martes, 17 de marzo de 2015

La Gran Suiza (VII)

Las utilidades de una cremallera
¡Vaya aventura! Es de esas cosas que dices: las hago ahora o nunca. Como subir en helicóptero en Nueva York, o en globo sobre las ruinas de Bagan en Birmania.










Por eso, la experiencia de subir al Monte Pilatus en tren cremallera no se iba a quedar entre mis cosas pendientes, y aunque no fue precisamente barato, unos 57 euros el trayecto de subida y bajada, los pagué con mucho gusto, porque sabía que iba a disfrutar cada céntimo que costaba.


Así que fuimos en coche hasta la estación desde donde salía el tren, al pie mismo del monte, y tras comprar la entrada hicimos una pequeña cola de unos 10 minutos. Los vagones, restaurados y conservados perfectamente, aunque algunos son copia de los originales, tienen cabida para unas 40 personas solamente, por lo que recomiendo ir muy temprano en los meses de verano. Así que una vez instalados empezó la aventura.




La ascensión es lenta, pero nada aburrida. Muy al contrario, nos permite ver un aperitivo de los paisajes que vamos a contemplar desde la cima del Pilatus y sobre todo entender el funcionamiento de este sistema que sube un desnivel de 48º, a una altura de 2132 metros durante más de 4 kilómetros y medio. Toda una proeza.




Mientras subíamos investigué el sistema sobre el que ya había leído antes del viaje.


Al parecer, los sistemas convencionales del momento no podían superar los enormes desniveles de la montaña, por lo que tuvieron que devanarse los sesos y encontrar una solución. Hasta que dieron con el sistema de cremallera.
Así inventaron el tren de rueda dentada, equipado con uno o varios piñones, que se acoplan perfectamente a un carril que también lleva sus lados dentados. y que son los que consiguen que el vagón literalmente "trepe" por la empinada montaña y que se frene al bajar de manera uniforme.


En un principio, la maquinaria se movía a vapor, aunque en la actualidad lo hace con energía eléctrica de origen ecológico.





Y mientras disfrutaba del paisaje, y admiraba a los que habían conseguido la proeza de permitirnos subir hasta la cima del monte, veía cómo avezados caminantes hacían el camino...a pie! No pude por menos que admirar su valor y resistencia, sobre todo porque el camino es largo aunque los ingenieros lo hayan hecho en zig zag para evitar un cansancio continuo por lo empinado de la subida.
Mientras tanto yo iba en el vagón, cómodamente sentado, disfrutando de las vistas y esperando a llegar a la cima para disfrutar de una jornada en el monte Pilatus. Ya se sabe que hay muchos tipos de viajero...










La belleza de suiza
Quizá sea la montaña perfecta. Puede que para los montañistas que busquen emociones fuertes y escarpadas cimas que escalar sea sólo un pequeño parque de atracciones sin mayor atractivo que las vistas que se disfrutan desde arriba.
Pero para los viajeros y turistas, es la montaña por antonomasia del sistema prealpino suizo, desde donde se puede observar los ríos, lagos, bosques, pueblecitos, ciudades y las enormes montañas que conforman Helvecia.
Belleza es decir poco. Es que lo tiene todo.




Surgiendo desde la orilla occidental del lago de los Cuatro Cantones, y llegando a su cima, el Tomlishorn a 2.132 metros, el macizo está de abajo a arriba cubierto por todos los tipos de flora alpina existentes en el país por lo que es delirio de placer para los botánicos profesionales y los aficionados.




Desde que se empieza a ver a lo lejos, hasta que se llega a la cima con el tren cremallera, el Monte Pilatus no deja de sorprendernos.




Cuando llegamos arriba, buscamos las vistas en los cuatro puntos cardinales, vamos del pico Essel al Oberhaupt, y de él al Chriesiloch para luego correr al Tomlishorn. Todos ellos nos regalan una imagen diferente, del norte, del sur, del este y del oeste.




