miércoles, 15 de abril de 2015

New York, New York ( y VIII )

La ciudad de Nueva York no es, francamente, una ciudad tímida. Tampoco los son por ello ninguno de los elementos que la forman. Y uno de los más importantes es el gran sistema de comunicaciones terrestres, aéreas y marítimas de las que se nutre y a las que necesita para respirar.


Por ello, en aquellas épocas de gran bonanza económica, donde el uso y disfrute del dinero parecía no tener límite, sus habitantes estaban dispuestos a proclamar su magnificencia con un espléndido monumento, una puerta triunfal a la exuberante capital financiera, comercial y cultural de la nación.Sin embargo, Grand Central Terminal tenía que ser más que una bonita fachada.




Detrás de sus elevados arcos y el elegante mármol con la que se engalana, es una maravilla de la ingeniería innovadora y del diseño práctico de la época, que aún sorprende por lo avanzado de sus innovaciones.
Uno de los grandes logros de la Grand Central es que sus vastos y majestuosos espacios revelan una atención extraordinariamente exquisita hasta en el más mínimo detalle de diseño, incluyendo delicadas taraceas, relieves de inspiración griega, hojas de roble esculpidas y bellotas (símbolos de la familia Vanderbilt),mármol de Tennessee para los suelos, mármol Botticino para paredes y azulejos; en el exterior, imponentes esculturas de Mercurio, Hércules y Minerva, que dan un aire de grandeza a la entrada de la calle 42...






Pero la apariencia no lo es todo. La puerta de entrada a la ciudad de Nueva York tenía que ser hermosa, majestuosa y funcional. Detrás de florituras decorativas de Grand Central se esconden soluciones ingeniosas que la hacen práctica y cómoda para los viajeros y usuarios diarios de los cientos de trenes que se mueven por sus vías.
Grand Central Station es un espacio urbano único: majestuoso pero accesible, una obra de arte pero funcional. Durante un siglo, los neoyorquinos han utilizado Grand Central como lugar de encuentro para experiencias compartidas, exhibiciones y eventos importantes, para estudios de televisión y radio, mítines, exhibiciones de arte e incluso como carpa para los atrevidos equilibristas.






La Estación Central de Nueva York satisfizo ambos deseos, revitalizar y humanizar el centro de Manhattan y embellecerlo como la joya arquitectónica que es, uniendo lo funcional y lo hermoso bajo un solo y altísimo techo.

La razón de la popularidad de Nueva York, de que todo el mundo la ame o la odie, de que nadie quede indolente o apático cuando llega por primera, segunda o tercera vez a la Gran Manzana es el cúmulo, la ingente cantidad de emociones y actitudes que han hecho de la ciudad un referente indiscutible.
Pero si miramos un poco atrás, nos daremos cuenta de que este magnetismo no es tan antiguo como pudiera ser el de ciudades europeas, evidentemente más históricas como París o Londres. Es sólo desde la caída de la Bolsa de Nueva York hasta la de las Torres Gemelas que la ciudad se convirtió en el espejo en el que se miraba el resto del planeta.




Fue en ese periodo cuando se crearon los patrones, los clichés, cuando surgieron las fiebres del jazz, del alcohol, la mafia, los sentimientos de especulación, de codicia, de imaginación e ingenio, la inmigración que buscaba realizar su propio Sueño Americano, la capacidad de la ciudad de reinventarse a sí misma...y al resto del mundo nos llegaba todo esto en impresionantes imágenes gracias al cine.






A partir de ahí la ciudad entra en una vorágine de buena y mala fama. Por un lado, el hecho de haber salido vencedores en la Segunda Guerra Mundial, hizo que la vieja Europa cediera la corona y el reinado sobre el mundo a la pujante, poderosa y moderna Nueva York. Pero claro, por otro debía pagar un precio.




