lunes, 6 de abril de 2015

New York, New York (VII)

Hoy empezaremos hablando de comida.

Cositas ricas.
Lo más habitual cuando se hace la famosa excursión "Contrastes de Nueva York", obligada visita a los barrios periféricos de la isla de Manhattan, es salir del hotel muy temprano, casi con el desayuno en la boca.
Por eso, después de haber visitado el Bronx, Harlem y Brooklyn se suele hacer una parada técnica en Queens para tomar un tentempié y seguir con el programa con fuerzas renovadas.


A los hispanohablantes nos suelen llevar - seguro que por una comisión añadida para el guía- a un restaurante con un aire de lo más caribeño, de grandes ventanales, decorado en colores claros y con un ambiente de lo más acogedor, que hacen que nos sintamos fuera de Nueva York, quizá como si estuviéramos en la lejana Bogotá.
Mucha gente pide platos combinados enormes, que incluyen pechugas de pollo, patatas fritas y ensaladas o platos más contundentes como arepas o empanadas rellenas de carne.


Nosotros nos decantamos por la bollería rellena y un delicioso café de Colombia.
Tubos de hojaldre rellenos de crema de queso, Panderos, Chicharrones, Suspiros, Merengues, Rollos o brazo de reina, galletas polvorosas, de ajedrez, de coco y maní, cucas...La oferta es enorme.




El servicio es correcto en rapidez y amabilidad y el conjunto ha hecho que se convierta en una referencia a la hora de tomar algo rápido y sabroso en nuestro paso por Queens.

Jackson Hole Burguer
Soy un apasionado de las hamburguesas, para que negarlo. Es una adicción que tiene mucha gente, como mi amigo Gonzalo Moreno. Toda esa suculenta carne acompañada de salsas, queso, bacon envuelta en un estupendo y apetitoso pan...Se me hace la boca agua.
Cada vez que voy a un país intento probar las hamburguesas que preparan, así como es parada obligatoria los Burger King.
Nueva York me sorprendió en el primer caso pero en el segundo me dio calabazas. El Burger King no le llegaba a los talones de las que preparan en la cadena en nuestro país. Así que para resarcirme no me quedó más remedio que acudir a la que se vende como la hamburguesa más grande y sabrosa de la Gran Manzana.
No fue fácil llegar porque de nuestro hotel en la 8ª la 4ª hay un paseo bastante considerable, pero eso sirvió para abrirnos el apetito aún más.


Por fuera parece uno de esos bares que aparecen en las películas de Nueva york, con sus neones, grandes cristaleras y el menú en la puerta. pero dentro nos espera una atmósfera de lo más acogedora.
Un amplio local de paredes forradas en madera y ladrillo visto, con grandes y pequeños carteles de bebidas refrescantes, comidas y golosinas, diminutas jukeboxs, carteles de películas y recuerdos para mitómanos del Sueño Americano, nos abre los brazos para que vivamos la experiencia de una auténtica hamburguesa a lo americano.


Según entramos vemos recortes de periódicos y revistas que ensalzan las virtudes y sabores de las famosas hamburguesas de Jackson's Hole. Según parece, cientos de famosos no han podido resistirse a llenarse la panza en este restaurante y eso no se lo podemos reprochar.
Porque la historia de lo que ya es una marca, empezó con su primer restaurante en 1972. Le han seguido seis locales más que prácticamente cubren, como una red la totalidad de Manhattan.


Famoso es sobre todo por sus enormes hamburguesas de 7 onzas, es decir 200 gramos de carne que antes de pedir parece poco peso, pero cuando llega a la mesa acompañada de toda la tropa de su batallón en el plato hace que nos traguemos nuestras palabras junto con ella.
Por supuesto que pedí esa hamburguesa gigante, como no, un pedazo de carne molida fresca bien sazonada y pasada por la plancha hasta llegar a su punto perfecto, con una guarnición de bacon, queso, cebolla, lechuga y una espectacular y sabrosa salsa. El pan estaba realmente fresco y entre crujiente y esponjoso; y que decir de las patatas que lo acompañaban...realmente exquisitas.


