domingo, 5 de abril de 2015

New York New York (V)

Todo el mundo lo conoce como el Flatiron, o "la plancha", incluso. Pero en realidad se llama edificio Fuller, que es el nombre del inversor que puso la totalidad del dinero para poder levantarlo.




Poca gente sabe también, que éste no fue el primer rascacielos de la ciudad de Nueva York, ya que el Park Row ostenta ese título desde 1897. Lo que si es cierto es que con sus formas imposibles, estilizadas y clásicas, como una reinterpretación del Renacimiento italiano, el Flatiron, de "sólo" 87 metros de altura abrió la veda en 1902 para la construcción de la Nueva Babel en la que se convertiría la isla de Manhattan.




La "plancha" empezó a crecer hacia arriba, cada vez más alto y cada vez más grande, tal y como quería su diseñador Burhham. Se pudo comprobar que nada era imposible en materia de construcción, y arquitectos, magnates y emporios comerciales se pusieron de acuerdo para batir el récord de altura, ya no sólo de Nueva York, sino del resto del planeta.
La importancia de este edificio es tal, que su forma modifica el microclima de Broadway, ya que acelera los vientos que llegan del mar y del interior. Su forma no es un capricho, sino una necesidad creada por la forma del solar donde se levantó, ya que las calles que confluían en la plaza Madison Square Park, la 5ª y Broadway acababan por unirse en ese solar triangular, en ese punto, el edificio tiene sólo 2 metros de ancho.




La idea era vender cada uno de los apartamentos (20 por planta), para uso de oficinas, y así abrir un centro de negocios alternativo al norte de Wall Street. Poco a poco se fueron alquilando, algunos con un contrato de 50 años, por lo que hoy en día, la idea de una empresa italiana que ya tiene comprado el 50% del edificio para convertirlo en hotel de gran lujo, tiene que esperar al año 2019 para que terminen las concesiones de alquiler.


Seguro que cuando llegue el momento, el Flatiron brillará con más esplendor que nunca entre el cielo y la tierra de Manhattan.

No se si puedo considerarme un purista de los viajes, pero cuando visité Little Italy esperaba encontrar un barrio más grande, más puro, al estilo de lo que a lo largo de mi vida había visto en las películas.




Lo que percibí fue un par de manzanas de casas, un poco descafeinadas que daban a entender que los que vivían allí ya no eran esos descendientes de inmigrantes italianos que fueron llegando a cuentagotas o a mares a lo largo de los siglos.




Martin Scorsese creó un imaginario en mí que no era el que yo veía. Él no reflejó el éxodo que durante la segunda mitad del siglo XX hizo que la mayoría de sus residentes se trasladaran a Brooklyn, ni el nacimiento de Nolita ( Norte de Little Italy), donde como setas han ido surgiendo tiendas de moda, panaderías y restaurantes que parecen decorados de cine para aquellos nostálgicos del sabor italiano que han paladeado en series y películas.




Por eso quedan muy pocos lugares y tradiciones culturales, y el carácter étnico e histórico de Little Italy se va convirtiendo en un recuerdo cada vez más borroso.






El barrio es realmente diminuto, absorbido por el siempre creciente Chinatown.
Aún así sobreviven los típicos restaurantes y trattorías con fotografías en los escaparates que recuerdan a las viejas glorias como Al Capone o nuevas estrellas como el Papa Francisco, alguna que otra panadería donde se encuentra la sabrosa focaccia y la centenaria iglesia de San Patricio, que fue sede de la Archidiócesis de Nueva York hasta 1879 cuando cedió el puesto a la catedral de la 5ª Avenida.
Quizá mi visión cambiaría si la visitara en septiembre, en las fiestas de San Genaro, cuando las calles se cierran y los italianos de Nueva York regresan al barrio para desfilar en la procesión junto al santo.

Así que a lo mejor para la próxima..
Quizá.

Foley Square
No suele ser un sitio muy visitado por los turistas que llegan a Nueva York; apenas si pasan de puntillas por él sin saber casi su importancia histórica y política.


Yo, tengo que reconocer que no tenía mucha idea de lo grandioso y espectacular del enclave, ya que sólo me informé del poco conocido también Burial Ground, del que hablaré en otro rincón.




El lugar, fue en su origen un punto de recogida de agua dulce, el Collect Pond , una de las fuentes primordiales de la ciudad, pero en 1811 fue drenado y rellenado de tierra, ya que se había convertido en un sitio muy contaminado y en foco de infecciones de tifus y cólera. El barrio alrededor de la laguna fue el tristemente célebre Five Points , el hogar de muchas bandas de delincuentes y ladrones.


