lunes, 2 de septiembre de 2013

Fuerteventura (II)

Y seguimos el viaje. El siguiente punto era La Oliva. El pueblo de La Oliva fue el centro político de Fuerteventura desde principios del siglo XVII hasta mediados del XIX.



Justo en el centro de la ciudad está la iglesia principal (Parroquia de Nuestra Señora de Candelaria). Esta bonita y pequeña iglesia tiene una torre campanario cuadrada visible desde muy lejos, y una puerta de madera tallada muy elegante. Lo más destacado en el interior es el techo mudéjar, y una enorme pintura del “Juicio Final” , además del altar barroco pintado por Juan de Miranda (1723-1805).


Esta es la llamada Casa del Inglés

Y salimos del pueblo. Típico molino majorero


A Betancuria se la considera la capital histórica de Canarias. Su nombre se debe al normando Juan de Bethencourt, quien la fundó junto con Gadifer de la Salle en 1404. El valle de Betancuria fue el primer asentamiento de la isla. Desde la conquista, Betancuria se convirtió en la capital y sede de diversos órganos gubernativos, religiosos y administrativos (cabildo, juzgados, etc.).


En 1593 fue prácticamente arrasada por una invasión berberisca, siendo destruida la Iglesia Catedral de Santa María de Betancuria, aunque fue reconstruida años después. A partir del siglo XIX, Betancuria fue perdiendo progresivamente poder a favor de otros núcleos de población (gracias a su desarrollo económico), como Pájara, La Oliva, Antigua o Puerto de Cabras. Finalmente en 1834 perdería la capitalidad de la isla.


Con 680 habitantes es el municipio menos poblado de Canarias.


Iglesia de Santa María de Betancuria
A comienzos del siglo XV los conquistadores levantaron un sencillo oratorio donde poder cumplir con los preceptos religiosos; esta primera capilla fue sustituida hacia el año 1410 por el nuevo templo, mandado a construir por el conquistador Jean de Bethencorurt, encargándose de las obras Jean le Maçon. Esta iglesia se edificó siguiendo las pautas del estilo gótico francés del siglo
XV. En el año 1593 fue destruida por los piratas berberiscos, capitaneados por el arráez Xabán, que arrasaron la villa.


Las obras de reconstrucción del templo se iniciaron en el siglo XVI, y no finalizaran hasta la última década del XVII. El resultado de estas obras es la iglesia que hoy podemos contemplar, en la que se aprecian elementos góticos, mudéjares, renacentistas y barrocos.




Su emplazamiento en un valle interior, alejado de la costa y rodeado de montañas se debe a razones militares y estratégicas, se debe, por una parte a su fertilidad, presencia de agua y riqueza vegetal, en el contexto insular  y, por otra, a que esta ubicación ofrecía cierta seguridad y permitía una mejor defensa ante posibles ataques piráticos.
Sin embargo, esta situación no pudo impedir que cuando las hordas berberiscas de Arraez Xabán invadieron la isla en el año 1593 llegaran hasta Betancuria, donde quemaron, destruyeron y desvalijaron los principales edificios, incluyendo la iglesia de
Santa María.




Las primeras edificaciones que se levantaron en Betancuria durante el proceso de conquista fueron una torre defensiva denominada Valtarajal y una ermita, en la que el conquistador Jean de Bethencourt colocó en el año 1405 una imagen de la Virgen que había traído de Francia, aunque en la actualidad no se conservan estas construcciones.




Finalizada la conquista, Betancuria se convirtió en centro rector de la isla y en su territorio comenzó a asentarse una nueva sociedad, conformada por los colonos europeos y parte de la población aborigen que sobrevivió al proceso de conquista, implantándose una economía basada en las actividades agropecuarias, en la recolección de orchilla y en el comercio. También se radicaron en Betancuria los señores territoriales de la isla, cuya casa-palacio se ubicó en la trasera de la iglesia; las principales autoridades civiles, religiosas y militares; y todas las instituciones y órganos de gobierno insulares. De este modo Betancuria se convirtió en “villa de señorío”, en capital de la isla con jurisdicción sobre todo el territorio insular.















La fundación del convento franciscano fue autorizada por una Bula del papa Benedicto XIII en el año 1416, que facultaba a Pedro de Pernía y Fray Juan de Baeza para su edificación. Sin embargo, la finalización de la construcción debió retrasarse puesto que en el año 1423 fray Juan de Baeza obtuvo nueva Bula de Martin V, mediante la cual se concedía indulgencias a los fieles que ayudaran con sus limosnas a la fábrica del convento.




Con la llegada a la isla de fray Diego de San Nicolás, más tarde San Diego de Alcalá, el cenobio recibió un fuerte impulso y posteriormente, hacía 1454-55, fue ampliado por deseo de los señores de la isla, Diego García de Herrera e Inés Peraza, que en el siglo XV establecieron su residencia en la Villa, donde murió el primero, en el año 1485, siendo enterrado en el convento de San Buenaventura.





En el S. XVII se reedificó y amplió la iglesia conventual, cuyos muros aún se conservan, mientras que del convento sólo perviven restos de los cimientos.








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