sábado, 18 de julio de 2026

Colombia: el corazón vibrante de Sudamérica. (VI) Cali

 Cali aparece entre montañas y cañaverales, en el amplio valle del río Cauca. Es una ciudad que suele asociarse inmediatamente con la salsa, pero su historia y su carácter van mucho más allá de la música. Capital del departamento del Valle del Cauca, es una de las ciudades más importantes de Colombia y el principal centro urbano del suroccidente del país.

Fundada en 1536 por Sebastián de Belalcázar, Cali es una de las ciudades más antiguas de América del Sur. Durante buena parte de la época colonial fue un asentamiento relativamente pequeño, dedicado al comercio y a la agricultura de la región. Sin embargo, su crecimiento se aceleró durante los siglos XIX y XX gracias al desarrollo económico del valle y a las conexiones con el puerto de Buenaventura, la principal salida colombiana al océano Pacífico.

Al subir por las lomas del oeste de Cali y acercarse al tradicional barrio San Antonio, aparece uno de los puntos desde donde mejor se entiende la ciudad. Desde allí, el valle se abre ampliamente hacia el oriente y los edificios de Cali se extienden hasta perderse en la distancia. Durante décadas, ese lugar estuvo dominado por una figura que se convirtió en uno de los símbolos más conocidos de la ciudad: el monumento a Sebastián de Belalcázar. La estatua fue inaugurada en 1937, cuando Cali celebraba los cuatrocientos años de su fundación. Representaba a Belalcázar a caballo, observando el valle y señalando hacia el horizonte. Para generaciones de caleños, aquella imagen formó parte del paisaje habitual de la ciudad. Las fotografías turísticas, las postales y muchas guías de viaje incluían la silueta del conquistador recortándose sobre el cielo mientras, a sus pies, se extendía Cali.

El lugar era visitado por personas que buscaban una vista panorámica de la ciudad. Desde la colina podían distinguirse el centro histórico, los barrios modernos y la inmensa llanura del río Cauca. Al atardecer, cuando las luces comenzaban a encenderse, el mirador se convertía en uno de los puntos más concurridos de la ciudad. Durante mucho tiempo, la estatua fue vista principalmente como un homenaje al fundador de Cali. Sebastián de Belalcázar había llegado a estas tierras en el siglo XVI y fundado la ciudad en 1536 como parte de la expansión española por los Andes del norte de Sudamérica. Esa fue la imagen que predominó durante gran parte del siglo XX: la del conquistador asociado al origen de la ciudad.

Sin embargo, con el paso de los años comenzaron a surgir nuevas miradas sobre la historia colonial. Cada vez más personas señalaron que la conquista también significó guerras, sometimiento y profundas transformaciones para los pueblos indígenas que habitaban la región antes de la llegada de los españoles. La figura de Belalcázar empezó entonces a ser observada desde perspectivas más complejas que la simple idea del fundador. Ese debate alcanzó un momento decisivo en septiembre de 2020. En medio de movilizaciones indígenas y discusiones nacionales sobre memoria histórica, miembros del pueblo Misak derribaron la estatua. El hecho tuvo una enorme repercusión en Colombia y abrió una conversación sobre qué personajes deben ocupar los espacios públicos y cómo deben recordarse los episodios del pasado colonial.

A diferencia de la imagen clásica del conquistador montado a caballo que durante años apareció en fotografías y postales de la ciudad, la escultura que hoy recibe a los visitantes lo muestra de pie. Con una mano sostiene la espada y con la otra señala hacia el valle del río Cauca. Desde el pedestal, rodeado por árboles y con la ciudad extendiéndose a sus pies, el monumento continúa siendo uno de los miradores más conocidos de Cali. Más allá de las controversias históricas que rodean la figura del conquistador, el lugar sigue atrayendo visitantes por las amplias vistas que ofrece sobre la ciudad y las montañas que la rodean. A diferencia de la imagen clásica del conquistador montado a caballo que durante años apareció en fotografías y postales de la ciudad, la escultura que hoy recibe a los visitantes lo muestra de pie. Con una mano sostiene la espada y con la otra señala hacia el valle del río Cauca. Desde el pedestal, rodeado por árboles y con la ciudad extendiéndose a sus pies, el monumento continúa siendo uno de los miradores más conocidos de Cali. Más allá de las controversias históricas que rodean la figura del conquistador, el lugar sigue atrayendo visitantes por las amplias vistas que ofrece sobre la ciudad y las montañas que la rodean.

