miércoles, 20 de mayo de 2015

Fuerteventura (II)

Y seguimos el viaje. El siguiente punto era La Oliva. El pueblo de La Oliva fue el centro político de Fuerteventura desde principios del siglo XVII hasta mediados del XIX.



Justo en el centro de la ciudad está la iglesia principal (Parroquia de Nuestra Señora de Candelaria). Esta bonita y pequeña iglesia tiene una torre campanario cuadrada visible desde muy lejos, y una puerta de madera tallada muy elegante. Lo más destacado en el interior es el techo mudéjar, y una enorme pintura del “Juicio Final” , además del altar barroco pintado por Juan de Miranda (1723-1805).




Esta es la llamada Casa del Inglés



Y salimos del pueblo




Monumento a Miguel de Unamuno. Es obra del escultor Juan Borges Linares y está situado en la Montaña Quemada de La Oliva.




A esta hora hacía un poco de calor
Típico molino majorero


Y seguimos el viaje


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Este edificio es un mirador y restaurante


Las vistas
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A Betancuria se la considera la capital histórica de Canarias. Su nombre se debe al normando Juan de Bethencourt, quien la fundó junto con Gadifer de la Salle en 1404. El valle de Betancuria fue el primer asentamiento de la isla. Desde la conquista, Betancuria se convirtió en la capital y sede de diversos órganos gubernativos, religiosos y administrativos (cabildo, juzgados, etc.).
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En 1593 fue prácticamente arrasada por una invasión berberisca, siendo destruida la Iglesia Catedral de Santa María de Betancuria, aunque fue reconstruida años después. A partir del siglo XIX, Betancuria fue perdiendo progresivamente poder a favor de otros núcleos de población (gracias a su desarrollo económico), como Pájara, La Oliva, Antigua o Puerto de Cabras. Finalmente en 1834 perdería la capitalidad de la isla.


Con 680 habitantes es el municipio menos poblado de Canarias.
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Iglesia de Santa María de Betancuria
A comienzos del siglo XV los conquistadores levantaron un sencillo oratorio donde poder cumplir con los preceptos religiosos; esta primera capilla fue sustituida hacia el año 1410 por el nuevo templo, mandado a construir por el conquistador Jean de Bethencorurt, encargándose de las obras Jean le Maçon. Esta iglesia se edificó siguiendo las pautas del estilo gótico francés del siglo
XV. En el año 1593 fue destruida por los piratas berberiscos, capitaneados por el arráez Xabán, que arrasaron la villa.
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Las obras de reconstrucción del templo se iniciaron en el siglo XVI, y no finalizaran hasta la última década del XVII, como se refleja en la inscripción de la torre que dice: “Esta obra/ se iso / año de 91 siendo/ mayordomo de / Fabrica el capitan/ Ruis la iso/ el maestro Parraga”. El resultado de estas obras es la iglesia que hoy podemos contemplar, en la que se aprecian elementos góticos, mudéjares, renacentistas y barrocos.
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Su emplazamiento en un valle interior, alejado de la costa y rodeado de montañas se debe a razones militares y estratégicas, se debe, por una parte a su fertilidad, presencia de agua y riqueza vegetal, en el contexto insular; y, por otra, a que esta ubicación ofrecía cierta seguridad y permitía una mejor defensa ante posibles ataques piráticos.
Sin embargo, esta situación no pudo impedir que cuando las hordas berberiscas de Arraez Xabán invadieron la isla en el año 1593 llegaran hasta Betancuria, donde quemaron, destruyeron y desvalijaron los principales edificios, incluyendo la iglesia de
Santa María.




Las primeras edificaciones que se levantaron en Betancuria durante el proceso de conquista fueron una torre defensiva denominada Valtarajal y una ermita, en la que el conquistador Jean de Bethencourt colocó en el año 1405 una imagen de la Virgen que había traído de Francia, aunque en la actualidad no se conservan estas construcciones.






