sábado, 2 de abril de 2022

Perú. La Tierra de los Incas.(II). Lima(II)

 Nuestro siguiente punto de interés en la ciudad de Lima sería la Casa de Aliaga, edificio que cumple más de 480 años de historia.


La gran casona palacio hunde sus raíces nada menos que en mismísimo día de la fundación de la ciudad, el 18 de enero de 1535, momento en que Pizarro reparte las tierras que la conformarían entre sus oficiales. El lote sobre el que se levanta le correspondería al caballero Jerónimo de Aliaga y Ramírez, y desde ese instante hasta ahora han sido 17 las generaciones que sin interrupción han habitado el edificio.

Dentro de sus paredes se guarda la historia de la ciudad en sus múltiples formas, Algo que podemos apreciar desde su misma entrada, guardada por una reja de madera de cocobolo y tumbaga que es única en Lima.

Impresionante es también el enorme salón dorado, de cuyas paredes cuelgan grandes espejos, muebles de estilo Luis XVII, una gigantesca alfombra francesa, una preciosa estufa de bronce y finos jarrones japoneses, que fueron enriqueciendo la decoración de la casa a lo largo de los siglos.



Uno de los corazones de casa, sin duda, es el precios y fresco patio interior, formado por varias galerías abalconadas y que tanto me recordó a las de mi ciudad San Cristobal de La Laguna, ejemplo para muchas ciudades que se fundarían en América.

Alrededor de él se distribuyen las 30 habitaciones que componen la casona y que suman un total de más de 2.000m². Los azulejos sevillanos se encargan de aportar colorido y elegancia a este patio en cuyo suelo de piedra se escucha el correr del agua en la fuente y en el que crece un gigantesco ficus, quizá recordando el momento en el que aquí se encontraba una antigua huaca, nombre dado a los lugares sagrados de los antiguos pobladores del Perú.


Vamos recorriendo las diferentes estancias, como el comedor que recibe la luz del patio gracias a los grandes ventanales, que nos regala el precioso artesonado de su techo y de cuyas paredes penden retratos de personajes ilustres del virreinato pintados por artistas limeños del siglo XVIII.


Es muy interesante poder vislumbrar retazos de la vida diaria de la familia Aliaga, cuyo cabeza de familia ostenta el título de Conde de San Juan de Lurigancho y Marqués de Celada de la Fuente, como por ejemplo uno de los dormitorios familiares...

O la capilla privada, con privilegio de poder celebrar misa en ella y cuyas paredes estuvieron forradas de planchas de plata. Según la tradición familiar en esta capilla rezaron Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres y tras los paneles de madera se encuentran los restos de muchos miembros de la familia.

Los airosos pasillos nos llevan de una estancia a otra...


Hasta llegar a la última de ellas en el circuito de visita, el Salón de los Azulejos. Aquí los protagonistas son los coloridos azulejos pintados a mano, la enorme chimenea, el retrato del fundador Aliaga y sobre todo, tras una vitrina, su espada, forjada en Solingen, ciudad alemana famosa desde hace siglos por la calidad de su acero.


La fortuna quiso que antes de salir de la casa coincidiéramos con el VIII Conde de San Juan de Lurigancho y por tanto descendiente directo la familia, Gonzalo de Aliaga y Ascenzo, que nos agradeció la visita a su casa y nos dio la bienvenida al Perú. Siempre recordaré este momento en que conocí a un miembro de una de las familias más antiguas de América. Lo contaré como una de las muchas anécdotas de mi viaje a este maravilloso país.

Dejamos atrás la Casa de Aliaga para visitar un museo, el Larco.

Situado en una enorme casona virreinal del siglo XVIII, el Museo Larco nos ofrece una exposición permanente que recorre cadi 5.000 años de la historia del Perú. 
Su fundador, Rafael Larco Hoyle, consiguió reunir más de 45.000 piezas de arte precolombino desde que casi de manera fortuita comenzó a investigar y excavar numerosos sitios arqueológicos a la edad de 26 años.

