domingo, 9 de noviembre de 2014

Crucero por el Caribe (II)

El día siguiente anclamos en St Marteen.




Y claro, lo primero es ir a ver los famosos aterrizajes de Maho Beach.








Bueno, no siempre se puede tener todo.. Eso fue lo que pensé al llegar a Maho Beach, uno de los puntos fundamentales que conformaban la excursión en St Marteen.








Y es que durante meses estuve deseando ver ese momento en que los grandes aviones de compañías como la KLM ( por lo de la parte holandesa de la isla) o American Airlines, tomaban tierra en el aeropuerto. O mejor dicho, tomaban arena, ya que la pista está casi literalmente extendida sobre la playa.




Pero claro, no soy un controlador aéreo para decir quien y cuando aterriza a mi antojo, así que en los escasos 20 minutos que duró la parada en la playa sólo conseguí ver a un par de pequeños aviones que realizan rutas entre las islas del Caribe que rodean a St Marteen.



De cualquier manera no deja de ser espectacular la imagen de los aparatos, por pequeños que sean, aterrizando a unos metros de donde tienes la toalla o la piña colada, y quien tenga un poco de curiosidad, podrá ver en la red, vídeos de los chorros de aire de las grandes turbinas moviendo los parasoles y alguna que otra chorrada más propia de turistas un poco mal de la cabeza.




Me quedo con la imagen de la playa, pequeña pero realmente bonita, los aviones casi tocando nuestras cabezas y la tabla de surf, hincada en la arena con el orden y hora en que aterrizan los aviones del día.
Toda una atracción.
Pero hablemos un poco de la isla.
Con el corazón y la tierra dividido entre Francia y Holanda, el pedazo de Caribe que se llama Saint Martin o Sint Marteen, dependiendo del lado del que estemos, es una de esas curiosidades que derivan del periodo conquistador y colonial, restos de una época pasada pero fundamental en la historia del mundo.





Por muchas manos ha pasado, incluso por castellanas, hasta que definitivamente, en el siglo XVII quedó en las actuales por medio de esa división administrativa tan salomónica que se llamó el Tratado de la Concordia. Esa concordia pretende ser la bandera de identificación de la isla ante el mundo, hasta tal punto que quiera ser llamada " La Isla de la Amistad".






Sumémosle la fama de su cocina, mezcla de indigenismo, "savoir faire" francés y africanía pura, más un imán de color oro, sus playas nudistas, inmensas y de aguas transparentes y tendremos el coctail perfecto para una visita inolvidable.
Relajarse y disfrutar del mar, de la comida y de la gente. No hace falta hacer nada más cuando se visita esta pequeña Perla del Caribe.

Dos colores, dos contrastes, dos estados. La playa de Orient Bay fusiona, literalmente, el azul imposible del Caribe con la blancura virginal de los menudos granos de arena que la forman. Un auténtico espejismo que parece salido de una revista de viajes o de una postal de promoción. Un paraíso.







Y si encima, eres junto a tu acompañante, las dos únicas personas en los 800 metros que mide la parte "textil" de la costa, pues ya se llega casi a la perfección.
Lo de textil, evidentemente, lo digo porque si seguimos hacia el sur ( tengamos en cuenta que la playa está en el este de la isla) llegaremos a un parte exclusivamente nudista, donde curiosamente se han establecido varios bares, restaurantes y tiendas.




Se dice que es la playa más famosa de todo el Caribe y por ello creíamos que iba a estar a rebosar, pero se ve que la gente ese día estaba en otros menesteres o sencillamente estábamos en temporada baja, porque repito que estábamos SOLOS.









El lugar ideal para relajarse absolutamente, dar un buen paseo por la orilla de la playa en ambos sentidos o dejar pasar el tiempo tomando una cerveza bien fría mientras los colores y sobre todo la luz se apoderan de nuestro recuerdo.









La pequeña ciudad de Marigot es la capital del lado francés de St Martin. Aunque pueda parecer lo contrario, y sabiendo que estamos en el Caribe, podríamos pensar que lo que vamos a encontrar al llegar es la típica ciudad colonial europea, pero no es del todo cierto.