Finalizada la conquista, Betancuria se convirtió en centro rector de la isla y en su territorio comenzó a asentarse una nueva sociedad, conformada por los colonos europeos y parte de la población aborigen que sobrevivió al proceso de conquista, implantándose una economía basada en las actividades agropecuarias, en la recolección de orchilla y en el comercio. También se radicaron en Betancuria los señores territoriales de la isla, cuya casa-palacio se ubicó en la trasera de la iglesia; las principales autoridades civiles, religiosas y militares; y todas las instituciones y órganos de gobierno insulares. De este modo Betancuria se convirtió en “villa de señorío”, en capital de la isla con jurisdicción sobre todo el territorio insular.




Las principales instituciones y órganos de gobierno eran el señor territorial que ejercía la jurisdicción, nombraba todos los oficios públicos, percibía tributos y concedía “mercedes” de tierra; y el Cabildo, que se ocupaba de ordenar la vida insular y estaba compuesto por un alcalde mayor, los regidores y el escribano.


En el orden religioso se levantó hacia el año 1410 la iglesia de Santa María, erigida en parroquia única de la isla hasta el siglo XVIII. En 1416 los monjes franciscanos, procedentes de Castilla, abrieron un convento bajo la advocación de San Buenaventura, que fue nombrado patrono de la isla.

En 1424 una Bula del Papa Martín V creó Diócesis de Fuerteventura, cuya jurisdicción comprendía todas las islas Canarias, excepto Lanzarote que contaba con el Obispado del Rubicón. Aquel Obispado fue suprimido en 1430 y su único titular fue Fray Martín de las Casas.




En torno a estos centros religiosos, y a medida que la población se incrementaba y expandía hacia los valles y llanos de la isla, fueron surgiendo ermitas a lo largo de los siglos XVI al XVII, tanto en la propia villa de Betancuria como en otros caseríos. En el territorio que actualmente pertenece al municipio de Betancuria se levantaron las ermitas de Santa Catalina, San Salvador, Santas Justa y Rufina, San Diego, San Sebastián, Santa Inés, Ntra. Sra. de la Peña y la iglesia del convento de San
Buenaventura.





Hasta muy avanzado el siglo XVIII la economía de Betancuria y de toda la isla se fundamentó en la agricultura cerealera de secano, la ganadería, básicamente caprina, y el comercio de los excedentes agropecuarios. Tanto la agricultura como la ganadería dependían de la climatología, de modo que en los años lluviosos se obtenían abundantes cosechas, que permitían abastecer a la población de la isla y exportar excedentes al resto del Archipiélago y a Madeira. Pero los años secos, que se sucedían con frecuencia, provocaban crisis carenciales que obligaban a la población a emigrar. Las crisis económicas, que comportaban importantes recesos demográficos, se sucedieron con carácter cíclico a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Pese a ello en esta última centuria se registró un importante auge económico, con abundantes cosechas de cereales, a las que se unieron la explotación y comercialización de la barrilla, demandada en los mercados europeos para la obtención de sosa. Esta bonanza económica supuso un considerable incremento demográfico e influyó en la expansión de pueblos como Antigua, Tetir, Pájara, Casillas del Ángel y Tuineje.


Iglesia Conventual de San Buenaventura
La fundación del convento franciscano fue autorizada por una Bula del papa Benedicto XIII en el año 1416, que facultaba a Pedro de Pernía y Fray Juan de Baeza para su edificación. Sin embargo, la finalización de la construcción debió retrasarse puesto que en el año 1423 fray Juan de Baeza obtuvo nueva Bula de Martin V, mediante la cual se concedía indulgencias a los fieles que ayudaran con sus limosnas a la fábrica del convento.




Con la llegada a la isla de fray Diego de San Nicolás, más tarde San Diego de Alcalá, el cenobio recibió un fuerte impulso y posteriormente, hacía 1454-55, fue ampliado por deseo de los señores de la isla, Diego García de Herrera e Inés Peraza, que en el siglo XV establecieron su residencia en la Villa, donde murió el primero, en el año 1485, siendo enterrado en el convento de San Buenaventura.





En el S. XVII se reedificó y amplió la iglesia conventual, cuyos muros aún se conservan, mientras que del convento sólo perviven restos de los cimientos.












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