sábado, 11 de febrero de 2017

Berlín, la ciudad reinventada (II)

 Sony Center, el capitalismo tras el Muro
Poco podían imaginar los comunistas que gobernaban el Berlín Este anterior al año 1989, que tras la caída de su escudo de hormigón, que les separaba de los estragos capitalistas, la lujuria constructora y el consumo desenfrenado del Oeste, su sagrado territorio iba a ser pasto y alimento de esos mismos "seres despreciables" que eran sus hermanos pero que habían caído en las garras de la corrupta sociedad occidental.


Lo que parecían no recordar, es que en el sitio exacto donde hoy se levanta el espectacular Sony Center, hubo en un tiempo no muy lejano -justo antes de la 2ª Guerra Mundial- una hermosísima plaza, la Postdamer que fue referente europeo por la belleza de sus edificios, el lujo de sus comercios y la riqueza que se respiraba en ella.




Así que una vez desapareció la atadura comunista y éste terreno que quedó completamente arrasado por el conflicto bélico, sirvió de génesis para la reconstrucción de la parte más moderna y futurista de Berlín. Grandes arquitectos se abalanzaron sobre la gran explanada deseosos de demostrar al mundo lo que podían levantar y cómo la ciudad daría un paso de gigante y se pondría a la cabeza de las mas hermosas de Europa.



Y es que el Sony Center es tan sólo uno de los diamantes que brillan en la actual Postdamer, que presume de un elegante y gigantesco centro comercial, varios hoteles de gran lujo y es centro de la famosa Berlinale.



Pero centrándonos es este complejo que coronado por una cúpula ocupa gran parte del espacio de la plaza, destacaría la sublime torre de cristal y acero de 26 plantas que parece vigilar la entrada, los restos del antiguo Hotel Explanade que aún se conservan y sobre todo el espacio interior que alberga infinidad de restaurantes, bares e incluso, si miramos bajo el piso de cristal, la entrada a uno de los más famosos cines del mundo.


Pero lo que más llama nuestra atención es la cúpula que se levanta sobre nuestras cabezas, formada por radios que nos recuerdan a una rueda de bicicleta o a una tienda de campaña de estilo oriental. La luz que se cuela por sus rendijas tiene un color especial.
Una cosa más, justo enfrente de la tienda Lego hay un paseo de la fama, con estrellas en el suelo que recuerdan a actores alemanes de todos los tiempos.

Puente de Oberbaum, el puente más bonito y curioso de Berlín.
La mayoría de los visitantes del actualmente llamado East Side Gallery, y que en su momento fue una de las zonas más vigiladas para evitar el paso y fuga de los alemanes del Este al Oeste, tan sólo llegan hasta el pedazo kilométrico de muro en el que están pintados los más famosos graffiti de Berlín. Y es una pena, porque si tan sólo seguimos unas decenas de metros hacia el sur podremos disfrutar de uno de los más hermosos puentes de Alemania y sin duda el más elegante de los 916 que cruzan el río Spree y los canales de la ciudad.


Se levantó en la década de 1890 en un estilo ecléctico, que mezcla las almenas y torres del gótico, con las nuevas tendencias de fin de siglo, tan arrebatadas por el ladrillo y los mosaicos. Almenas, torreones y grandes puertas que custodian curiosos miradores sobre el río, durante la Guerra Fría fue tierra de nadie, ya que separaba las dos Alemanias y era común el intercambio de espías bajo sus arcos y pasadizos. Más recientemente, nuestro Calatrava añadió una sección central de acero, que no desentona y que ayuda a que le puente no ceda ante el peso de coches autobuses y metro.




Entre sus curiosidades cabe destacar que cada verano los habitantes de Kreuzberg y Friedrichshain se enzarzan en una batalla de tomates podridos que tiene como principal escenario la gran superficie del puente, o que su nombre viene del gigantesco tronco cubierto de púas con que se cerraba el paso por el río a los contrabandistas durante los siglos XVII y XVIII.



Como vemos, del puente penden leyendas y tristes realidades que lo han adornado durante siglos, y aunque son muy interesantes y le dan lustre y pompa histórica, yo quedo contento tan sólo admirando su belleza rara pero magnética y sobre todo atemporal.

Monumento al Holocausto, el laberinto del recuerdo
Es curioso cómo un lugar puede parecer tan aislado, tan silencioso, tan emotivo aún estando en el pleno centro de una megaciudad como Berlín. Parece que el terreno donde se levantó hubiera estado ahí siempre, esperando ese momento de homenaje.