Esa suerte del principiante, en la que todo parece ir bien, que hace que el mundo mire a tus finanzas, a tu poderío industrial y tecnológico, a las modas que parecen cambiar con la llegada de las primeras luces del día, con unos medios de comunicación que enaltecen tus virtudes y tus miserias, también te colocan en el objetivo de muchas envidias y odios.


Cuando nada parecía poder ir mejor, llegó el 11 de Septiembre. Y el sueño se rompió. La ciudad y el país cayeron en la mayor de las depresiones y todo parecía haber terminado.
Pero no, Nueva York es indestructible y como un fénix renació de sus cenizas con fuerzas renovadas.
Basta dar un paseo por sus barrios para darse cuenta de que está más viva que nunca. El Uptown con Central Park, pulmón de vida para los neoyorkinos y Harlem, meca del jazz, el blues y el gospel que se ha convertido en un nuevo referente en el panorama cultural; el Downtown, que en tiempos fue patíbulo y cementerio para indigentes pero que hoy es uno de los lugares favoritos de músicos, actores, artistas y noctámbulos y que alberga el Village y el Soho, sede ahora de lo exclusivo, Chinatown, Little Italy y Nolita, mezcla de culturas y lenguas; el Midtown, con Broadway y sus teatros o la vertiginosa luminosidad de Times Square..
Ahora, con nuevos planes y nueva sangre sigue pensando que su meta está en el cielo, y por ello es inalcanzable. Aunque sigue intentándolo. ¿Quien sabe si algún día la conseguirá?

La estatua de la Libertad.
Sin duda es el símbolo de la ciudad, y eso, nadie se atrevería jamás a negarlo. Es algo más que una estatua, es LA ESTATUA, así de simple.


No creo que le resulte difícil a nadie ponerse por un momento en la piel de aquellos millones de inmigrantes que llegaban a las costas de Nueva York en el no tan lejano final del siglo XIX, abarrotando trasatlánticos que cruzaban el océano desde una Europa pobre y estéril, que no conseguía alimentar a sus hijos. Allí conseguirían la libertad y el alimento que tanto necesitaban.




La importancia que desde entonces adquirió ese regalo hecho por Francia a América fue de tal calibre, que la pequeña Liberty Island fue nombrada Parque Nacional con la misma categoría que el Gran Cañón del Colorado o Yellowstone.
"Traedme a vuestros desheredados, a vuestros hambrientos y pobres..." decía la estatua sin cesar. Y ellos seguían llegando para alimentar al país y a su vez ser alimentados.




Pero la historia de la gigantesca escultura se remonta a ese regalo que con motivo del primer centenario de la Declaración de Independencia hizo la vetusta Francia a la joven América, recordando la valiosa ayuda que el gobierno galo prestó a la floreciente nueva nación en la Guerra de la Independencia.


Bartholdi e Eiffel se encargaron de dar forma a esa idea de libertad y fraternidad en la que Europa basaba su visión de América.
Los datos son asombrosos: 300 láminas de cobre, 46,50 metros de altura a los que si sumamos el pedestal suben a los 93 metros, 240.000 kilogramos de peso y nueve años de trabajo.Tuvo que ser fabricada pieza a pieza en Francia y trasladada de igual manera a Nueva York.
El simbolismo que conlleva es también objeto de estudio, como las cadenas que pisa su pie derecho que esclavizan a los hombres e impiden su libertad, o la tablilla que sostiene y que marca la fecha de la Independencia, o la corona de 25 ventanas que son las 25 piedras preciosas que en ese momento se conocían en la Tierra, o los siete rayos que simbolizan los siete mares o los siete continentes y subcontinentes. Y por supuesto la antorcha dorada, con la que ilumina la senda de la liberación para pobres y oprimidos.


Si al dejar atrás la isla nos fijamos bien, la estatua parece haber nacido de las aguas como una Venus renacentista, e incluso, yo diría que se mueve, buscando a esos seres afligidos y sin hogar, sin futuro para los que fue en su momento una luz de esperanza.

