miércoles, 23 de septiembre de 2015

Cataluña (VI)

La iglesia y su retablo
En una población tan antigua como Santa Coloma no podía faltar esa joya que siempre aparece, como por arte de magia en nuestros viajes. En esta ocasión se trata de una pequeña iglesia que sin embargo es el principal templo de la población y que hunde sus raíces ( en este caso sus cimientos) en un tiempo tan lejano como es el siglo X, cuando era una sencilla iglesia románica de la que apenas quedan algunos restos encontrados en excavaciones recientes.


Claro que era de esperar, ya que el gran crecimiento demográfico que experimentó tanto esta región como casi la totalidad de Cataluña, hizo necesaria la ampliación de los edificios públicos, y en 1330 se empezó a levantar el templo que sería orgullo de los habitantes de la boscosa zona de la Conca de Barberá.







Construida por partes, con grandes periodos de inactividad, la iglesia iba añadiéndose a sí misma lo que más le iba gustando de los estilos artísticos que iban apareciendo con el tiempo. De esta manera tiene una fachada principal de estilo gótico, otra renacentista, una capilla barroca... Una mezcla que aunque parezca incongruente es deliciosa a la vista, y es un libro abierto a la historia del arte religioso catalán. Pero he aquí que aunque levantada gracias a las donaciones privadas, el dinero y el tiempo nunca fueron suficientes, por lo que aún hoy en día se dice que la iglesia está inacabada.


Otra de sus peculiaridades está en su robustísimo campanario, que tiene una base de casi 10 metros cuadrados y unos 40 metros de altura, lo que lo hace desproporcionado con el tamaño de la iglesia.


Pero lo realmente interesante está dentro, donde nos acoge una espaciosa y semioscura nave que nos permite deambular alrededor de un altar de donde pende casi mágicamente una cruz.


Mientras la rodeamos vemos la desnudez de sus paredes, debida sin duda a los dos grandes incendios que sufrió y que casi la dejaron en ruinas; uno de ellos, como en la mayoría de las iglesias catalanas, debido a las hordas de milicianos de la Guerra Civil en el año 1936. Pero si miramos el lado positivo de estos dos grandes desastres, llegaremos a la conclusión de que, a pesar de la cantidad de tesoros artísticos que se perdieron en los incendios, la iglesia recuperó esa estética austera y fría que fue característica principal del gótico catalán; así que siendo un poco crudos, salimos ganando.






Lo que sí permanece, gracias al destino es el maravilloso retablo de alabastro dedicado a Sant Llorenç, cuya manufactura es contemporánea a la edificación de la iglesia y que es una auténtica joya de la escultura gótica catalana. Entre las decenas de figuras que lo pueblan, distinguimos al santo con la parrilla de su martirio en las manos mientras le rodean diversas escenas de su vida y milagros, así como la Anunciación y la Pasión de Cristo, temas recurrentes en la época.


Con un poco de suerte, como la que yo tuve, la sacristana del templo nos podrá dar toda la información que queramos no sólo de la iglesia, sino también de la Villa. Y puedo asegurar que es realmente interesante...


La plaza del mercado
Se llamó en tiempos medievales la Plaza de las Eras, debido a que fue lugar de trilla del cereal que se cultivaba en toda la Conca del Barberá. Más tarde fue sede y sitio de los mercados agrícolas y ganaderos de la zona que se unificaron bajo la denominación de Fira de Santa Tecla, hasta que en el siglo XIII aparecieron los templarios y la convirtieron en el corazón de la Villa señorial de los Condes de Querralt.





Fue desde entonces la Plaza Mayor más importante y concurrida de toda la región, con sus pórticos, sus edificios de varios estilos y épocas que muestran preciosas barandillas de hierro forjado en sus balcones y por encima de todo sede de la Casa de la Vila o Ayuntamiento.

Lo que más llama la atención es su forma irregular, debida a que nació de la unión de dos calles que convergían en un espacio que no pertenecía a ninguna de las dos, por lo que se decidió crear un espacio público que diera unidad a las dos vías principales de la ciudad.

También es notable su torre del reloj, levantada sin duda para cumplir una norma del siglo XIX que obligaba a todos los pueblos de España a tener un reloj, que casi siempre era el de la iglesia frente al ayuntamiento.

Recientemente se ha remodelado el suelo de la plaza para añadirle un aparcamiento público, ya que el tráfico rodado está prohibido en el centro de la Villa.

Ahora nos acercamos a Salou, y sin menospreciar sus playas preferimos acercarnos al único punto que realmente nos interesaba.





La Torre Vella, defensa contra el turco
Eran tiempos difíciles, llenos de incertidumbre y peligros; por un lado los turcos pretendían hacerse con el control del mundo conocido, ampliar su imperio y rendir gloria a Alá y al Sultán, y por otro aumentaba la frecuencia de los ataques piratas y corsarios en el Mediterráneo.










Uno de aquellos religiosos de estirpe militar, el arzobispo Pere de Cardona, decidió levantar una torre desde la que se pudiera divisar la llegada de los invasores y al mismo tiempo defender a la antigua Salauris del hambre y ansia de riquezas del turco y de los piratas.



Para ello edificó una mole cuadrada de diez metros de lado a la que añadió posteriormente varias dependencias anexas, convirtiéndola en un pequeño castillo, una fortificación que aunque no era imponente si que valía perfectamente para la función que debía cumplir. Para que quedara constancia del benefactor que protegió con su torre las costas desde las que una vez salió Jaume I para conquistar Mallorca, mandó a labrar en la fachada de la torre su escudo heráldico.