Considerado uno de los padres y promotores de la arqueología peruana, fue uno de los primeros investigadores en utilizar los estudios estratigráficos y la datación radiocarbónica para conseguir un ordenamiento cronológico de la historia de las culturas del norte del país.

Todo comenzó en 1923, cuando su padre le hizo un regalo que cambiaría toda su vida, y con ello daría comienzo la época dorada de la arqueología peruana. Se trataba de un vaso retrato mochica de un personaje que lleva un tocado de cabezas de ave. Dos años después, la carrera coleccionista de Larco ya es imparable, y le lleva adquirir colecciones privadas para hacer crecer la suya.

Cuando el espacio se hizo insuficiente, Larco adquirió la propiedad que visitamos hoy en día y la preparó concienzudamente para clasificar y exponer las más de 45.000 piezas de obras que había conseguido reunir.

Seguimos recorriendo el museo y pasamos por las famosas "Cabezas clavas", que representan a humanos, felinos, reptiles y aves que se colocaban en los muros de los templos para simbolizar la conexión divina entre los seres creados por los dioses.

En relación con esa religiosidad de los antiguos habitantes del país, la sala anexa nos muestra la curiosa estela Pacopampa, que representa a una divinidad femenina que aglutina rasgos de ave, felino y serpiente, uniendo con ello los tres mundos, el celestial, el terreno y el del inframundo.

Rodeando la estela encontramos innumerables ejemplos de cerámica con formas humanas y animales.

Es innegable el infinito valor que tuvieron los tejidos en el pasado del país, y que algunos investigadores han llegado a comparar con el del oro y la plata. Y no sólo hablamos de vestimenta  que diferenciaron a las distintas clases sociales, sino que sirvieron para la difusión de ideario religioso, e incluso para vestir a los muertos en su tránsito al más allá.

Utilizando el algodón como materia prima principal y también la lana de alpaca y vicuña, las mujeres llegaron a conseguir altísimos niveles de maestría en el hilado, teñido, tejido y bordado de piezas de una belleza increible.

La muestra nos habla de las técnicas de confección de las telas y piezas que se realizaban sobre todo con telares horizontales o de cintura, tal y como más tarde veríamos en nuestro recorrido por el país.

Mención aparte, por su importancia, merecen los quipus, que eran el principal método de registro de información para los administradores incas. Gracias a sus cordeles anudados y sus colores se podía llevar un control absoluto de la población, los bienes y productos que enriquecían las arcas del estado.

La curiosa sala 6 nos habla del sincretismo. Con la llegada de los españoles, comenzó el proceso de cristianización de las nuevas tierras, y fue necesario fundir los nuevos elementos que hablaban de vírgenes y santos con las antiguas creencias andinas que honraban a la Madre Tierra y a diversos elementos que componían la vida espiritual diaria de los pobladores del antiguo Perú.


Por su parte, la sala 8 nos habla de las ceremonias de sacrificio, que proporcionaban la fertilidad necesaria para que los inmensos campos de cultivo dieran los frutos tan necesarios para la supervivencia del pueblo.

En la sala 9 se exponen elementos relacionados con aspectos tan dispares y al tiempo tan conectados como la guerra y la música. Cotas de malla, armas e instrumentos musicales tienen su lugar en las vitrinas que componen la sala.

En la 10, la estrella sin duda es el llamado Fardo Huari, el cuerpo de un niño vestido con adornos y una máscara funeraria, preparado para iniciar su viaje al otro mundo. Los estudiosos han llegado a la conclusión, por la calidad de la tela de algodón y los adornos y emblemas de poder que embellecen el fardo, que el infante en cuestión pertenecía a una clase social alta e incluso provenía de un linaje divino.

Hablando de adornos distintivos, las vestiduras ceremoniales de las élites precolombinas incluían placas realizadas en oro y otros metales preciosos que hablaban de su pureza de sangre y los diferenciaban del pueblo llano. Normalmente, en las placas se representaban personajes mitológicos y animales relacionados con las familias nobles.

