martes, 21 de abril de 2015

Washington, capital de Estados Unidos (I)

Y una de las excursiones de un día que suelen ofrecer cuando se visita Nueva York, para poner el broche de oro a todo viaje a Norteamérica que se precie es la ciudad de Washington.
Tras un madrugón considerable, el autobús nos recogió en la puerta del hotel y en él recorrimos el camino hasta llegar a la gran capital.
Lo primero que visitamos fue el Museo del Arte y el Espacio
Desde siempre el hombre ha deseado volar casi tanto como respirar. La sensación de libertad, de que el tiempo y el espacio son algo relativo, tener alas como las aves del cielo y subir hasta el sol o llegar al infinito corroía a la humanidad desde que se irguió de sus cuatro patas y pudo mirar hacia arriba.
Esa necesidad de vuelo es la que el Museo del Aire y del Espacio pretende recrear, y lo hace a la perfección, en sus enormes salas.













En 1946, el Presidente Harry Truman firmó un proyecto de ley para la fundación de este museo del complejo Smithsonian con varios objetivos: conmemorar el desarrollo de la aviación, recoger, preservar y mostrar todo tipo de artefactos aeronáuticos y proporcionar material educativo para el estudio de la aviación y por consiguiente de la que sería la próxima carrera espacial mundial.












En ese momento empezó el ansia coleccionista del gobierno y de los cientos de filántropos que donaron los más variados objetos entre sus pertenencias para ayudar a crear el fabuloso museo que con el tiempo sería el más completo del mundo.
















Y claro, tuvieron que edificar un espacio que tuviera cabida para todo lo que iba llegando. Aviones enteros o en secciones, misiles, globos, helicópteros, naves espaciales y módulos de aterrizaje, satélites... Todo tenía cabida en la colección del Smithsonian. Así que se pusieron en marcha, y como los americanos les gusta mucho eso de inaugurar edificios importantes cuando celebran su aniversario de Independencia, se cumplió el objetivo de apertura durante el año del Bicentenario del nacimiento de los Estados Unidos como nación, inaugurándose con gran fanfarria el 1 de julio de 1976. El éxito del museo superó las expectativas: el visitante cinco millones cruzó el umbral sólo seis meses después del día de la inauguración. Hoy, el National Air and Space Museum es uno de los museos más visitados del mundo.











Y no es de extrañar, ya que objetos de culto para los aerófilos como el avión de los hermanos Wright, el mítico Spirit of Saint Luis, uno de los prototipos de Juan de la Cierva o el módulo del Apollo XI se encuentran casi al alcance de la mano, como si una parte de la historia volviera a nosotros para que pudiéramos revivirla.








Un lugar fabuloso para que tanto grandes como pequeños se sientan por unas horas orgullosos de los logros de la Humanidad.

Poco menos que emocionado, se siente cualquier visitante ante la gran mole blanca del Capitolio.


Después de haberla visto en cientos de películas tal y como se muestra ante nosotros o destruida por alienígenas o grupos terroristas hasta ser reducida a poco menos que escombros, parece que nos mirara ella a nosotros en vez de al contrario.


La impresión que recibí es, sin duda, la que pretendieron crear los que levantaron el edificio y el gran parque monumental que lo rodea. No en vano, su creador Olmstead ( paisajista del también fabuloso Central Park), quiso dar un aire de decorado reforzado por los contrastes de todas las variedades de verde al edificio de la gran cúpula.


Desde 1793 el edificio ha sido agrandado, restaurado y embellecido de manera continua, de manera que hoy en día es uno de las construcciones más populares y queridas por el pueblo de los Estados Unidos, que lo considera el hogar de todas sus leyes y de los Senadores que las ratifican.


Lo que poca gente sabe es que aparte de ser un edificio legislativo, también es un magnífico museo de arte e historia de América y que lo que se suele visitar desde fuera es la parte trasera de la estructura ( algo fácil de ver si nos percatamos de que la alegoría a la Libertad que corona la cúpula nos da la espalda).
Estructura y arquitectura basados en el neoclacisismo que bebió de fuentes griegas y cuyos ideales y leyes inspiraron a los padres fundadores de la actual nación americana.
Como datos curiosos, el Capitolio contiene aproximadamente 540 habitaciones y 658 ventanas, a las que se suman los 850 pasillos que lo recorren.


Y por esos pasillos, según la leyenda, se pasea antes de las elecciones y de que ocurra una tragedia a algún presidente el espíritu de uno de los gatos que se trajeron para cazar las ratas de los sótanos del Capitolio. Quizá la próxima vez vea al Gato del Demonio, que así lo llaman...

Para un pueblo como el americano, tan propenso y tendente a iconizar lugares, acontecimientos y personas, La Casa Blanca es sin duda uno de los lugares a los que se debe peregrinar al menos una vez en la vida. Como si de una Meca se tratara, miles de americanos llegan hasta la verja que protege el blanco edificio con la esperanza de vivir un pedacito de la historia de su nación, y por qué no, de ver al menos de lejos a su presidente.