Aunque la ciudad es claramente francesa, tiene un toque puramente criollo en cada lugar que visitamos, cada cosa que vemos y en cada persona con la que hablamos.


Marigot se divide en dos áreas de interés para los que pasamos de manera fugaz por la ciudad.
En primer lugar la bahía, que alberga el mercado público y puestos de souvenirs, que bien merecen una visita. Si después de las compras tenemos hambre y tiempo, más adelante encontraremos numerosos bares y restaurantes al aire libre donde disfrutar de las vistas y ver salir a los transbordadores que van a Anguilla y St Barts.






Y la segunda área es la que abarca la colina donde se asienta el Fuerte de San Luis. Con unas espectaculares vistas a la bahía de Marigot encontramos el mayor monumento histórico de St. Martin, llamado así por el rey de Francia que no se perdía una cruzada.
Fue construido originalmente en 1767 para proteger el asentamiento en Marigot contra los invasores extranjeros, y sus planos de construcción fueron enviados directamente de Versalles por orden de Luis XVI antes de su aguillotinamiento.
Tras los acontecimientos de 1789, la fortaleza fue ocupada temporalmente por los holandeses para evitar una mayor propagación de las ideas y revueltas revolucionarias.
Hoy es un lugar perfecto para tener una visión de casi 360º de la capital y gran parte de la isla.


Philipsburg no es una ciudad grande, e incluso, si no fuera porque es capital de uno de los lados de St Maarten, podría parecer un pueblo un poco más crecido de lo normal.
Eso sí, tiene una preciosa bahía llamada Great Bay recorrida por una playa realmente hermosa, de arena rubia y fina donde pasar un rato más que relajante.





Paralela a ella y recorriéndola encontramos el Boardwalk, un delicioso paseo de lamas de madera que nos lleva de un lado a otro de la bahía.







Este paseo está acompañado por multitud de bares, restaurantes, tiendas de recuerdos y de ropa de surf, multitiendas.... Desde un tranquilo Budha Bar, donde tomar una cerveza helada mientras enviamos fotos de nuestro viaje gracias a su potente señal de WIFI, hasta un típico bar caribeño con músico que tocan, hacia la calle, las melodías que han hecho famoso este lado del Caribe.
Una vez llegados al final, recomiendo pasear por las calles paralelas al paseo, ya que esconden pequeños y preciosos edificios de la época colonial así como una de las rarezas de la isla: los enormes casinos al estilo Las Vegas que están repartidos como las setas en un bosque.
Realmente chocante...

Me encantan las playas que parecen un barrio más de la ciudad, las que te dan la impresión de formar parte de tu casa, como si en vez de tener jardín tuvieses arena y agua.




La de Great Bay es sin duda una de las más bonitas que he visto nunca porque conjuga en si misma la función de lugar de recreo de los habitantes de la ciudad, paseo, centro de comercio e incluso puerto para cruceros.
Claro que no podía ser de otra forma, ya que tampoco la isla es tan grande y la población está concentrada en unos cuantos puntos que son poco más que las dos capitales de las dos zonas, la holandesa y la francesa.











La playa no es muy grande, apenas 500 metros de arena clara y granada, llena de caracolas y coral, bañada por aguas transparentes que reflejan los edificios cercanos a ella y el cielo azul del trópico.
Llena de tranquilidad apenas rota por alguna melodía caribeña que de vez en cuando se escucha en los bares que la salpican, es un lugar perfecto para terminar la jornada en una de las dos capitales de la isla.

Cuando en el siglo XIV, el navegante Cristóbal Colón navegaba por el Caribe, se encontró de bruces con este pedazo de paraiso en medio del mar. Ese día, el 11 de noviembre de 1493, decidió ponerle el nombre de San Martín ( de Tours), el santo que correspondía en el calendario litúrgico, algo que era habitual en aquellos tiempos, quizá buscando la bendición de los santos en una España de lo más católica.