Cuando los españoles llegaron a tierras incas, llamaron "orejones" a sus nobles, ya que un rasgo distintivo eran sus enormes lóbulos adornados con orejeras de oro o piedras semipreciosas trabajadas en forma de mosaico. Algunas eran tan pesadas que debían ser amarradas en la cabeza.

Desde el origen de los tiempos, los dignatarios religiosos y políticos adornaron su cuerpo con diferentes ornamentos como coronas, narigueras y orejeras, con la clara finalidad de diferenciar su status y posición social, e incluso su origen sagrado.

No debemos considerarlos un mero adorno corporal, sino tener en cuenta que al colocarlos sobre su cuerpo, la persona se transformaba espiritualmente, para identificarse con determinados animales que poseían un poder especial o mágico.

Éstos que vemos nos muestran tocados y adornos funerarios Vicús y Mochicas.

Este riquísimo ajuar funerario Chimú, incluye un adorno frontal con forma de alas de ave, un felino con pico de pájaro y unos pendientes del que cuelgan serpientes, repitiéndose la unión de los tres niveles sagrados.

De igual valor que el oro, la plata también se usaba para adornar la indumentaria de las clases gobernantes en su tránsito a la eternidad, por lo que diademas, pectorales, collares y brazaletes se realizaban en este metal e incluían representaciones de animales sagrados.

Para finalizar la visita, ponemos broche de oro, nunca mejor dicho, con este ajuar funerario Chimú.
Este conjunto que proviene de la ciudad de Chan Chan, tiene dos peculiaridades. La primera es que se relaciona exclusivamente con el llamado Mundo Superior, por los símbolos en la corona, el pectoral y las hombreras que representan a las aves y sol. Y la segunda, que es la única indumentaria Chimú que se conserva completa, ya que la mayoría de estos objetos ceremoniales fueron fundidos por los conquistadores para ser enviados a España.

Después de este baño de oro e historia el hambre apretaba, así que nos fuimos al centro a recuperar fuerzas en un local, de los que hay muchos en Perú que podría ser de los primeros que realizaron cocina de fusión, les hablo de los chifa.
El nombre proviene de la contracción de dos vocablos chinos, chi "comer y fan "arroz".

Y ustedes pensaran que qué tienen que ver los chinos con la comida peruana. Es muy sencillo.
A mediados del siglo XIX, llegaron a Perú centenares de familias chinas de culís, trabajadores poco cualificados que pronto multiplicaron su población e incluso llegaron a fundirse en ocasiones con los peruanos.
Y su comida también lo hizo, combinando los sabores asiáticos del sillao, el kion o el jengibre, con las salsas de ají, el jugo de lima o el cilantro.
Con los chinos llegó el arroz al Perú, en forma de platos de chaufa y que complementaría su dieta de hidratos de carbono que hasta entonces estaba basada en maíz y patatas.

Para remojar la comida y esta curiosa historia probamos la popular Inca Kola. 
Este refresco, elaborado a partir de hierbas medicinales y cuyo principal ingrediente es la hierba luisa, fue creado en 1935 por el inmigrante británico Joseph Lindley. De sabor dulce y color amarillo-dorado, como el oro inca, pronto se hizo omnipresente en las mesas peruanas y fue considerada un símbolo del nacionalismo en Perú.

Seguimos recorriendo la ciudad mientras aprovechamos para hacer la digestión y nos acercamos a la impresionante Basílica y Convento de San Francisco.

Aunque la sagrada construcción posee un valor artístico e histórico incalculable, la idea de visitarla surgió sobre todo por lo que se esconde bajo sus cimientos y que la hace destino de muchos visitantes interesados en el misterio y la vida después de la muerte.
En la sala de espera del complejo encontramos una imagen del Niño Jesús Doctorcito, vestido de médico con su estetoscopio y rodeado de juguetes y exvotos de plata.

