sábado, 27 de agosto de 2016

Irlanda, la fascinante Isla Esmeralda (III)

En Victoria Street ( como no) encontramos una pequeña gran sorpresa.
El Albert Memorial Clock Tower se construyó allá por 1865 para intentar paliar la nostalgia que sentían los funcionarios y hombres de negocios de la ciudad de Londres y para recordar al regio esposo de la reina Victoria, el príncipe Alberto. Si nos acercamos un poco vemos que está ligeramente inclinada, ya que se levantó sobre un terreno robado al río que apenas puede sostenerla.
Por este hecho se la ha llamado la Torre de Pisa de Belfast. Al estar situado cerca de los muelles, la torre fue una vez famosa por ser frecuentada por prostitutas que ejercían su oficio con los marineros, sin embargo, en los últimos años la recuperación de la zona ha convertido la Queen Square en un espacio realmente atractivo, con parques, jardines y esculturas.
Aparte de su curiosa inclinación, la torre está adornada con una estatua del príncipe Alberto, así como leones coronados ricamente tallados y decoraciones florales.

Arriba del todo, la torre alberga una campana de dos toneladas y las esferas de un reloj que tuvo que ser reparado, ya que fue gravemente dañado por una bomba que el IRA colocó en sus cercanías hace 24 años.
Uno de los lugares imprescindibles por su curiosidad al visitar la ciudad de Belfast.

Y vamos a echar un vistazo al Crown Liquor Saloon.


Nada menos que desde 1826 lleva abierto este pub en Great Victoria Street para alegría y diversión de propios y extraños. Aunque no soy bebedor, decidimos acercarnos hasta él para comprobar lo que suelen decir en Belfast. que su Crown es el pub más bonito de Irlanda. Y aunque visitamos tan sólo un par de ellos en nuestro viaje no me extrañaría que así fuera.

Ya por fuera su fachada llama la atención por su decoración victoriana, llamativa y llena de color, que usa azulejos en las paredes y pequeñas teselas de mármol en el suelo para conseguir un conjunto de lo más atractivo. Dentro, conserva los característicos snugs, pequeños apartados separados por mamparas de madera para dar la privacidad que muchos buscan, un poco alejada de la imagen de gente apelotonada que se suele tener de un pub, sobre todo cuando hace frío y el tiempo no permite estar fuera. Cada uno de ellos está decorado con paneles artesanales en madera realizados por ebanistas italianos, sus asientos forrados en suave cuero y por supuesto su puerta privada. Incluso hay un botón que al tocarlo hacía sonar una campana que alertaba al personal de que necesitabas más "líquido".


Hoy, The Crown no ha perdido nada de su impresionante y antiguo esplendor, gracias a las restauraciones de las últimas décadas y su reconocimiento oficial como lugar histórico de interés. La obra original de coloridos azulejos y vidrieras sigue brillando como si se hubieran colocado ayer mismo y al mirar al techo nos parece ver resplandecer la luz de gas tal y como lo hizo durante casi un siglo. Quizá este sea uno de los pocos lugares en el mundo donde la opulencia victoriana nunca ha perdido su gloria y fulgor.

Una vez dejamos atrás Belfast, y de camino a la archiconocida Calzada del Gigante, conducimos por la que podría ser una de las carreteras más bonitas del mundo, la llamada Coast Road. No creo que exagere si digo que ese día el sol parecía brillar más para nosotros, para que pudiéramos disfrutar del intenso azul del mar o del envolvente verde de la hierba y la vegetación que parecen fundirse a nuestro alrededor al  recorrer el camino de asfalto que nos llevaba al norte de la isla. Por eso, si hay tiempo, recomiendo recorrer esta carretera secundaria en vez de ir directamente a Derry y de allí a la Calzada.




Solo así se puede disfrutar de esta cornisa que une las dos mayores ciudades de Irlanda del Norte y que nos regala paisajes salpicados de playas y calitas, los famosos nueve glens( valles) donde se levantan pintorescos pueblecitos de pescadores e incluso algún que otro castillo que vigilaba esta estratégica posición del North Channel entre Irlanda y Escocia.


El lugar fue famoso también por la cantidad de salmones que atrapaban sus redes y que se exportaban a todo el Imperio Británico y por las enormes hogueras que se divisaban desde lejos en las que se quemaban toneladas de algas para luego destinarlas a usos médicos.



Mi consejo, detenerse donde te apetezca y disfrutar de un rato de contacto directo con la naturaleza, y sobre todo dejar pasar el tiempo...Yo lo hice en Tweed's Port, un pequeño muelle donde batía el mar y los patos aprovechaban para refrescarse entre las algas, y también más adelante en Agnew's Field, que dispone de un pequeño aparcamiento y unas mesitas donde tomar un aperitivo mientras se respira una mezcla de tonificante brisa marina y delicioso olor a hierba y campo.

