domingo, 1 de noviembre de 2015

Cataluña (X)

Marinera como pocas
No es solo el aura de ser destino turístico la que envuelve a la preciosa villa de Sitges. Es también ese carácter de inspiradora de todo tipo de literaturas y artes, de tener un patrimonio más que notable y de ser un continuo cóctel de inquietudes culturales. Sitges es también belleza mediterránea en su estado más cambiante y multicolor; es luz y carnaval, es teatro y cine, es lugar de descanso y de ambiente nocturno.




Pero sobre todo, lo que más llama la atención a los visitantes que llegan para conocer este enclave mediterráneo que ya a parecía en las crónicas romanas es su parte más antigua, la Vila Vella, que aparece después de recorrer el precioso paseo marítimo que engloba las maravillosas playas de la Riera Rica, de L'estanyol o la diminuta de la Fragata. Casi sobre ésta, se eleva La Punta, un promontorio donde se concentra el grueso del patrimonio histórico ( sin contar con los ejemplos modernistas de la ciudad nueva) y que tiene en la Iglesia de Sant Bartolomeu i Santa Tecla, la imagen de postal que todo visitante gusta llevarse de Sitges. No se trata de una iglesia monumental, ni siquiera antigua, ya que es del siglo XVIII, pero sus dos torres de campanario y su elegante planta, la convirtieron con el paso de los años en tema pictórico y fotográfico de infinidad de artistas que la eligieron como tema para sus cuadros e imágenes.







En el minúsculo espacio que actúa como mirador y plazuela, encontramos cañones que recuerdan la presencia antaño de un castillo derribado en el siglo XIX, para construir el ayuntamiento y una curiosa escultura, " La Sirena de Sitges" que se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles en el panorama cultural y artístico de la Villa.


Desde este punto, la vista del azul mediterráneo es infinita y de una belleza inigualables. Es el color y la luz de Sitges, lo que la hace inconfundible e inolvidable.

Arquitectura y belleza mediterráneas
Localizado en La Punta, el primigenio promontorio origen de la entonces pequeña villa marinera de Sitges, el Racó (rincón) de la Calma conforma un conjunto arquitectónico al que llaman de Maricel, y aglutina varias edificaciones que parecen haber crecido juntas, pero que son totalmente independientes. Desde un antiguo hospital medieval de preciosas ventanas góticas, comprado por un millonario americano y convertido en Museu Maricel (con interesantes colecciones artísticas y decorativas), pasando por el también interesante museo Cau Ferrat, encaramado a las rocas que besa el mar y residencia del famoso pintor Rusiñol, hasta llegar a la ampliación del Maricel, que tiene unas inigualables vistas de la menos conocida playa de San Sebastiá.








Es realmente un conjunto de deliciosa belleza, fruto de una reciente restauración que le ha devuelto el esplendor que en un tiempo tuvo y que hace obligatorio un paseo por su recogida plaza, donde debemos sentarnos durante unos minutos a disfrutar de la tranquilidad y la calma que parece envolver cada rincón de este precioso enclave de Sitges.



La capital del Penedés
No es una tontería ser la capital de la gran zona vinícola del Penedés, al contrario, es una gran responsabilidad y Villafranca ha sabido llevar con orgullo y buen mando el cetro que la convierte en una de las referencias a nivel mundial en el mundo del vino y del exquisito cava.






Pero si dejamos un poco al margen este hecho, pero no del todo, ya que gracias a las ganancias generadas por el precioso líquido es hoy una de las ciudades catalanas de mayor belleza, pasear por esta urbe tranquila y agradable, veremos que son muchos los lugares de interés que regala al visitante.


Ya desde el siglo XII, tiene bien arraigada su tradición comerciante, puesto que fue de las primeras villas en tener el privilegio de celebrar mercado y gracias a ello surgió una élite formada por una pujante burguesía agrícola que supo enriquecer las calles de la ciudad con preciosos edificios y mansiones.




Basta dar un paseo por su centro histórico para disfrutar de joyas como la Casa de la Vila, la Maciá o el pequeño pero cautivador templo de Sant Joan. Alrededor de la Basílica de Santa María y sin dejar de mirar a lo alto, encontramos piezas modernistas de mobiliario urbano, como los faroles de Santa María, formados por tres luces de composición simétrica y estructura radial, con adornos de hierro forjado y vidrieras, auténticas joyas recién restauradas que bien merecerían estar en un museo aunque alabo la decisión de dejar que propios y extraños las disfruten en el lugar para el que fueron creadas.





Otras joyas como la Casa Gomá con su diminuta galería de pequeños arcos, algunas muestras del arte del esgrafiado de las que quedan pocas muestras en Cataluña o los numerosos rincones de aire medieval que encontramos a cada paso que damos hacen de Vilafranca parada obligatoria en nuestra ruta por la preciosa región del Penedés, tierra de sabores y colores, de historia y de arte.

La plaza más castellera
Uno de los más bellos espacios urbanos que pude contemplar en mi visita a Cataluña, lo conforma este amplio rectángulo de bordes irregulares donde se apiñan los edificios más importantes de la localidad formando uno de los más notables muestrarios de arquitectura civil y religiosa de España.


Empezando por la magnífica y delicada iglesia de Santa María con un pórtico realmente cuidado y de gran interés artístico, el Palau Reial, que alberga el Museo de las Culturas del Vino de Cataluña, interesantísmo recorrido por los utensilios, prensas y herramientas relacionadas con el cultivo de la vid y la elaboración de los gloriosos caldos del Penedés, la Casa Gomá o el palacio del marqués de Alfarrás.







Pero quizá lo que más llame la atención sea una escultura que honra y ensalza la gran tradición castellera del municipio que se remonta al siglo XVIII. Está realizada en piedra calcárea y representa la figura castellera de un “pilar de 5”. Desde 1963 se levanta esta obra de arte que recuerda el valor, la fuerza y la agilidad de todos aquellos, hombres y mujeres que dedican su esfuerzo y ganas en hacer que siga viva y latente una tradición que representa el tesón y el empeño del pueblo catalán.

El genio de la Renaixença
Pocas lenguas e idiomas del mundo han sentido una necesidad tan fuerte de ensalzar su literatura como la catalana. Erigida en uno de los baluartes de su identidad nacional, varios escritores y filólogos, como Manuel Milá i Fontanals tuvieron la idea de galardonar las mejores composiciones que participaran en lo que dieron en llamar Juegos Florales. Así la Flor Natural o el premio de honor, se concedía a la mejor poesía de amor, la Rosa de Oro a la mejor poesía patriótica y la Violeta de Oro y Plata al mejor poema religioso.






En conmemoración del 50 aniversario de la restauración de los Jocs Florals, se decidió honrar la memoria del ilustre villafranqués, filólogo y teórico de la Estética Literaria Catalana, con un enorme monumento localizado en el principio de la Rambla, punto focal e inicio de todos los caminos que salen y entran a Vilafranca del Penedés.

El conjunto sigue la estética reinante en el momento, muy ecléctica y alegórica, que hace alusión a las musas de las artes combinadas con elementos neoclásicos un tanto recargados y la profusión en el uso del mármol, el granito y sobre todo el bronce. La intención que tuvieron los creadores del monumento de ensalzar esta nebulosa literaria gracias a la complejidad de la gran columna, reforzada por la amplitud de la plaza, se mantiene a pesar del paso del tiempo y de las sucesivas reformas que ha sufrido el entorno, lo que hace que irremediablemente nos sintamos atraídos por él. ¡Gloria a las Letras Catalanas!

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