Tras ser recibidos por nuestro guía en este peculiar paseo, visitamos varias estancias y rincones del monasterio y la iglesia hasta llegar a su joya escondida, las catacumbas.
Desde que se levantó este conjunto monástico en el siglo XVI y debido a la costumbre de la feligresía de ser enterrados en suelo sagrado, surgió la necesidad de crear un espacio subterráneo que pudiera albergar los enterramientos. 

Hasta 21.000 cuerpos encontraron el descanso eterno en estas capillas subterráneas de San Francisco, y la tradición hubiera seguido si no fuera porque en 1821 un decreto prohibió seguir usando este espacio y obligó a los familiares de los difuntos a enterrarlos en los cementerios que se habían creado para tal fin.

Su extensión es tal, que ocupa el segundo lugar en tamaño tras las de París y debo decirles que tan sólo se visita una cuarta parte de su totalidad, ya que el complejo es inmenso y aún se siguen haciendo nuevos descubrimientos de pozos sísmicos, bóvedas y niveles.
Tras el descenso al inframundo subimos a la superficie y entramos en la iglesia propiamente dicha.

Recorremos las diferentes capillas que rodean la nave principal, visitando la de la Virgen de los Dolores.

El Señor de las Caídas.

El Cristo Milagroso.

Y la réplica de la Santísima Cruz del Cerro Chalpón de Motupe, cuya festividad de celebra en el mes de agosto y es de gran fama por los favores y milagros concedidos, que suelen agradecerse entregando elaborados mantos que se colocan sobre ella.

Terminamos el día recorriendo otras calles o jirones que nos deparan preciosas sorpresas arquitectónicas, como el Palacio de Torre Tagle, sede actual del Ministerio de Relaciones Exteriores de Perú. 
Construida a principios del siglo XVIII para el Marqués de Torre Tagle, la fachada y el interior es una suma de elementos del barroco andaluz en la que destacan dos preciosos balcones de estilo morisco elaborados en madera de cedro y caoba.

En la misma calle, el Palacio Goyeneche, levantado en el mismo siglo que el anterior, tiene influencias francesas en su fachada, suavizadas con el estilo limeño que lo hace único.

viernes, 1 de abril de 2022

Perú. La Tierra de los Incas.(I). Lima(I)


A lo largo de los años, la visita al mítico y fascinante Perú se había ido posponiendo en mi ruta viajera. A veces la causa había sido la oportunidad de viajar a otros destinos también soñados que iban saliéndome al paso y que del mismo modo ansiaba conocer. Otras era el tiempo mi enemigo, puesto que Perú exigía que le dedicara una extensa visita que en ocasiones no podía permitirme.

Pero ni siquiera la pandemia, que aún nos azota, pudo con mis ganas y mi inamovible decisión de conocerlo cuando finalmente llegó el momento. Así que una vez decidida la ruta ideal, la que que aunaba casi todos los puntos que deseaba visitar, hice la maleta y me lancé a la aventura.

Tras casi doce horas de vuelo en los que crucé el océano azul y el verde del Amazonas...


sobrevolamos los cerros que rodean la ciudad de Lima para aterrizar en su aeropuerto.

En Octubre, en la casi siempre encapotada ciudad de Lima, el anochecer llega a las 6 de la tarde, justo el momento en que emprendimos el camino hacia nuestro hotel en el barrio de Miraflores, por lo que tras una ligera cena, y para intentar combatir el temido jet lag decidimos irnos a dormir para que nuestros biorritmos se acostumbraran al nuevo horario.
A día siguiente, afortunados de nosotros, el día amaneció cálido y soleado, y con este buen comienzo nos pusimos en marcha para conocer durante toda la jornada lo mejor de la ciudad.
Si tenemos poco tiempo o preferimos la comodidad de una visita organizada, les recomiendo contratar el tour por Lima al completo , que nos permitirá conocer lo mejor de la ciudad.