A dos pasos de la muy simbólica puerta de Brandenburgo, este gigantesco espacio que ocupa lo que en su tiempo fue una manzana ocupada por casas y palacetes, rompe la línea alta y horizontal que crean los edificios a su alrededor, lo que aumenta considerablemente el primer impacto visual.





No recomiendo contarlas porque creo que es un trabajo duro e innecesario, pero los 2711 bloques de hormigón de diferentes alturas, crean un laberinto no sólo físico sino también emocional en el que algunos visitantes juegan a perderse, otros reflexionan sobre el Holocausto Nazi y la mayoría se toma unas fotos que luego se perderán en la memoria.
Pero el monumento es más que eso. Planeado con minuciosidad y rediseñado en múltiples ocasiones ( el arquitecto tuvo 17 años para modificarlo en lo que se debatía en el gobierno la conveniencia o no de seguir recordando el genocidio), los grandes bloques que se levantan sobre un terreno ondulado que representa el duro camino que sufrieron los judíos durante el gobierno hitleriano, nos conducen por múltiples caminos donde brilla la cálida luz o la negra sombra nos hace sentir un frío de muerte y desesperación.





Permanecer un buen rato en el centro de este laberinto de hormigón puede llegar a desorientarnos, a confundirnos e incluso hacernos sentir claustrofobia...Y ese es el sentimiento que debió sentir el pueblo judío cuando sin un por qué, sin una razón se les llevó a la aniquilación más absoluta.



Bajo él encontramos una oficina de información donde se proyectan continuamente sobre las cuatro paredes los nombres y datos de los más de seis millones de judíos que sufrieron la persecución y muerte durante el Holocausto. Es imposible no sentir su agonía. Es necesario el recuerdo para que no vuelva a ocurrir.
Memorial a los Homosexuales perseguidos bajo el régimen nazi, el recuerdo a los eternos olvidados
Cuando se habla del genocidio nazi, el principal y desgraciado protagonista es, con toda razón, el pueblo judío. Quizá sea por ser el más documentado, el más reflejado en libros y películas, el que sufrió con más crueldad y dureza la muerte, la separación de las familias, el dolor... Pero buceando un poco en todo este escabroso y muchas veces oculto capítulo de la historia contemporánea, encontramos que hubo víctimas a las que no se ha recordado de forma tan vehemente en los libros de historia. Traidores políticos, gitanos, colaboracionistas, comunistas...la lista es interminable. Pero hay un grupo que no sólo sufrió la persecución, muerte y tortura durante el régimen nazi, sino que lo ha hecho a lo largo de la historia del mundo.



Los homosexuales fueron las víctimas más escondidas del nazismo, aquellas de las que nadie quería hablar porque dentro del propio partido había mucho que tapar. Decenas de miles fueron llevados a la cámara de gas y se usaron para experimentar sobre las conductas sexuales. Sometidos a electroshock, les extirpaban partes del cerebro donde creían que radicaba su "inversión sexual", se les obligaba a confesar crímenes que no habían cometido y finalmente se les torturaba y eliminaba.


Por eso en 2008 se decidió que era hora de honrar su memoria, y en un rincón del parque Tiergarten encontramos hoy un solitario cubo de hormigón macizo de 4 metros de altura que alberga una pantalla protegida por un grueso cristal que proyecta incansable una escena sobre un beso entre dos hombres.


Un poco escueto, impersonal, sencillo y para quien no sepa la historia hasta prescindible.
Pero ahí está, recordando a personas que fueron asesinadas y torturadas por el mero hecho de amar y ser amados por alguien de su mismo sexo. Así de duro, así de sencillo. Como el mismo monumento.
Trabiworld, la historia de un coche muy especial.

El Trabant, "Trabi" para los amigos, fue el vehículo más común en la Alemania Oriental y se hizo tan popular que se exportó a países tanto dentro como fuera del bloque del este. Vendido como el vehículo ideal para una familia de cuatro personas con espacio para equipaje y las últimas comodidades, todo ello dentro de una carcasa compacta y durable, era también rápido y económico en su mantenimiento. El coche perfecto para una sociedad comunista que miraba por su abnegado pueblo.




Cuando cayó el Muro, el Trabant fue conservado por sus propietarios con un cariño burlón que les recordaba a una extinta Alemania que se hundía en el pasado.