Al final, si queremos protegernos de los fuertes vientos que a menudo azotan la montaña, podemos protegernos y disfrutar de una bebida caliente en la galería panorámica del Hotel Bellevue, o si el tiempo lo permite, y luce el sol, aunque haga un poco de fresco, tomar una cerveza y picar algo en la increíble terraza del Hotel Pilatus Kulm, arropados por una manta del ejercito suizo.




Por supuesto que para los que quieran pasar unos días en la cima, estos dos hoteles son el lugar perfecto para ello.
Y para el final he dejado la historia del nombre de la montaña.




Cuenta la leyenda que el cadáver del gobernador Poncio Pilato fué arrojado al Tíber y que tal hecho provocó una tormenta de propociones desastrosas que sólo cesó cuando se recuperó el cadáver y lo sacaron del río. Los romanos, entonces, mandaron el cadáver a las Galias y lo arrojaron al Ródano con el mismo resultado catastrófico.
Se decidió entonces hacerlo desaparecer en un lugar inaccesible y remoto y encontraron un pequeño lago en Helvetia cerca de la cumbre del Frakmünt, el Oberalp, que les pareció el sitio más adecuado para librarse de él. Naturalmente, esto no evitó que el espíritu de Pilato siguiese dando la lata y los naturales de Lucerna le hicieron culpable de todas las desgracias que venían del monte: desde la crecida del lago a las espectaculares tormentas. Incluso un Viernes Santo les pareció verlo sentado en medio del lago, vestido con su toga púrpura y con los cabellos grises al viento, del miedo que pasaron decidieron que al monte mejor ni mirarlo, cosa harto difícil porque se ve desde todos los sitios.




Así, hasta mediados del siglo XVI, cuando una expedición decidió acabar con la maldición y armándose de valor, subieron al monte, lanzaron pesadas piedras al lago, removieron las aguas y para asegurarse de que el espíritu de Pilato los iba a dejar tranquilos desecaron el pequeño lago y por si acaso, hicieron también un profundo tajo que impidiese bajar a Lucerna al espíritu del gobernador romano.
Ahora ya casi nadie recuerda la leyenda...Pero igual si subimos un día con algo de magia, podremos charlar con Poncio y hacerle algunas preguntas interesantes....












Cultura internacional
Es una pena que tan poca gente visite esta pequeña pero gran ciudad de Suiza. Afortunadamente, en 1983, la UNESCO fue capaz de reunir todas las singularidades del emplazamiento y hacer un llamamiento urgente para su protección.




Ahora, con esplendor y orgullo, los enclaves más importantes de St. Gallen son diariamente admirados por los visitantes que ven en lugares como la altísima catedral barroca o la biblioteca de la diócesis, hasta donde pudo llegar en su tiempo el esplendor de la ciudad.



Hay estudiosos que la llaman "La ciudad de los libros", ya que nada menos que 140.000 documentos, muchos de ellos milenarios, tienen su sede en la biblioteca. No en vano en la Edad Media era un centro importante de formación y cultura, que junto con la fama que alcanzaron sus bordados, la localizaron permanentemente en los mapas de la Europa que salía de los Años Oscuros.




Y precisamente oscuras no están sus casas, por lo menos por el humo de los coches, ya que la UNESCO exigió que el trafico rodado fuera totalmente prohibido, para salvar las valiosas pinturas y los rincones barrocos más interesantes de toda Suiza.




Por fortuna, o por azar, sus calles siguen protegidas no solo por la UNESCO, sino por el propio entorno que rodea a la ciudad, puro campo, puras montañas y bosques que fueron el lugar elegido por los monjes benedictinos para fundar un monasterio en honor a San Gallo , el ermitaño que navegó y viajó por Europa junto a Colombano.




Por un lado el monasterio trajo consigo cosas positivas, culturalmente hablando, ya que esa cantidad de conocimiento en forma de pergaminos y documentos no cesaba de de crecer a pasos agigantados; por otra, y amparado por el poder y las donaciones del emperador, mantuvieron al pueblo bajo el yugo de la religión durante muchos siglos.




