miércoles, 29 de octubre de 2025

Euskadi: Un lienzo pintado por el tiempo y el mar (I)

Cuando pienso en el País Vasco, lo primero que me viene a la mente es una palabra: carácter. Porque este rincón del norte de España no se parece a ningún otro. Es una tierra que huele a mar y a bosque, a lluvia y a fuego, a historia y a orgullo. Un territorio donde la naturaleza impone su fuerza, pero el hombre ha sabido convivir con ella con una mezcla admirable de respeto y tenacidad.

Tuve la suerte de recorrerlo, y puedo decir que el País Vasco no se ve: se siente. Se siente en el rugido del Cantábrico golpeando los acantilados, en las notas de un txistu que suena en una plaza, en el sabor intenso de un pintxo recién hecho o en el silencio reverente de una ermita colgada sobre el mar.

Desde el primer momento, comprendí que aquí cada pueblo tiene su alma y cada paisaje, su propio ritmo. Bilbao, con su transformación de ciudad industrial a capital de arte y vanguardia, me sorprendió por su energía moderna, donde el Guggenheim brilla como una escultura de titanio junto al río. En San Sebastián, el aire se vuelve dulce y elegante: su bahía de La Concha parece pintada a mano, y sus calles están llenas de vida, aromas y risas.

Pero el País Vasco no es solo sus ciudades: es sobre todo su tierra, su mar y su gente. En los pueblos pesqueros, las fachadas de colores se reflejan en el agua, y en las montañas, las caseríos blancos resisten el paso del tiempo. Cada conversación, cada sonrisa y cada mirada comparten un mismo sentimiento: el orgullo de pertenecer a una tierra pequeña en tamaño, pero inmensa en identidad.

Y luego está la costa, esa franja salvaje y hermosa que serpentea entre acantilados y playas escondidas. Fue allí donde descubrí uno de los lugares más sobrecogedores que he visto jamás: San Juan de Gaztelugatxe, una ermita suspendida entre el mar y el cielo, a la que se llega subiendo más de doscientos peldaños. Cada paso hacia la cima es una mezcla de esfuerzo, fe y admiración ante la fuerza de la naturaleza.

El País Vasco tiene algo que no se puede explicar del todo con palabras. Es un equilibrio perfecto entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre el orgullo y la hospitalidad, entre el rumor del mar y el silencio de las montañas. Viajar por él es descubrir una forma de vida auténtica, intensa y profundamente humana.

San Juan de Gaztelugatxe: la joya mágica del Cantábrico

En la abrupta costa vasca, entre Bakio y Bermeo, se alza una pequeña isla unida a tierra firme por un estrecho puente de piedra que serpentea sobre el mar. Desde lejos, San Juan de Gaztelugatxe parece un sueño suspendido entre el cielo y las olas. El nombre, en euskera, significa “castillo rocoso de San Juan”, y no podría describirlo mejor: una fortaleza natural tallada por el viento y el agua, donde la devoción humana levantó un pequeño templo en lo más alto.

La imagen más conocida —esa escalinata de piedra que asciende en zigzag hasta la ermita— se ha convertido en uno de los símbolos más bellos del País Vasco. Son 241 peldaños (algunos dicen 231, otros 241; depende de quién los cuente), y cada uno guarda una historia. Subirlos es una especie de peregrinación, un viaje físico y espiritual al mismo tiempo. A medida que se asciende, el rugido del mar queda atrás, el aire se llena de sal y viento, y la vista se abre a un Cantábrico salvaje, eterno. El origen de la ermita se remonta, según la tradición, al siglo IX o incluso antes. Se dice que San Juan Bautista desembarcó en esta costa y, en tres zancadas, llegó hasta la cima del peñón, dejando su huella marcada en la roca junto a la puerta del templo. Por eso, cuando los peregrinos alcanzan la cima, es costumbre tocar la campana tres veces y pedir un deseo, para ahuyentar los males o atraer la buena fortuna.

A lo largo de los siglos, Gaztelugatxe ha sido testigo de tempestades, incursiones piratas, guerras y milagros. La ermita fue destruida y reconstruida varias veces —por fuego, por el mar, por la historia—, pero siempre renació, como si el lugar mismo se negara a desaparecer.

Durante siglos fue refugio de marineros y pescadores, que acudían a ofrecer exvotos y dar gracias por regresar con vida del mar. Las paredes del pequeño santuario, sencillas y humildes, guardan ese espíritu de esperanza y gratitud.