Nuestra primera parada fue la Plaza San Martín, un enorme espacio de más de 12.000 m², terminado de construir en 1921 como homenaje al Libertador José de San Martín al cumplirse el primer Centenario de la Independencia del Perú.


Si bien en un principio la estatua ecuestre es la que llama más poderosamente nuestra atención, pronto nuestros ojos se fijan en el valioso catálogo arquitectónico que rodea la preciosa plaza.
Ya el lugar fue estratégico en el nudo de comunicaciones de la floreciente ciudad en el siglo XIX, ya que aquí se localizaba las concurridas estaciones de tren de San Juan de Dios y Encarnación. Con a reordenación de algunos sectores de la ciudad, ambas fueron derribadas para crear el espacio que vemos en la actualidad.

De todos los edificios que rodean la plaza, destacan por su tamaño y blancura el Portal de Pumacahua y el de Zela, uno frente a otro construidos en la década de los años 20 en estilo neocolonial. Bajo sus soportales se ubican restaurantes, bares, comercios, bancos y todo tipo de locales comerciales. 

Otro edificio interesante se encuentra en una de las esquinas. Se trata de un enorme palacete de estilo neocolonial mandado a construir por la la Compañía de Seguros La Fénix Peruana en 1934, tras derribar el antiguo convento de La Encarnación.

En el lado opuesto de la calle, el impresionante edificio Boza y la sede del Banco GNB.

Para cerrar la visita a la Plaza de San Martín, nos detenemos ante el Hotel Bolívar, construido en el tiempo récord de seis meses, ya que debía estar listo para alojar a los más selectos invitados que acudirían a la celebración del Centenario de la Batalla de Ayacucho en 1924. Su estilo, que mezcla el modernismo con el colonial peruano, conforma un edificio de 6 plantas que se embelleció con columnas de mármol traído de Italia, arañas de cristal francés y fino mobiliario de la marca inglesa Waring Gillow.

Grandes personalidades de sangre azul y famosos actores como Ava Gardner o Clark Gable, escritores como Pablo Neruda o Jorge Luis Borges se alojaron en este hotel que entre otras cosas presumía de tener dos de los primeros ascensores que se instalaron en Perú. Pero también es famoso por sus fantasmas.
Durante años fue tal la actividad paranormal en hotel, que sus dueños se vieron obligados a cerrar las plantas 5ª y 6ª que era donde se concentraba la mayor parte de apariciones fantasmales y sucesos inexplicables.
Al parecer fueron muchos los clientes que se suicidaron entre sus paredes, como la dama que se lanzó al vacío desde la habitación 666. También siguen recorriendo sus pasillos muchos empleados, que ya muertos, se niegan a abandonar el edificio.

Y de aquí nos vamos a otra plaza, la de Armas, que quizá sea la mas hermosa de toda América del Sur.

Es tan antigua esta plaza como la ciudad de Lima, de hecho es su corazón y su simiente, y me atrevería a decir que la Ciudad de los Reyes no podría existir sin ella.
Cuando Pizarro llegó al rico valle del río Rimac, donde se fundaría la ciudad de Lima, eligió este terreno llano y amplio para que fuera el punto exacto a partir del cual crecería la que sería la capital del Virreinato del Perú.
Como sería costumbre, y siguiendo las órdenes del rey Carlos I, a partir del centro de esta Plaza Mayor se marcarían las cuadrículas de las que surgirían las calles y nuevos edificios religiosos, administrativos y civiles que conformarían la nueva ciudad. En su centro se colocó el rollo o picota para administrar castigo y pena de muerte a los reos de rebelión, traición y asesinato, lugar que posteriormente ocuparía una pileta de 8 caños que en 1651 sería sustituida por la actual.