Aquel santo que vivió en el siglo IV después de Cristo, no se imaginaba que siglos más tardes, en aquella esquina caribeña iba a dar nombre a una iglesia cuando menos singular.
El templo del que hablo, que da a una preciosa playa y a un mar Caribe infinito, empezó a construirse en 1844 de manera modesta, por lo que en 1933 los parroquianos se dieron cuenta de que la necesidad de una iglesia más grande era perentoria, por lo que se pusieron a ello y la dieron por finalizada en 1952, casi 20 años más tarde...casi una catedral.








Cuando hoy entramos en sus predios, encontramos una iglesia que llama a la sencillez, a la ternura del pueblo llano, reflejo de sus creencias sin pretensiones, como el pequeño altar de dos caras de Nuestra Señora de la Salette, en el patio de la iglesia, con dos imágenes de la aparición de la virgen, una de ellas llorando y otra rezando por un lado del monumento y en el otro hablando a unas niñas de los Alpes...La representación de un milagro mariano de forma un tanto teatral.
Dentro, el amplo y luminoso espacio típico de una iglesia de los trópicos, de grandes ventanas, sin abigarramientos ni sobrecargas, se dedica plenamente al fin para el que fue levantada y para mayor gloria del santo francés. Una rareza en pleno Caribe.

La capital de la parte holandesa de la isla de San Martín es una mezcla muy pintoresca de estilos, basada en las influencias de las arquitecturas europeas, principalmente de los Países Bajos, con los gustos mas sencillos y tropicales de la gente del Caribe.




Pequeñas iglesias de sabor europeo, edificios de suave color pastel que reflejan la luz del trópico, viejos relojes que más parecen propios de Amsterdam o La Haya van alternándose con casas y pequeños chalets hechos de materiales sencillos pero de cuidado aspecto.
De ahí, que la calle principal, que circula paralela al paseo marítimo donde discurre toda la vida turística y de playa, sea el centro económico de la ciudad.




Aunque parezca increíble, las dos capitales de la isla, la francesa y la holandesa, basan sus economías en el turismo, pero en el turismo que viene a gastar su dinero en los gigantescas salas de juego que pueblan sus calles.
Como si de una pequeña y caribeña Las Vegas se tratara, los grandes centros lúdicos surgen ante nosotros como setas y siempre están a rebosar.




Perfumerías, joyerías y duty frees son el complemento ideal para esta ciudad que vive de sus visitantes pero que no deja atrás su pausada forma de vivir, tranquila y muy, muy caribeña.







Saint John's capital de Antigua



Es curioso ver como las capitales de estas pequeñas islas del Caribe son poco más que un par de calles que discurren paralelas a las costa, un calco de arquitectura, colores y formas que parece repetirse hasta el infinito.




No podemos esperar, por tanto, una gran ciudad, ni rascacielos, ni siquiera un centro comercial ( afortunadamente). Muy al contrario, lo que aparece ante nuestros ojos, en mi caso al bajar del crucero que me llevó hasta Antigua, es una mezcla de edificios con regusto colonial, en este caso inglés agrupados en apenas tres vías que nacen en el mismo muelle de cruceros terminado recientemente y van a morir juntas a un escaso kilómetro.




En ellas hay una interminable oferta de tiendas de recuerdos, de restaurantes, de agencias que ofertan tours por la isla, algún que otro banco y sobre todo bares estilo inglés donde acabar el día de playa bebiendo una pinta de cerveza.
No hay mucho más, pero no deja de tener su encanto ni de mostrar al turista su cara más amable y tranquila, sabiendo que el tiempo que pasa no deja de ser eso, un instante que poco importa donde no existe la prisa ni la ansiedad. La capital del paraíso de las 365 playas.



Catedral de la Inmaculada Concepción.





Nada menos que 72 años se necesitaron para levantar la estructura de esta basílica menor que se yergue en medio de la capital de Santa Lucía.
Creando la ilusión de ascender a los cielos, con el colorido del arte popular caribeño ( con murales pintados por el artista de la isla Dunstan St. Omer) y sus impresionantes vidrieras, desde 1899 es un lugar muy especial de oración y adoración.