Pero eso fue el pasado. La plaza es sede hoy de gran número de edificios civiles, como el Tribunal de los Estados Unidos, la Corte del Condado de Nueva York, la Iglesia de San Andrés, el Palacio de Justicia Thurgood Marshall de Estados Unidos, el Edificio Municipal del Condado de Nueva York, los edificios federales Foley Square y Jacob K. Javits y el Tribunal de Comercio Internacional.


Lo más curioso sin duda, aparte de la grandeza monumental de estos edificios imponentes, son los cinco históricos medallones de bronce, localizados en las aceras circundantes, que cuentan la historia del parque y sus alrededores, incluyendo uno para el cementerio afro-americano que se descubrió en las excavaciones que se realizaron para la construcción de la plaza en el siglo XVIII.
Como podemos ver, el lugar merece un poco más que nuestro paso a toda prisa hacia la cercana Wall Street...

En mayo de 1991, trescientos años de silencio se rompieron con el descubrimiento del African Burial Ground en el bajo Manhattan. Ampliamente reconocido como uno de los más importantes hallazgos arqueológicos en la América del siglo XX, redefinió la historia de Nueva York y expuso un patrimonio histórico que se había pasado-quizá por vergüenza- por alto desde hacía siglos.




Dos décadas se dedicaron a la documentación y la interpretación del sitio, y cuando finalmente todo fue debidamente ordenado y clasificado se dedicaron varios actos de reconocimiento a las personas que habían sido enterradas allí sin más señal de su existencia que unos harapos podridos por el tiempo.




Más de 400 esqueletos de hombres, mujeres y niños, todos ellos esclavos, pusieron en evidencia el vergonzoso sistema político y económico sobre el que se había levantado no sólo la ciudad de Nueva York sino la nación americana en su totalidad.




La esclavitud en Nueva York comenzó durante el siglo XVII, cuando la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales trajo esclavos africanos a la colonia de Nueva Amsterdam. Emancipados en 1827, se fueron integrando muy poco a poco al tejido social de la ciudad.
Los restos óseos demostraron que la vida era peligrosa para los africanos en Nueva York; casi un nueve por ciento de los entierros eran niños menores de dos años, una tasa de mortalidad demasiado elevada si lo comparamos con el resto de la población. No es de extrañar si tenemos en cuenta la malnutrición, el trabajo agotador y las continuas enfermedades y epidemias.
Al descubrir las tumbas, también se constató la continuidad cultural entre el Nuevo Mundo y la madre África, ya que con los cuerpos se enterró grano para el alimento en la otra vida y conchas marinas que reflejan la creencia de que "encierran una presencia inmortal del alma".
Un monumento diseñado por Rodney Léon fue inaugurado en el año 2007. Consiste en un círculo a la manera de los consejos tribales africanos, rodeado de un muro escrito con signos, símbolos e imágenes de la diáspora africana.
Por debajo, aunque sólo se abre en ocasiones especiales, una especie de cripta honra a todos los esclavos muertos y saliendo del espacio, un "Muro de la memoria" describe los acontecimientos que contribuyeron a la creación de la African Burial Ground. Las ubicaciones exactas de las fosas de donde se exhumaron los cadáveres están marcadas con cuatro pilares.
Un lugar que se debe visitar, aunque sólo sea para recordar el dolor y el padecimiento de los miles de esclavos que construyeron América.

Gran parte de Chinatown se extiende al sur de Canal Street hasta el puente de Manhattan. Con el paso de los años la "Pequeña China" ha ido creciendo poco a poco y ha llegado a ocupar una zona más hacia el este; su corazón es sin duda Kimlau Square.




El nombre le viene dado por un teniente de origen chino-americano que fue héroe en la Segunda Guerra Mundial y que movió muchas fichas, aprovechando la fama que le trajo la contienda para favorecer a la comunidad china en Nueva York.
Sin ir más lejos, no habían semáforos en el barrio, ni lugares de esparcimiento, ni casi calles asfaltadas o colegios bilingües hasta que apareció este militar graduado proveniente de Massachusets y decidió que ya era hora de acabar con las condiciones de vida de los asiáticos en la Gran Ciudad.