Y llegamos a uno de los hitos de nuestro viaje, la Calzada del Gigante.

La Calzada del Gigante está envuelta en el mito y la leyenda. Se dice que fue excavada en la roca por el poderoso gigante Finn McCool como un camino formado por cuarenta mil columnas de basalto para pasar de Irlanda a Escocia sin mojarse los pies.


Al parecer el irlandés tenía un rival en esa tierra llamado Benandonner al que nunca había conocido. Para demostrar a todo el mundo que él era el más fuerte, Finn desafió al escocés a que fuera al Ulster a batirse en duelo, como el otro gigante rechazara cruazar a nado la distancia entre las dos tierras, el irlandés construyó la calzada en una sola noche.


Así que el el gigante cruzó y puso sus enormes pies en tierra irlandesa. Viendo Finn, que era mucho más grande que él corrió a su casa y siguiendo consejo de su mujer se disfrazó de bebé. Cuando Benandonner vió el tamaño del "hijo" de Finn se asustó con sólo pensar cual sería el tamaño de su progenitor, y huyó corriendo a Escocia rompiendo la calzada para que Finn no pudiera seguirle.



Bonita la leyenda, ¿verdad? Pero la realidad es más cientifica, ya que los fascinantes bloques hexagonales son el fruto de una actividad volcánica muy intensa, de altísimas presiones y temperaturas que dieron forma a esta zona durante más de 60 millones de años, enfriando y esculpiendo grandes bloques de lava que las sucesivas erupciones fueron depositando junto al mar.



Voy a hacerles una advertencia: el acceso al paraje donde se encuentra la Calzada es totalmente gratuito, no hay que pagar nada. No caigan en el error que cometimos nosotros, ya que por un malentendido pagamos el acceso al Centro de Visitantes, donde se explica la formación geológica y nos dan unas audioguías que nos explican los diversos puntos de interés.


No está mal, no nos arrepentimos, pero lo cierto es que no es barato, y es perfectamente evitable. Para ello recomiendo aparcar fuera del recinto del centro de visitantes y entrar directamente por el túnel que se encuentra a su derecha. Pasamos por una taquillas donde recoger y dejar la audioguía y tomamos el camino que baja paralelo a la carretera.

Tan sólo hay que seguir hasta el mar y a nuestra derecha aparece la Calzada. Hay que contar con que el camino de ida son aproximadamente unos 1.200 metros y que a la vuelta la pendiente es considerable. Para ello han puesto un servicio continuo de autobuses que hacen el trayecto en 5 minutos por un módico precio.



Sin embargo yo recomiendo caminar y disfrutar del paisaje y de la unión de la tierra y el mar que forjó la leyenda del gigante Finn para disfrute de todo el que venga a escucharla.

martes, 23 de agosto de 2016

Irlanda, la fascinante Isla Esmeralda (II)

Poca gente se desvía de la carretera en su camino a Belfast o a Dublín para visitar el pequeño aunque imponente sitio de Monastirboice. Y es una pena, porque el lugar vale cada metro que nos desviemos.
Realmente no se que es lo que más me gustó del lugar, si el cementerio ( a los que soy adicto), pintoresco y pequeño aunque de una fotogenia insuperable, o las históricas cruces que acompañaban a la torre que preside el conjunto. No lo se.

De cualquier manera tomé varias fotos a las tumbas y lápidas para mi colección particular y me dediqué luego a investigar sobre la parte arquitectónica e histórica del lugar.



Al parecer, las dos grandes cruces llamadas St Muiredach Cross y West Cross, se levantan en su sitio desde hace nada menos que once siglos, mostrando a todo el que quiera ver las escenas de la biblia tal y como hacían tiempo atrás, para explicar el evangelio a la analfabeta población del lugar.
A su lado, la enorme torre redonda, es una de las más altas del país, aunque desgraciadamente hace mucho que perdió su tejado cónico que sí conservan sus hermanas de otros condados.



Del monasterio que da nombre al lugar quedan algunas estancias que han podido conservarse y restaurarse y que dan una idea de cómo pudo haber sido el conjunto cuando se edificó allá por el siglo XIV, aunque hay pruebas de que la torre ya existía desde finales del siglo X y que se utilizó como tesoro y campanario.




De cualquier manera, repito que vale la pena visitar el sitio para admirar no sólo la belleza incalculable de las cruces, sino para disfrutar la paz y la tranquilidad que un día debieron buscar los monjes de Monastirboice.

Y nos vamos al Ulster.

