miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuenca Encantada (II)

Catedral de Cuenca




Como fue habitual en la Edad Media, el edificio más importante de una ciudad tenia que levantarse, obligatoriamente sobre una mezquita musulmana o sobre cualquier resto de construcción importante que diera a conocer la importancia y el poder de la civilización cristiana. En el caso de la Catedral de Cuenca, el resquicio árabe que se remachacó fue una antigua alcazaba musulmana.




Y como no se andaban con chiquitas en eso de demostrar el poderío y las riquezas de los nuevos dueños de la ciudad, el estilo elegido fue el imperante protogótico, que aunaba los restos de un macizo y casi militar románico con las florituras del próximo gótico que había de venir.




Para algunos tiene influencias francesas, para otros inglesas. Lo que sí está claro, es que este templo que parece inconcluso y que sin embargo quedó huérfano de cuatro torres que nunca llegaron a restaurarse, es una auténtica joya que en su interior esconde maravillas como la capilla de los Apóstoles, la del Espiritu Santo o la muy medieval y llena de simbolismo de los Caballeros, además de una preciosa sacristía y sala capitular. A un lado queda el soleado y discreto claustro que también tiene sus tesoros, como el complejo reloj que se encuentra en uno de sus lados.




Y como todo lugar en nuestro país, la Catedral también tiene su leyenda. Leyenda que la nombra como guardiana del Santo Grial, y único refugio que no será destruido el día del Juicio Final.
No es una iglesia de grandes retablos ni de recargada hermosura, por el contrario, en la sencillez de su porte y de su adorno reside toda su elegancia.













Bajo el mar de Thetis
Si, como lo están leyendo. Porque hace 90 millones de años, lo que ahora vemos poblado de pinos, tejos, acebos y arces, fue en su día el lecho marino de ese mar primigenio que vio la separación y desplazamiento de los continentes.
La Ciudad Encantada, surgió del fondo del mar para ser azotada y modelada por el viento, el hielo y la lluvia hasta quedar como la vemos hoy en día. Y aún sigue cambiando, erosionándose y poco a poco desapareciendo.






Esta claro que no la veremos desaparecer en nuestra generación, ni siquiera lo verán nuestros tataranietos, ya que se trata de un proceso que llevará otros tantos millones de años. Pero lo que si se, es que es un fenómeno comparable en belleza y hermosura a las formaciones de las Chimeneas de Hadas de la Capadocia Turca o del Gran Cañón del Colorado. Son juegos de la Naturaleza, creaciones que sólo ella puede llevar a cabo.






Y debemos admirarlas y respetarlas.
En este paraje las sorpresas se suceden una tras otra. Formaciones como La Lucha del Elefante y el Cocodrilo, Los Amantes de Teruel, El Mar de Piedra, el famoso Tormo que sirve de símbolo turístico de la Ciudad, la Cara de Hombre, o los gigantescos Hongos, van apareciendo ante nuestros ojos en un recorrido circular de dos kilómetros y medio que nos va mostrando la increíble e imaginativa fuerza de la Naturaleza.






Leyendas también hay, como la que cuenta que bajo el Tormo se encuentra la tumba del famoso pastor Viriato, y que en tiempos antiguos y oscuros era lugar de sacrificios y brujerías. La Ciudad Encantada se presta a todo tipo de fábulas y mitos, y cada cual puede ver o dejar de ver figuras y sortilegios, contar las edades de la Tierra por las capas que claramente se ven en las piedras, o simplemente pasar unas horas de diversión en un lugar que no dejará indiferente a nadie.























Y para acabar, el Ventano del Diablo.

Cuenta la leyenda, que un día el Diablo estaba aburrido y se puso a pensar maneras de conseguir que los hombres murieran y fueran a parar al Infierno. Y se le ocurrió utilizar una de las debilidades de la Humanidad para conseguirlo.
Sabiendo que la curiosidad es innata en el ser humano, se le ocurrió excavar en la roca un mirador con dos grandes balcones que cayeran sobre un barranco y que permitieran contemplar unas vistas magníficas y muy atrayentes. Modeló el Cañón del Júcar para que fuera un precipicio de más de 200 metros de altura y lo pintó con preciosos colores en la piedra y en el agua.






Todo el que pasaba por allí se sentía atraído por la curiosidad y se asomaba a los balcones para disfrutar de las vistas. En ese momento el Diablo los empujaba y en el momento en que caían al fondo del precipicio tomaba sus almas y se las llevaba al Purgatorio.




Esa es la leyenda, aunque parte de razón tiene.
Si bien el Ventano es fruto de una maravillosa acción geológica que excavó la dúctil roca hasta crear la increíble balconada natural que es el Ventano del Diablo, las vistas desde ella parecen salir de la mano, si no del Diablo, de un pintor que hubiera puesto todo su empeño en dar colores imposibles al agua y a la roca del Júcar.
La mejor hora para disfrutar del espectáculo cromático es sin duda el atardecer, cuando la cada vez mas débil luz del sol saca esos tonos que durante el día permanecen ocultos a nuestros ojos y que perfectamente pueden complementar nuestra visita a la Ciudad Encantada de Cuenca.

martes, 1 de octubre de 2013

Cuenca Encantada (I)

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996, Cuenca ha sabido mantener el peso de su larga historia a base de restaurarse y embellecerse a sí misma. Y no sólo la ciudad, sino también de su paisaje, sus fortalezas, y del bellísimo entorno natural de donde parece haber brotado como una hermosa flor.



