Fueron 3.096.099 Trabants los producidos en un periodo de 30 años producidos en total. Hoy en día, el simpático "Satélite" que es lo que su nombre significa en alemán, sigue campando a sus anchas por el país, pero como objeto de coleccionista o de miembros de clubes que se reúnen periódicamente para salir de excursión y reavivar el recuerdo por estos curiosos coches.



Para quien no quiera irse de Alemania sin haber disfrutado de la experiencia de conducir uno de ellos, la empresa Trabi World organiza excursiones por Berlín y Postdam en recorridos de una hora y media que hacen sentir al conductor como un alemán de hace 40 años. Toda una aventura...

Museo Topografía del Terror, el amargo recuerdo
Hay que tener estómago y preparar la mente para enfrentarse a este museo. Así de claro.


Es realmente sobrecogedor el mero hecho de entrar al recinto que alberga la muestra sabiendo de antemano que se levanta donde antaño estuvo el cuartel general de las SS y la Gestapo. Parece que se respirara el horror, la muerte, el dolor.


Antes de entrar no podemos evitar recorrer los pasillos exteriores que se internan en los restos, en los cimientos de los calabozos y las salas de tortura, que recuerdan al mundo que fue aquí donde los altos mandos del gobierno nazi trazaron los planes del Holocausto, y organizaron la persecución sistemática de sus oponentes políticos, de judíos, de homosexuales y gitanos, de todo lo que les era contrario o simplemente indiferente.



Dentro, una gigantesca maqueta reproduce un Berlín que lo controlaba todo desde sus despachos y que no dudaba en firmar sentencias de muerte y exterminio. Grandes paneles con fotografías, documentos, carteles y dibujos narran el rol de la ciudad durante el III Reich como centro de poder político nacionalsocialista y las consecuencias para la población alemana y de los países conquistados.



Es desgarrador ver imágenes de torturas, vejaciones y muerte, carteles que ensalzan a un pueblo ario que creía merecer la supremacía mundial, familias separadas y vidas truncadas, destinos que nunca llegaron a ser. Tristeza, dolor. Todos los que estamos dentro recorremos los paneles en silencio, con respeto, sabiendo que se lo debemos a los que ya no están, a los que un día rieron y lloraron de alegría, pero fueron masacrados y humillados por unos dementes que se dijeron superiores a los demás.



El alma se encoje, se esconde avergonzada al ver lo que nuestros ojos se resisten a ocultarle.


Recordar es amargo como la hiel, pero de nuevo, es necesario.
Catedral de Berlín, la catedral de Guillermo



Levantada por el Kaiser Guillermo II como un símbolo del protestantismo frente a la Catedral de San Pedro del Vaticano, y como un emblema del antiguo imperio de Prusia, pronto se convirtió por su tamaño en una de las principales catedrales de Alemania.









No es de extrañar, ya que sus impresionantes 116 metros de altura y 79 de ancho, es difícil que deje, aún hoy, a cualquier visitante indiferente. Al contrario, nos atrae como un imán hacia ella y no nos queda más remedio que penetrar en su historia mientras admiramos su estructura.






Hay que decir que es heredera de otras iglesias que antes ocuparon su lugar desde el siglo XV, de mucho más modestas dimensiones que la que hoy admiramos y que estuvo también casi condenada a desaparecer a causa de los desperfectos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en objetivo de los bombarderos aliados.




Tuvieron que pasar casi treinta años para que las instituciones protestantes de una Alemania dividida se hicieran cargo de su reconstrucción y pudiera volver a brillar para los ojos del mundo.





Dentro la ordenada ornamentación no nos apabulla como en otras iglesias de Alemania, al contrario, su forma octogonal parece dividir los espacios e ir creando secuencias para el visitante. Estatuas de príncipes y reformistas, como Lutero o Calvino, un precioso altar que ya perteneció a la anterior catedral mandada a derruir por el káiser, un maravilloso órgano que se encuentra entre los mejores del mundo y sobre todo una de las cúpulas más espectaculares de Europa, recubierta de enormes mosaicos que preceden a los más de 200 escalones que debemos subir para disfrutar de una de las mejores vistas de Berlín, son los puntos principales que no debemos dejar escapar.



Para acabar debemos bajar a la cripta para admirar los 100 sarcófagos de la dinastía Hohenzoller, pesados e imponentes cajones de madera, hierro, plomo y plata para una familia que llevó las riendas del imperio durante siglos.





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