lunes, 2 de diciembre de 2013

Soria, la noble desconocida (II)

El gran especialista en setas de esta zona del Duero es sin duda el restaurante de la Posada de los Leones. Para ellos, la seta es como un fruto del bosque, y la preparan de mil maneras, siendo siempre la primera opción en su menú mientras está en plena temporada.

Las que utilizan son ricas, sanas y sabrosas, por ello no es de extrañar que elaboren platos tan deliciosos como el revuelto de hongos, el pudin de boletus y gulas o una especialidad que no había probado antes: las croquetas de hongos de temporada.



Pero también, en el caso de que no queramos esta joya de la tierra como plato único, en el restaurante se combinan como exquisita guarnición en platos como las manitas de cerdo rellenas de boletus y trufa de Soria o la caldereta de ternera con setas de cardo.

Yo soy un amante incondicional de las setas, pero para quien no las adore como yo, la Posada tiene otras opciones que no las incluyen, como las típicas migas de pastor, el somarro ibérico a la plancha, la sopa castellana, huevos trufados con jamón, bacalao con tomate, lomo de atún a la plancha con pisto de Soria o el picadillo de matanza.


Si no hemos quedado suficientemente llenos, una exquisita tarta casera o una cuajada con miel, nos dejarán el dulce sabor de boca que pone la guinda a nuestra comida.
El local, por su parte, es una antigua casa palacio del siglo XVII, totalmente reformada y habilitada para los tres usos que tiene, esto es, alojamiento, restaurante y cafetería. Han guardado varios elementos originales de la gran casona, obligados evidentemente por pertenecer a un casco antiguo que fue declarado Conjunto Histórico Artístico.

La impresión global es francamente buena. Buena comida, buen servicio y localización inmejorable. Eso sí, recomiendo un paseo por la preciosa villa para ayudar a hacer la digestión de las delicias del almuerzo.


Si te gusta la micología, este es tu sitio.
Berlanga de Duero. Historia hecha piedra y...un caimán.
Quizá sean dos de los elementos que configuren la personalidad de esta tierra seca, árida en gente, no por ánimo y simpatía, sino por escasez y emigración.




La que durante mucho tiempo fue villa de paso obligado para mercaderes y comerciantes en su camino a Soria, feudo del Señor de Vivar, que la conquistó a los árabes, crisol de culturas y creencias, como lo demuestran las pocas huellas que quedan de su judería, finalmente recuperó parte de su esplendor tras pasar a ser patrimonio de los Duques de Frías.
Entramos por la puerta de la Hilera a este conjunto de pequeñas y grandes riquezas que ni siquiera el benéfico y famoso " lagarto de Berlanga" pudo proteger del abandono de muchas familias que decidían abandonarlo en busca de un mejor futuro.
Por eso ahora, el pueblo sólo se llena cuando en agosto, en su hermosa Plaza Mayor, se congregan bajo los soportales apuntalados por vigas de madera, los emigrantes que retornan una vez al año para las fiestas de la Villa.




Así que sin apenas miradas curiosas, paseamos hasta la Colegiata de Santa María del Mercado, recreando la vista en edificios como el monasterio de las franciscanas, los restos del Palacio de los Marqueses o el Castillo de Tovar.
Desgraciadamente, a la hora que fuimos ( la de comer) y con una nevada que anunciaba la inminente llegada de febrero, poco más podíamos hacer en Berlanga, cerrada a cal y canto para evitar que el calor escapara de los hogares levantados con la dura y seca piedra del valle del Duero.
Solo el caimán que desde hace siglos guarda la colegiata, y que nació en las Islas Galápagos, podrá contarnos todas las historias que ha visto y oído con su cuerpo disecado.
La era de la soledad
No es el título de una película de ciencia ficción. Es el nombre del lugar (antigua era donde se separaba el grano de la espiga de trigo) que se encuentra a la salida ( o entrada según se mire) de la villa de Berlanga de Duero. Aquí y como ya vimos en un lugar de similar condición en Medinaceli, se tuvo a bien levantar un humilladero que sirviera para arrodillarse y pedir protección divina antes de emprender el peligroso camino que partía hacia otras ciudades y pueblos. Y no era en vano, ya que en esos tiempos, los mercaderes y ciudadanos eran una presa fácil para los salteadores que acechaban en las lindes de huertos y cauces de ríos, y por ello cualquier protección era poca.