Hundiendo sus raíces en la dominación musulmana del siglo VIII, la Kuvenka árabe fue un lugar estratégico desde que se puso la piedra angular de la primera de sus edificaciones. Alta, inexpugnable tuvo que esperar al siglo XII para pasar a manos cristianas y convertirse en hogar de nobles, prelados y Órdenes militares que la embellecieron y engrandecieron sin perder parte de su sangre musulmana.




Así, durante siglos convivieron moros y cristianos que se dedicaban casi exclusivamente al comercio de la lana y a los menesteres ganaderos. Gracias a estas riquezas, se levanta el Palacio Episcopal, los conventos, los colegios y todos los edificios que forjan el definitivo entramado que atraerá a multitud de artistas y arquitectos que ven posibilidad de negocio en la floreciente ciudad.








Ello hace que la urbe cuente con una riqueza artística y monumental donde se dan cita los estilos de todas las épocas, desde el gótico a las más rabiosas vanguardias del cercano siglo XX.




La ciudad alta, la monumental, que es puramente medieval y que está enclavada en un promontorio al que guardan dos ríos y la baja, moderna y pujante, pero que se adapta al medio natural donde se levanta y crece, forman un conjunto indivisible e indisoluble, donde surgen a nuestro paso maravillas como la Plaza Mayor, la Catedral, el Ayuntamiento, las Casas Colgadas, el Museo de las Ciencias o la modernísima plaza Taiyo.










No dejemos escapar ni uno de los rincones que conforman esta ciudad cuya principal virtud ha sido y será siempre mantener su historia y absorber los tiempos futuros sin que medie ningún tipo de conflicto entre ellos.




Nadie puede poner en duda que el edificio o los edificios más emblemáticos y conocidos, símbolos de la ciudad de Cuenca, son las Casas Colgadas. Visitantes de todos los lugares del mundo y aún los propios habitantes de la urbe, no pueden evitar maravillarse ante este prodigio de la arquitectura que parece sostenerse con garras de águila al acantilado que cae sobre la hoz del río Huécar.




El encanto le viene no sólo por la magia de sus formas y de sus equilibrios, sino también por sus raíces poco claras. Para unos su origen se pierde en los tiempos de los musulmanes, mientras que para otros son magníficas construcciones medievales del siglo XIV.




Lo que sí está claro es que su propietario fue de sangre noble y altiva, como ellas, ya que ostentan un escudo de la estirpe de los González de Cañamares.




Leyendas tampoco les falta, como la que cuenta que por el siglo XVI, un importante miembro de la aristocracia tuvo que ir a Cuenca por asuntos de negocios acompañado de su mujer y vino a alojarse en las Casas Colgadas. Una noche en la que se encontraba con su amante en el lecho, fue descubierto por su esposa, que empezó a chillar presa del engaño. El marido, para que se callara, le dio un golpe con un candelabro en la cabeza, y al darse cuenta de que la había matado arrojó el cuerpo por la ventana.
Ni que decir tiene que desde entonces el fantasma de la pobre burlada vaga de una a otra casa buscando vengarse del adúltero.
O como la que tiene su origen en la Casa de la Sirena, que cuenta cómo el Rey Enrique II, se enamoró de una joven que presa de su pasión quedó embarazada del monarca. Al pasar los años y viendo que su futuro en el trono podía peligrar, el rey decidió deshacerse del bastardo y lo mandó a matar. La madre, desconsolada, se dejó morir de pena, mientras su voz no dejaba de emitir gritos de desconsuelo, lamentos que recordaban al canto de las sirenas...
Leyendas aparte, hoy, las Casas son tres joyas restauradas en el siglo XX, que albergan el Museo de Arte Abstracto Español y un mesón típico.
Seguro que si pasamos por delante de las Casas, a eso de la medianoche, oiremos los lamentos de los fantasmas de las dos desgraciadas mujeres.




Dicen que los conquenses se precian de haber inventado los rascacielos. Y deben llevar razón, porque ya en el siglo XV, los habitantes empezaron a levantar grandes moles de hasta 11 pisos que se amoldaban como plastilina y quedaban pegados, fundidos, con la pared rocosa donde sus constructores tenían a bien edificarlos.


Por eso ahora, el barrio de San Martín, y concretamente la calle de Alfonso VIII, es un museo al aire libre donde se pueden admirar las pericias y artes de los constructores que hasta el siglo XX, se atrevieron a desafiar las leyes de la gravedad y del equilibrio, para mostrarnos por un lado lo que parecen ser estructuras relativamente bajas, de tres o cuatro pisos, y luego maravillarnos con una caída en picado sobre las hoces de los dos ríos que guardan la ciudad.
Pintados en alegres colores que van desde el crema muy claro, pasando por todos los tonos de azul o rojo y llegando a unos añiles que parecen querer atraer todas las miradas, los Rascacielos De Cuenca son, sin duda, un atractivo más de la maravillosa ciudad de Cuenca.