Hoy en día, la Catedral de Santa Lucía es el centro espiritual de la Iglesia Católica Romana de la Achidiócesis de Castries.
Sólo hace falta caminar por las naves laterales para darse cuenta de que es una iglesia del pueblo, que lleva su esencia, y que tanto su constructor como quienes luego la ornaron provenían de él. Los contrastes de colores - los oscuros y serios que chocan con los verdes, amarillos y azules caribeños - la blancura de los altares y la delicadeza de los arreglos florales, dan mayor belleza a un espacio muy amplio, donde el uso de la madera y las columnas delgadas otorgan un aspecto de lo más airoso a este templo que desde su fundación ostenta el título de mayor catedral del Caribe. Una delicia...






















Apenas cuatro plataformas montadas a dos alturas, unos puestecitos de artesanías llevados por locales, un carrito de refrescos bien fríos, y sobre todo una espectacular vista sobre la bahía de Castries conforman el mirador de Government House Road.



Estos son los ingredientes que combinados y agitados por las numerosas curvas que nos llevan hasta él, conforman los encantos de este mirador que surge poco después de dejar atrás la capital de la isla de Santa Lucía.
Si encima hemos llegado, como el 50% de los visitantes en crucero, el paisaje se enriquece y embellece con la postal de nuestro barco en la terminal de cruceros, prácticamente a dos pasos del aeropuerto de la capital, a pie de ola, como el de Maho Beach, pero no tan famoso.



La mirada abarca también gran parte del montañoso interior de la isla que tiene un par de Reservas Naturales, y sobre todo la costa norte, aunque me quedo con la preciosa bahía de Castries.
Este es uno de los numerosos miradores que ofrece una isla de abrupto relieve con carreteras panorámicas que la recorren y vertebran, con una luz muy, muy especial....

Los Pitons
Así se les conoce, aunque uno sea el Gros y el otro el Petit ( Pequeño y Gran Pìco ).





Surgen del mar pegados a la isla de Santa Lucía, en el departamento de Soufriere, donde se levanta el grueso de las instalaciones turísticas con varios hoteles y apartamentos, en una isla por lo demás ocupada principalmente por vegetación y las salpicaduras de algún que otro pueblo.
Los Piton forman parte de la lista de la Unesco, como lo han sido de la simbología y el imaginario popular y turístico desde siempre; recordemos que la cerveza de la isla, que también se llama Piton, los lleva impresos en su etiqueta, y prácticamente todas las imágenes de la isla, así como su escudo ( dos triángulos de tamaños diferentes) tienen alguna relación con los montes.





Llegar hasta ellos no es difícil, aunque sea un viaje poco agradable para los que marean fácilmente, ya que una carretera que es en un 90% curvas, subidas y bajadas, lleva casi hasta su misma base, el pueblo de Soufriere.
Al parecer, escalarlos no es tan fácil como pudiera parecer, y más de uno ha tenido que recurrir a la contratación de guías para poder llegar hasta el mismo pico.
Bajo el agua también ofrecen la belleza que sólo pueden mostrar las rocas volcánicas, cobijo de decenas de especies de peces e incluso corales casi endémicos. El agua transparente del Caribe hace lo demás.
El paisaje es realmente increíble, y ver los dos Pitons, desde el mirador que se encuentra justo antes de llegar al pueblo, es un panorama único, la meta de toda visita a la isla.

Cerca del pueblo de Soufriere, según dejamos, por una secundaria, la carretera panorámica, plagada de curvas y desniveles que más parece una montaña rusa, llegamos a la cascada de Toraille.






Con unos 15 metros de altura no es quizá la cascada más grande que podamos ver, ni de lejos; pero el lugar merece la pena, ya que a lo frondoso del escenario, la frescura del agua ( que no fría, ya que no viene de neveros) y la fuerza con la que cae a modo de refrescante columna, se une el pequeño negocio que han montado en torno a la cascada.
Primero, hay que pagar un par de dólares por acceder a la poza, en una entrada que da paso a un conjunto de construcciones muy coloristas, eso sí, que quieren reproducir la arquitectura tropical de la isla y que albergan unas casetas privadas donde recibir masaje en los hombros y la espalda - no se si dados dados por profesionales- o hacernos una limpieza de cutis con productos naturales de la isla, sacados de los minerales del volcán.