Un delicioso batido de vainilla ayudaba a bajar la comida, mientras veíamos otros platos que llegaban a las mesas vecinas y que son una buena opción para quien no guste del delicioso emparedado.
Por nuestro lado desfilaron delicias como The Bronco, deliciosos trozos de pollo frito o asado, South of the Border, sabrosos burritos, fajitas y nachos, o sencillas pero vistosas tortillas y huevos revueltos. Todos por supuesto en tamaño gigante, que para eso estamos en América.
Salimos del restaurante con la sensación de haber cumplido una suculenta misión y caminando por las calles de Nueva York como si estuviéramos en avanzado estado de gestación.
Si es que América es muy grande...Demasiado.

El maravilloso edificio Art Deco de la General Electric tiene en lo más alto un mirador que es el mayor competidor del famosísimo Empire State. Está situado, por supuesto, en lo más alto ( de ahí su nombre "La cima del Rockefeller"), y hace a uno dudar si lo que se ve desde allí es más o menos impresionante que las vistas desde el refugio de King Kong. Pero más vale consolarse, sobre todo si tenemos tiempo y subir a los dos, porque desde uno se ve el otro, y hay pocas cosas tan impresionantes como ver el Empire desde su justo frente y el Rock desde el Empire.


La experiencia es excitante desde un principio, desde que dejamos de pisar la acera para adentrarnos en las entrañas del gigante con una deslumbrante araña de cristal de Swarovski y varias pantallas multimedia que nos enseñan la rica historia, el arte y la arquitectura del Rockefeller Center.


Quien pueda soportar el tirón de adrenalina, debe entrar a uno de los ascensores y mirar al techo de cristal para disfrutar de un emocionante ascenso a toda velocidad hasta la cima. Una vez allí tendremos tres oportunidades diferentes de ver el perfil de Manhattan y si tenemos suerte de todo el estado.


Porque si no podemos soportar las alturas, una sala acristalada nos permite un pequeño vistazo a lo que nos rodea, pero si queremos una emocionante vista de 360 grados debemos subir a los dos pisos superiores, abiertos a la noche neoyorkina pero con unas cristaleras que nos protegen del viento y de la atracción que ejerce el vacío sobre la mente humana.












Hay quien dice que las vistas son mejores desde el Top. Yo no sabría decirlo.
Una vez allí sólo queda disfrutar del paisaje de cemento, cristal, neones y sonidos y como no, gritar: " I'm at the Top of the Rock!"

Para un apasionado del Art Decó, como lo soy yo, visitar el legendario Waldorf Astoria es como entrar en una especie de gran museo del arte.








Ya desde fuera, y desde el primer centímetro de edificio que se levanta desde Park Avenue hacia al cielo todo lo que tenemos delante es pura arquitectura en forma de obra de arte.








El Waldorf-Astoria que conocemos hoy en día, ya que no es la primera ubicación del hotel al encontrarse uno anterior en el solar que hoy ocupa el Empire State, ocupa toda una manzana delimitada por las calles 49 y 50 y las avenidas Lexington y Park. Antes de entrar, fuimos recibidos por "Espíritu de Logro" una escultura de Nina Saemundsson, que es uno de los mejores ejemplos del Art Decó en la arquitectura desde que se colocó en la entrada en 1931.




El gran hotel de 47 pisos costó la friolera de 42 millones de dólares de aquel entonces y fue la construcción más alta y grande del mundo, ya que coronando las 2.200 habitaciones, las torres del Waldorf ascendían a los 190 metros. En los apartamentos privados que albergan, y que tienen su propia entrada en la calle 50, se hospedó el mismísimo duque de Windsor entre otras cientos de celebridades, y la suite presidencial del piso 35 es tradicionalmente, el "hogar" del Presidente de los Estados Unidos cuando visita Nueva York.