En este caso, la pequeña ermita estaba y está dedicada a la virgen de la Soledad, quizá por aquello del sentimiento de aislamiento que sentían los que atravesaban la hermosa tierra soriana.
De destacar prácticamente el exterior, con una picota de estilo gótico que ejerce hoy de rotonda, y el propio valor arquitectónico y artístico del edificio, con un magnífico porche y sin edificios a su lado, lo que la convierte en centro de las miradas y permite su contemplación por todos los ángulos.

Por unas mirillas que el tiempo ha abierto en las puertas, se puede vislumbrar un poco del interior, muy austero pero que deja entrever un poco de la historia de este humilladero.
 Burgo de Osma, Castilla en una plaza
Este precioso cuadrilátero barroco, que se abre en el corazón del hermosísimo Burgo de Osma, fue desde siempre el centro neurálgico de la vida social y cultural de la villa.


Barroca pero sin excesos, elegante y sobre todo llena de pequeños rincones que la destacan por encima de otras plazas de ciudades aún mas importantes, está adornada ( porque son adornos, las joyas que la forman) del magnífico edificio del Hospital de San Agustín, que es hoy oficina de turismo y sede del Camino del Cid, y que corona su preciosa fachada con bolas, pirámides y rombos que ya se vieron en el estilo herreriano del Escorial y sus dos torres gemelas engalanadas con el escudo del Obispo Arévalo y Torres; otro lado lo gobierna el ayuntamiento, que parece un reflejo un poco descafeinado del Hospital, como si se mirara en un espejo roto o ajado por el tiempo pero que también tiene su encanto, con sus torres y columnas reutilizados del antiguo consistorio medieval.





Para rellenar los otros dos flancos, nada mejor que una preciosas y típicas casas castellanas bajo cuyos soportales se ubican bares y cafeterías donde late el pulso de la ciudad.
Unas esculturas de verracos hechas en granito, se encargan de dar la bienvenida o despedida a la ciudad, y al mismo tiempo sirven de recordatorio para que no olvidemos que este año se celebra el 40 aniversario de las Jornadas Gastronómicas de la Matanza del Virrey.
La ciudad que refleja la luz
Una luz intensa, que refulge sobre las paredes de roca amarilla y la transforma en oro, que brilla sobre el suelo rojo y lo convierte en fuego, fuego y oro que se funden en uno para dar vida al Burgo de Osma.

No sabría con qué quedarme, si con la hermosa Plaza Mayor, con la impresionante catedral, monumental como su maciza pero ligera torre barroca, o con la larga y entretenida Calle Mayor, que bajo sus pórticos añejos alberga los mejores mesones y bares donde degustar la sabrosa cocina soriana y sobre todo une la villa medieval donde se levanta la catedral, con la dieciochesca de la Plaza Mayor en una transición tan suave y delicada que habremos viajado por el tiempo sin apenas caer en la cuenta.


Aquella Uxama romana, creció como una niña hasta hacerse una mujer hermosa y admirada por todos, desde obispos, artesanos y comerciantes hasta el mismísimo Cid Campeador que cayó rendido a sus pies.
Así caímos rendidos nosotros, ya que desde el principio nos embrujó con su belleza serena y castellana, recia pero elegante, y se convirtió en una de nuestras ciudades favoritas de España.


Así que cuando nos acerquemos a ella vayamos con cautela, porque no volveremos a ser los mismos que cruzaron sus puertas.
Hostal Arévacos. Sencillo pero acogedor
Cuando decidimos pasar la noche en Soria para poder aprovechar bien el día siguiente en nuestra ruta por estas tierras castellanas, buscábamos un alojamiento económico donde poder descansar y vivir un poco de la noche soriana.