Tras el monumento aparece La Iglesia de San Antonio,  uno de los lugares más emblemáticos de Cali y, para muchos, el rincón que mejor conserva el ambiente de la antigua ciudad. Se encuentra en lo alto de la colina de San Antonio, muy cerca del monumento de Belalcázar, dominando parte del centro histórico y del valle. La historia de la iglesia se remonta al siglo XVIII. Su construcción comenzó hacia 1747, cuando esta zona estaba en las afueras de la ciudad colonial. En aquel momento, Cali era mucho más pequeña y la colina se encontraba prácticamente separada del núcleo urbano. Con el paso de los siglos, la ciudad fue creciendo hasta rodear completamente el lugar.

Existe además una tradición popular muy conocida. Según la leyenda, las personas solteras que desean encontrar pareja deben subir a la iglesia y pedirle ayuda a San Antonio. Durante años, esta costumbre se ha transmitido entre generaciones de caleños y visitantes, convirtiéndose en una de las historias más simpáticas asociadas al lugar.


Y bajamos a la ciudad.

La Iglesia La Merced representa los orígenes de la ciudad. Es uno de los lugares históricos más importantes de Cali y uno de los pocos espacios donde todavía puede apreciarse el ambiente de la época colonial. La tradición local sostiene que en este sector se celebró una de las primeras misas tras la fundación de Cali por Sebastián de Belalcázar en 1536. Aunque los edificios actuales fueron modificándose con el paso del tiempo, el lugar conserva una conexión directa con los inicios de la ciudad.

Durante los siglos XVI y XVII, cuando Cali era todavía una pequeña población colonial, el complejo de La Merced se convirtió en uno de los principales centros religiosos de la región. Los mercedarios establecieron allí su convento y desarrollaron actividades religiosas, educativas y sociales que influyeron en la vida cotidiana de la ciudad.

Si hay una obra de arte que ha terminado convirtiéndose en un símbolo de Cali, esa es el El Gato del RíoLa escultura apareció en 1996 como una creación del artista caleño Hernando Tejada, uno de los creadores más queridos de la ciudad. Tejada era conocido por su gusto por las formas sencillas, los personajes cotidianos y, especialmente, por los gatos, animales que aparecían con frecuencia en su obra. El resultado fue una enorme escultura de bronce de unos tres metros de altura y varias toneladas de peso, instalada junto al río Cali, en una zona que entonces buscaba recuperarse como espacio público. Nadie imaginaba que aquel gato terminaría convirtiéndose en uno de los íconos más reconocibles de la ciudad. Lo curioso es que el gato no representa ningún personaje histórico ni ningún acontecimiento importante. Simplemente es un gato. Un gato enorme, relajado y sonriente, acostado junto al río. Sin embargo, precisamente esa sencillez ayudó a que los caleños lo adoptaran como algo propio.

Desde el punto de vista técnico, la escultura principal está realizada en bronce y mide aproximadamente 3 metros de alto, 3,5 metros de ancho y 7 toneladas de peso. Su tamaño fue pensado para que destacara dentro del paisaje urbano sin perder el carácter amigable y juguetón que buscaba Hernando Tejada. Con el paso de los años, el lugar se convirtió en un punto de encuentro habitual. Familias, parejas, turistas y ciclistas comenzaron a utilizar el parque como espacio de paseo. Poco a poco, el gato pasó de ser una escultura más a convertirse en una referencia urbana. Cuando alguien habla de Cali, es frecuente que aparezcan imágenes del Cristo Rey, la iglesia de San Antonio y el Gato del Río.

La historia no terminó allí.

