domingo, 13 de septiembre de 2015

Cataluña (IV)

Y nos vamos a Alcover
La calle del canal
Basta con dar un paseo por las calles de esta pequeña villa agrícola de Tarragona, para darse cuenta de que está organizada por varias calles transversales, cortadas por una única calle que asciende en línea muy recta hasta la parroquia o desciende desde ésta hasta el ayuntamiento.
De origen árabe pero prontamente recuperada por los cristianos, el perímetro de la ciudad se amuralló, el Carrer del Rec se convirtió en uno de los ejes del que partían todas las demás calles, callejuelas y callejones.




Pronto se convirtió en una bulliciosa arteria donde todo el que tenía algo que comprar o vender tenía su sitio. Hoy sigue siendo el lugar mas importante si hablamos de comercio, pero en su día también tuvo otro uso, ya que aprovechando la inclinación de la vía se hizo discurrir por ella un canal de agua que llenaba las fuentes de lo que hoy viene a ser Font Vella. Y ese es el origen de su nombre, Calle del Canal.

Su importancia creció de modo imparable, de modo que muchas casas nobles sentaron sus reales en los pocos solares que quedaban y construyeron mansiones que hablaran de su riqueza y prosperidad. Pasó de ser una vía con suelo de tierra a ser pavimentada, aunque fuera en detrimento del canal de agua que desapareció y las aceras que impedían el paso de los carruajes de nobles y comerciantes.



El resultado fue una calle ancha que hoy en día sigue siendo núcleo mercantil de ésta villa que ha sabido siempre adaptarse a los nuevos tiempos.
La iglesia nueva

 En lo más alto del Carrer del Rec tuvieron la idea, a finales del siglo XVI, de levantar la Iglesia de la Asuncíón, a la que todos llaman la Iglesia Nueva para diferenciarla de la antigua Iglesia de la Sangre o Església Vella.




Impone muchísimo tanto su situación, encajada entre varias calles de origen medieval tardío, pero ya extramuros de los que constituye el núcleo más señero de la villa, como sus dimensiones, que le dan un aire de templo de gran importancia, de los que podemos encontrar en una gran ciudad. Esa misma situación hace que sea el único edificio visible, por su altura, cuando vamos aproximándonos por las carreteras que nos conducen a Alcover.

Pero la grandeza que la hace despuntar entre los edificios que la rodean, la hizo diana y objetivo de las tropas saqueadoras e incendiarias de la Guerra Civil, que destruyeron parte de su patrimonio, entre el que se encontraba un inigualable retablo barroco que presidía el altar mayor. Y no acaba ahí la historia de los acontecimientos aciagos, ya que a finales del siglo XVIII el campanario se derrumbó totalmente por efectos de la mala construcción, una explicación nunca probada.




Sus 56 metros de largo, 25 de ancho y 35 de altura están ahora pendientes de un hilo para una restauración que parece no llegar nunca, aunque ya sufrió muchas malas rehabilitaciones que destrozaron parte de su patrimonio original y otras que la embellecieron y le otorgaron contrastes, como su fachada renacentista y varios añadidos barrocos.

De cualquier manera vale la pena acercarse hasta ella para mirar hacia lo alto y dejar que nuestros ojos contemplen la preciosa mole de este edificio que seguro que en su día fue una de las construcciones más imponentes de Tarragona.
La casa de los americanos
Puede sonar un poco raro el título de este rincón, pero la historia de la casa no miente, ya que fue levantada por los hermanos Antonio y Próspero Company, tras su regreso de América donde habían amasado una más que considerable fortuna.

La verdad es que no es fácil de encontrar, ya que se esconde en una de las callejuelas que parten de la Carrera del Rec y tenemos que caminar un poco más antes de encontrarla a nuestra derecha. Tanto ella como otras grandes construcciones de Alcover, fueron fruto del gran desarrollo demográfico que disfrutó la ciudad en el siglo XVI, con las ganancias provenientes de la nueva industria de los metales y de todos aquellos que emigraron a América en busca de mejor fortuna en una época en que ésta estaba en manos de unos pocos .




Por eso, todos tuvieron la intención de impresionar con sus nuevas casas y mansiones, un poco para demostrar que no sólo se puede tener nobleza con la sangre, sino que también el trabajo duro ennoblece a los hombres. Recia, fuerte e imponente, La Abadía fue primero residencia de los dos hermanos inmigrados para pasar a ser propiedad, tras su donación, de la Iglesia, que la transformó en rectoría para acabar en nuestros días siendo despacho parroquial y sede de un pequeño teatro donde muy de vez en cuando se representan obras de corte clásico.

