lunes, 10 de agosto de 2015

Salzburgo, la Ciudad de la Sal (II)



Estación meteorológica de Residenzplatz


Una de las sorpresas que nos ofrece Salzburgo, muy escondida, a los pies de los muros de la Residenz, es una estación meteorológica con todos los aires y pompa del barroco.

No sale en ninguna guía, y como siempre, me pregunto el por qué, si resulta ser un atractivo turístico, cultural y científico con el mismo valor que los otros.
De cualquier manera, no me resisto a darle la importancia que tiene y decido fotografiar cada una de sus caras, ya que aunque no tengo especial interés en la meteorología, si que me resulta como mínimo curioso, la manera en que la pequeña torre nos regala toda la información que le pidamos, como temperatura, presión, humedad...


Pertenece a un conjunto de estaciones que se colocaron por toda Austria, pero de las que quedan contados ejemplares, y éste es el mejor conservado.
Con ellas, los empíricos científicos del Siglo de las Luces, podían empezar a dar los primeros pasos de la meteorología moderna, que hasta entonces se basaba en la observación del cielo, del vuelo de las aves y de los cambios estacionales.
La fastuosa residencia de los príncipes

La Residenz fue la "modesta" residencia de los príncipes obispos hasta el siglo XIX. Si ya el exterior impone con su aspecto de palacio fortaleza, el interior, lleno de salones desvergonzadamente opulentos, adornados con tapices y frescos de Rottmayr y la sala donde Mozart, como no, actuó por primera vez en público, a la madura edad de 6 añitos, es realmente apabullante. Si como adición visitamos ( incluida en el ticket) la Residenz Galerie, disfrutaremos de una magnífica colección de pintura flamenca y holandesa.





El edificio representa una parte del inmenso poder que llegaron a ostentar los Arzobispos de Salzburgo, temidos incluso por los propios reyes austriacos.
En el patio, una curiosa escultura de aluminio y acero formada por cientos de letras, una fuente de dudoso gusto encastrada en la pared del Palacio, y al salir, una de las paradas de los cocheros en sus rutas turísticas por Salzburgo.

La plaza de la catedral


Así es como llaman los Austriacos a la plaza donde se alzan sus catedrales, ya que Dom deriva del latín Domus, ya que es la Casa del Señor. La plaza, completamente cerrada por los edificios de la Residenz y la Abadía de San Pedro en tres de sus partes, y por la catedral por el oeste, se nos muestra acogedora, y diferente, aunque siempre vigilada, como toda la ciudad por la fortaleza, que parece surgir de improviso por encima de cualquier tejado.
En su centro, una pirámide de cristal y acero recubre y protege el conjunto de la Virgen y la lucha de los ángeles con el demonio, de Johann Baptist Hagenauer, esculpida entre 1766 y 1771. Completan el conjunto las alegorías de la verdad y la Iglesia.



Según las crónicas, la plaza era el sitio escogido para llevar a cabo rituales y sacrificios en tiempos romanos y celtas, y en la actualidad, en él tiene lugar, la representación del "Jedermann", una tragedia sobre la avaricia del hombre y su inevitable destino, la muerte.
Aparte, cada navidad, uno de los más coloridos mercados de Austria toma totalmente la plaza y según dicen es digno de visitar... Así que tendremos que volver.
La imponente catedral de Salzburgo







 La seria y elegante, como la ciudad, catedral o Dom se levanta en la plaza que lleva su nombre, siempre bajo la atenta vigilancia, protectora, de la fortaleza de Salburgo.







Si nos acercamos a su entrada, aparte de sentirnos más pequeños, observamos al detalle sus tres puertas de bronce que simbolizan la Fe, la Esperanza y la Caridad. Ya dentro, llama la atención su linterna, reconstruida, tras ser destruida por una bomba en 1944. Fijémonos en la cúpula y en la pila bautismal románica, donde fue bautizado el niño Mozart. Cuando ya hayamos llenado nuestra memoria de la grandiosidad de los frescos del techo y la imponencia de sus paredes barrocas, debemos bajar a las catacumbas, donde están las tumbas de los príncipes arzobispos que gobernaron Salzburgo largo tiempo.













Lo curioso es que una parte de ese espacio mortuorio se dedica a una especie de exposición alternativa de muñequitos con formas fantasmagóricas, en un guiño cómico a la seriedad del lugar.








Donde se divierten los vecinos de Mozart
No cabe mejor título, ya que, sea en verano, con sus decenas de puestos de artesanía, de comida o de delicioso vino austriaco, en invierno, con su ajedrez gigante y el mercadillo de Navidad, o en cualquier época del año en general en que los salzburgueses quieran celebrar algo, el lugar elegido siempre es esta plaza, encajonada entre la Catedral y las calles que suben al castillo, rodeada del Palacio del Obispo y de edificios administrativos de la Universidad.




Es realmente amplia y si buscáis en internet veréis la cantidad de puestos, atracciones ( tiovivos incluidos) y chiringuitos que llegan a caber en las ferias de verano o de Navidad.
En mi visita invernal, la plaza estaba casi desierta, a no ser por ese ajedrez helado y por una gigantesca bola dorada con un personaje encima al que si miras rápido y de reojo puedes confundir con una persona real.



Me quedaron muchas ganas de ver como sería el ambiente en plenas navidades, resguardado del helado viento con un vino caliente con azúcar y canela en las manos....

El pintoresco y curioso cementerio.






Este cementerio, de los más bonitos y curiosos que he visto nunca, tiene de todo, Leyendas, obras de arte, religiosidad hasta el extremo, construcciones arriesgadas y sobre todo mucho encanto.
Puede parecer extraño decir que un cementerio tenga eso, encanto, pero cuando se llega a él, después de meterse por varias callejuelas a un lado de la Kapitelplatz y pasar la verja en la pared que franquea la entrada, encontramos un bosque de cruces que cubre un espacio de tamaño considerable, justo a los pies de la fortaleza de Salzburgo, continente de dos iglesias y contenido por altos muretes donde se alojan las últimas moradas de los más excelsos y ricos en vida habitantes de la ciudad.
Pero entremos, y dejemos que nos envuelva la sensación de quietud que suele acompañar a las visitas a los camposantos, lugares de descanso eterno que suelen llamar la atención de los vivos, que como yo, buscan si no sensaciones macabras, ese arte funerario que parece ser más fuerte en Centroeuropa, mas delicado, pero más visceral.






Dejémonos envolver por las leyendas, como la de Las 7 Cruces, que cuenta cómo el albañil Sebastian Stumpfegger mató y enterró a seis esposas a base de amordazarlas y hacerles cosquillas en los pies, hasta que morían de risa. Por eso nadie supo nunca de qué habían muerto, excepto la última, que pudo escapar y contar la historia...
Las cruces del cementerio, en hierro, madera o bronce, llaman la atención por estar adornadas con pinturas inocentes y sencillas, que reflejan un calvario o un nacimiento.







Las grandes tumbas de alrededor, nos salen al paso para decir que sus moradores fueron importantes en vida, y también lo quieren ser en la muerte y para toda la eternidad. Grandes, anchas y muy adornadas, sólo se relacionan con las de su categoría, sin querer saber nada de las tumbas de tierra que parecen custodiar.
En el acantilado del castillo se esconden capillas y pequeñas criptas que fueron excavadas por ermitaños en la noche de los tiempos, pero que pronto fueron ocupadas por más difuntos, cuando ellos las abandonaron.
Las iglesias del cementerio son otra historia que pertenece a otro rincón....

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