Pero claro, no sólo son ellos los que quieren vivir ese momento, sino también los turistas que de paso por Washington no pueden resistirse a la tentación de poder ver en vivo lo que tanto y tan a menudo ven en las películas y en las series de televisión. Porque realmente emociona, seas o no seas un mitómano, te guste o no el American Way of Life, seas apolítico o simplemente llegues hasta aquí con sólo un poco de curiosidad.


Ocho años se tardó en levantar la primitiva construcción desde que George Washington eligiera el sitio donde iban a vivir todos los presidentes de la joven nación americana, allá por 1791. Incendios y derrumbes fueron modificando y alterando los diseños a lo largo de los años para acabar teniendo la apariencia actual a principio del siglo XX.
Todos los presidentes desde John Adams han ocupado la Casa Blanca sin cambiar en ningún momento de residencia. Ellos y todo el ejercito de sirvientes, asistentes, seguridad que utilizan las 132 habitaciones, 35 baños y 6 plantas de la residencia, con sus 412 puertas, 147 ventanas, 28 chimeneas, 8 escaleras y 3 elevadores.


El adjetivo de "Blanca" se lo puso Roosevelt en 1901, seguramente cuando los operarios que acababan de pintarla se dieron cuenta de que habían usado nada menos que 2.175 litros de pintura.
Me hubiera gustado entrar y ver un poco más de cerca el corazón de América. Así que toca volver. Y esta vez no me quedaré tras la verja.


Todos conocemos los lugares más emblemáticos de Washington, como la Casa Blanca, el Capitolio, el Monumento a Lincoln..Pero la mayoría pasa de largo, sin ver o prestar atención, a este pequeño punto que para los americanos tiene mucha importancia, y eso que está justo enfrente de la Casa del Presidente.


Es sólo un monolito de unos 130 centímetros de alto por 60 de ancho, pero en sí mismo encierra el secreto de las miles de carreteras y autopistas que vertebran los Estados Unidos de América.


Resulta ser, que para llamar la atención sobre el grave problema de carreteras que sufría el país, que no se adaptó a tiempo al embate brutal de los vehículos a motor, se decidió que un convoy cruzara el país desde Washington hasta San Francisco y, ¿a que no saben ustedes desde donde salio? Pues si, desde este punto frente a la Casa Blanca.


Y para conmemorarlo nada mejor que levantar un monumento que fuera decisivo y claro pero al mismo tiempo modesto y que no restara protagonismo al Obelisco o a la Casa Blanca. Por ello se eligieron dos materiales nobles, la columna hecha de granito y una brújula de bronce que señala todos los puntos del orbe. Por supuesto que no podía faltar la frase decisiva que le diera aún más preponderancia al monumento, que solemnemente pone "Punto para la medición de las distancias desde Washington en las carreteras de los Estados Unidos".
Todo esto ocurrió en 1923 y aunque en gran parte olvidado hoy, el marcador aún representa la unificación de los Estados Unidos a través del sistema de carreteras.

La humanidad en general, es muy propensa a mirar atrás en la Historia, a veces con vergüenza, otras con orgullo, muchas con tristeza y las menos de las veces con alegría. Son muchas las guerras que han enfrentado a naciones e incluso a hermanos contra hermanos, a lo largo de la larga vida de nuestro planeta Tierra.




Por cercanía, a los americanos les toca la memoria la terrible guerra de Vietnam, donde nada menos que 58.000 hombres (seguro que más) perdieron inútilmente sus vidas. Digo inútilmente porque soy un acérrimo antibélicista y por ello toda expresión de fuerza mal usada, asesinatos y suicidios que acompaña indefectiblemente a los conflictos armados me hacen pensar qué tan civilizados somos.




Los americanos, aún tan acostumbrados al uso de armas y al arte de la guerra, no pueden olvidar a sus muertos, sobre todo a toda la sangre joven que se derramó en Vietnam. Por eso decidieron levantar este monumento que se erige como símbolo de honor de los Estados Unidos y reconocimiento de los hombres y mujeres que sirvieron y sacrificaron sus vidas en ese conflicto.




Para que el efecto emocional fuera aún mayor, grabado en el granito negro de las paredes están los nombres de sus víctimas fallecidas pero también de los que aún siguen desaparecidos.
La obra de Maya Ying Lin terminada en 1982 no careció de controversia, y como nunca llueve a gusto de todos, algunos veteranos y sus partidarios políticos dijeron que el muro era una "lápida gigante", que querían una representación más heroica, como la vida de un soldado.
Buscando el contento de todos, se añadió un conjunto escultórico que representa a las tres principales etnias que lucharon en nombre de los estados unidos: la blanca, la negra y la oriental (sobre todo los miembros de la comunidad china inmigrante).


Hoy, miles de personas visitan la pared en busca de algún familiar, con la esperanza de que ante su nombre haya una cruz de desaparecido en vez de un rombo que confirmaría su muerte.
Ha pasado mucho tiempo ya, pero la esperanza y el recuerdo nunca mueren.

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