viernes, 9 de septiembre de 2016

La Gomera, el último paraíso (I)

Mi primer viaje fuera de Tenerife lo recuerdo como si fuera ayer mismo. Aunque tenía unos pocos años, en mi memoria se habían grabado para siempre los paisajes únicos e incomparables de la isla de La Gomera. Según pasaron los años continué visitándola asiduamente, a veces con amigos a disfrutar de las fiestas de Guadalupe, otras para enseñarla a mis foráneos, otras simplemente para recordarla.
Pero metido en esto de los blogs de viaje, decidí organizar una visita más profunda, más documentada que ofrecer a todos los que me hicieran el honor de leer lo que escribo. Así que tras un par de llamadas y correos electrónicos, montamos una escapada de cuatro días con la colaboración desinteresada y amable de los apartamentos Los Telares de Hermigua, Naviera Armas y Excursiones Tina La Gomera.
A todos ellos nuestro eterno agradecimiento, porque sin su ayuda este pequeño pero intenso viaje a la Isla Colombina no hubiera sido posible.
Y nos subimos al Volcán de Taburiente, uno de los más queridos por todos los que frecuentemente cruzan el mar de una isla a otra y que forma parte de la enorme flota de 10 barcos que es de las más modernas de Europa.


A bordo encontramos un enorme abanico de servicios, desde bares, restaurantes y tiendas hasta un divertido servicio de animación que harán la corta jornada de navegación mucho más entretenida.







Y una vez en tierra, sacamos el coche de la bodega del barco y a conducir hasta nuestro alojamiento en Hermigua, donde amablemente invitados por la propietaria, la encantadora Luisa, nos hospedamos en los maravillosos apartamentos Los Telares, un lugar donde se tejen sueños y paz.

Ubicado en la misma carretera que conduce al pueblo de Hermigua, el edificio que ha pasado por varias restauraciones y ampliaciones, fruto del incansable y visionario trabajo de sus propietarios para proporcionar a los visitantes del valle un lugar cómodo y acogedor donde pasar sus vacaciones en la isla, nos recibió siguiendo la filosofía sencilla y familiar que caracteriza a la empresa: las llaves estaban en la puerta. Esto es algo que nos sorprendió en un principio, pero luego caímos en la cuenta de que la Gomera sigue siendo diferente, un lugar seguro que sabe cómo recibir a sus visitantes, con confianza y afabilidad, con amistad y calor.















Entramos al apartamento y nos sorprendió su amplitud, su luz y sobre todo ese toque familiar que le han dado sus dueños con la combinación de materiales nuevos y muebles reciclados. Porque esa es una de las premisas de la empresa: la sostenibilidad y la fusión con el medio ambiente que rodea el lugar. Las vistas desde el salón y la habitación son impresionantes: barrancos, montañas, caserones que parecen sacados de una antigua postal o de un Nacimiento navideño. Y sobre todo silencio, paz y tranquilidad.
Una cocina completa, completísima, una cama enorme y muy cómoda, una fabulosa pantalla plana, armarios inmensos y un baño donde prepararnos cómodamente antes de salir a explorar la isla o donde darnos una relajante ducha antes de meternos descansar tras un día de descubrimientos.







Por la mañana a las 8, con una puntualidad increíble, el desayuno estaba en nuestra puerta, caliente, sabroso y suculento; una variada bandeja de fruta, mantequilla, mermelada, pan, fiambre, café, leche y zumo, fuerza y energía para alimentar la ilusión de nuestro viaje por la isla.


Pero " Los Telares" nos tenía más sorpresas, ya que subiendo a la planta noble del edificio, encontramos un lugar realmente especial, un precioso salón donde pasar la tarde leyendo, jugando, viendo la televisión o simplemente disfrutando del paisaje o charlando al calor de una acogedora chimenea. La verdad es que una vez que entramos en las dos estancias que componen el salón común, nos entraron unas ganas irresistibles de quedarnos a disfrutar de la tranquilidad y le sosiego que se respiraba en él.








Para completar los servicios de los apartamentos, sólo con cruzar la calle estaremos en el mágico jardín que está situado por encima de la carretera y que alberga una hermosa piscina con unas vistas del valle realmente fascinantes.