En pleno centro de Belfast, capital de Irlanda del Norte, encontramos este fabuloso edificio que quiere mantener vivo en la memoria el recuerdo de la antigua gloria del Imperio Británico.
Sólo debemos dirigirnos a Donegall Square, una enorme plaza rectangular con preciosos jardines donde los  habitantes de Belfast intentan calentar sus huesos al sol, y desde la que irradian las principales calles de la ciudad, para encontrar la joya de la que les hablo, el impresionante City Hall.
No es antiguo, ya que se levantó en 1906 ( aunque en estilo barroco, creo que para dar impresión de más edad y para permitirse la licencia de hacerlo en grandes dimensiones), y la cúpula de 53 metros que lo corona le da una elegancia propia de un edificio que lo que busca es impactar y dar esa idea de poder atemporal. Ya desde su frente nos recibe la longeva Reina Victoria, sentada en lo alto de un pedestal mostrando toda su majestad y poderío. Para reforzar esa idea de solemnidad, una serie de estatuas de personajes ilustres rodean el edificio, como si se tratara de un ejército de poderosos e impasibles soldados de la historia.




Pero quizá lo más atractivo esté dentro, así que crucemos libremente las enormes puertas de entrada y miremos por encima de nuestras cabezas. El más fino mármol italiano cubre cada centímetro de suelos, paredes y techos. La escalera, iluminada por vidrieras que cuentan la historia de la ciudad son sencillamente impresionantes y de una elegancia única.


No pudimos visitar el maravilloso Council Chamber ni el resto del edificio porque íbamos muy mal de tiempo y no podíamos esperar a la siguiente visita gratuita ( única manera de visitar el interior).
Para el que sí lo tenga recomiendo realizar una de las 5 que se realizan por la mañana y después del almuerzo. Seguro que vale la pena.

Cuando los normandos invadieron las costas de Belfast en el siglo XII, pensaron que se trataba de un pequeño asentamiento sin apenas importancia, pero nada más alejado de la realidad, ya que desde la Edad de Bronce, el lugar había estado habitado ininterrumpidamente. Y no es de extrañar, porque parece que Belfast fuera un pedazo de Inglaterra, con sus enormes y elegantes edificios, su agitada vida cultural y su pujante economía, enclavado en mitad del campo. El contraste es realmente delicioso, y enamora.

Así, la ciudad ha seguido una linea de crecimiento económico iniciado con la llegada de los hugonotes y que alcanzó su máxima plenitud en el siglo XIX y que ha permitido que luzca señorial, espectacular y con una esencia que ni siquiera los años de agitación y violencia consiguieron frenar.

Y es que sus habitantes son incansables trabajadores que han dado al mundo maravillas como el mítico Titanic entre otros grandes transatlánticos, que se fabricaron en sus astilleros y marcaron un antes y un después en los viajes por mar; pero aparte, la ciudad es famosa por su industria textil especialmente la del lino, en la que se han convertido en auténticos especialistas.

Pero no sólo de trabajo vive el hombre, sino también de la diversión en los pubs al salir de su jornada laboral, de las compras en sus animados y modernos centros comerciales ubicados en preciosas zonas peatonales, de las numerosas propuestas culturales ( festivales de cine, teatro y deportes), del arte en la calle ( Belfast está rebosante de impresionantes graffiti que llenan de colorido cualquier rincón de la ciudad), de los museos y de los restaurantes que proliferan como hongos y convierten a Belfast en un destino turístico cada vez más importante y valorado.


La ciudad es para pasear, eso sin duda. Recorrer las riberas del río Lagan, adentrarse en las callejuelas repletas de pubs y tiendas alternativas, visitar sitios cargados de historia o simplemente sentarse en un banco para sentir el latido de una ciudad que sólo quiere vivir en paz y disfrutar de su propia belleza.

El serpenteante y caudaloso río Lagan, que discurre por la ciudad de Belfast ha sido sin duda el factor determinante de la riqueza de la ciudad. Basta acercarse a sus orillas para ver la zona de los muelles, todavía hoy ocupada en parte por los astilleros que hicieron célebre a Belfast y que aún hoy la mantienen en cabeza en la industria de la construcción de grandes barcos.
A lo largo del río vemos los intentos humanos de domarlo, como el Lagan Weir un dique de cinco compuertas que regulan el flujo y reflujo de las mareas y que forma parte de un ambicioso plan de remodelación de la zona del río para acercarlo a los habitantes de Belfast.
Un gracioso ejemplo es el Big Fish, una escultura con forma de salmón cubierto de cientos de azulejos que narran la historia de la ciudad.

Pero el imán que atrae a todos los visitantes al río es sin duda el Titanic Quarter, con un protagonista indiscutible, el astillero Harland & Wolff, cuna del Titanic. En su parte más visible se levanta el Titanic Belfast, un museo organizado en seis niveles dedicado a la historia del transatlántico más famoso del mundo, desde su construcción a su botadura, acabando en el trágico viaje inaugural de 1912.



Estos astilleros llegaron a dar empleo a mas de 50.000 personas, y aún se conservan dos de las grúas más altas del mundo, Sansón y Goliath con unos 100 metros de altura y 140 de largo.
Como podemos ver, el río Lagan tiene mucho que enseñarnos, pero sobre todo tiene un futuro prometedor.