domingo, 3 de noviembre de 2013

Escala en Madeira

Tuve la gran suerte de visitar Madeira, tan cerca y al tiempo tan lejos de todo, en una escala de crucero.
El tiempo no era mucho y amenzaba lluvia, así que decidimos alquilar los servicios de un taxi para que nos llevara a tomar un primer contacto con las múltiples bellezas de la isla.


Y empezamos por el Jardín Botánico.
No es de extrañar que una isla que se nombre Madeira, llamada así por la cantidad de árboles que poseía, materia prima para fabricar barcos, casas y demás menesteres para las conquistas portuguesas, pueda albergar un Jardín Botánico de una exuberancia tan impresionannte.




Por momentos, por rincones, nos sentimos inmersos en los jardines coloniales de Brasil, con especies tropicales de gran tamaño que sólo podrían darse en condiciones muy especiales y que cobijan construcciones como el pequeño museo de animales disecados pertenecientes a la familia Reid, propietaria de los terrenos donde se asienta el Jardín.













No debemos obviar la visita a esta casa, ya que el ambiente dentro, nos lleva inmediatamente a las casas coloniales que fueron levantadas en América, Africa y Asia por los grandes hacendados que siguieron a los conquistadores.
El año 1960 fue fundamental para la creación del Jardín, ya que fue el momento de dar salida a un proyecto que hacía tiempo rondaba en la cabeza de los miembros de la familia Reid, dotar de un fabuloso lugar de esparcimiento para los madeirenses y que al tiempo pudiera generar ganancias.








Así que en su finca, que databa de 1881, crearon un Jardín fastuoso de 80.000 m2 que se convirtió en una delicada muestra de flora autóctona europea, isleña y de las colonias portuguesas.






Jardines de estilo inglés y francés, fuentes, pequeñas cascadas, una muestra de las famosas y simbólicas casinhas de Santana, inevitables y queridas cuando pensamos en la Madeira rural, un pequeño muestrario de loros y aves exóticas, senderos y rincones mágicos y en lo más alto un pequeño restaurante para recuperar fuerzas y disfrutar de la maravillosas vistas sobre Funchal.






Y todo ello de la única manera permitida por la orografía de la isla, en forma de grandes escalones o terrazas, unidas por veredas o caminos más transitables, incluso para personas discapacitadas.
















Uno de los puntos de visita obligada cuando nos hospedemos en Madeira, o cuando como yo, la visitemos durante la escala de un crucero.



















Pico de los Barcelos
La carretera que sale desde Funchal, nos conduce hacia el interior de la Isla de Madeira. Es absolutamente obligatorio y necesario detenernos es este punto panorámico para disfrutar de una de las mejores vistas de la Isla.






Tras dejar el coche en un pequeño aparcamiento, en nuestro caso un taxi que por 20 € nos ofreció una visión bastante completa del norte de Madeira, subimos hacia el mirador por una explanada pavimentada en piedra donde habían colocado unos puestos de recuerdos que abarcaban artesanías, camisetas con dibujos variados, vinos, dulces y licores. Pasada la zona de mercaderías, entramos al mirador propiamente dicho, guardado por una cruz de piedra con la inscripción Laudeter Iesus Christus- la forma correcta debería ser Laudetur Iesus Christus- que quiere decir Alabado sea Jesucristo. Esta cruz sigue la costumbre de colocar en los puntos más altos de las tierras un calvario o cruz donde orar al llegar a la cima.







Pasada ésta, encontramos una zona arbolada donde se ubican los balcones que prácticamente en 360º nos dan una visión realmente espectacular de la costa y los montes de Madeira.


Desde sus 355 metros de altura, este mirador construido en 1950, permite hacernos una idea de la situación estratégica que tuvo la isla para todos aquellos que cruzaban el océano hacia América y a su vuelta, así como el atractivo que posee para los visitantes que vienen a pasar largas temporadas por lo benigno de su clima o a disfrutar de unas horas de escala al navegar en un crucero.







Cámara de Lobos
Quien haya tenido la suerte de visitar Madeira y antes o después, haber estado en Tenerife o La Palma, encontrará similitudes y parecidos a cada momento, no en vano las tres pertenecen a la Macaronesia, con una geología y orografía prácticamente idénticas, aún estando situadas en medio del mar y alejadas las unas de la otras en la distancia, que no en las costumbres.