Lo que rodea a Gaztelugatxe es de una belleza que sobrecoge. Las olas rompen contra los acantilados, la espuma salta sobre las rocas y las gaviotas dibujan círculos sobre el viento. En los días de temporal, el mar parece querer reclamar lo que es suyo, y la pasarela de piedra se convierte en un puente entre dos mundos. En los días claros, en cambio, el azul del cielo y el del mar se funden, y el silencio se llena de calma.

El recorrido hasta la base del peñón serpentea entre bosques, miradores y senderos empedrados. Cada paso regala una perspectiva nueva: el perfil del puente, el arco de las olas, la diminuta ermita recortada sobre el horizonte. Es un lugar que invita al asombro, pero también a la introspección. Aunque siempre fue un lugar de peregrinación, en los últimos años Gaztelugatxe ha alcanzado fama mundial gracias a la cultura popular. Su imponente silueta sirvió como escenario de la mítica Rocadragón” (Dragonstone) en la serie Juego de Tronos. Pero más allá de la ficción, sigue siendo un sitio profundamente espiritual, donde cada piedra tiene su peso y cada ráfaga de viento parece susurrar una historia. San Juan de Gaztelugatxe representa el alma del País Vasco: la fuerza de la naturaleza, la persistencia ante la adversidad, la unión entre el mar y la montaña, y esa mezcla de misticismo y sencillez que define la identidad vasca.

Mundaka, donde el mar habla en euskera

El día que llegué a Mundaka, El cielo nos regalaba una luz de sol que parecía rozar el agua. El aire olía a sal, a hierba húmeda y a madera de barco recién barnizada. Mundaka no es un lugar cualquiera: es uno de esos pueblos que se descubren con calma, donde cada rincón parece tener algo que contar.

Situado en pleno corazón de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, Mundaka se asienta frente a una de las rías más bellas del País Vasco. El pueblo parece abrazar el mar, como si viviera pendiente de sus mareas. Sus calles estrechas, sus casas coloridas y su puerto pequeño crean una estampa que parece detenida en el tiempo. Todo respira autenticidad, sencillez y vida marinera.


Pero si hay algo que hace famoso a Mundaka en el mundo entero, es su ola. Dicen que aquí nace la mejor ola de izquierdas de Europa, una joya natural que atrae cada año a surfistas de todos los rincones del planeta. Y no es para menos: ver romper esa ola, larga, perfecta, serpenteando por la ría mientras los surfistas la cabalgan con destreza, es un espectáculo hipnótico. 



Sin embargo, Mundaka es mucho más que surf. Tiene una alma profunda, tejida con historia y mar. En el siglo XIX, fue un puerto próspero y lugar de paso para marineros que partían rumbo al Atlántico. En su pequeña iglesia de Santa Catalina, construida junto al mar y rodeada de acantilados, aún parece sentirse la fe de quienes se encomendaban antes de embarcar. Es uno de esos lugares donde el silencio y el viento se mezclan con el rumor del oleaje, creando una paz difícil de describir.


Pasear por Mundaka es dejarse llevar. Por su plaza, donde los vecinos se saludan como si el tiempo no pasara; por los bares donde se sirven pintxos deliciosos acompañados de txakoli; por los senderos que conducen hasta los miradores del cabo. Cada rincón parece tener la medida exacta de lo humano y lo natural.



Mundaka me enseñó algo que solo ciertos lugares transmiten: que el mar no es solo paisaje, sino una forma de vida. Aquí todo gira en torno a él —la pesca, el surf, el ritmo de los días—, y sin embargo, nada parece forzado. Es un pueblo que late al compás del Cantábrico, orgulloso de su identidad, amable con quien llega, y capaz de recordarte, sin palabras, que la belleza más pura siempre se encuentra en lo sencillo.

Si cierro los ojos, todavía puedo escuchar el rumor de las olas en Bakio. Llegar a este rincón del País Vasco es llegar al punto donde el mar y la tierra parecen haber hecho un pacto. Bakio se abre al Cantábrico como una gran bahía, rodeada de montes verdes que descienden suavemente hasta una playa dorada. Es un lugar donde todo respira libertad, un equilibrio perfecto entre el poder del océano y la serenidad del paisaje.