La fundación Kimlau no sólo arregló todos esos desmanes, sino que se encargó de preservar la memoria de todos los chinos que habían servido a la nación americana desde los famosos obreros que sembraron las vías del tren que cruzaba de la Costa Este a la Oeste, sino a todos los que dieron su vida por el Sueño Americano a lo largo de los siglos.
Para eso, en el año 1961 se levantó un arco triunfal de formas rectas que poco a poco se ha ido convirtiendo en la puerta de entrada del barrio, pero que en su origen era un monumento reivindicativo y de memoria que trataba de preservar el recuerdo y el honor de todos los orientales que dieron su sangre para levantar América.




Al lado, encontramos un monumento dedicado a Lin Zexu. En la década de 1830, el problema del contrabando de opio llegó a límites insoportables. Este político, estadista e intelectual chino defendió ardientemente la necesidad urgente de restringir el tráfico de la droga para equilibrar las finanzas, evitar el colonialismo británico en China y parar de una vez por todas la creciente adicción al opio del pueblo chino.
Al parecer lo consiguió, pero a costa de desencadenar la famosa Guerra del Opio.
Un homenaje que le rinden los más de ciento cincuenta mil chinos que viven en los pequeños pisos y abarrotados apartamentos y que mantienen una tradición y un ritmo únicos, como bancos abiertos los domingos, más de seis periódicos en chino a la venta en los quioscos y el tráfico de petardos ilegales para los desfiles de Año Nuevo.
La impresión que da es la de una ciudad dentro de una ciudad, con sus propias leyes, su propio orden y concierto, un poco al margen de los demás, aunque parezca lo contrario....


Terminado en 1883, el famosísimo gigante de Brooklyn fue el mayor puente colgante del mundo. Los habitantes de la Gran Manzana lo veían como una obra magnífica, pero desconfiaban de la seguridad de esta construcción del ingeniero Roebling. Para desterrar ese miedo de una vez por todas de la mente neoyorkina, el propietario de los circos Barnum, desfiló por el puente con 21 elefantes para confirmar su estabilidad. Y eso valió para tranquilizar a los desconfiados y para que lo elevaran a icono de la ciudad.
Son casi 500 metros de puente ( aunque sólo 188 sobre el río), que a pie se recorren en unos 20 minutos si nos queremos detener en los miradores que nos ofrecen vistas únicas de la ciudad y de la masa de agua.


Se cuenta que un tal Lustig, famoso por haber "vendido" la torre Eiffel a un chatarrero francés, intentó hacer lo mismo con el puente de Brooklyn, pero quiso la casualidad que su primer "cliente" fuera el mafioso Al Capone, al que hizo tanta gracia el intento del estafador, que le regaló 5.000 dólares y lo dejó ir sin matarlo.
También se dice, que muerto el Roebling padre, su hijo se hizo cargo de la construcción, pero que al sufrir de apoplejía, tuvo que guardar cama durante casi toda la construcción del puente mientras su mujer supervisaba las obras.
Leyendas o historias verídicas aparte, tenemos que tener cuidado al cruzar el puente, ya que debemos mantener nuestro lado de peatones de la calle que lo cruza, ya que la otra mitad es para ciclistas, que suelen ponerse un poco desagradables si les cortamos el paso para hacer o posar para una foto.


El puente es famoso también por ser testigo de maratones, manifestaciones y sobre todo y desgraciadamente, por aparecer en muchas imágenes en las que cientos de trabajadores del Midtown, traumatizados y aterrorizados lo atravesaron, andando o corriendo, cubiertos de polvo, cuando huían de sus puestos de trabajo después de los trágicos acontecimientos del 11S.

El año 2009 marcó un hito en la historia de los Yankees de Nueva York cuando el equipo se trasladó desde el que había sido su hogar hasta entonces, al nuevo estadio localizado en la calle 161. Durante más de ocho décadas, el gran equipo neoyorkino habÍa estado jugando en el antiguo campo que, cuando se inauguró en 1923, fue el más grande y magnífico estadio de béisbol de América y hogar de muchos equipos y jugadores legendarios. Debido a su precario estado en los años 1960 y principios de los 70, el antiguo Yankee Stadium fue restaurado y reconstruido entre 1974 y 1976. Pero el gran equipo, orgulloso de sus victorias y su legendaria fama, quería un nuevo estadio para generar ingresos adicionales y ofrecer a sus seguidores más comodidades y lujos.




Después de años de planes, proyectos y rumores, los Yankees de Nueva York anunciaron la construcción de su nuevo hogar, y ya el 16 de abril de 2009, jugaron su primer partido en el nuevo Yankee Stadium contra los Indians de Cleveland.
El nuevo campo consta de 52.000 asientos con una tribuna principal a cuatro niveles, 56 "suites" de lujo, y multitud de ofertas de restauración.