A comienzos de los años 2000 surgió una iniciativa muy original: varios artistas fueron invitados a crear esculturas inspiradas en supuestas "novias" del gato. Cada una tendría un diseño diferente, colores propios y una personalidad particular. Así aparecieron decenas de gatas distribuidas por distintos puntos de la ciudad. Algunas tienen motivos indígenas, otras representan flores, aves, colores tropicales o aspectos de la cultura caleña. Recorrerlas se convirtió en una especie de búsqueda artística al aire libre.



Hoy, cuando uno camina por la ribera del río Cali y encuentra al gran gato descansando bajo los árboles, resulta difícil imaginar la ciudad sin él. No fue construido para conmemorar una batalla, una fundación o un héroe nacional. Su éxito proviene de algo mucho más simple: logró convertirse en una pieza cercana, reconocible y querida por los habitantes. Por eso, más que una escultura, el Gato del Río ha terminado siendo una especie de mascota simbólica de Cali. Un gato gigantesco que lleva casi tres décadas observando el paso del río y la vida cotidiana de la ciudad desde su rincón junto al agua.





Cuando se recorre el barrio San Antonio, uno encuentra muchos lugares que hablan de la historia de Cali: casas antiguas, calles estrechas, iglesias, cafés y pequeños talleres. Sin embargo, pocos lugares permiten viajar al pasado de una manera tan directa como La Linterna. Al cruzar su puerta, la sensación es distinta a la de entrar en una tienda moderna. Lo primero que llama la atención son las máquinas de impresión de gran tamaño, construidas en hierro y llenas de piezas mecánicas. También aparecen estanterías repletas de letras, herramientas, tintas y papeles. Todo parece conservar el ambiente de los antiguos talleres gráficos del siglo XX.

La historia de La Linterna comenzó en la década de 1930, cuando la impresión tipográfica era una de las principales formas de comunicación visual. En aquellos años, si una persona quería anunciar una fiesta, una obra de teatro, un concierto o una campaña política, necesitaba imprimir carteles. Las calles de Cali estaban llenas de esos avisos de colores que informaban a la gente sobre lo que ocurría en la ciudad. Durante décadas, La Linterna participó en esa vida cotidiana. Desde sus prensas salieron miles de afiches que terminaron pegados en muros, plazas, teatros y comercios. Muchos desaparecieron con el tiempo, pero ayudaron a construir la imagen visual de varias generaciones de caleños.

Sin embargo, ocurrió algo curioso. Precisamente cuando la tecnología moderna dominaba casi todo el sector gráfico, muchas personas empezaron a valorar el carácter artesanal de la impresión tradicional. Diseñadores, artistas y visitantes descubrieron que aquellas técnicas antiguas producían resultados imposibles de replicar exactamente con una computadora. Cada impresión tenía pequeñas variaciones, texturas y detalles que le daban personalidad propia. Poco a poco, La Linterna dejó de ser solamente una imprenta para convertirse también en un espacio cultural. Sus carteles comenzaron a ser apreciados como piezas artísticas. Muchos visitantes llegan no solo para comprar un recuerdo de Cali, sino para observar cómo funciona un oficio que ha sobrevivido durante casi un siglo.

Hoy sus afiches suelen representar elementos muy ligados a la identidad caleña: la salsa, la arquitectura tradicional, personajes populares, bicicletas, frutas tropicales o escenas de la vida cotidiana. En muchos hogares, hoteles y restaurantes de la ciudad pueden verse carteles nacidos en las prensas de La Linterna. Lo que hace especial al lugar es que no se limita a conservar objetos antiguos. Las máquinas siguen funcionando y las técnicas continúan utilizándose. No es un museo donde las herramientas permanecen inmóviles detrás de una vitrina. Es un taller vivo donde todavía se trabaja de una manera muy parecida a como se hacía hace décadas.

En pleno centro de Cali, junto al río y muy cerca del Bulevar del Río, se levanta uno de los edificios más reconocibles de la ciudad: la Iglesia La Ermita. Sus torres blancas y puntiagudas destacan entre los edificios modernos y hacen que sea imposible pasar por la zona sin fijarse en ella. La historia del lugar comenzó mucho antes de la iglesia actual. En el siglo XVII existía allí una pequeña capilla dedicada a la Virgen de los Dolores. Aquella construcción era sencilla y servía como lugar de oración para los habitantes de una ciudad que en esa época era mucho más pequeña que la actual.