Recuerdo el momento en que vi su playa por primera vez: una extensa franja de arena bañada por olas que rompen con fuerza, pero también con ritmo, como si el mar aquí respirara con calma. Los surfistas, siempre atentos al viento, se deslizaban sobre el agua con esa elegancia tranquila que solo se ve en quienes entienden el mar como un compañero. No me costó entender por qué Bakio se ha convertido en uno de los grandes destinos del surf vasco: su ola, noble y constante, tiene una personalidad tan fuerte como amable.




Caminar por Bakio es hacerlo entre el verde y el azul, entre el campo y el mar. El paseo marítimo bordea la playa y conduce hasta miradores donde el horizonte se pierde entre olas-

En el centro del pueblo, la vida se mueve sin prisas. Los bares sirven pintxos que mezclan lo tradicional con lo marinero: anchoas, txistorra, pimientos, bacalao al pil-pil… todo acompañado, claro, de una copa fría de txakoli. La gente es acogedora, con esa mezcla de reserva y cordialidad tan vasca, y cada conversación tiene algo de autenticidad. Aquí, los atardeceres se viven al ritmo del mar: las familias pasean, los surfistas se despiden de las olas, y el sol tiñe la playa de tonos dorados y cobrizos.

Si Bakio me regaló la fuerza del océano abierto, Plentzia me mostró la calma serena de la costa vasca más amable. Llegar a Plentzia es como dar un respiro, una pausa entre el rugido del Cantábrico y la quietud de la ría. El paisaje cambia: el mar se adentra tierra adentro, se vuelve río, y a sus orillas nace este pueblo de alma marinera y corazón tranquilo.


Plentzia está construida alrededor de su ría, un estuario que serpentea entre colinas verdes y se abre poco a poco al mar. Las barcas de colores descansan meciéndose suavemente, reflejadas en un agua que parece un espejo. Desde los muelles se escuchan las voces de los pescadores, el tintineo de los mástiles y el murmullo del viento que viene del norte. Todo tiene un ritmo pausado, casi musical.

El casco antiguo es un pequeño laberinto de calles empedradas, balcones floridos y fachadas en tonos suaves. Pasear por él es como hojear un libro antiguo donde cada rincón cuenta una historia: la vieja iglesia de Santa María Magdalena, el caserío Goñi Portal,  los soportales que daban cobijo a los mercaderes, las casonas de piedra que hablan de un pasado próspero. Pero Plentzia no vive anclada en el pasado: es un lugar donde la tradición y la modernidad conviven con armonía.



Cuando me fui, tuve la sensación de que Plentzia no era solo un destino, sino un refugio. Un rincón donde uno puede respirar, mirar, recordar. Donde el mar no amenaza, sino que acoge. Donde el País Vasco se muestra en su versión más amable y luminosa, sin perder ni una pizca de su alma


viernes, 10 de octubre de 2025

El maravilloso mundo de los cruceros. (VII) Explora II, el barco donde el viaje empieza antes del destino.

Hay barcos que te llevan a un destino y otros que te enseñan a quedarte. Explora II pertenece a esa segunda categoría.

No se impone cuando aparece en el puerto. Se deja descubrir. Líneas limpias, proporciones medidas, una presencia que no necesita elevar la voz. Desde el primer paso a bordo, uno entiende que aquí no se viene a consumir lugares, sino a habitarlos con tiempo.

Explora II no promete velocidad. Promete continuidad: entre el mar, el espacio y el viajero.


Explora II aparece antes de entenderse. Desde el muelle, su silueta no busca imponerse, pero tampoco pasar desapercibida. El casco alargado, las líneas limpias y una proa afilada hablan de estabilidad y de intención. No es un barco pensado para parecer grande, sino para sentirse equilibrado.

Con aproximadamente 248 metros de eslora y una manga cercana a los 32 metros, Explora II pertenece a esa categoría de grandes buques que han aprendido a esconder su tamaño. La superestructura escalonada suaviza la altura y permite que la vista se deslice, sin brusquedades, desde el mar hasta las cubiertas superiores. Incluso en puerto, transmite una idea clara: aquí el diseño no grita, respira.


El casco, optimizado para reducir resistencia y vibraciones, delata una ingeniería contemporánea pensada para la navegación continua, no para la carrera entre escalas. Al observarlo de perfil, uno entiende que no está concebido para dominar el horizonte, sino para dialogar con él.