El estadio está formado por dos estructuras independientes. Por un lado la pared exterior, levantada en piedra caliza y granito, y réplica de la fachada original del Yankee Stadium, construido en 1923; por otra el estadio interior en sí mismo que se eleva por encima de la parte exterior. Las galería interiores dan paso a espacios abiertos que proporcionan una visión del campo desde casi cualquier punto de vista.




Las instalaciones se complementan con un museo de los Yankees que muestra objetos de grandes equipos y jugadores del pasado, junto con un Hard Rock Café que se encuentra en el Great Hall.






Todo es poco para "la Catedral del Baseball"...

Es curioso que muchos visitantes de Nueva York, antes de mirar el mapa de la ciudad, crean que el Bronx es un distrito separado del lujoso núcleo de la Gran Manzana, al estilo de Brooklyn, Queens o Harlem. Pero no es así, ya que es el único distrito de Nueva York que se encuentra en la parte continental del país, separado únicamente de la isla por el río Harlem.




No quiero hablar de lo que todo el mundo comenta siempre sobre el Bronx, caer en la monotonía y los tópicos del barrio peligroso. Prefiero, por el contrario sacar lo bueno que tiene un vecindario donde nació el rap y el hip hop y donde se mezclan más de 75 idiomas y lenguas con predominio del inglés y del español ( por la colonia portorriqueña).


Aunque claro, para entenderlo hay que conocer un poco su historia ya que durante los años 70 y 80 sufrió un continuo proceso de degradación y decadencia que,ayudado por el cine y la televisión, en aquellas famosas series y películas de policías y pandilleros, acabó por darle la imagen temible y la mala fama que hoy todos conocemos.
En aquel momento, el Bronx multiétnico, pobre y superpoblado, fue víctima del segregacionismo racial y de la injusticia, y fue la expresión más amarga de la pobreza, la marginación y la desigualdad social.


En un principio los primeros habitantes del barrio no eran para nada conflictivos, ya que en su mayoría eran judíos que poco a poco fueron mudándose ante la llegada de hispanos y negros antillanos y del sur de Estados Unidos que buscaban, a su modo, vivir el Sueño Americano.


Pronto el valor de las propiedades de los primeros habitantes del barrio fue devaluándose por el racismo que aún imperaba en la sociedad americana, y las inmobiliarias simplemente dejaron de interesarse por el lugar, condenándolo al abandono y la decadencia.


Se suprimieron líneas de transporte, aumentó el desempleo hasta cotas desconocidas hasta entonces, y tomó forma una manera de sacar provecho de las cientos de casas que quedaron sin poder venderse o alquilarse: había que quemarlas para conseguir el dinero del seguro.
Así llegó el Infierno al Bronx. como los nuevos Cuatro Jinetes del Apocalipsis, la Pobreza, el Desempleo, el Crimen y las Drogas se apropiaron del distrito. Era más fácil comprar heroína y "crack" que una barra de pan y el barrio se convirtió en un supermercado de la droga y en refugio de drogadictos. Así, la delincuencia, el miedo y la inseguridad fueron el rostro del día a día en el Bronx.
Afortunadamente todo ha ido cambiando. Eso sí, muy poco a poco y por partes.


Hoy los inversores vuelven a mirar al Bronx con ojos de grandes especuladores, ya que la ciudad necesita crecer y no tiene por donde.
De hecho ya se empieza a conocer la parte más cercana a Manhattan como SoBro, al estilo del Soho, en un intento de revitalizar con comercio y servicios una zona hasta hace poco maldita. Una muestra de que todo cambia es que se organizan excursiones para visitar el barrio - eso sí en un autobús cerrado y de lunas tintadas- para acercarnos a la realidad de los graffiteros y de la vida cotidiana del distrito, donde aún quedan zonas bastante conflictivas que tienden a desaparecer, ya que los alquileres suben cada día más y la presión especulativa con ellos.


Es un barrio que ha pasado del blanco y negro al color, que vive con esperanzas pero también con miedos a un futuro incierto, que no sabe qué podrá traer o qué se podrá llevar.
Eso sólo lo puede decir el tiempo....

Estación de Metro de Simpson Street
Desde hace catorce años, el barrio del Bronx tiene su propia obra de arte al aire libre, renacida de la desidia y el olvido en el que parecía estar sumido todo el vecindario.


Esta estación elevada, inaugurada el 26 de noviembre de 1904 y renovada en el 2000 es hoy un punto de interés en cualquier recorrido que se haga por el barrio.