La elección del Arévacos fue totalmente acertada, ya que por su situación ( a escasos 200 metros del centro de la ciudad) su precio ( realmente económico) y sus instalaciones no tenía competidores en la capital del Duero.
Una vez allí pudimos comprobar que el establecimiento bien valía una segunda y tercera visitas, porque se trata de un hostal acogedor, muy limpio y bien atendido. Si bien el recibidor es pequeño y apenas cuenta con espacio para la recepción, el espacio para las habitaciones está bien distribuido y cada una de ellas es amplia y con todas las comodidades. Camas grandes que invitan al descanso, televisión de pantalla plana, un baño tan limpio que pasaría el test del algodón, calefacción ( muy necesaria si vas, como nosotros en pleno enero) y un wifi potente y sin caídas.



Para desayunar, basta seguir calle abajo para encontrar decenas de sitios donde reponer fuerzas, supermercados y bazares.
Sin duda un establecimiento recomendable para pasar un par de noches y descubrir los encantos de esa Soria desconocida.
Pastelería Café Nueva York, la exquisitez hecha arte
Nada menos que desde 1951, lleva esta céntrica pastelería soriana endulzando los paladares de todo el que acude a disfrutar de los hermosos rincones de la ciudad y para los propios sorianos, que saben perfectamente donde ir para paladear los mejores dulces de la provincia.Empezando como no con la exquisita mantequilla de Soria, que se puede llevar a casa como un recuerdo de la ciudad en cualquiera de sus tres formatos, natural, salada y dulce, siendo esta última la más demandada por su textura suave y deliciosa al paladar.


Añadamos al regalo para nuestros familiares unos caballitos de Soria bañados en chocolate blanco o con leche, una trenza numantina, bombones, tarta de tres mousses, una costrada, una bolsa de paciencias, yemas al bombón o una tarta de queso.
Las variedades que nos ofrece la pastelería Nueva York es casi interminable.
Si queremos desayunar, el local dispone de tres menús de desayuno a muy buen precio, siempre incluyendo café, de gran calidad y sabor.



El local es amplio y acogedor, reforzado por un servicio amable y rápido que no permitirá que dejes Soria sin saborear los exquisitos dulces y desayunos que la pastelería Nueva York ofrece a todos sus clientes.
Dulce, muy dulce es Soria.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Soria, la noble desconocida (I)

Siempre que vamos a Madrid a Fitur, dejamos un par de días para acercarnos a las tierras que rodean a la capital de España. Este año le tocó el turno a la muy desconocida Soria, fría pero cálida al mismo tiempo, histórica y orgullosa.

Empezamos por una de las villas de más rancio abolengo, Medinaceli. ell triunfo de una villa codiciada.
Una puerta ancha nos recibe en Medinaceli desde sus tres ojos.
Símbolo de la Villa, la entrada a la que cantara el poeta Gerardo Diego no es otra que el arco romano de triple arcada., único en España, magnífico en sus grandes dimensiones y secreto en su dedicación y fecha de construcción tras perder la cartera de bronce que le hubiera dado los datos de la ficha de la historia.



En su lugar varias hipótesis apuntan que el exclusivo arco pudo ser erigido en el siglo I o II, faro señero de una Occilis que primero fue un campamento y más tarde un importante enlace en vía entre Caesaragusta ( Zaragoza) y Emerita Augusta, la actual Mérida.
Rodeado por algunos restos de muralla y acompañado por la antigua calzada romana, el arco sigue en pie, viendo pasar el tiempo, las razas, las religiones y los hombres.
Frente a él, un mirador nos permite disfrutar del precioso, y en este caso nevado, Valle del Jalón. Una vista inolvidable.
El pasado de Medinaceli, superpuesta en los estratos del suelo y del tiempo, dejó en esta plaza un intenso poso cultural y patrimonial. El esplendor histórico de la ciudad, unido a un progresivo abandono que sufrió a partir del siglo XVI le permitieron conservar apenas sin alteraciones su aspecto señorial, lo que la llevó a entrar directamente en el Catalogo de Conjunto Histórico-Artístico español.