El lobby de Explora II no funciona como un vestíbulo, sino como una transición. No hay sensación de llegada abrupta, sino de cambio de atmósfera. La luz es lo primero que se percibe: natural, filtrada, extendiéndose desde ventanales amplios que recuerdan constantemente que el mar sigue ahí, aunque ya no se oiga. El espacio se organiza en altura, con proporciones generosas que evitan la tentación del espectáculo. Aquí no se busca impresionar con exceso, sino descomprimir. Los materiales acompañan esa idea: maderas claras, superficies mate, tejidos que absorben el sonido. El lobby no resuena; amortigua. Es un dato invisible, pero esencial: el diseño acústico está pensado para reducir reverberaciones y crear una sensación de calma inmediata, incluso con el barco en plena actividad.

Desde un punto de vista técnico, este espacio actúa como núcleo de circulación. Escaleras amplias, ascensores discretos y pasillos que se abren sin forzar direcciones. Todo invita a orientarse sin mapas. El barco mide cientos de metros, pero aquí empieza a encogerse mentalmente, a volverse habitable.

El Lobby Bar de Explora II no se presenta como un punto de consumo, sino como un lugar de pausa. Está abierto al espacio, sin barreras claras, y aun así consigue algo difícil en un barco: intimidad sin aislamiento. Las distancias entre mesas, la orientación de los asientos y la luz cuidadosamente dosificada hacen que cada conversación encuentre su propio volumen Desde el punto de vista operativo, el Lobby Bar funciona como corazón social del barco. No se vacía ni se satura: fluye. Café por la mañana, encuentros informales al mediodía, luz más baja al caer la tarde. La transición de usos está pensada en el diseño de la iluminación y en la disposición del mobiliario, que no obliga a cambiar de lugar para cambiar de momento.

Sentado aquí, con un vaso en la mano y el mar asomando a través de los ventanales, uno entiende algo esencial de Explora II: el lujo no está en lo que se muestra, sino en no tener prisa por irse a otro sitio.


El Malt & Whisky Bar es uno de esos espacios que no se descubren por accidente. Hay que querer entrar. La luz desciende, el ritmo se ralentiza y el barco, de pronto, parece alejarse unos metros más del mundo exterior. Aquí el diseño no busca amplitud, sino densidadLa carta marca el tono desde el primer vistazo: una selección amplia y cuidada de whiskies y destilados premium, con especial atención a maltas escocesas y etiquetas de producción limitada. No es una acumulación decorativa. Es una colección pensada para ser recorrida con tiempo, casi como una biblioteca líquida. Técnicamente, la climatización y el control de humedad del espacio están ajustados para preservar botellas y aromas, un detalle invisible que habla de precisión.

El mobiliario acompaña esa intención. Asientos bajos, mesas sólidas, distancias cortas. Todo invita a quedarse, no a rotar. La insonorización es notable: el sonido del barco desaparece casi por completo, y la conversación encuentra un refugio estable incluso en navegación. Es uno de los puntos donde mejor se percibe el trabajo estructural del buque en la absorción de vibraciones.



La piscina cubierta de Explora II no es un recurso climático, es una decisión de concepto. No está pensada para “cuando hace mal tiempo”, sino para cuando el viajero quiere seguir en contacto con el agua sin exponerse. El espacio se abre con grandes superficies acristaladas que permiten que el mar siga presente, incluso cuando el cuerpo permanece a resguardo. Técnicamente, la piscina está diseñada con un sistema de control de temperatura y humedad muy preciso, algo esencial en un buque de estas dimensiones. El ambiente se mantiene estable, sin esa sensación densa que suelen tener las piscinas interiores en navegación. La ventilación y el tratamiento del aire permiten que el espacio se perciba ligero, casi seco, aun con el agua en movimiento constante.

La lámina de agua es amplia y serena, pensada más para nadar con calma que para el juego. El diseño del vaso y su integración con el entorno reducen el ruido y las salpicaduras, reforzando una idea clave en Explora II: el agua no es espectáculo, es continuidad. Aquí no se viene a mostrarse, sino a acompasar el cuerpo al ritmo del barco. Al sumergirse, el ruido exterior desaparece y queda una sensación curiosa: la de estar flotando dentro de otro cuerpo que también flota. Es uno de los pocos lugares donde Explora II revela, sin palabras, su naturaleza más íntima: la de un barco que entiende el bienestar como equilibrio, no como exceso. 


