martes, 26 de septiembre de 2017

Irlanda, la fascinante isla esmeralda (XI)

Recordando el hambre
La escultura de Famine Memorial fue creada por Rowan Gillespie y se inauguró en 1997.


El conjunto consiste en varios hombres y mujeres demacrados caminando por la orilla del río, con expresiones de tristeza, desesperación y determinación. Son una de las piezas de arte público más fotografiadas de toda Irlanda, ya que constituyen un monumento permanente a las muchas personas que emigraron debido a la gran hambruna de Irlanda.




El lugar donde se ubica no fue elegido por azar, al localizarse en el muelle de salida del Perseverance, una de las primeras naves que dejaron Dublín en 1846 con rumbo a Estados Unidos. A pocos pasos de la escultura encontramos un barco amarrado, el Jeanie Johnston, réplica de uno de esos barcos de la Gran Hambruna y perfecto complemento-museo de este grupo escultórico.



Un precioso zoo en medio de la ciudad
El zoo de Dublín es el tercero más antiguo del mundo. Sí, como oyen, el tercero. Y es que cuando llegó la fiebre científica favorecida y subvencionada por la reina y emperatriz Victoria, ya el zoo llevaba unos añitos de andadura, al haber sido fundado en 1830, por lo que podemos decir que fue uno de los precursores de la posterior moda de tener en las grandes ciudades animales en cautividad.






El recinto no sólo es famoso por este dato, sino que aún más lo es por ser el lugar de nacimiento de Cairbre, el famoso león que aparece al principio de las películas de la Metro Goldwyn Mayer. Nació en 1927, noventa años atrás, como fruto de un programa de cría de leones en cautividad.



Mirando el presente, quizá sea éste uno de los lugares donde he visto a los animales con mejor aspecto de los zoos en que he estado. Se ven pocas jaulas, las indispensables, diría yo, ya que la mayoría de ellos se encuentran en espacios abiertos y acondicionados para asemejarse lo más posible a sus hábitats naturales.




Leones, tigres, lobos, rinocerontes, jirafas, elefantes, antílopes, monos y gorilas, focas..., todos parecen gozar de buena salud, aunque carezcan de us bien más preciado, la libertad. Pero eso es otro cantar.




El recinto está muy bien mantenido y acondicionado, limpio y bien señalizado, lo que permite disfrutar de un par de horas para disfrutar de la naturaleza en pleno centro de Dublín.
Biblioteca del Trinity College, trocando en clara luz la oscuridad.
Esta maravilla de papel y madera, con un aroma a sabiduría que adormece y entusiasma al mismo tiempo, nada más cruzar la puerta principal, contiene la mayor colección de manuscritos y libros impresos de Irlanda. Y esto lo ha logrado gracias al privilegio que goza desde 1801, de recibir un ejemplar de cualquier obra publicada en Gran Bretaña o Irlanda, lo que si nos ponemos a sumar, le ha hecho propietaria de tres millones de volúmenes repartidos en ocho edificios.


Pero evidentemente la que suscita más interés por su estética e historia es la que vemos en las fotos, que se remonta a 1732, la Long Room, con sus 65 metros de largo y más de 200.000 libros de contenido, que están entre los más antiguos de la Biblioteca.




Aparte de 14 bustos muy valiosos de escritores y científicos irlandeses, la sala guarda el arpa más antigua de Irlanda, que se remonta al siglo XV, está hecha de roble y sauce con cuerdas de bronce y es la que aparece por todas partes, incluida la cerveza Guinness y las monedas irlandesas.


Muy cerca se encuentra el oscuro y diminuto museo donde se esconde, más que guarda el Book of Kells, que con más de 1.000 años de antigüedad contiene un texto en latín de los cuatro evangelios, ricamente ornamentados con dibujos en pan de oro.
Trinity College, l
a más antigua de irlanda
La élite protestante debía estudiar en un lugar en el que no pudiera estar influenciada por las malas artes de las entonces ponzoñosas universidades y colegios católicos, por ello merecía y debía tener un lugar exclusivo y nuevo, donde poder empezar de cero y crear un mundo cultural nuevo y menos arcaico.


Así que se levantó el Trinity College, donde sólo y únicamente podían entrar protestantes, y católicos sólo si abjuraban de su fe, con la consiguiente excomunión por parte de la iglesia católica.



El lugar fue creciendo de tamaño y fama, llegando a tener hasta 150.000 alumnos estudiando en un mismo año académico, y vanagloriándose de ser uno de los primeros college de las islas británicas que admitió, a finales de 1903 , a mujeres en sus aulas.