Vegetación abundante, tumbonas en varios solariums, ruedas de molino de gofio y sobre todo coloridas y fragantes flores que dan al lugar un encanto realmente especial.

Puedo asegurarles que habiendo recorrido gran parte del mundo, en pocos lugares me había sentido tan cómodo y tan bien acogido como en los Apartamentos Los Telares de Hermigua.
Con sólo decirles que antes de haberme ido ya pensaba en cuando volvería de nuevo.
Fueron unos días únicos, inolvidables y llenos de encanto, como la isla de La Gomera.

La historia de una ilusión

Vamos a imaginar que tenemos una máquina del tiempo y ponemos el indicador de fecha marcando los años 70, justo cuando yo nací.



En ese momento, las Islas Canarias no vivían, como lo hacen ahora, del turismo y los servicios, sino que su economía estaba basada sobre todo en la agricultura de subsistencia y una masiva exportación de plátanos y tomates. Las islas mayores, más cosmopolitas, buscaban abrirse a nuevos horizontes que generaran más ingresos, y salir de la era en que los grandes propietarios y familias nobles llevaban las riendas de las islas.








La Gomera, tan cerca pero al tiempo tan aislada, regida por su difícil relieve , no encontraba la manera de salir de ese círculo en que la historia la había encerrado. Pero he aquí que apareció, como en todas las leyendas, una heroína que lo iba a cambiar todo.





Doña Maruca Gómez, una profesora que se desvivía porque sus alumnos, adultos que buscaban en la lectura y la escritura un medio para superarse, decidió aplicar una parte de la gran pasión que ponía en todos sus asuntos a cambiar la situación que se vivía en su pueblo de Hermigua.
Cansada de que sus paisanos tuvieran que emigrar a Tenerife y la lejana Venezuela, puso en marcha un plan perfecto para darles trabajo y fomentar la ya casi olvidada artesanía de la isla.
Compró telares y los ubicó juntos para que las tejedoras pudieran hacer bolsos y colchas, resucitó la fascinante alfarería gomera ( magia en las manos del artesano que no utiliza ni un simple torno, sino que la modela con sus manos), recuperó antiguos enseres y útiles de cocina, labranza, quesería y todo lo que pasaba por sus expertas manos, fomentó el uso de la badana de plátano, suave pero resistente para volver a trenzar preciosas cestas...

Con todo el arsenal funcionando y produciendo, decidió dar un paso más y comercializó el maravilloso fruto que salía de unas manos que veían un nuevo futuro sin tener que separarse de sus familias. Ya no iban a emigrar; por el contrario, ahora verían como los turistas visitarían su preciosa isla y compraban lo que con tanto amor y dedicación habían fabricado.
Mas tarde, Doña Maruca reunió parte e su colección y abrió un museo cuyo corazón es un molino de gofio artesanal movido por agua, que su nieto se encarga orgullosamente de enseñar a los centenares de visitantes que a diario pasan por el museo. Como complemento dos tiendas que ofrecen lo mejor de la artesanía gomera, con una infinita variedad de recuerdos, una cafetería acogedora y luminosa, y un huerto donde crece todo tipo de frutas y verduras, como mangos, aguacates y remolachas o una preciosa palmera donde podemos ver muy de cerca la manera en que desde hace siglos se obtiene el guarapo.


Los Telares es un lugar de obligada visita, no sólo para comprar, probar los productos locales y disfrutar del estupendo museo sino para conocer la historia de esta familia de emprendedores que no quisieron que Hermigua dejara morir sus tradiciones, su cultura y su economía. Tres generaciones que nacieron de la ilusión y del esfuerzo y que consiguieron cambiar un capítulo de la historia de La Gomera.
Tres veces levantada
Porque fueron tres las iglesias que desde 1611 se levantaron en este lugar. La primera, una pequeña ermita que se fundó nada más ser colonizado el valle, se derrumbó en el siglo XVII; la segunda aguantó hasta finales del XIX, pero dado su abandono y deterioro tuvo que ser demolida; y la tercera, la actual, que terminó de edificarse a finales de los años 20 del pasado siglo.

La suavidad del estilo, ligeramente influenciado por el art decó, puede verse fácilmente al entrar al templo, austero como casi todas las iglesias gomeras, ausente de grandes retablos y adornos, pero con un encanto especial.



