfombra para encontrarse con Dios.
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Estamos en tierra santa: hasta su café más famoso está construido sobre un antiguo templo sufí. Pero esta pequeña villa también es terrenal. Con un narguile en los labios y un vaso de té con su toque justo de menta, el barón inglés Rodolphe d’Erlanger se hizo construir, en el año 1912, un palacio para contemplar el atardecer. Fue él quien descubrió los encantos de Sidi Bou Said al resto de los mortales que hoy pueden pasear por su mansión, La Estrella de Venus, reconvertida en Centro de Músicas Árabes y Mediterráneas.

Pasear. Ésa es la clave. Perderse por esas calles que se elevan hasta el cementerio, romántico y con vistas, y descienden una y otra vez sin que un solo ruido altere la paz que se consigue lejos de su mercado, entre casas blancas de puertas que de tan azules parecen recién pintadas.

Paul Klee y tantos otros encontraron aquí sus musas, que hoy se reparten entre los cuadernos de hojas a cuadros de improvisados poetas que leen sus versos mientras el visitante cumple con el ritual: subir las escaleras del Café des Nattes y tomarse un té con piñones mientras en la radio suena la misma canción de siempre.

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 Una vez finalizada la visita a Sidi, tomamos el tren de nuevo, que después de 30 minutos nos dejó en la avenida principal.
Nada más franquear la puerta de Francia, llamada antiguamente puerta del Mar, comienza la ciudad moderna, atravesada por la gran avenida Bourguiba, cuyos edificios de estilo colonial de principios de siglo contrasta vivamente con la arquitectura de lo que vino a llamarse la ciudad de los indígenas.
La catedral se llama Catedral de Sant Vicente de Paul, es del año 1882, de estilo neobizantino y su construcción es una de las primeras acciones de los franceses tras obligar al bey tunecino a aceptar el protectorado en 1881.
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Puerta de Francia.
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Plaza de la Victoria, un punto de entrada a la Medina; sin pensarlo dos veces nos lanzamos a su interior. Callejuelas estrechas llenas de colorido y abigarradas de gente, encrucijada de comercios que convierten el recorrido en una continua invitación, infinita variedad de artículos, enseres que se escapan de unos minúsculos espacios donde el dependiente ha de salir para que puedas entrar a examinar la mercancía. Los suqs, zocos en árabe, forman un auténtico laberinto: el de los perfumes, las especias, los frutos secos y dulces, el de las alfombras y tapices, marroquinería, joyerías, ...
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Todo esto tiene un fin, la venta. Huelen al turista y saben que tarde o temprano caerá en la tentación de adquirir algún objeto, ya sea grande o pequeño, caro o barato, da igual, hay que vender. No cejarán en su intento y constantemente repiten “de dónde eres, quieres algo, más económico, pasa a mirar ...”. Quizás, si es la primera visita que hace a una Medina, uno se puede sentir agobiado por esta presión, pero no hay que dejarse conducir por esa aparente imposición. Lo mismo ocurre si se viaja a Marruecos, Egipto, Turquía, ...
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Con una antigüedad de 13 siglos de historia y numerosos monumentos, la que hoy vemos es una ciudad que ha permanecido sin inmutarse desde el siglo XVIII: tiene las mismas callejuelas tortuosas, incluso sin salida, los soportales con forma de estrella, los sonidos, perfumes e, incluso, hasta los mismos olores que tuvo en otros tiempos. Por estas razones fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.
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Si queréis entrar en una auténtica casa tunecina, al lado del restaurante Dar El Jeld encontraréis Dar El Béhi, un precioso edificio del siglo XIII con cerámicas del año 600, completamente restaurado y abierto como sala de té. Aquí podréis tomar una bebida tranquilamente y probar las pastas (menos de 3 E), además de cotillear todas las habitaciones acompañados de la dueña de la casa, que estará encantada de mostraros sus preciosos muebles, la gran cocina, los salones, las estancias y su colección de trajes tradicionales. Todo ello rodeado de una atmósfera de lo más acogedora.
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“La Medina de Túnez representa, más que cualquier otro lugar, la identidad tunecina. Era el lugar de las ideas y de nuestra cultura y en gran parte todavía lo es”, dice Camila Binous. Esta historiadora y urbanista cada domingo por la mañana organiza una excursión guiada por la Medina que dura aproximadamente tres horas (se sale de Le Diwan, en la rue Dar El Jeld, a las 9.45 h y se puede reservar en 00 216 98 36 84 85). Camila conoce perfectamente su historia y la cuenta con todo lujo de detalles y anécdotas.
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 Y volvimos al barco empapados de todo el sabor de Tunez.

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