martes, 16 de enero de 2018

Las más hermosas islas del Caribe: Barbados

Barbados suena a piratas, a playas de un color increíble, a paisajes tropicales de una luz cegadora o incluso a la mismísima Rihanna ( cuyo colegio, instituto y casa familiar ya forman parte del los circuitos por la isla). Pero no mucha gente sabe que suena también en los ecos de las gigantescas y magnéticas cuevas de Harrison, en el interior de la isla.
Empecemos por el nombre, que nada tiene que ver como hay gente que piensa, con Harrison Ford, por aquello de Indiana Jones, sino con Thomas Harrison, que era dueño de gran parte de la tierra en la que se esconde la cueva a principios de 1700.















Durante los siglos XVIII Y XIX, varias expediciones se aventuraron en la gigantesca Cueva, pero no se sabe si por miedo o por respeto a su misma grandeza, ninguno de ellos llegó muy lejos. Debido a que las entradas naturales eran difíciles de encontrar y a que habían partes del interior que se presentaban como auténticos desafíos, la cueva seguía siendo un misterio inexplorado hasta 1970.



En el 74, un danés llamado Sorensen, ayudado por dos lugareños, jóvenes y aventureros, consiguieron cartografiar la mayor parte de las grutas. Cuando el gobierno se dio cuenta del tremendo poder turístico de las cuevas, puso manos a la obra y ensanchó túneles, abrió nuevos boquetes, instaló vías, e iluminación y organizó visitas guiadas a bordo de un tren que recorrería la mayoría del espacio subterráneo, unos 2,3 kilómetros.






Dentro, esperan a los visitantes desde entonces, maravillas como el Gran Salón, con sus 15 metros de alto, o multitud de cascadas que aparecen y desaparecen, juguetonas durante todo el trayecto. Podemos admirar las estalagmitas que sin prisa, crecen menos que el grosor de una hoja de papel al año, o los lagos subterráneos alimentados por una cascada de más de 12 metros de caída con un ruido atronador.




El tranvía interior, que ya no circula por vías sino que es un convoy eléctrico, lleva en su primer vagón un guía que va iluminando las diferentes salas y mostrándonos los detalles de la cueva.
Una vez fuera, un cuidado jardín con varias especies de gigantescos árboles y puestos de venta de artesanía y otros cachivaches completan el escenario de esta atracción natural. Especial atención a los ascensores acristalado que bajan a los visitantes desde la superficie hasta casi la entrada de la cueva.
Un lugar de aprendizaje y diversión para toda la familia.

El Boatyard es sin duda la playa más bonita de Barbados y también la más divertida, por todas las actividades que podemos hacer, la música que ambienta el gran local que organiza todo, y más que nada por la belleza del entorno.
Suele venderse la visita en las actividades de los cruceros, pero también puede irse de forma autónoma o seguir el consejo de los taxis que la proponen como opción al terminar una excursión concertada con ellos.






La oferta no está mal: transporte hasta el barco o al centro de la capital, un cóctel con o sin alcohol, una hamaca y una sombrilla. Aparte uso libre de duchas, servicios y casetas para cambiarnos, juguetes marinos, soga y trampolín para saltar al mar y un maravilloooooso wifi para subir las fotos y vídeos de nuestra diversión a las redes sociales o simplemente enviarlos a nuestros familiares y amigos.









Y todo eso por sólo 12$, pudiendo estar todo el día disfrutando de las instalaciones con la posibilidad ( previo pago) de comer y seguir bebiendo en el bien montado bar de la playa.
La playa es enorme, preciosa y sobre todo muy limpia. El agua es cristalina y fresca. La típica postal de playa del Caribe, pero esta vez un poco más urbana. Una maravilla!!!


Y con esta imagen nos despedimos de las islas del Caribe y damos por finalizado un crucero maravilloso, en el que conocimos lugares nuevos, revisitamos otros que ya conocíamos e hicimos nuevos y maravillosos amigos que estarán para siempre en nuestros corazones.

Las más hermosas islas del Caribe: St. Lucia

Saint John's capital de Antigua

Es curioso ver como las capitales de estas pequeñas islas del Caribe son poco más que un par de calles que discurren paralelas a las costa, un calco de arquitectura, colores y formas que parece repetirse hasta el infinito.


No podemos esperar, por tanto, una gran ciudad, ni rascacielos, ni siquiera un centro comercial ( afortunadamente). Muy al contrario, lo que aparece ante nuestros ojos, en mi caso al bajar del crucero que me llevó hasta Antigua, es una mezcla de edificios con regusto colonial, en este caso inglés agrupados en apenas tres vías que nacen en el mismo muelle de cruceros terminado recientemente y van a morir juntas a un escaso kilómetro.


En ellas hay una interminable oferta de tiendas de recuerdos, de restaurantes, de agencias que ofertan tours por la isla, algún que otro banco y sobre todo bares estilo inglés donde acabar el día de playa bebiendo una pinta de cerveza.
No hay mucho más, pero no deja de tener su encanto ni de mostrar al turista su cara más amable y tranquila, sabiendo que el tiempo que pasa no deja de ser eso, un instante que poco importa donde no existe la prisa ni la ansiedad. La capital del paraíso de las 365 playas.