Con los siglos, el peligro pasó, y la torre defensiva junto con la masía adyacente se convirtieron en residencia. Hoy en día es un centro cultural que acoge una de las más delicadas muestras del arte del esmalte y en su conjunto constituye un delicioso parque urbano cuidado con mimo y dedicación que refuerza aún más el valor y la impresionante belleza de la torre.
Un saltito a Cambrills
La iglesia y la torre
La Virgen del Camino es la patrona de Cambrils y lo ha sido siempre, aunque parezca un hecho contemporáneo, sobre todo si nos acercamos a ver su ermita, que es realmente una iglesia del siglo XVIII en piedra de Montjuïc ( y que los pescadores transportaron en sus barcas desde Barcelona) que sustituye a una construcción anterior.

Pero lo que realmente nos sorprende es la torre que está adosada al templo. Choca un poco su porte medieval con el aire barroco de la iglesia, su rudeza frente a la delicada factura de la parroquia.



Y es que no es para menos, puesto que su imponente altura y sus paredes de piedra y mortero centran nuestra atención frente a todo el conjunto que forman las dos construcciones y la plaza que las acoge.

En el momento de mi visita no estaba abierta, pero investigando pude saber que la vista de Cambrils y de la costa que se puede disfrutar desde su terraza, y después de subir los 80 escalones de piedra, es realmente espectacular.






Aparte, hay una exposición permanente que cuenta la historia de Cambrils como puerto de intercambio desde casi sus orígenes, población de paso obligado en el Camino Real y nudo de comunicaciones desde la Edad Media e incluso en época romana, ya que por ella pasaba la Vía Augusta.

Fue por ello que la torre fue un elemento defensivo de primer orden y punto clave en la defensa de la ciudad, por su ubicación y por la ventaja de poder avistar posibles peligros mucho antes de que llegaran a la población.

Una vez pasada la tormentosa época de saqueos y conquistas, y tras adosarse a la nueva iglesia, sirvió de residencia, de pequeño convento para los monjes que cuidaban a la virgen, y ya en siglos posteriores transformó su función en centro de telecomunicaciones.

Desgraciadamente el siglo XX trajo su abandono hasta que a finales del mismo se proyectó su recuperación y actualmente se trata de una de las joyas de Cambrils, no solo por su arquitectura e historia sino también por el interesante contenido que muestra.
De aquí a L'Ametlla de Mar
Un pueblo de pescadores
Pasear por L'Ametlla es pasear por sus orillas, por su mar; es bajar desde el centro del pueblo hasta el magnífico mirador desde donde se tienen unas vistas perfectas de la platja de L'Alguer, una preciosa playa urbana que invita al baño y al sol, es disfrutar de los estrechos callejones que forman las casas blancas que un día fueron de pescadores y hoy habitan los veraneantes o acercarnos al puerto a degustar la marinera gastronomía de la localidad en los múltiples restaurantes y "chiringuitos" de playa que se encuentran en la zona.


Precisamente fueron los pescadores los que habitaron por primera vez estas calas, protegidas de las corrientes del Mediterráneo, tras la Guerra de Independencia. Poco a poco se convirtió en uno de los puertos principales del litoral catalán y aunque aún se sigue con expectación la llegada de los barcos mediada la tarde y su consiguiente subasta de pescado, el principal motor de la localidad es el turismo, atraído por las preciosas calas y un clima suave y soleado.



El Paseo Marítimo nos sirve para hacernos una idea global de L'Ametlla, para llevarnos una pequeña idea de las maravillas que nos puede ofrecer un pueblo de ambiente pescador y belleza mediterránea, que esconde 14 kilómetros de preciosa costa dorada.
Y de aquí a Amposta
El titan de acero y hormigón
Uno de mis hitos en el recorrido que realicé por tierras catalanas era sin duda este puente. Desde siempre me había atraído su elegancia, su porte y sobre todo su valentía. No debe ser fácil cruzar el Ebro por el aire, sostenido por cables y hormigón, sobre todo cuando se mide 134 metros y se tiene casi 100 años. No, no debe serlo.


Pero el puente, levantado después de un concurso de propuestas e inspirado en aquellos del lejano Brooklyn o del cercano Bilbao, se mantuvo en su sitio durante dos décadas, hasta que la aviación italiana consiguió lo que no habían logrado las crecidas del Ebro o el paso del tiempo. Objetivo de las tropas en plena Guerra Civil, fue destruido casi hasta sus cimientos.






Una vez pasada la contienda se reconstruyó respetando fielmente los planos originales y desde entonces, han sido numerosas las ocasiones en las que ha necesitado reparaciones menores, como el cambio de cables, anclajes y diversos arreglos que requerían los nuevos tiempos, que lo han mantenido tal y como hoy podemos admirarlo.

Vale la pena pasear por sus carriles peatonales para admirar las márgenes del río Ebro, la arquitectura fluvial que las adorna y sobre todo para contemplar más de cerca las dos gigantescas pilastras de piedra que en forma de arco de triunfo se erigen a cada uno de los lados del río.





Sin duda un gigante que desafía el paso del tiempo mientras ve pasar las aguas del Ebro bajo sus pies.

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