Muy cerca de la Estatua de la Libertad, la que recibío a las hordas de personas que ansiaban una vida nueva, se encuentra la Isla de Ellis. Por ella pasaron la mayor parte de los 17 millones de inmigrantes que llegaron a Nueva York desde Europa entre 1892 y 1954.










Nada mejor, que después de visitar el símbolo de la Gran Manzana, aprovechar el barco que nos lleva de una isla a otra para echar un vistazo a la cara menos amable del fenómeno migratorio que alimentó a la joven América. En este pequeño pedazo de tierra se visita poco más que el Museo de la Inmigración y nada más tocar tierra parece que nuestra sensibilidad fluye a nuestra piel y nuestros sentidos, intentando hacernos sentir lo que aquellos millones de almas pudieron sufrir antes de entrar en el Suelo Americano.




Lo primero que vemos es el llamado Great Hall, donde los inmigrantes eran sometidos a severos controles sanitarios y legales. No sé por qué me recordó a la Lista de Schindler, donde los que valían eran separados de los inútiles y enfermos.
Para hacernos una idea de las condiciones de estos Des Afortunados se proyecta de forma ininterrumpida en dos salas el documental Isla de esperanza, Isla de Lágrimas que cuenta la historia de aquellos años duros aunque llenos de esperanza.






Como siempre y en todo, hay clases, por lo que los pasajeros de primera y segunda clase no tenían siquiera que bajar del barco, mientras que los de tercera se veían obligados a sufrir un interrogatorio y posterior examen médico que duraba unas ocho horas.




La decisión de devolver a su lugar e origen a polígamos, indigentes, criminales y anarquistas se tomaba aquí, y la expulsión era inmediata.






La salas que rodean el Great Hall (unas 30) que han sido unidas como un gran espacio expositor, constituyen un museo donde podemos leer colecciones de cartas, contratos, periódicos, y ver miles de fotografías e instrumentos de todo tipo, todos ellos testimonio que permiten hacerse una idea de la forma de vida de los inmigrantes, desde las dificultades iniciales hasta el ansiado éxito de la integración.






No es difícil dejarse llevar por las emociones y sentirse un poco en tierra extraña y hostil, lo mismo que debieron sentir aquellas almas que buscaban dejar atrás sus míseras vidas y empezar de nuevo en una tierra de promesas y libertades.


Quizá uno de los asentamientos más antiguos de Nueva York, Battery Park, que recibe su nombre de los cañones que defendían la entrada a la ciudad, está situado en la confluencia de los ríos East y Hudson lugar en el que los holandeses se establecieron en 1623, al fundar la primitiva New Amsterdam.






Según iba pasando el tiempo, la primitiva muralla con sus cañones se fue agrandando, al tiempo que crecía la pujanza económica de la ciudad; así, Castle Clinton fue construido en previsión de la guerra de 1812. Pero una vez pasada la amenaza bélica, el terreno que lo rodeaba se convirtió en jardín, y luego en auditorio.
Pero llegaron los inmigrantes, y fue necesario habilitar un lugar para recibirlos y controlar su entrada, así que cerca de ocho millones y medio de personas pasaron por el castillo y sus jardines antes de entrar en la sagrada tierra americana.
Hoy, restaurado hasta conseguir su aspecto de fortificación original, el castillo alberga una pequeña exhibición de su historia y la taquilla para la Estatua de la Libertad.




En los preciosos jardines que rodean el castillo hay una escultura que llama mucho la atención, por la carga emocional que conlleva. Se trata de " Los Inmigrantes", en las que se encuentran representadas las razas de todos aquellos que llegaron a la ciudad en busca de fortuna.




Pero quizá lo más llamativo sea el paseo que bordea el mar, y que ha aparecido en tantas y tantas películas ya que su telón de fondo es la inmensidad del océano con una sola protagonista, la Estatua de la Libertad.