Y eso se ve por ejemplo en lugares como Câmara de Lobos, un lugar que podría pertenecer perfectamente al norte de las dos Islas Canarias, tanto por lo agreste del paisaje montañoso que la rodea como por la forma de los ríscos que la protegen de los embates del mar.




La disposición de las casas, que parecen salir del mar también refuerza la idea del parecido.
Incluso la presencia de los animales que le dieron nombre ( los lobos marinos) es común a algunas de las Canarias.
Por supuesto la presencia inglesa fue determinante para la economía de los dos archipiélagos, así como el amor que los británicos le profesaban. No hay más que ver la serie de pinturas que W.Churchill realizó inspirado en la belleza agreste de Câmara de Lobos.

No hay más que dejarse llevar por el increíble paisaje que rodea una de las primeras ciudades que se fundaron en Madeira para ser capaz de pintar, de componer o de fotografiar sus rincones.
Câmara de Lobos también es donde se inventó la “poncha”, una mezcla de zumo de limón, miel y aguardiente, que puede probar en las numerosas tabernas locales.

Mirador de Cabo Girão- Rancho
¿Han combinado ustedes la adrenalina de una atracción de feria de las buenas con una vista impresionante del mar y unos acantilados que parecen cortados a cuchillo?





Si no lo han hecho, seguro que cuando visiten Madeira no podrán resistirse a esta extraña sensación de caída a pico ( controlada)
Ciertamente no es una experiencia apta para cardíacos, ya que el desnivel de 580 metros realmente impone, aunque es , desde 2003 un alivio para los campesinos que tenían que vérselas con las alturas cada vez que tenían que subir el fruto de sus cosechas hasta la cumbre.







Desde arriba se tiene una vista impresionante del infinito océano y la verdad es que da un poco que pensar y admirar las gestas de los marineros portugueses al cruzar los mares en busca de quién sabe que países y riquezas.
El corte de los acantilados es realmente dramático, a cuchillo, a hacha, a sierra.....Impresionante.
Hay dos cabinas con 6 asientos que conectan Rancho y Fajãs do Cabo Girão, un lugar formado, principalmente de campos de cultivo y una hermosa playa, que puede verse desde el mirador de Cabo Girão, que adopta este nombre desde la primera vez que se circunnavegó la isla y fue el punto donde giraron las naves.









En lo más alto, un bar restaurante con un estupendo café, fuerte y cortito y la promesa de una comida bastante apetecible.

Y con esto dimos por finalizado el pequeño taxitour y decidimos explorar Funchal. Ese día había un mercado de productos de la isla.


Paseando por el puerto nos encontramos con el Restaurante Vagrant.

Help, I need somebody,Help, not just anybody,Help, you know I need someone, help!




Seguro que ésto es lo que cantaría el Vagrant si pudiera hablar, o más bien gritar, ya que lo pide a gritos: ¡Ayuda!
Extraña que aunque tanto se haya escrito sobre los Beatles, sobre su carrera, sus componentes, sus viajes y su vida, que tanto se haya pagado por sus pertenencias compradas al estraperlo o en conocidas casas de empeño y de subastas, queden aún flecos muy importantes por el mundo y que aún siendo conocidos no despierten el interés de millonarios o simplemente de filántropos con un poco de iniciativa.





Es lo que ocurre con el yate Vagrant, varado eternamente en el puerto de Funchal, Madeira después de haber surcado los mares del mundo, de la música y de la historia, ya que perteneció al grupo de Liverpool durante un tiempo. Pero su historia se remonta a 1941, cuando fue encargado por el multimillonario Vanderbilt en Maine, Estados Unidos, para que fuera, y lo fue, uno de los yates más lujosos del mundo.