Hasta que llegó la Reforma y con ella los cambios en la sociedad. St Gallen se deshizo de los benedictinos y se sacudió el polvo de los siglos. Creció como sede de una Universidad especializada en Ciencias económicas, jurídicas y sociales y la industria textil y de bordados hicieron lo demás.












Hoy es un lugar imprescindible para entender los cambios sociales que tuvieron lugar en los países centro europeos tras el radical cambio que supuso la Doctrina Reformista.




Una joya más en la preciosa corona de maravillas de Suiza.

Los erker más hermosos.
En las calles de la parte antigua de St Gallen, esas por las que gracias a la UNESCO sólo pueden circular los peatones, encontramos multitud de antiguos edificios adornados con "erker", que son preciosas ventanas con miradores de piedra o madera, con valiosos tallados y pinturas.




Son tan queridas y cuidadas por los habitantes de la urbe que incluso tienen nombres de animales, como "Mirador del Camello", o "del Pelícano" o del poético " Cisne". También encontramos figuras burlonas que sacan la lengua o incluso el busto de una mujer de raza negra.




Son nada menos que 111 los rehabilitados, ya que quedan algunos que pertenecen a familias que han movido su lugar de residencia y a los que no hay acceso público ni administrativo.




Por eso, al visitar St Gallen, acabamos con un poco de dolor de cuello, ya que la mayor parte del tiempo debemos estar mirando hacia arriba para admirar los balcones y además acercarnos lo suficiente para poder disfrutar de todos y cada uno de los detalles.




Cestas de frutas talladas, criaturas del agua mitológica, o incluso referencias a los continentes de la Tierra, como África o Asia.




Comerciantes y burgueses, que gracias al comercio vivieron en primera persona o por boca de otros las maravillas de los lugares de donde provenía la seda, la pimienta o el papel, decidieron demostrar sus riquezas y el exotismo de sus mercaderías para demostrar que eran más afortunados y mas acaudalados que cualquier otro de los habitantes de la ciudad. Cuanto más decorados y exuberantes eran sus "erker" más declaraban su poder y lo mucho que conocían el mundo. El mensaje inequívoco era: "Soy más rico y más culto que tú."












Gracias a esa competencia de preponderancia, podemos disfrutar hoy de estas joyas de Sankt Gallen.

El estilo de lo antiguo
¿Sabían ustedes que Chur, o Coira es la ciudad más antigua de Suiza y que vale la pena cualquier desvío que debamos hacer para visitarla?



No sólo por ser la capital del Cantón de los Grisones, sino porque combina a la perfección la elegancia de los antiguos edificios con la modernidad de sus nuevas construcciones que parecen sacadas de una exposición de arquitectura.
Pero Chur es algo más.




Es su gran mercado semanal, su catedral con más de 800 años de antigüedad, su acento moderno pero con un aire muy mediterráneo a pesar de ser la puerta al universo montañoso de los Grisones y sobre todo el encanto de sus calles por donde parece no haber pasado el tiempo.




El río Plessur, la envuelve y la alimenta, guarda su precioso casco medieval pero también riega su parte moderna llena de parques y de jardines.






Paralela a él transcurre la encantadora Oberegasse que lleva a la Obertor que es la poderosa puerta de la ciudad y que forma parte de las fortificaciones medievales del cantón.




Quizá por esa puerta hayan entrado mercancías de incalculable valor en siglos pasados, ya que Coira fue, y es, uno de los centros de comercio más importantes del sureste de Suiza. Porque además, 5.000 años ( según dicen los cronistas ) son muchos años para una ciudad, y por eso tiene tanta historia de la que presumir.





Pero no solo los romanos pudieron ver el potencial de la belleza de la zona, sino que los viajeros que nos acerquemos a ella tendremos la suerte de pasear por sus preciosas calles, llenas de rincones encantadores y de piedras llenas de vida.