No se si fue porque alguien decidió que era una pena que esta estación, aún en uso, se perdiera en las arenas del tiempo y la suciedad de las vías, o simplemente porque es necesario buscar atisbos de belleza en un barrio que parece no querer salir del letargo de décadas en que está sumido, pero no puedo menos que aplaudir la iniciativa de recuperación de estas pequeñas joyas que aún se esconden en las grandes ciudades y que poco a poco parecen renacer como el ave fénix.


Se trata de una muestra de la arquitectura de principios del siglo XX, cuando el mundo se encontraba inmerso en plena Revolución Industrial y los materiales de construcción debían ser una muestra de la fuerza económica de una nación, pero al mismo tiempo no dejando de lado la belleza de los detalles que debían restar frialdad a esas estructuras.


Así las grandes plataformas que debían dar acceso a los trenes elevados, se levantaron sobre fuertes pilares de hierro y acero, con accesos guardados en planchas del mismo material pero adornados con florituras art decó, las lámparas de cristal y metal dieron luz a los que acudían a la estación a tomar sus trenes para llegar al centro, antes de que la inseguridad se apoderara del barrio, preciosas cristaleras, como vidrieras de iglesias, se encargaron de dar un toque de color a la gelidez de los materiales.




Tras décadas de apatía, hoy en día esta estación aparece en el Registro Nacional de Lugares Históricos desde el 17 de septiembre de 2004.

Harlem
Todos recordamos aquellas películas y series americanas en las que los protagonistas eran familias o bandas de origen afroamericano que vivían en Harlem. Lo que en su origen fue meca de la comunidad afroamericana durante más de cien años está recuperando actualmente su estatus cultural y artístico del que disfrutó antes de la Gran Depresión.




El origen del barrio moderno se sitúa en 1890, cuando las familias irlandesas, italianas y judías se trasladaron en masa a la zona del Uptown. Aún habiendo recibido estas grandes oleadas, muchas viviendas quedaron vacías, y las familias negras procedentes del sur del país se apresuraron a llenar encantadas este hueco, con lo que e 1920, Harlem se había convertido en el centro de la comunidad negra más importante del país.


Pero hoy, momento en que ya no existe, afortunadamente segregación racial, ni discriminación, en el que todas las razas y colores conviven unas con otras ya dependiendo de su nivel económico y cultural y no dependiendo de su origen racial, el barrio ha dejado atrás su pasado afroamericano para convertirse en un pintoresco pequeño Israel en América.


En el mapa de la diáspora judía, Harlem es la nueva Atlántida. El que una vez fue el tercer asentamiento judío más grande del mundo tras el Lower East Side y Varsovia y vibrante centro de la industria, el arte y las grandes y secretas fortunas, mantiene hoy en día una comunidad casi simbólica, pero que mantiene sus costumbres a rajatabla.
Algunos creen que los Estados Unidos, con 5,8 millones de judíos, es el hogar de facto del pueblo hebreo, evidenciado en parte por el hecho de que Israel es a veces llamada "Little América". Que curioso, ¿no?.


Los inmigrantes llevaban a cabo sus ritos, costumbres y tradiciones judías en casa, y las generaciones posteriores han utilizado las escuelas religiosas para evitar que se perdieran, sin interferir con la integración de sus hijos en la cultura americana.


Ahora, al pasear por Harlem, algo que se puede hacer con total tranquilidad, eso sí, con sumo respeto e intentando en lo que se pueda no sacar fotografías de manera descarada, podemos disfrutar de pequeñas muestras de una cultura muy diferente a las demás.


Por nuestra acera puede ir caminando un hombre sólo o con otro, en ligera conversación, llevando los largos abrigos y sombreros negros diferenciadores de los jasid (piadosos), o encontrarnos de frente con mujeres que llevan siempre el cabello cubierto con pañoletas o pelucas ya que tradicionalmente, una mujer judía ortodoxa jamás muestra su cabello a nadie, sino a su esposo, en la intimidad. Podemos entrar a una frutería o en una pastelería y deleitarnos con delicias como los hojaldres rellenos de mermelada de manzana o naranja, las galletas sin levadura o los magníficos "blintzes" de queso y miel, o intentar imaginar cómo sería la vida de los que levantaron las pequeñas y casi invisibles sinagogas donde luego irían a rezar e instruirse en la virtud hebrea.






Conozcamos un poco más la cultura judía en Nueva York acercándonos a Harlem, pero siempre con respeto y curiosidad contenida, recordando que su cultura es quizá la más antigua del mundo que aún sobrevive.

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