Nos atrevemos a cruzar las puertas como quien entra en el alma de un ser sagrado, y lo primero que vemos es el vestíbulo principal, situado en el corazón del Waldorf Astoria, en un estilo que ejemplifica la "tranquila elegancia" del Art Deco. El lobby de dos pisos está ceñido por columnas de mármol negro que le dan una elegancia única. En el centro de la sala se encuentra un gran reloj, diseñado originalmente para la Feria Mundial de Chicago de 1893. El reloj pesa dos toneladas y medía y lleva las imágenes de la reina Victoria y de grandes presidentes de Estados Unidos. En la cima del reloj está la estatua de la libertad, apuntando hacia el techo para que no nos perdamos los grandes medallones con elementos teatrales que nos quieren recordar la preeminencia de la ciudad como sede de grandes teatros y óperas.






Hay varios vestíbulos en el hotel que pueden visitarse sin estar alojado- e incluso ir al servicio-, decorados con murales, e incluso, como el lobby de Park Avenue presumen de un mosaico del suelo que representa "La rueda de la vida" de Louis Rigal. No hay que perderse uno de los pasillos laterales decorado de manera diferente, con una vitrinas que muestran todo tipo de recuerdos, objetos y fotografías del hotel desde su apertura.












El Waldorf Astoria ha sido llamado a menudo el "Palacio de América", algo nada extraño por haber sido sede de importantes reuniones de jefes de estado y dignatarios de todo el mundo desde que abrió en 1931. Claro, por eso era el hotel más alto y más grande de todo el planeta.

El edificio Chrysler son 314 metros de elegancia y poder en una sola mole de acero, hormigón y cristal. ¡Pero qué poder de atracción tiene sobre mí!




Desde pequeño, este edificio, obra maestra del Art Decó que fue diseñada para alarde y presunción de los archimillonarios miembros de la familia Chrysler, me ha traído de cabeza. Cada vez que veía una película donde aparecía su maravillosa aguja, me entraban unas ganas insoportables de estar en Nueva York.




El precioso edificio, fue durante un tiempo, y como la mayoría de los rascacielos de la ciudad, el más alto del mundo, lo que pasa es que el cetro se lo arrebató su hermano mayor, el Empire State. Plantarse ante la fachada es un canto a la industria del automóvil, ya que infinidad de motivos que celebran la cultura de las cuatro ruedas se repiten por todo el frente, como gárgolas en forma de capó, dibujos de coches y mil y un detalles que evocan el elemento en el que mejor nadaba su poderoso propietario.




La espectacular aguja de acero a la que denominan "El Vértice", se construyó en el más alto de los secretos y se colocó a través de un falso techo para poner la guinda al pastel, en un intento de dar ese toque final que chocó y sorprendió a todos los neoyorkinos y buena parte del mundo.
No muchos saben que ahí mismo se ubicaba el famoso Cloud Club, una antigua taberna clandestina.
El edificio sigue siendo propiedad de la compañía aunque la mayor parte de las oficinas de la compañía se han trasladado a las afueras y los espacios dejados por ellas alquilados por bufetes de abogados y contable . Menos mal que permiten la entrada al lobby desde donde podemos admirar en su plenitud los fabulosos ascensores con láminas de fresno japonés, nogal oriental y madera tropical importada de Cuba, así como los maravillosos murales de mármol del techo que según parece son los más grandes del mundo, con sus 29 por 30 metros y que representan el progreso de la Industria.








La torre terminada tiene 3.862 ventanas, 20.961 toneladas de acero estructural, 391.881 remaches y 3.826.000 ladrillos. Las famosa águilas que coronan el piso 61 y que son mirador de los superhéroes que patrullan por Gotham City se construyeron en una aleación de cromo-níquel, que las hace prácticamente indestructibles por los elementos y eran el símbolo que ostentaba la marca en sus capós.
Lo mismo ocurre con los tapones de radiador alados gigantes y todos los ornamentos e incluso la cubierta que corona la torre, todo hecho del mismo material para evitar sufrir el paso del tiempo y que el edificio permaneciera inalterable.
El edificio Chrysler, a pesar de no ser el más alto, nunca ha perdido su popularidad. Su atrevido diseño y lo atractivo de sus formas le hizo perdurar en la historia. Fue y siempre será el primer rascacielos sinónimo de la era moderna y el que marcó el comienzo de una década donde los hombres se esforzaban por alcanzar el cielo.

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