A partir de ahí comienza una ardua labor de recuperación, que tendrá su centro en esta plaza, a la que se asoman calles empedradas y sinuosas, que dibujan los restos más antiguos del trazado urbano de época árabe, a las que se asoman casonas nobles de grandes blasones, como el Palacio de los Duques de Medinaceli.




La Plaza Mayor descansa sobre el antiguo foro romano. El poderoso imperio dejó hermosas herencias polícromas en ella, como un mosaico de grandes dimensiones bajo el Palacio Ducal. Bajo los soportales encontramos el Aula Arqueológica y la Alhóndiga.





Lo bueno es callejear y colarse por los hechizos de la plaza, rememorar antiguas corridas de toros o lances medievales, todo bajo la atenta mirada de la Historia.
 Ermita del Humilladero de Medinaceli. Humillarse si, pero de admiración.
Nada más enfilar la carretera que sube hasta el altozano donde se encuentra Medinaceli, aparece a nuestra izquierda, como guardando la empinada cuesta que lleva a la honorable y noble villa, esta pequeña, sencilla pero preciosa ermita.


La importancia de Medinaceli desde tiempos romanos, como paso entre Zaragoza y Toledo, la rodearon de murallas y torres de vigilancia.
Mas tarde los árabes se encapricharon de ella e incluso el caudillo Almanzor se empeñó en morir allí. Pero no estuvo mucho tiempo en manos de éstos, ya que conquistada por el rey Alfonso, que también cayó rendido a la belleza del lugar, la convirtió en señorío y ducado, haciendo que creciera en poderes y riqueza.
Precisamente de esta época de esplendor data la renacentista ermita, aunque no fue construida con dineros del rey ni del duque, sino con las limosnas de los cofrades de la Santa Vera-Cruz y la Humildad ó Soledad.

Recordemos que un humilladero se construía en un cruce de caminos o en la entrada de un pueblo ( estos dos casos se dan en esta ermita) para que los peregrinos y transeúntes se pusieran de rodillas y se arrepintieran de los pecados que cargaban en su viaje o dieran gracias por los favores concedidos, según el caso. Estaban bien y claramente marcados por una cruz en piedra sobre unos escalones que la hacían más visible.
La dureza de la piedra ha hecho que se conserve perfectamente su estructura, pero no ha ocurrido lo mismo con el interior, que se atisba por un pequeño agujero en la puerta. Apenas unos restos de frescos en sus muros, algunas desvencijadas piezas de madera y abandonados vírgenes y santos permanecen inamovibles para el tiempo.
De cualquier manera, no nos queda más remedio que abandonarnos ante la simple belleza de esta iglesia que brilló en tiempos mejores.
Palacio del Marqués de Casablanca
Construido a finales del siglo XVII, nunca fue el solar oficial de los marqueses, ni siquiera de nombre, ya que el título les venía por un título otorgado por Felipe V que estaba localizado en Almería y que era poco más que un cortijo.

La familia siempre se sintió mas atraída por sus tierras del sur y prefirieron vivir siempre en sus tierras almerienses o granadinas. A lo mejor por eso dejaron un poco de lado la gran casona que poseían en Medinaceli, ya que sus palacios andaluces se encuentran mucho mejor conservados y es donde residen en la actualidad los descendientes de los marqueses.
Aún con todo, el de Soria, cerca del convento de Santa Isabel, representa un interesante vestigio del pasado noble de la Villa, que es más conocida por el título de sus duques que por el de sus marqueses.


Con un volumen muy serio y marcadamente señorial, se adorna con el blasón del marquesado y curiosos balcones completados con elegante forja.
En la actualidad se encuentra cerrado al público.
La ciudad del cielo
Así la llamó Gerardo Diego, y no contento con ese apelativo, que no es poco, también la halagó piropeándola como diamantina, inviolable, "abre tus alas plegadas, que tienes ancha la puerta".