Catedral de la Inmaculada Concepción.



Nada menos que 72 años se necesitaron para levantar la estructura de esta basílica menor que se yergue en medio de la capital de Santa Lucía.
Creando la ilusión de ascender a los cielos, con el colorido del arte popular caribeño ( con murales pintados por el artista de la isla Dunstan St. Omer) y sus impresionantes vidrieras, desde 1899 es un lugar muy especial de oración y adoración.



Hoy en día, la Catedral de Santa Lucía es el centro espiritual de la Iglesia Católica Romana de la Achidiócesis de Castries.
Sólo hace falta caminar por las naves laterales para darse cuenta de que es una iglesia del pueblo, que lleva su esencia, y que tanto su constructor como quienes luego la ornaron provenían de él. Los contrastes de colores - los oscuros y serios que chocan con los verdes, amarillos y azules caribeños - la blancura de los altares y la delicadeza de los arreglos florales, dan mayor belleza a un espacio muy amplio, donde el uso de la madera y las columnas delgadas otorgan un aspecto de lo más airoso a este templo que desde su fundación ostenta el título de mayor catedral del Caribe. Una delicia...











Apenas cuatro plataformas montadas a dos alturas, unos puestecitos de artesanías llevados por locales, un carrito de refrescos bien fríos, y sobre todo una espectacular vista sobre la bahía de Castries conforman el mirador de Government House Road.


Estos son los ingredientes que combinados y agitados por las numerosas curvas que nos llevan hasta él, conforman los encantos de este mirador que surge poco después de dejar atrás la capital de la isla de Santa Lucía.
Si encima hemos llegado, como el 50% de los visitantes en crucero, el paisaje se enriquece y embellece con la postal de nuestro barco en la terminal de cruceros, prácticamente a dos pasos del aeropuerto de la capital, a pie de ola, como el de Maho Beach, pero no tan famoso.

La mirada abarca también gran parte del montañoso interior de la isla que tiene un par de Reservas Naturales, y sobre todo la costa norte, aunque me quedo con la preciosa bahía de Castries.
Este es uno de los numerosos miradores que ofrece una isla de abrupto relieve con carreteras panorámicas que la recorren y vertebran, con una luz muy, muy especial....

Los Pitons
Así se les conoce, aunque uno sea el Gros y el otro el Petit ( Pequeño y Gran Pìco ).



Surgen del mar pegados a la isla de Santa Lucía, en el departamento de Soufriere, donde se levanta el grueso de las instalaciones turísticas con varios hoteles y apartamentos, en una isla por lo demás ocupada principalmente por vegetación y las salpicaduras de algún que otro pueblo.
Los Piton forman parte de la lista de la Unesco, como lo han sido de la simbología y el imaginario popular y turístico desde siempre; recordemos que la cerveza de la isla, que también se llama Piton, los lleva impresos en su etiqueta, y prácticamente todas las imágenes de la isla, así como su escudo ( dos triángulos de tamaños diferentes) tienen alguna relación con los montes.



Llegar hasta ellos no es difícil, aunque sea un viaje poco agradable para los que marean fácilmente, ya que una carretera que es en un 90% curvas, subidas y bajadas, lleva casi hasta su misma base, el pueblo de Soufriere.
Al parecer, escalarlos no es tan fácil como pudiera parecer, y más de uno ha tenido que recurrir a la contratación de guías para poder llegar hasta el mismo pico.
Bajo el agua también ofrecen la belleza que sólo pueden mostrar las rocas volcánicas, cobijo de decenas de especies de peces e incluso corales casi endémicos. El agua transparente del Caribe hace lo demás.
El paisaje es realmente increíble, y ver los dos Pitons, desde el mirador que se encuentra justo antes de llegar al pueblo, es un panorama único, la meta de toda visita a la isla.

Cerca del pueblo de Soufriere, según dejamos, por una secundaria, la carretera panorámica, plagada de curvas y desniveles que más parece una montaña rusa, llegamos a la cascada de Toraille.



Con unos 15 metros de altura no es quizá la cascada más grande que podamos ver, ni de lejos; pero el lugar merece la pena, ya que a lo frondoso del escenario, la frescura del agua ( que no fría, ya que no viene de neveros) y la fuerza con la que cae a modo de refrescante columna, se une el pequeño negocio que han montado en torno a la cascada.
Primero, hay que pagar un par de dólares por acceder a la poza, en una entrada que da paso a un conjunto de construcciones muy coloristas, eso sí, que quieren reproducir la arquitectura tropical de la isla y que albergan unas casetas privadas donde recibir masaje en los hombros y la espalda - no se si dados dados por profesionales- o hacernos una limpieza de cutis con productos naturales de la isla, sacados de los minerales del volcán.


El lugar merece una parada tan sólo por ver la cascada encajada entre las rocas y los árboles, aunque si nos damos un rápido baño, mucho mejor.

Así que nos despedimos de Santa Lucia.