La nueva fuente sería la representación del poder de los Austrias en el Nuevo Mundo, rodeada, tal y como dijimos de los tres poderes del estado. Realizada en bronce, muestra los escudos de España y Portugal, como símbolo del poder real y rodeada de leones que aplastan a dragones, de nuevo una referencia a la monarquía católica triunfando sobre el mal y la oscuridad. Posteriormente se le añadió el conocido como "Ángel de la Fama" o de la Anunciación, que lleva un clarín en su mano derecha y los emblemas de la ciudad en la izquierda.


Pizarro, como representante de la Corona, se reservó en el reparto de tierras la manzana entera del lado norte, entre lo que sería la plaza y el río Rimac, la parcela donde hoy se levanta el Palacio de Gobierno o Casa de Pizarro. Este segundo nombre no es real, sino tan sólo una referencia a que fue aquí donde estuvo su casona, simple y funcional, según los gustos del Marqués de Pizarro.
Obra de adobe y piedra, aguantó durante casi 500 años el embate de seis terremotos, varios saqueos e incendios, mientras era sede del Ayuntamiento de la ciudad, y fue en ella donde fue asesinado el gobernador Pizarro, hecho del que hablaremos más adelante.
Reconstruido en varias ocasiones, fue en 1926 cuando se iniciaron las obras del actual edificio, que sólo se completaron en 1938.

En dos de los restantes lados del cuadrado que conforma la plaza, encontramos varios edificios amarillos con preciosas balconadas en madera, Todos pertenecieron en su origen a los más fieles hombres de Pizarro y los actuales son fruto de varias remodelaciones hasta que adquirieron su aspecto actual en el siglo XIX.

De todos ellos destacamos el del Club de La Unión, que es centro de recreo, negocios y esparcimiento de gran parte de la clase alta limeña.

Y por supuesto, el Palacio Municipal, que data de 1944 y sustituye a un anterior arrasado por un voraz incendio.

Entre el Palacio del Gobierno y la Catedral se levanta el Palacio Arzobispal de Lima, hoy museo, y aunque parece muy antiguo, el edificio actual, que como ocurre en el resto de la plaza, sustituye a uno anterior, se construyó en 1924 en estilo neocolonial con elementos barrocos.

Dos grandes balcones tallados en madera de cedro parecen romper con la sobriedad de la piedra utilizada en la fachada.
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Y para el final de la visita a la Plaza de Armas he dejado un plato fuerte, la Catedral.

Su título completo es Basílica Catedral Metropolitana de Lima y Primada del Perú de San Juan Apóstol y Evangelista.
Edificada justo sobre el adoratorio inca del puma inti y el palacio del príncipe inca Sinchi puma , en su exterior muestra una mezcla de estilo renacentista y plateresco.
Fue Pizarro el que colocó la primera piedra de la catedral primigenia, pero se llegaron a construir hasta tres antes de levantar la que vemos hoy en día y que data de finales del siglo XVIII, concretamente de 1797, momento en el que se concluyeron las torres.

Pero pasemos a su interior. Sus tres naves y varias capillas adicionales, muestran la mezcla de estilos que conjugan su construcción, como el gótico tardío, el renacentista, el barroco y el plateresco. Si nos fijamos, las bóvedas están fabricadas en madera y estuco, más ligeras, en previsión de un derrumbe por terremotos.

El Altar Mayor, presidido por una imagen de la Inmaculada, está rodeado de la exquisita sillería del coro realizada en su totalidad en madera noble, con la representación de santos y santas de la historia de cristianismo. Bajo él, la cripta de los arzobispos, que guarda los restos de casi todos los pastores de la ciudad de Lima.

Recorriendo las capillas que rodean la nave central nos detenemos en varias de ellas.
La primera es la de San Juan Bautista, presidida por uno de los crucifijos más antiguos de la Catedral que forma parte de un retablo que en su origen estuvo en otra iglesia.

La capilla de la Candelaria es un precioso ejemplo de transición entre el barroco y el neoclásico.