Con el paso de los años, la antigua capilla sufrió varios daños, especialmente a causa de terremotos y del deterioro natural de los materiales. A comienzos del siglo XX se tomó la decisión de construir un nuevo templo. La obra que vemos hoy fue terminada en la década de 1940 y adoptó un estilo neogótico inspirado en las iglesias europeas. Lo que más llama la atención son sus dos torres, los arcos apuntados y los numerosos detalles decorativos de la fachada. Para muchos visitantes resulta sorprendente encontrar una construcción de este estilo en una ciudad tropical como Cali.


Cuando se habla de los lugares históricos de Cali, el Puente Ortiz suele pasar más desapercibido que La Ermita o San Antonio. Sin embargo, durante mucho tiempo fue una de las construcciones más importantes de la ciudad. De hecho, durante décadas constituyó la principal entrada a Cali para quienes llegaban desde el norte del valle. Antes de que existieran los puentes modernos, cruzar el río Cali no siempre era sencillo. En épocas de lluvia, el caudal podía aumentar considerablemente y dificultar el paso de personas, animales y mercancías. A finales del siglo XVIII surgió entonces la necesidad de construir un puente permanente que facilitara las comunicaciones.

La obra comenzó en 1834 bajo la dirección del fraile y arquitecto José Ignacio Ortiz, de quien tomó su nombre. Tras varios años de trabajo, el puente quedó terminado y pronto se convirtió en una pieza fundamental para el desarrollo urbano de la ciudad. Construido en ladrillo y piedra, el Puente Ortiz presenta varios arcos que permiten el paso del agua por debajo. Su diseño seguía las técnicas tradicionales de ingeniería de la época y estaba pensado para resistir las crecidas del río. Durante muchos años fue considerado una de las obras civiles más importantes del suroccidente colombiano.




En el centro de Cali, muy cerca del Bulevar del Río y de La Ermita, se encuentra uno de los homenajes más llamativos dedicados a la música en Colombia: la Plazoleta Jairo Varela. Su elemento más característico son unas enormes trompetas que se han convertido en uno de los símbolos modernos de la ciudad. La plazoleta fue inaugurada en 2013 como homenaje a Jairo Varela, uno de los personajes más importantes de la historia musical colombiana. Varela fue el creador del Grupo Niche, agrupación que ayudó a convertir a Cali en una referencia mundial de la salsa. Canciones como Cali Pachanguero o Una aventura forman parte de la memoria musical de varias generaciones de colombianos. La plaza fue concebida como un espacio público dedicado a la cultura salsera. En lugar de levantar una estatua tradicional, se optó por una obra mucho más relacionada con la música: un conjunto de trompetas monumentales que emergen del suelo como si formaran parte de una gigantesca orquesta.

Las trompetas alcanzan varios metros de altura y están integradas en una fuente interactiva. El conjunto incorpora sistemas de agua, iluminación y sonido. En determinados momentos pueden escucharse fragmentos musicales relacionados con la obra de Jairo Varela y con la tradición salsera de la ciudad. Cuando uno llega por primera vez, resulta difícil no levantar la vista hacia esas estructuras. Su tamaño y su diseño hacen que destaquen inmediatamente entre los edificios del centro de Cali. Más que un monumento convencional, parecen una representación física de la música que caracteriza a la ciudad. La elección de las trompetas no fue casual. Dentro de la salsa, la sección de metales tiene un papel fundamental. El sonido de las trompetas es uno de los elementos que aporta energía y fuerza a muchas de las canciones que hicieron famoso al Grupo Niche. De alguna manera, el monumento transforma ese sonido en una forma arquitectónica visible.