Podremos visitar la renombrada catedral, el precioso ayuntamiento, el museo de Bellas Artes o las coquetas iglesias llenas de ese tipismo alpino que tanto hemos visto en la televisión, el cine o en las revistas.
Pero yo recomiendo vagabundear por sus calles y vivirlas, tal y como han hecho millones de personas en esos 5.000 años...Si ha durado tanto, por algo será.
La pequeña gran torre.
Bueno, era domingo por la mañana, así que tampoco podía pretender que en pleno octubre, con unos grados que rozaban los 10 y a las 9 de la mañana estuviera abierta la preciosa iglesia de San Martín. Así que me tuve que limitar a admirarla por fuera para llevarme una idea de cómo podía haber sido su interior.




Por lo tanto disfruté de la pequeña plaza que la antecede, donde hay un monumento fuente medieval, a los que son tan aficionados los suizos, recién restaurado, que ostenta el escudo con la cabra montesa del cantón y está preciosamente decorado con los signos zodiacales.




Enfrente se levanta la Iglesia de San Martín, muy románica ella en sus comienzos allá por el siglo VIII pero que debido a un incendio en 1464 tuvo que ser reconstruida desde sus comienzos, aunque permanecen algunos restos de sus muros primitivos.




Así que ahora es de ese estilo gótico tardío, que mezcla elementos muy delicados con la aspereza y la severidad de las fortificaciones centroeuropeas y que le dan aire de castillo de cuento de hadas.
Su importancia en la historia de Chur, es que aparte de ser su iglesia más antigua, fue el punto de partida para la Reforma religiosa en el cantón de los Grisones. Quizá por ello sea uno de los templos más queridos por los habitantes de la zona y le hayan regalado uno de los órganos más grandes de Suiza.
Como grande es su torre de 82 metros que durante mucho tiempo sirvió de referencia a mercaderes y visitantes que llegaban a la ciudad de todas partes de Europa.
Privilegios de los mayores...

La larga espera
Dos generaciones tuvieron que pasar y esperar a que la preciosa catedral de Chur se diera por finalizada, ya que sus cimientos se pusieron en 1150 y no se culminó hasta 1272. Pero más hubo que aguardar para ver terminada la torre que en 1600 se coronó con una perfecta cubierta barroca. Recién renovada, se la considera uno de los monumentos culturales más importantes de Suiza.




La catedral de la Asunción parece querer estar siempre apartada del bullicio, mantenerse embebida en ese ambiente medieval que aparentemente envuelve a la ciudad. Por eso está en lo más alto de la colina que un día ocupo una fortificación romana.


Al llegar a ella, un pequeño jardín, lleno de lápidas y tumbas de obispos precede a la entrada principal, que al permanecer cerrada la mayor parte del tiempo, nos obliga a entrar al templo por un lateral, por una pequeña puerta custodiada por más lápidas de hombres ilustres.
Quizá por eso tiene ese aire severo y duro, pero por dentro es como una caja de bombones, que llama nuestra mirada sin cesar para que apreciemos cada pequeño detalle, como los capiteles románicos ricamente adornados, los retablos de Durero o las losas sepulcrales, encantadoramente tétricas de las naves laterales.
Paseando por el interior admiramos el maravilloso altar mayor de madera tallada y policromada, a todo lo largo y ancho del templo, los constructores crearon capiteles con figuras e imágenes de apóstoles casi de tamaño natural que parecen surgir de la piedra.
La catedral es más que un edificio románico y su valor es tan grande que solo pudo ser abierta de nuevo al culto después de largos años de trabajos de restauración, en el otoño de 2007. Por si fuera poco. el tesoro de la iglesia custodia objetos medievales muy antiguos y raros hechos de oro, plata y marfil.
Pero sin duda una de las estrellas del templo son los frescos de las bóvedas y la quietud y el silencio que se respira en esta fastuosa e imponente catedral de la Asunción.

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