Con una mezcla perfecta de espacios verdes y edificios de estilo neoclásico, entre los que destaca el Theatre, la capilla y sobre todo el campanario que encabeza este rincón, el Trinity College no es sólo un lugar de aprendizaje para la juventud irlandesa , sino un recorrido por la historia y la cultura de la ciudad.
St. Stephen's Green, e
l pequeño pulmón de las esculturas
En pleno centro, con mucha vegetación y en un orden que ralla la perfección encontramos este amplio pero pequeño parque. Ideal para descansar un momento del ajetreo que supone visitar una ciudad como Dublín, que tanto nos ofrece, el verde de los árboles y los arbustos contrasta vivamente con la nobleza de los palacios del siglo XIX que rodean este estético y singular espacio. Sin embargo no siempre fue así, ya que durante mucho tiempo fue un lugar sórdido, usado como vertedero público y escenario frecuente de robos y prostitución, hasta que fue cerrado con una verja por orden municipal.



Hasta que el señor Guinness, si el de las cervezas, decidió acondicionarlo y embellecerlo, llenándolo de pequeños lagos, estatuas de patriotas y personajes ilustres de la nación. A su alrededor surgieron, pues estas mansiones y poco después el Real Colegio de Cirujanos, el National Concert Hall o el Hotel Shelbourne.




Como curiosidad, decir que en su centro hay unos peculiares jardines para invidentes, con plantas y flores que se pueden tocar acompañadas de placas explicativas en braille.
Merrion Square, W
ilde y las puertas de colores
Muy cerca de St Stephen's Green se encuentra este otro parque, mucho más pequeño, una plaza, mejor llamarlo. Eso sí, atrae a más turistas que el anterior y los motivos son prácticamente dos.




Por un lado las viviendas que cierran tres de los flancos de la plaza y que constituyen un evocador entorno de la época georgiana, reforzado por las típicas puertas de entrada pintadas de vivos colores y las placas que recuerdan a sus ilustres habitantes, como Wilde, el poeta Yeats o el patriota O' Connell.



Por otro, en el extremo más alejado de las mansiones y justo junto a la verja del jardín, encontramos la tan querida y odiada escultura que recuerda a Oscar Wilde, "patrocinado" por cervezas Guinness. Quizá por esto nos presenta a un Oscar descompuesto, indiferente, como si no le importara nada de lo que podamos decir, que bastante aguantó en vida.


Sinceramente a menos que tengamos un interés especial, yo obviaría la estatua y rodearía el parque par admirar las casas y las puertas de colores. Si queremos ver al verdadero Wilde, tan sólo debemos leer sus magníficas obras. Eso seguro que no le dejaría indiferente.
Y para despedir este maravilloso viaje por la verde Irlanda, un consejo, en este caso de alojamiento.
Hotel Ferryman, una habitación con vistas
Dublín es una ciudad grande, cosmopolita, vibrante, pero sobre todo joven y dinámica y poco me apeteció hospedarme en un hotel al uso, sino que buscaba un lugar con algo más, que transmitiera esa pasión por vivir que tienen los dublineses y quienes visitan la ciudad.


Así que buscando en las páginas de reserva de hoteles encontré este pequeño pero acogedor alojamiento en un lugar céntrico pero al mismo tiempo apartado de las calles principales de la ciudad, llenas a todas horas de turistas y universitarios. Puede parecer una incongruencia, pero cuando llevas todo un día o varios recorriendo la ciudad de Joyce, necesitas un descanso reparador que alivie tu cuerpo cansado.


Y eso es lo que encontré en el Ferryman, la posibilidad de descansar pero sin desconectar del todo del corazón palpitante de Dublín.

El hotel nos ofrecía muchas ventajas, entre ellas la localización, cerca del centro como ya dije, y también a tiro de piedra de la parada de autobús que une la ciudad con el aeropuerto.
Otra ventaja son las habitaciones frontales que regalan una vista del río y del puente Samuel Beckett realmente espectaculares, sobre todo de noche.


La habitación es sencilla, no tiene elementos superfluos aunque si que necesitaría una leve reforma, más que nada para quitarse la pelusa del paso de los años, aunque si me apuráis un poco lo dejaría tal como está. La habitación es amplia, las camas cómodas, los armarios si que podrían ampliarse un poco más y el baño completo y muy limpio.


El desayuno es espectacular y completo. El obligado Full Irish Breakfast que ya de por sí nos llena de energía para afrontar otra jornada de descubrimientos se completa con un pequeño buffet de zumos, cereales, tostadas, mermeladas y mantequillas, y se localiza en un salón decorado de manera moderna y multicolor al que se accede casi directamente desde las habitaciones.


Para finalizar, en la planta baja y con acceso a la calle encontramos el pub O' Brien, donde podremos saborear una de las Guinness mejor tiradas de Irlanda.

Irlanda, la fascinante isla esmeralda (X)

Y llegamos a Dublin
Y nada mejor que empezar por su corazón, su castillo.