Y dejamos Cali para dirigirnos a la fértil Pereira



sábado, 11 de julio de 2026

Colombia: el corazón vibrante de Sudamérica. (V) Popayan

 Llegar a Popayán es encontrarse con una ciudad diferente a muchas otras de Colombia. Mientras algunas ciudades crecieron rápidamente y transformaron por completo su aspecto, Popayán conserva buena parte de la imagen que la hizo famosa durante siglos. Las fachadas blancas, las iglesias, los patios coloniales y las calles del centro histórico siguen siendo parte de la vida cotidiana. La ciudad fue fundada en 1537 por Sebastián de Belalcázar. Durante la época colonial se convirtió en una de las ciudades más importantes del territorio que hoy es Colombia. Su ubicación era estratégica porque estaba en la ruta que conectaba Quito con el interior de la Nueva Granada y con los puertos del Caribe.

Gracias al comercio, a la minería y a las grandes haciendas de la región, Popayán acumuló riqueza e influencia. Durante siglos fue una ciudad de familias poderosas, conventos, iglesias y centros educativos. De allí salieron varios presidentes, intelectuales y figuras importantes de la historia colombiana. Cuando uno camina hoy por el centro histórico todavía puede percibir parte de ese pasado. Muchas calles mantienen su trazado colonial y los edificios conservan una arquitectura bastante uniforme. Por eso Popayán es conocida como la "Ciudad Blanca". 








El corazón de la ciudad es el Parque Caldas. Allí se encuentra la catedral, edificios históricos, cafés y espacios donde los habitantes suelen reunirse. Durante el día siempre hay movimiento: estudiantes, turistas, vendedores y personas que simplemente cruzan la plaza. Desde este punto es fácil comenzar a recorrer el centro histórico porque muchas de las construcciones más importantes están a pocos minutos caminando.


Popayán es una ciudad profundamente ligada a su tradición religiosa. Por eso tiene una gran cantidad de iglesias históricas. La más importante es la Catedral Basílica Nuestra Señora de la Asunción, ubicada frente al Parque Caldas. Su gran cúpula es uno de los símbolos de la ciudad.




También destacan la Iglesia de San Francisco, considerada una de las más bellas de la ciudad, y la Iglesia de Belén, situada sobre una colina desde donde se obtiene una excelente vista del centro urbano.








Si visitas Popayán y quieres entender realmente qué representan sus famosas procesiones, uno de los lugares más interesantes es el Museo Arquidiocesano de Arte ReligiosoLa mayoría de los visitantes conoce primero las procesiones de Semana Santa. Ve los pasos, las imágenes iluminadas por cirios, las flores y los cargueros recorriendo las calles. Sin embargo, el museo permite descubrir todo lo que existe detrás de esa tradición: siglos de arte religioso, donaciones familiares, esculturas coloniales y objetos que han acompañado las celebraciones durante generaciones.

Popayán comenzó a celebrar la Semana Santa desde los primeros tiempos de la colonia. Las procesiones tienen orígenes que se remontan al siglo XVI y fueron creciendo a medida que la ciudad se convirtió en uno de los centros económicos y culturales más importantes del suroccidente de la Nueva Granada. La prosperidad de la región permitió adquirir imágenes, piezas de orfebrería, retablos y objetos litúrgicos de gran calidad artística. Muchas de esas obras terminaron formando parte del patrimonio religioso de la ciudad. Al recorrer el museo aparecen esculturas de madera policromada, imágenes de santos, crucifijos, vestiduras litúrgicas, cálices, custodias y diversos objetos utilizados en ceremonias religiosas. Muchas piezas fueron elaboradas entre los siglos XVII y XIX y muestran la influencia de talleres artísticos de Quito y de otras regiones andinas que abastecieron a las iglesias de Popayán durante la época colonial.

Lo interesante es que gran parte de estas obras no fueron creadas para ser exhibidas en vitrinas. Fueron concebidas para el culto, para las iglesias y especialmente para las procesiones. Por eso muchas conservan una relación directa con la Semana Santa que todavía se celebra cada año. Cuando uno observa estas imágenes dentro del museo entiende mejor la importancia de los llamados pasos procesionales. Cada paso representa un episodio de la pasión, muerte o resurrección de Cristo y está formado por esculturas, adornos florales, elementos de orfebrería y estructuras que son transportadas por los cargueros durante las procesiones nocturnas. Una de las cosas que más sorprende es la antigüedad de algunas imágenes. Varias han sobrevivido a guerras, incendios, cambios políticos e incluso terremotos. El más recordado ocurrió en 1983, cuando un fuerte sismo dañó buena parte de Popayán. A pesar de ello, gran parte del patrimonio religioso pudo conservarse y restaurarse. La ciudad logró reconstruir su centro histórico y mantener vivas sus tradiciones.