Los jacuzzis exteriores de Explora II no están pensados como un punto social ruidoso, sino como miradores habitables. Se sitúan estratégicamente junto al perímetro del barco, con vistas limpias al mar, de manera que el horizonte forme parte de la experiencia desde el primer momento. No hay obstáculos visuales ni sensación de encierro: el agua caliente mira directamente al exterior. Desde el punto de vista técnico, estos jacuzzis cuentan con sistemas de control térmico que mantienen una temperatura constante incluso en navegación y con viento. La protección perimetral está diseñada para cortar el flujo de aire sin bloquear la vista, lo que permite permanecer sumergido con comodidad mientras el barco avanza. Es un equilibrio delicado entre exposición y refugio, muy bien resuelto. La disposición del espacio evita la acumulación. No están alineados como atracciones, sino integrados en la cubierta, con distancia suficiente para que cada usuario conserve su burbuja de silencio. El ruido del agua se mezcla con el del mar real, y por momentos resulta difícil distinguir dónde termina uno y empieza el otro.


El Emporium Marketplace en el Explora II es un concepto de buffet reimaginado: no es el típico buffet con bandejas y filas interminables, sino un espacio más parecido a un mercado gastronómico dentro del barco. La idea es que haya varias “estaciones” donde los chefs preparan los platos al momento, con ingredientes frescos y variados, permitiéndote combinar sabores de diferentes partes del mundo en una misma comida.


Sus características mas destacadas son la variedad y flexibilidad, ya que puedes desayunar, almorzar o cenar aquí, y siempre hay opciones frescas, desde ensaladas, pastas y sushi hasta carnes asadas y mariscos, experiencia interactiva, puesto que los chefs preparan y finalizan los platos frente a ti, así que es como tener un mini restaurante a la carta dentro de un buffet. También un estilo moderno y abierto: el lugar es luminoso, con un diseño que recuerda a un mercado gourmet, donde la comida es protagonista y todo se siente casual pero elegante, por tanto es deal para explorar sabores: cada estación ofrece algo distinto, así que puedes “viajar” por distintas cocinas sin salir del restaurante.




En pocas palabras, es un buffet de lujo, flexible y exploratorio, pensado para que disfrutes la comida sin sentirte atrapado en filas o menús rígidos. Es el corazón casual de la experiencia gastronómica del barco.





En Explora II, la escalera en espiral no es solo un elemento funcional: es casi una escultura que conecta cubiertas. Piensa en ella como una columna que gira suavemente hacia arriba, con barandillas de metal pulido y madera clara, donde cada escalón parece flotar sobre el vacío. La sensación al subirla es como si caminaras dentro de un remolino elegante, con la luz natural entrando desde ventanales que acompañan la curva. Desde cualquier punto de la escalera, tienes vistas cruzadas del lobby, de los salones y del mar a través de los cristales, lo que hace que moverse de una cubierta a otra sea un paseo visual más que solo un cambio de piso. Es un lugar que invita a detenerse, tomar fotos o simplemente admirar cómo el diseño combina fluidez, transparencia y ligereza.


La galería de arte es un espacio de contemplación y descubrimiento. No es un museo rígido, sino más bien un salón donde las obras conviven con la vida a bordo: la luz entra desde el techo o grandes ventanales, iluminando pinturas y esculturas que van cambiando según la temporada o el itinerario. Cada pieza tiene un diálogo con el entorno: el azul del mar, la luz del atardecer y el movimiento del barco. Es tan evocador como caminar por un paseo artístico, donde puedes detenerte a observar, leer sobre la obra o simplemente disfrutar de la atmósfera tranquila. Además, el espacio está diseñado para que puedas pasar con un café o mientras conversas, sin que la experiencia sea demasiado formal.

La piscina exterior trasera Astern del Explora II es una infinity pool de popa, pensada para borrar la línea entre el barco y el océano. Desde dentro del agua, el borde desaparece y el mar se convierte en una prolongación natural de la piscina. No hay marco, no hay límite visible: solo agua sobre aguaCuando nadas o te apoyas en el borde, la vista es pura navegación. Ves la estela del barco alejándose, blanca y espumosa, como si el viaje quedara grabado detrás de ti. Es una sensación muy especial: el barco avanza, tú te quedas quieto, y el mundo se mueve.