El lugar merece una parada tan sólo por ver la cascada encajada entre las rocas y los árboles, aunque si nos damos un rápido baño, mucho mejor.

Así que nos despedimos de Santa Lucia.










Barbados suena a piratas, a playas de un color increíble, a paisajes tropicales de una luz cegadora o incluso a la mismísima Rihanna ( cuyo colegio, instituto y casa familiar ya forman parte del los circuitos por la isla). Pero no mucha gente sabe que suena también en los ecos de las gigantescas y magnéticas cuevas de Harrison, en el interior de la isla.
Empecemos por el nombre, que nada tiene que ver como hay gente que piensa, con Harrison Ford, por aquello de Indiana Jones, sino con Thomas Harrison, que era dueño de gran parte de la tierra en la que se esconde la cueva a principios de 1700.





























Durante los siglos XVIII Y XIX, varias expediciones se aventuraron en la gigantesca Cueva, pero no se sabe si por miedo o por respeto a su misma grandeza, ninguno de ellos llegó muy lejos. Debido a que las entradas naturales eran difíciles de encontrar y a que habían partes del interior que se presentaban como auténticos desafíos, la cueva seguía siendo un misterio inexplorado hasta 1970.





En el 74, un danés llamado Sorensen, ayudado por dos lugareños, jóvenes y aventureros, consiguieron cartografiar la mayor parte de las grutas. Cuando el gobierno se dio cuenta del tremendo poder turístico de las cuevas, puso manos a la obra y ensanchó túneles, abrió nuevos boquetes, instaló vías, e iluminación y organizó visitas guiadas a bordo de un tren que recorrería la mayoría del espacio subterráneo, unos 2,3 kilómetros.











Dentro, esperan a los visitantes desde entonces, maravillas como el Gran Salón, con sus 15 metros de alto, o multitud de cascadas que aparecen y desaparecen, juguetonas durante todo el trayecto. Podemos admirar las estalagmitas que sin prisa, crecen menos que el grosor de una hoja de papel al año, o los lagos subterráneos alimentados por una cascada de más de 12 metros de caída con un ruido atronador.






El tranvía interior, que ya no circula por vías sino que es un convoy eléctrico, lleva en su primer vagón un guía que va iluminando las diferentes salas y mostrándonos los detalles de la cueva.
Una vez fuera, un cuidado jardín con varias especies de gigantescos árboles y puestos de venta de artesanía y otros cachivaches completan el escenario de esta atracción natural. Especial atención a los ascensores acristalado que bajan a los visitantes desde la superficie hasta casi la entrada de la cueva.
Un lugar de aprendizaje y diversión para toda la familia.

El Boatyard es sin duda la playa más bonita de Barbados y también la más divertida, por todas las actividades que podemos hacer, la música que ambienta el gran local que organiza todo, y más que nada por la belleza del entorno.
Suele venderse la visita en las actividades de los cruceros, pero también puede irse de forma autónoma o seguir el consejo de los taxis que la proponen como opción al terminar una excursión concertada con ellos.











La oferta no está mal: transporte hasta el barco o al centro de la capital, un cóctel con o sin alcohol, una hamaca y una sombrilla. Aparte uso libre de duchas, servicios y casetas para cambiarnos, juguetes marinos, soga y trampolín para saltar al mar y un maravilloooooso wifi para subir las fotos y vídeos de nuestra diversión a las redes sociales o simplemente enviarlos a nuestros familiares y amigos.

















Y todo eso por sólo 12$, pudiendo estar todo el día disfrutando de las instalaciones con la posibilidad ( previo pago) de comer y seguir bebiendo en el bien montado bar de la playa.
La playa es enorme, preciosa y sobre todo muy limpia. El agua es cristalina y fresca. La típica postal de playa del Caribe, pero esta vez un poco más urbana. Una maravilla!!!



Y con esta imagen nos despedimos de las islas del Caribe y damos por finalizado un crucero maravilloso, en el que conocimos lugares nuevos, revisitamos otros que ya conocíamos e hicimos nuevos y maravillosos amigos que estarán para siempre en nuestros corazones.

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