Y es que Medinaceli se alimenta del tiempo y de los paseos de quienes nos acercamos a admirarla, a vivir su memoria. Recordar a los romanos que la fundaron, los musulmanes que la embellecieron, las guerras medievales que contempló desde su altura, es dibujar parte de su historia. Dice el Cantar, que en varía ocasiones el Cid paseó por sus calles de piedra que se construyeron sobre otras que ya existían antes. Quién sabe si nuestro Campeador se acercó a admirar el mosaico romano que esconde el palacio de los duques o rezó ante la imagen de la Virgen que guarda el Convento de Santa Isabel, cuyas monjas tejían alfombras y hoy dedican sus manos a la exquisita y dulce repostería castellana.



Como el Cid, los visitantes vagamos por sus calles anchas y estrechas admirando sus rubíes arquitectónicos, como el Beaterío de San Román, antes mezquita y sinagoga, o la Colegiata de la Asunción, para acabar, como siempre, admirando el campo castellano desde el que quizá fuera uno de las plazas conquistadas más protegidas y deseadas por árabes y cristianos.
Abandonada y semiderruida durante varios siglos, los duques supieron volver a sacarle brillo y esplendor, y ahora refulge como una de las joyas más exquisitas de la corona de Castilla.
   Plaza Mayor de Almazán, ancha como Castilla
Durante siglos fue el centro de la vida almazanera, encrucijada de comerciantes, mercaderes, bufones, comediantes y menesterosos. Era tanta la muchedumbre que se reunía en Almazán en los días de mercado y ganado, que decidieron abrir su espacio y ganar terreno para que la pequeña villa a orillas del Duero pudiera convertirse en un referente en el camino de toda alma que pasara por Soria.
Hoy, pasados los años ya no cumple esa función mercantil, ya que ésta se ha desplazado a la parte moderna, la que se encuentra a lo largo de la avenida Salazar y Torres.

Gracias a eso, podemos descubrir la faceta más tranquila y hermosa de loa principal plaza de Almazán, formada por varios edificios de grandísima belleza e interés histórico, como el palacio de los Condes de Altamira con una preciosa portada renacentista y precedida de la estatua de Diego Laínez, el ayuntamiento ( muy sencillo si lo comparamos con su entorno) y sobre todo, como punto focal de la plaza, la preciosa iglesia de San Miguel, que destaca por no estar anexa a ningún otro edificio, por su curiosa cúpula y por ser un valiosísimo ejemplo del románico castellano.




La verdad es que es una auténtica delicia acercarse a la trasera del la iglesia a contemplar el manso fluir del Duero entre chopos y cañaverales, inseparable de la sencilla belleza de la Plaza Mayor de Almazán.
La suerte de estar en un cruce, y junto al río, porque Almazán, que si estuviera localizada geográficamente en otro lugar quizá no hubiera tenido tanta fortuna, poco a poco supo hacerse un sitio entre los núcleos de obligado paso para mercaderes y comerciantes que transitaban por esta zona de Castilla.
Ya su fama empezó en época de Reconquista, como terreno de lucha entre árabes y cristianos; amurallada y siempre fuente de disputas, fue creciendo en prosperidad gracias a sus campos de cereal. Si a ello añadimos el hecho de ser lugar de nacimiento del teólogo Diego de Laínez ( cofundador de la Compañía de Jesús) y lugar de descanso eterno de Tirso de Molina, a buen seguro que veremos que se ha ganado su localización histórica con creces.







Al margen de estos valores, su núcleo histórico merece un paseo corto pero intenso, para disfrutar de alguna de las puertas de la ciudad que todavía quedan en pie, del relajado transcurrir del Duero, o de la preciosa arquitectura de la galería mirador con 11 elegantes arcos del palacio de los Condes de Altamira, que a día de hoy se encuentra en restauración.