El museo también ayuda a entender que la Semana Santa de Popayán no es solamente un evento religioso. Es una tradición cultural transmitida de generación en generación. Familias enteras participan como cargueros, síndicos, regidores o sahumadoras, manteniendo funciones que han pasado de padres a hijos durante siglos. Por eso, más que un museo de objetos antiguos, el Museo Arquidiocesano funciona como una introducción a la historia de la ciudad. A través de esculturas, ornamentos y piezas litúrgicas permite comprender cómo una tradición iniciada hace más de cuatro siglos terminó convirtiéndose en uno de los símbolos culturales más importantes de Colombia

Uno de los lugares más representativos de Popayán es el Puente del Humilladero.

Se trata de una gran estructura de ladrillo construida en el siglo XIX para conectar dos sectores de la ciudad separados por una quebrada. Sus arcos son una de las imágenes más conocidas de Popayán. Hoy es un punto obligado para quienes visitan la ciudad y uno de los mejores lugares para apreciar la arquitectura histórica del centro.


En cuanto a la comida, me quedo con tres platillos que me encantaron.

A muchas personas les sorprende su nombre. Al escuchar "jalea de pata" imaginan algo muy distinto a lo que realmente es. Sin embargo, en Popayán se trata de un dulce tradicional que forma parte de la gastronomía local desde hace generaciones. Su elaboración comienza con la cocción prolongada de patas de res. Durante horas se extrae el colágeno natural que contienen los huesos y tejidos. El resultado es una sustancia espesa que luego se mezcla con panela o azúcar y se cocina nuevamente hasta alcanzar la consistencia adecuada.

Pero el proceso más interesante llega después.

Cuando la mezcla empieza a enfriarse, los artesanos la toman y comienzan a estirarla una y otra vez. La doblan, la baten y la vuelven a estirar durante largos minutos. Poco a poco la masa cambia de aspecto. Lo que inicialmente era oscuro y brillante se transforma en una preparación mucho más clara, de color marfil, con una textura suave y elástica.

Quienes crecieron en Popayán recuerdan que antiguamente era frecuente ver este trabajo realizado a la vista del público. El proceso llamaba la atención porque parecía una mezcla entre cocina y artesanía. No se trataba simplemente de seguir una receta; también hacía falta experiencia para conseguir la textura adecuada. El resultado final es un dulce firme pero blando al morderlo. Tiene una consistencia diferente a la de las gelatinas comunes y un sabor dominado por la panela y el azúcar caramelizado. Para muchos visitantes, la textura es lo primero que recuerdan después de probarla.


La combinación de queso fresco y bocadillo es tan común que muchas personas la consideran un clásico nacional. El contraste entre el sabor dulce de la guayaba y el carácter suave y ligeramente salado del queso crea un equilibrio muy apreciado en distintas regiones del país. Durante mucho tiempo, además, el bocadillo fue un alimento práctico para viajeros, campesinos y trabajadores. Su alta concentración de azúcar lo convertía en una fuente rápida de energía, fácil de transportar y resistente al paso de los días sin necesidad de refrigeración. Por eso era habitual encontrarlo en las alforjas de los arrieros, en los viajes por carretera o como parte de las loncheras escolares. Generaciones enteras crecieron llevando un trozo de bocadillo como merienda. Más allá de su sencillez, el bocadillo representa una parte importante de la tradición alimentaria colombiana. Es un producto que une agricultura, trabajo artesanal e historia regional. Desde los cultivos de guayaba hasta las fábricas familiares de Santander, cada pieza concentra un proceso que ha pasado de generación en generación.


Y contundente pero sabrosa tenemos la arepa de carne desmechada y chicharrón o la de pollo desmenuzado, Una auténtica delicia.