Lo que sí que no ha perdido es su fachada impresionante, que parece querer empujar a las casa vecinas demostrando su grandeza y poder, simbolizados por varios escudos que representan el linaje de varias familias, como son un halcón perchado en una mano humana, una mano extendida y un castillo recordando a las familias que la habitaron.
El precioso esqueleto de la Iglesia Vieja o de la Purísima Sangre
Porque es lo que resta de esta maravillosa iglesia, sólo lo que un día la sustentó y que aún sigue en pie, desafiando al tiempo y a los elementos. Y también a las guerras, como la Civil que asoló nuestro país y que en 1936 la hizo víctima de las "hordas rojas", que irrumpieron en el templo, lo saquearon e incendiaron. De nada le valió ser declarada en 1931 Monumento Histórico Artístico para ser destruida en casi su totalidad en una orgía de fuego, sangre y robo que duró varios días y de la que casi ningún templo pudo salvarse.




Conocida también como " La Mezquita", gran parte de sus incalculables tesoros de inmenso valor artístico fueron expoliados o destruidos. Las innumerables tallas y retablos que desde el siglo XII se guardaban en el templo desaparecieron, y con ello parte de la memoria de la Historia.

Pero todavía pudo sufrir un poco más, ya que acabada la guerra, el edificio que tenía adosado y que era una vieja escuela y hospital tuvo que ser demolido, y al haber estado actuando de contrafuerte, la iglesia perdió parte de su apoyo y acabó derrumbándose, quedando en el estado en que hoy podemos verla.

Orgullosos como estaban los habitantes de Alcover de su Iglesia Vieja, se resistieron a perderla, y ya que no podían restaurarla, puesto que otras obligaciones e intereses absorbían la escasa economía de la posguerra, decidieron mantenerla como estaba hasta tiempos mejores, que por supuesto llegaron y convirtieron el antiguo templo en un parque de la memoria religiosa e histórica.




Eso hizo que hoy podamos ver la grandeza pasada del edificio, con sus 30 metros de largo por 13 de ancho, rodeados por un jardín y formando una pequeña plaza, con un ábside que como el resto del edificio se construyó en piedra muy roja, y unos capiteles de delicados motivos vegetales y animales. Eso sí, la auténtica y casi inalterada joya es el precioso rosetón que es considerado uno de los mejores del románico catalán.

Por toda la ciudad se conservan restos de lo poco que se pudo salvar, como fragmentos de varios retablos góticos y la imagen de la Mare de Déu de la Magrana.




Vale la pena venir hasta Alcover para admirar los restos del que un día fue uno de los templos más hermosos de Tarragona.
Y nos vamos a Montblanc
La ciudad amurallada
Desde el siglo XIV guardan las murallas la ciudad de Montbalanc, tal y como lo llevan haciendo otras que guardan y protegen a pueblos y ciudades importantes en Europa. Y no es para menos, ya que esta preciosa villa medieval, fundada sobre un cerro donde soplan, vivificantes y sanos, los aires de la montaña, fue residencia real y de las Cortes Catalano - Aragonesas durante buena parte de la Edad Media.






Muchos visitantes nos preguntamos qué secreto tiene la villa para haber podido mantener en tan perfecto estado los monumentos que hoy la adornan. Al preguntar a los más duchos en la materia, nos enteramos de que hubo un estancamiento total y absoluto en el crecimiento de la población durante casi cinco siglos, con lo que las grandes casas, las calles y monumentos no cayeron en el olvido por culpa de las nuevas construcciones y pudieron ser mantenidos y conservados en perfecto estado.







Todo esto lo podemos ver claramente al entrar al núcleo medieval amaurallado por puertas como el Portal de Sant Jordi, que nos mete de lleno en la historia de la villa y que tras recorrer varias calles en perfecto estado de conservación nos conduce a la Plaça Major, el Palau Reial o la imponente Iglesia Arciprestal de Santa María. Si seguimos el recorrido, podremos subir hasta la plaza ajardinada de Santa Ana desde donde se disfruta de una fabulosa vista de la ciudad, y saliendo por el Portal de Forado recorrer el contorno exterior de la villa. Hay que fijarse especialmente en los grandes torreones hoy convertidos en casa particulares y museo y taller de artistas.












De nuevo en la Calle Mayor, disfrutamos de varios rincones de solera ( sobre todo los pequeños altares que salpican los altos de pasajes y las paredes y esquinas de las casas) y de la bulliciosa actividad de esta vía que desde siempre ha sido lugar de intercambios comerciales.





Paseemos con calma por Montblanc, porque tiene muchísima historia que enseñarnos.

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