Vale la pena pasar un rato sentado en uno de los bancos para sentirse un poco más cerca del alma de la antigua Nueva York, cuando aún era joven y llena de esperanzas.

No puedo negar que sentía un poco de aprensión al pensar en subirme al helicóptero, no puedo negarlo. Pero la ilusión y la curiosidad pudieron más que mi mente sensata y me empujaron a hacer la reserva con los ojos cerrados, nunca mejor dicho.




Tras varios días de aplazamiento por condiciones atmosféricas adversas, finalmente llegó el momento de levantar el vuelo. El día estaba realmente espectacular, luminoso y sin viento, algo fundamental porque los bichejos se mueven mucho desde que corra un poco de aire, y no creo que sea agradable estar en medio de una turbulencia en una máquina tan frágil.




Así que llegamos al lugar de salida, localizado al sur de Manhattan, cerca de Battery y tras ser advertidos y entrenados por uno de los empleados sobre precauciones básicas, prohibiciones y permisos, y toda la parafernalia que suele rodear este tipo de actividades en cualquier parte del mundo aunque de manera un tanto exagerada en Nueva York tras los atentados del 11S, fuimos conducidos al helicóptero.




Tuve la suerte de ser elegido para acompañar al piloto, con lo que la experiencia fue doblemente gratificante. Por un lado podría hacerme la ilusión de que el que pilotaba era yo, y por otro la vista abarcaría los 180º.




Poco a poco, muy suave nos separamos del suelo y en unos segundo estábamos volando hacia la Estatua de la Libertad. Tras varias pasadas a su alrededor entramos por el río, muy cerca de la isla de Manhatttan, casi tocando sus rascacielos. Ahí estaban los iconos de Nueva York. Los nuevos como la Freedom Tower y los clásicos, como el Empire State, el Chrysler, el Met Life y un poco más allá el pulmón verde de Central Park.




Subimos un poco más en altura para ver el otro lado de la isla, con el puente de Brooklyn uniendo Manhattan con tierra firme y los cercanos barrios de Queens, Bronks y Brooklyn.
Lentamente volvimos a bajar por el río y llegamos de nuevo al punto de partida.




Fue la media hora más rápida de mi vida, como si hubieran sido cinco minutos, pero eso si, un tiempo que recordaré toda mi vida como algo que puso la guinda a mi viaje a una ciudad cuyo magnetismo es más poderoso que el de la gravedad de la Tierra.






Cuando el MOMA abrió sus puertas en el año 1929 constituyó, como no, un escándalo para todas las mentes conservadoras que veían en el arte moderno un ataque frontal contra el buen gusto de las artes clásicas. Desde su apertura, entre altos y bajos, ha tenido muy buenos y muy malos momentos, ha sido protagonista de las más rabiosas vanguardias y de los ridículos más sonados, lugar de reunión de lo más 'chic', pero también de lo más hortera.




¡Pensar que sus comienzos fueron muy humildes, con 8 grabados y un dibujo! Hoy en día posee más de 200.000 cuadros, esculturas, dibujos, grabados, fotografías y maquetas y una de las cinematecas de mayor prestigio en el mundo con más de 25.000 películas de proyección gratuita.




No sólo se puede ver los cuadros " La Noche Estrellada" de Van Gogh o las "Señoritas de Avignon" de Picasso sino maravillas de Ernst, Chirico o del genial Warhol.








No es que el arte moderno me guste mucho y la disposición del museo es un poco caótica, ya que los pasillos parecen moverse de un lado a otro y el recorrido es muy vertical, pero reconozco que tiene un magnetismo único, sobre todo por su carácter transgresor e innovador.

Y con esta visita de ultimísima hora, cerramos un paseo por la ciudad que sin duda es el centro del mundo, prometiendo que volveríamos una y otra vez para desentrañar todos y cada uno de sus secretos.

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