Y por muchas razones. La más antigua es porque se levanta donde hace más de 1.000 años, antes de la época vikinga, ya había un asentamiento fortificado en el lugar donde hoy se encuentra esta pequeña colina que domina el río Liffey. La siguiente, si seguimos su cronología, nos muestra la fortaleza como centro del poder militar y político durante más de 8 siglos, escenario de grandes acontecimientos y eventos históricos ( sobre todo de las clases dirigentes y más recientemente por haberse convertido en uno de los lugares más representativos del orgullo nacional al ser entregado en 1922 al líder del Estado Libre Irlandés Michael Collins.







Toda esta historia la podremos conocer de la mano de guías del castillo que nos llevan desde las oscuras mazmorras y cimientos del castillo hasta la parte noble del mismo.


Allí vemos ya la parte más espectacular, como el rellano de los Battleaxe con su imponente escalera, el salón principal- restaurado tras un incendio que lo redujo a cenizas en 1941 y que era escenario de fastuosas fiestas y bailes- el salón del trono- con el trono del rey Jorge IV y la impresionante lámpara de latón, el salón de San Patricio- con su exquisito techo pintado y donde tiene lugar la toma de posesión del Presidente de Irlanda- o para acabar, la Capilla Real, con los escudos grabados en madera de todos los Lor Liutenants o Virreyes de Irlanda.






Una aventura histórica que no está exenta de fantasmas, que para eso estamos en Irlanda. Se dice que los invasores que pretendían asaltar este castillo eran decapitados y sus cabezas colgadas de las murallas como elemento disuasivo para otros posibles atacantes. Cientos de cuerpos decapitados están sepultados bajo la fortaleza y sus almas vengativas todavía deambulan por el castillo. De hecho muchos guías han hablado de una intensa actividad poltergeist.... Ahí lo dejo.

A la conquista de la historia
Dublinia nos sumerge en el pasado, en la historia de la ciudad desde su fundación, pasando por la época anglonormanda hasta llegar a la famosa Reforma que calusura la Edad Media.

Esta exposición multimedia, ubicada en un edificio victoriano perfectamente restaurado pero con algún que otro añadido contemporáneo poco acertado, consta de tres niveles más una torre a la que pocas veces puede accederse.






Empezamos por la que quizá sea la planta favorita de los visitantes, la vikinga, donde Dublinia nos presenta la realidad de estos fieros hombres del norte. Consigue mediante representaciones hacernos entender que realmente eran comerciantes y granjeros, evolucionados, si, de aquellos sanguinarios saqueadores que llegaron a las costas de Irlanda para robar e incendiar los ricos monasterios de la isla, pero que se quedaron para fundar la que hoy es capital de Irlanda.



Un asentamiento que ya consolidado fue conquistado por los anglonormandos, cuyas tropas nos suben al segundo piso donde encontramos la exposición medieval, cuya principal atracción es una magnífica maqueta del Dublín del siglo XV. Seguimos el trayecto recomendado para pasar por la casa de un rico comerciante, un muelle donde descargan ropa, sal y buenos vinos, una feria con sus mercancías y mercaderes, la aparición de las enfermedades- como la peste- en las insalubres calles de la ciudad, para acabar con la parte correspodiente a la Reforma, que marcó el final de la Edad Media y empezó a forjar el espíritu rebelde de la actual Irlanda.



Acabamos en el último piso, dedicado a la arqueología que ha excavado las calles y edificios de Dublín en busca de sus raíces. Una laboratorio, una biblioteca llena de antiguos mapas, muestras de huesos y esqueletos y una reflexión final sobre el legado de los vikingos y la época medieval en el Dublín moderno.
Un paseo por la historia de la ciudad que no convendría perderse.
Pequeña y delicada Christ Church Cathedral
También llamada Iglesia de la Santísima Trinidad, el templo que visitamos ahora es el más viejo de Dublín, y para mí el más hermoso.



Levantada en piedra en 1171, tras la primera iglesia de madera vikinga que se localizaba sobre lo que hoy es el altar mayor, este precioso templo, mezcla sorprendente de estilos y materiales de construcción engloba elementos medievales, góticos y victorianos, pero lo que quizá llama más la atención, al margen de los preciosos azulejos de su suelo o los exquisitos arcos de su coro son las leyendas que alberga bajo ellos.





Como el extraño caso del robo del corazón perteneciente al famoso San Laurence O'Toole, obispo de Dublín, que permaneció en la Catedral hasta marzo de 2012, cuando desapareció. El órgano, preservado dentro de una caja en forma de corazón rodeada por barras de hierro, fue robado por un ladrón que al parecer no tuvo ningún interés en la multitud de objetos de valor en forma de medallas que rodeaban la reliquia.