El ambiente es calmado y elegante. No es una piscina ruidosa ni familiar en el sentido clásico; es un espacio para desconectar, flotar, conversar en voz baja o simplemente mirar. Las tumbonas y camas de descanso rodean la piscina sin invadirla, dejando espacio para respirar, para el silencio y para el paisaje. Al atardecer, la infinity pool se transforma en un espejo largo y dorado. El cielo se refleja en el agua, el mar se oscurece poco a poco y todo se vuelve más lento. Es uno de esos lugares donde no hace falta hacer nada para sentir que estás viviendo algo especial.

En pocas palabras:
la infinity de popa del Explora II no es solo una piscina, es una pausa en movimiento.

Atoll Pool & Bar es un cambio de ritmo. Aquí el ambiente es más abierto, más social, más solar. El cielo está encima de ti, el mar alrededor, y la piscina se convierte en el centro natural de la vida al aire libre. La piscina es amplia, luminosa, rodeada de tumbonas que miran al océano como si todos compartieran el mismo horizonte. El agua refleja el azul del cielo durante el día y se vuelve más profunda en color cuando el sol empieza a bajar. Es un espacio que invita tanto a nadar como a quedarse con los pies en el agua, conversando sin prisa.

El bar está siempre vivo, pero nunca caótico. Sirve bebidas frías, cócteles sencillos y refrescantes, pensados para acompañar el sol y el calor. Hay risas, conversaciones cruzadas, el sonido de vasos y el murmullo constante del mar. Todo se respira natural, fluido, sin esfuerzo. A diferencia de otros espacios más silenciosos del barco, Atoll es energía bien equilibrada. Aquí se socializa, se comparte, se disfruta del momento. Es el lugar donde el día avanza sin que te des cuenta, entre un chapuzón, una bebida fría y una charla improvisada.

Al atardecer, la luz dorada lo envuelve todo. El agua se vuelve espejo, el aire se suaviza y el ambiente baja una marcha, sin perder su carácter abierto. Es un cierre perfecto para un día de navegación. Dentro del Explora II, Atoll Pool & Bar es el espíritu más libre del barco: sol, mar, agua y vida en movimiento



Sakura es el restaurante japonés del Explora II, pero no el típico sitio ruidoso de sushi. Es un espacio sereno, preciso y muy estético, donde todo invita a bajar el ritmo. Entrar en Sakura es como cruzar un umbral invisible: el barco sigue moviéndose, pero aquí dentro el tiempo se vuelve más silencioso. El diseño es limpio y equilibrado. Predominan maderas claras, tonos naturales y una iluminación suave que nunca deslumbra. No hay excesos ni decoraciones innecesarias; cada detalle parece estar donde está por una razón. Es un lugar que transmite calma y respeto por el producto.


Las mesas están bien separadas, lo que crea una sensación de intimidad incluso cuando el restaurante está lleno. Las conversaciones se vuelven más bajas casi sin darte cuenta. La cocina gira en torno a la precisión y la pureza de sabores. Aquí no se busca sorprender con fuegos artificiales, sino con equilibrio.



Sushi y sashimi preparados con cortes limpios y presentaciones cuidadas, platos calientes japoneses donde el sabor es profundo pero nunca pesado y cada bocado está pensado para disfrutarse sin prisa, casi como un pequeño ritual. La experiencia se convierte en algo muy a la carta, aunque fluida, sin rigidez. 
Antes de probar nada, Sakura ya habla. Lo hace a través de una servilleta doblada como un kimono, esperando en silencio sobre la mesa. Un pequeño gesto que transforma la cena en un ritual y prepara los sentidos para una experiencia serena, elegante y profundamente cuidada.

Sakura no es un restaurante para ir con prisa ni para cenas multitudinarias. Es ideal para una cena tranquila, una conversación pausada o simplemente para disfrutar del silencio entre plato y plato. En el contexto del Explora II, Sakura es como un jardín japonés en medio del océano: contenido, elegante y profundamente relajante.


Marble & Co. Grill es el templo de la carne del Explora II, pero con una elegancia contenida. No es ruidoso ni teatral; es sobrio, seguro de sí mismo, como esos restaurantes que no necesitan demostrar nada porque saben exactamente lo que hacen. El espacio juega con tonos oscuros, maderas profundas, cuero y luz baja. Todo está pensado para crear una atmósfera cálida y envolvente, ideal para una cena larga. Las mesas transmiten privacidad y el ritmo es pausado, casi ceremonial. Aquí se siente una energía distinta a la del resto del barco: más nocturna, más urbana, como si por unas horas el océano quedara en segundo plano.