Después de muchas peripecias y de miles de millas, sufrió un accidente en Gran Canaria que lo retuvo en la isla hasta que fue comprado por João Bartolomeu de Faria, madeirense que vio una oportunidad única de negocio.
Se acondicionó como restaurante, función que sigue desempeñando, rodeado de un aparatoso escenario ,de dudoso gusto, que simula el mar, pero no ha podido evitar que la desidia se ensañe con él. Ni el tiempo.
En teoría es un restaurante de pescado y marisco, de bastante caché; pero no conseguí averiguar si estaba cerrado por reformas, fuera de temporada o abandonado simplemente.
Si que vi, con mucha pena, que un pedazo de historia estaba varado en tierra, sin que pareciera importar a nadie, con paseantes que lo observaban como una curiosidad, al pasar por su lado..Y el Vagrant, el Vagabundo, gritaba ¡Ayuda!
Continuamos la visita por Santa Lucía.
Santa Lucía, o Santa Luzia en portugués, se formó al unirse administrativamente las tierras pertenecientes a la Sé Catedral y a lo que se denominaba "monte". Como ya la Catedral contaba con derechos administrativos suficientes sobre todo Funchal, fue la capilla de Santa Luzia , situada en la eminencia de la margen izquierda del río del mismo nombre la elegida para servir de sede de la nueva parroquia.







Al pasear por el barrio percibimos rápidamente que su actividad es eminentemente comercial, con varios puntos localizados de administración del Estado, como oficinas de Hacienda y de Salud.


Pero no sólo de trabajo vive el hombre, y menos los agradables madeirenses, siempre tan alegres y amigables, por eso tienen y disfrutan grandes fiestas, como la de Nuestra Señora de los Dolores, la de la Cruz, ambas datadas de la fundación de la ciudad, u otras como la del Santísimo Sacramento que marcan el carácter religioso de la Isla. Sin olvidar, por su puesto, su fiesta grande, la dedicada a Santa Lucía, en diciembre, que reúne a fieles de toda Madeira, devotos de la santa de las enfermedades oculares.



La Peña Alta es sin duda la mejor atalaya para observar no sólo el barrio sino la totalidad de la capital madeirense.
Entre los lugares que no debemos dejar de visitar, tenemos la calle Silvestre Quintino de Freitas , donde dominan una serie de hermosas casas , que combinan una arquitectura y una grandeza únicas.






Por otra parte , hay otras viviendas simples , de personas con escasos recursos, por lo tanto , la parroquia también se puede caracterizar por sus asimetrías.
Existen también varios restos de las antiguas construcciones militares y religiosas, que han sido restauradas combinando los nuevos materiales con la roca más antigua y cruda. Una maravilla.










Santa Lucía, donde lo más antiguo se mezcla con lo novedoso y lo moderno; donde la tradición no está reñida con las influencias que han venido por el océano.

Y para acabar nuestra visita nos acercamos al Barrio de San Pedro








Sin duda es la cara opuesta al barrio de Santa Luzía, más popular, más de pescadores y gente sencilla.
San Pedro lo marcan las casas y las iglesias, altas y grandes, inmensas, con balcones señoriales, desde donde ver pasar a la gente que conformaba el pueblo llano, galerías donde sentarse a bordar, coser o charlar mientras se veía resbalar las gotas de la frecuente lluvia por los cristales.




Casas palacio con enormes jardines que parecen agarradas al empinado terreno, intentando no caerse y mostrando temple y fuerza.
Como el Museo Quinta das Cruzes, que en el momento de la visita estaba cerrado y del que sólo pudimos ver el rojo patio. En este lugar,la historia cuenta, que residió João Gonçalves Zarco, Capitán y descubridor de Madeira y el primer dignatario de Funchal. Gente muy importante.



Otros edificios que descubrimos en esta zona noble y que tanto me recuerda a mis Islas Canarias ( es prácticamente idéntica a La Palma ) son el convento de Santa Clara, una verdadera joya no sólo por los tesoros que alberga, sino también por ser un edificio de finales del siglo XV, que llegó hasta hoy con la misma misión que llevó a su creación hace 500 años: un convento de monjas franciscanas.





Nos salen al paso edificios realmente extraordinarios, bien conservados y con una restauración impecable, cuidadosa. Pero también los hay que prefirieron quedarse viejos, morir un poco sin acabar de desaparecer, dejando el cascarón, resistiéndose a morir. Recuerdos de un pasado que fue glorioso, adornado por plazas, calles empedradas y patios, grandes jacarandas y buganvillas multicolores, la alegría de la vida frente a la decadencia y la decrepitud. Eso es São Pedro.










Y con esta visita llegó la hora de volver al puerto, a nuestro barco que iba a llevarnos de nuevo a casa con todos los recuerdos del viaje. Un crucero donde Lisboa y Madeira se habían ganado un lugar en nuestros corazones.




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