Delante de la capilla se ha descubierto recientemente una cripta que perteneció al gremio de los Zapateros, con cinco tumbas de unos 80 cm de profundidad donde se alojaban 80 cuerpos. Muchos de ellos eran niños e incluso uno fue hallado en los brazos de su madre. Eran tumbas colectivas donde se iban colocando los cuerpos unos sobre otros separados únicamente por una capa de cal que evitaba el olor de la descomposición.

Seguimos el recorrido deteniéndonos en el precioso púlpito de estilo neoclásico dedicado a San Juan Evangelista.

La Capilla de la Inmaculada Concepción o de la Evangelización es realmente excepcional por su belleza y colorido. La imagen de la Virgen fue enviada a Perú por el emperador Carlos V para presidir el Altar Mayor y fue de las primeras en llegar al Nuevo Mundo. 

Otra capilla de gran interés es la de los Santos Peruanos, presidida por Santa Rosa de Lima. que tiene el honor de ser la primera santa de América y santa patrona de los tuberculosos. La escoltan San Martín de Porres, el primer santo mulato de América, famoso por tener el don de la bilocación, es decir fue visto al mismo tiempo en México, África, China y Japón; San Juan Macías, y San Francisco Solano.

De origen claramente andaluz es la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, que tanto nos recuerda a las vírgenes sevillanas y cuya capilla presenta una preciosa policromía que ha surgido después de una profunda restauración.

Para terminar con el recorrido imaginero, vemos una preciosa imagen del Señor de la Caña, que podemos apreciar en todo su dramatismo y perfección ya que se encuentra colocada a nivel de suelo.

Aunque la catedral es una impresionante joya artística, la mayoría de los visitantes pasan por sus naves de puntillas, ya que su verdadero destino es una de las capillas más famosas del mundo, y que contiene la Cripta de Francisco Pizarro.

Cubierta casi por completo con mosaicos alusivos a la Conquista del Perú, la capilla no sólo es el lugar de descanso definitivo de los huesos del extremeño, sino un libro de historia en sí misma.
Recordando las crónicas, Pizarro y su hombres llegaron en 1532 a lo que entonces era la tierra del Tahuantinsuyo, azotada por una guerra fratricida entre Atahualpa y Huáscar. El mosaico principal que vemos en la anterior imagen muestra el momento en que con su espada, Pizarro da a elegir a sus hombre entre seguirle y ser ricos o volver a Panamá y seguir en la pobreza.
Pero centrémonos en la figura de Pizarro y sus restos.

Durante muchos años, se creyó que una momia que se encontró bajo el Altar Mayor de la Catedral de Lima, eran los restos verdaderos del conquistador extremeño, y como tal se exhibieron en una urna en el mismo templo desde 1881 y recibió homenajes y conmemoraciones varias.

Pero ocurrió que unos obreros que realizaban unas obras de restauración en la Catedral, encontraron una caja de madera y otra de plomo. En la primera hallaron huesos de un esqueleto humano, y en la de plomo un cráneo y una inscripción que echaba por tierra lo que hasta el momento se tenía como verdadero. El escrito decía " Aquí está la cabeza del Señor Marqués Don Francisco Pizarro, que descubrió y ganó los reinos de Perú y puso en la real Corona de Castilla".

A partir de ese momento se sucedieron interminables pruebas médicas, forenses e históricas, hasta llegar a la conclusión definitiva de que los encontrados eran los huesos y el cráneo del conquistador extremeño.

La conclusión definitiva vino después de comprobar que el cuerpo había recibido 16 lesiones cortantes que correspondían con el mismo número de puñaladas que según las crónicas había recibido Pizarro en el atentado que acabó con su vida. Además había sido decapitado, lo que explicaba las dos cajas.

Ahora, resuelto es misterio, Pizarro puede recibir a sus visitantes en la sencilla pero espectacular tumba que guarda sus restos, acompañado de un pequeño cofre que contiene tierra de su ciudad natal, Trujillo, en Extremadura, y una urna con la reconstrucción de su esqueleto.