El corazón de Marble & Co. es el producto. La carne manda, y todo gira en torno a su calidad y a su punto exacto. Cortes seleccionados con alto nivel de infiltración, cocción precisa, respetando textura y jugosidad y presentaciones limpias, sin adornos innecesarios. Los acompañamientos no compiten; acompañan. Verduras, guarniciones y salsas están pensadas para realzar, no para distraer. Es el restaurante ideal para una cena elegante, una celebración discreta o simplemente para disfrutar del placer clásico de una buena parrilla, bien hecha.

Fil Rouge es el restaurante más clásico y teatral del Explora II, el que entiende la alta cocina como una puesta en escena. Aquí todo está pensado para que la cena se sienta como un acto central del día, no como algo improvisado. El espacio tiene un aire europeo muy marcado. Tonos profundos, rojos elegantes, texturas ricas y una iluminación estudiada que realza mesas y platos sin robar protagonismo. El ambiente recuerda a los grandes restaurantes del continente, donde el servicio es parte del espectáculo y cada movimiento tiene intención. 

La cocina de Fil Rouge es refinada y expresiva. Parte de técnicas clásicas, pero con una lectura contemporánea. Platos construidos con capas de sabor, pensados para disfrutarse con atención. presentaciones cuidadas, casi escénicas, donde el color y la composición importan tanto como el gusto y un ritmo de servicio elegante, pausado, perfectamente sincronizado. Aquí no se viene a comer rápido. Se viene a vivir la cena. Fil Rouge es ideal para una noche especial, para los amantes de la gastronomía clásica reinterpretada o para quienes disfrutan del ritual completo del fine dining.

Dentro del Explora II, Fil Rouge es el hilo conductor de la experiencia gastronómica más formal: une técnica, estética y emoción en una cena que se recuerda más como un momento que como un menú.


Med Yacht Club es la expresión más luminosa y despreocupada de la gastronomía del Explora II. Aquí todo gira en torno al Mediterráneo, pero no como postal turística, sino como una forma de vivir: sol, producto fresco y comidas que se alargan sin prisa. El espacio es abierto, claro y lleno de aire. Predominan los blancos, los azules suaves y las texturas naturales que recuerdan a una terraza frente al mar. Incluso en interior, la sensación es exterior. Es un restaurante que invita a sentarse, mirar alrededor y relajarse.

Se escucha más conversación, más risa contenida. El ambiente es social, pero nunca caótico. La cocina se apoya en la sencillez bien ejecutada. No busca complejidad técnica, sino sabor honesto. Pescados y mariscos tratados con respeto, sin disfrazarlos, pastas, arroces y platos que recuerdan a comidas junto al mar e ingredientes reconocibles, bien combinados y servidos con naturalidad.

Es una cocina que no cansa, que apetece repetir y compartir, perfecto para comidas relajadas después de la piscina, cenas informales que se alargan sin darte cuenta o para quienes disfrutan del placer mediterráneo sin artificios. Dentro del Explora II, este restaurante es como una terraza eterna frente al mar, donde el lujo está en la luz, el tiempo y el sabor.


Entrar en Anthology es cruzar a la dimensión más intelectual y refinada de la gastronomía del Explora II. Aquí no se viene solo a cenar: se viene a interpretar una cocina, a seguir una idea, un hilo creativo. El espacio es elegante y silencioso. La iluminación es precisa, casi quirúrgica, enfocada en las mesas como si cada una fuera un pequeño escenario. El ambiente invita a la concentración, a escuchar, a observar. Todo se ralentiza de forma natural. Anthology funciona como una mesa de autor. Cada menú cuenta una historia distinta, construida alrededor de un chef invitado o una visión culinaria concreta. Los platos llegan como capítulos: algunos delicados, otros más intensos, todos pensados para dialogar entre sí. No hay nada improvisado, pero tampoco rigidez. Hay intención.

El servicio acompaña con conocimiento y respeto. Explican, contextualizan, pero saben retirarse a tiempo. Cada copa, cada pausa, cada gesto está medido para que la experiencia fluya sin interrupciones. A lo largo de la cena, el mar queda fuera, casi olvidado, hasta que recuerdas dónde estás. Y entonces sucede algo especial: estás viviendo una experiencia gastronómica de alto nivel, en medio del océano, sin artificios, sin ruido, solo atención plena.