Las imágenes de la virgen que da nombre al templo, la de la Candelaria o un precioso Crucificado, unas andas de plata de delicada factura y sobre todo la luz que parece envolver a los fieles que acuden a orar a la iglesia, nos invitan a sentarnos en los bancos de madera barnizada para disfrutar de la quietud y la paz del lugar.



Pieza fundamental por su belleza y sobre todo originalidad es el medallón que encontramos a la derecha de la puerta de entrada, una Anunciación con todo el color y las suaves formas de la escultura religiosa de principios del siglo XX.


Ninguna ruta por la isla de La Gomera quedaría completa sin pasar por este estupendo centro de visitantes que se localiza justo a las puertas del Parque Nacional.
Entrar en sus instalaciones es aprender de manera fácil y muy gráfica la historia natural y social de la isla.



Por un lado tenemos la gran sala que nos introduce en la formación, geología y hábitats del Parque, con especial atención al único e inigualable bosque de laurisilva. Veremos cómo se formó la isla y la manera en que poco a poco el hombre la ha ido moldeando según sus necesidades, pero siempre respetando el entorno y al tiempo sorteando los obstáculos que su salvaje orografía le imponía.



Por otro, y tras pasar por os cuidados jardines que muestran ejemplos de la flora autóctona, llegamos a la reproducción fiel y cuidada de una casa campesina con todos sus enseres que nos da una idea muy clara de cómo debía ser la vida de los gomeros durante siglos, antes de que la historia contemporánea cambiara sus usos y costumbres. Anexo a ella, un pequeño rincón nos lleva a un pasado más remoto, al de los primitivos habitantes de la isla, con ejemplos de enterramientos y vida cotidiana.
Museo, jardín y universidad popular que debemos visitar para tener una impresión global y completa de los valores que forjaron el que es hoy uno de los mejores ejemplos de desarrollo sostenible de España.

Los pilares de la esperanza
Como ya dijimos en un rincón anterior, hasta mediados del siglo XX, la economía gomera se basaba casi exclusivamente en la producción y exportación del sabroso plátano y el jugoso tomate, que viajaban desde la isla colombina hasta lugares tan lejanos como Inglaterra y varios países de Europa que demandaban tan suculentos frutos de la tierra.

Pero he aquí que de nuevo, la salvaje orografía de la isla iba a ser un impedimento para conseguir que el flujo económico tuviera un desarrollo normal y realmente productivo. Se hacía necesario que la distancia a cubrir desde Hermigua a San Sebastián se redujera o desapareciera. Durante años se usó el embarcadero de la vecina Angulo para dar salida a las cajas de delicada fruta que en toneladas debían salir de la isla.


Los frecuentes roces políticos entre ambos pueblos y sobre todo sus alcaldes, hicieron que cada uno de ellos emprendiera medidas para construir lo que se conocía entonces como pescantes, unas grúas que transportaban en grandes cestos la mercadería hasta los barcos que fondeaban a unos metros de la costa, sustentadas por grandes pilares.




Se fundó una sociedad ( La Unión) y dejando a un lado el poder de los caciques de entonces y su conservadurismo que sólo traía problemas y atrasos comenzó a construir el que sería el instrumento para el cambio radical en la vida de los hermiguenses.
En 1908 se dieron por finalizadas las obras de aquel artilugio que fue milagroso para los agricultores y exportadores del norte de la isla y que funcionaría a pleno rendimiento durante los siguientes 50 años.
Ahora, al pasear por la zona, siempre temerosos de los derrumbamientos de la cercana montaña, podemos ver los restos de lo que fue un importante centro de exportación. Del pescante sólo quedan los gigantescos e hipnotizadores pilares, pero aún se pueden vislumbrar las estructuras del almacén para acopiar y mantener los productos y el local con las oficinas donde se registraban las entradas y salidas.



Muchos recuerdan aún la actividad del pescante y la esperanza que trajo a Hermigua. Recuerdan las toneladas de fruta que salía y las pesetas que entraban, la gente que se embarcaba como si fuera fruta en busca de un futuro mejor, los que volvían desalentados y desilusionados; la vida..
Hoy, el pescante queda como monumento involuntario al tesón, la energía, la valentía y la ilusión de todos aquellos gomeros que quisieron y pudieron construir parte de la historia económica de la Isla de la Gomera.

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