O los lamentos que según se de surgen cada noche de la cripta y que según parece provienen de los reos empalados en la época más oscura de la iglesia y cuyos instrumentos de tortura aún pueden "admirarse" en los lúgubres sótanos.

Pero quizá dos figuras y su historia requieran nuestra mirada desde detrás de una vitrina. Son los restos momificados de un gato y una rata. Según la tradición de la Iglesia, el gato persiguió a la rata por todo el edificio hasta que ésta se metió por el tubo de un órgano y ambos quedaron atascados y atrapados para siempre, o por lo menos hasta que los sacó de allí, momificados por el paso del tiempo, un operario que tenía como encargo reestaurar los tubos del precioso órgano.


James Joyce utiliza a estos dos personajes como un símil en " Finnegan Wake" al describir a una persona como " Tan atascado como el gato y el ratón en el tubo del órgano de Christchurch..." El gato está persiguiendo a la rata a perpetuidad detrás del cristal en la cripta de la iglesia.
Catedral de Dublin, la decisión de San Patricio.
Cuenta la tradición que San Patricio utilizaba un pozo cercano al lugar donde hoy se levanta la catedral para bautizar a los conversos al cristianismo y que fue ese punto concreto donde se erigió una pequeña iglesia, próxima al corazón de Dublín, con el fin de marcarlo como espacio sagrado.




Desde que se construyó la actual iglesia sobre la anterior, en 1220, el edificio ha sufrido ataques por causas de guerras, revoluciones y una reforma religiosa que lo cambió casi por completo.



Quizá haya sido todo esto lo que la haya convertido en un universo de perenne belleza y de un incalculable valor intrínseco.






Un valor que le viene dado por cada gramo de cada elemento que la embellece y le da lustre con el paso de cada año. No tenemos sino que fijarnos en que por todas partes encontramos elementos que nos hablan de su antigüedad, como las lápidas paleocristianas con más de mil años encastradas en sus paredes y suelos y que demuestran que el emplazamiento era usado con anterioridad a la construcción de la Catedral.



Esculturas como la del Marqués de Buckingham primer Gran Maestre de la Orden de Caballeros de San Patricio, que es la más valiosa del país por su inmenso realismo, su contenido histórico y la pureza de su mármol, o una extraña estatua de San Patricio cuya cabeza se remonta al siglo XIII, su cuerpo al XVII, y la base al XIX, son sólo dos elementos que nos dan una idea del inconmensurable valor de los tesoros de la Catedral.


Pero aquí no acaba la cosa, ya que el archiconocido Jonathan Swift, autor de "Los Viajes de Gulliver" predicaba aquí en largas homilías en contra de la injusticia social, y por ello y por su ingenio como escritor, fue enterrado en el suelo de la catedral, en un punto marcado por una placa, que no se nos puede escapar bajo ningún concepto.


Y del suelo miramos al techo, ya que las banderas que penden de él recuerdan a los regimientos irlandeses del Ejército Británico y sus colores van difuminándose lentamente con el paso del tiempo, en homenaje a todos los que lucharon por la causa.




Y podríamos seguir enumerando los infinitos atractivos de la Catedral, pero tenemos que seguir camino, así que nos quedamos con la idea de que no sólo hemos estado en un templo, en un lugar de recogimiento y oración, sino que también hemos visitado un lugar de aprendizaje, ya que conforma un microcosmos de historia irlandesa repleta de historias que inspiran sueños recuerdos.
O'Connell Street, grande y llena de vida
Con toda seguridad estamos ahora en la calle más importante y característica de todo Dublín. Situada en la parte norte de la ciudad, que ya sabemos dividida por el río Liffey, fue en su momento comparada con las calles más elegantes de la metrópolis londinense, sobre todo por lo imponente de sus edificios y la cantidad de dinero, influencias y política que se movía entre sus piedras.



Hoy, de ese pasado sólo quedan monumentos como el dedicado a Daniel O'Connell, el libertador de Irlanda, las alas de cuyas figuras aladas están llenas de agujeros de bala por la rebelión de 1916, la Oficina Central de Correos, cuartel de sus dirigentes, el cine Embassador, o una estatua de James Joyce.



Justo en el medio de la calle, encontramos el que quizá se haya convertido en uno de los símbolos de la modernidad dublinesa, el llamado Monument of Light, o la Aguja de Dublín. Con 120 metros de alto e inaugurado en 2003, sustituye a una estatua que conmemoraba las victorias de Nelson y que el IRA hizo saltar por los aires en 1966.



Museos, tiendas, bancos, hamburgueserías...Todo cabe hoy en la magnífica O'Connell, que aún después de tantos años sigue siendo la auténtica arteria latente de Dublín.