Los Future Journeys Ambassadors no son simples agentes de venta ni un mostrador de excursiones. Son anfitriones del viaje que aún no ha ocurrido. Su función es ayudarte a imaginar, diseñar y dar forma a tu próxima experiencia, incluso mientras sigues navegando en la actual. Estos embajadores escuchan antes de proponer. Conversan contigo sobre cómo te gusta viajar, qué te inspira, qué tipo de destinos te despiertan curiosidad. A partir de ahí, te orientan hacia futuros itinerarios, experiencias o combinaciones que encajen contigo, no con un catálogo genérico. Hablar con un Future Journeys Ambassador es como sentarte con alguien que entiende que el verdadero lujo es anticipar con calma. Sales de la conversación con ideas, ilusión y la sensación de que tu próxima travesía ya empezó, aunque aún no tenga fecha.


El Journeys Lounge no es solo un espacio para sentarse y conversar: es un teatro íntimo en movimiento. Imagina un salón elegante donde cada detalle está pensado para la música, el espectáculo y la conexión con el público, pero manteniendo la comodidad de un lounge. Hay un pequeño escenario con un piano, listo para recitales, conciertos íntimos o presentaciones especiales, los sofás, sillones y mesas están dispuestos de forma que todos tengan buena vista del escenario, pero sin perder sensación de privacidad, con una luz cálida y suave para crear intimidad durante la música, que se abre más durante el día para charlas o actividades más sociales. Recitales de piano en vivo o actuaciones acústicas que acompañan la tarde o la noche, teatro para eventos especiales y lounge normal cuando no hay espectáculo. La acústica y el diseño permiten disfrutar de la música sin necesidad de micrófonos potentes; todo suena natural y envolvente. Journeys Lounge es como estar en un pequeño teatro flotante, donde puedes simplemente disfrutar de la música mientras miras el mar, o ser parte de un evento más estructurado. Combina lujo relajado, cultura y entretenimiento, y es uno de esos espacios que te hacen sentir que el barco no es solo transporte, sino experiencia.


El barco está diseñado para ofrecer comodidad, lujo discreto y vistas al mar en todos los niveles. Todas las suites tienen camas king o queen, Wi-Fi, TV, minibar y caja fuerte. La decoración combina elegancia contemporánea con comodidad cálida, creando sensación de hogar. Muchas suites permiten configuraciones para familias o viajeros que quieren habitaciones contiguas

Vista al mar / Balcony Suites. Todas tienen balcón privado para disfrutar del océano desde tu habitación, con una decoración elegante, materiales cálidos y líneas modernas, cama grande, zona de estar y escritorio. Baño completo con ducha o bañera, amenities de lujo. Ideal para quienes quieren ver el mar desde la cama y tener un espacio exterior propio.

Suites Ocean / Grand Suites. Más espacio que las Balcony Suites, con áreas de estar separadas, balcón más amplio, algunas con zona lounge exterior, servicios premium incluidos: selección de almohadas, minibar personalizado, albornoces y amenities de lujo. Perfecto para quienes buscan confort máximo y privacidad.



 Med Yacht Club Suites / Suites de inspiración mediterránea. Inspiradas en la atmósfera del Mediterráneo con tonos claros, materiales naturales y sensación de terraza, balcón amplio con vistas al mar, espacio para desayunar al aire libre, acceso directo a zonas exclusivas de servicios y áreas sociales, pensadas para quienes buscan relax y lujo discreto.


Owner’s Suites / Top Suites. El nivel más alto de lujo a bordo, con una superficie muy amplia, sala de estar independiente, comedor privado y balcón panorámico, servicios de mayordomo, check-in personalizado y experiencias exclusivas a bordo, ideal para quienes quieren vivir el barco como su propia residencia flotante.


Explora II pertenece a una idea de lujo que no necesita anunciarse. No compite, no exagera, no eleva la voz. Simplemente sabe estarEs una naviera con clase porque entiende que el verdadero refinamiento está en la medida: en no saturar los espacios, en no forzar experiencias, en dejar que el huésped descubra por sí mismo. El confort es profundo, el servicio es preciso, y todo ocurre con una elegancia que no busca aprobación. Aquí el lujo no se muestra, se ejerceY esa forma de navegar, contenida, segura y coherente, es lo que distingue a Explora II.

No pretende deslumbrar a todos. Prefiere ser reconocida por quienes saben mirar.