jueves, 1 de mayo de 2014

Sevilla en el alma ( y IV)

Y llegamos a la Iglesia del Salvador

Pasaba por delante cada día durante mi estancia en Sevilla, restándole inconscientemente importancia a su visita. ¡Que gran error rápida y felizmente subsanado!






La visita hizo que la Iglesia se convirtiera en uno de mis lugares favoritos de Sevilla. Uno de esos sitios que hacen que te quedes sin adjetivos, sin palabras, que tienen una luz especial, que te llegan dentro.
Me quedo corto si la califico de espectacular, de impresionante, de.....
Mejor la disfrutamos juntos, ¿verdad?




Esta iglesia colegial, que como todas los templos que se precien en Al Andalus, fue una vez una importante mezquita, y anteriormente basílica romano-visigótica, surgió como Fenix entre las cenizas de otra anterior que se derrumbó como también era costumbre en el pasado....






Pasó el tiempo y los arquitectos que fueron dando forma a aquella iglesia que se iba convirtiendo en un prodigio. Se añadían retablos barrocos, imágenes que iban calando en la devoción del pueblo, nuevas naves y nuevas alturas, mientras las bases seguían siendo sustentadas por aquellos restos árabes.






Si nos atenemos a la idea original de sus arquitectos, la iglesia está y estará inacabada para siempre, ya que le faltaría una de las dos torres con la que concluiría la construcción. Cosas de los derrumbamientos..
Por lo pronto, durante seiscientos años, la iglesia ha sido sede principal de la intensa vida musical sevillana y del sur peninsular, con uno de los órganos más perfectos del sur de Europa.




En lo que toca a la inmensa riqueza artística y piadosa que atesora, se acondicionaron recientemente las tres sacristías para exponer la colección de escultura, pintura, platería y bordados existentes en la antigua Colegiata.
Una auténtica maravilla es la Virgen de las Aguas, del siglo XIII, en su retablo barroco, el primero en ser colocado en el templo. Pero todo el fervor del visitante se concentra sin duda en dos imágenes: la del Cristo del Amor, un crucificado que parece descansar tras la agonía y el Cristo de la Pasión un nazareno al que debemos mirar a la cara, ya que transmite todo el dolor, la paciencia y el sufrimiento que el autor quiso otorgarle.


























Este último está en una capilla a la que se accede desde el exterior, desde un patio a la izquierda de la nave. Una auténtica maravilla que no debemos perdernos.
Y lo mejor de todo, es que está en el centro de Sevilla...

Y caminamos...




Hasta llegar al Archivo de Indias
Papeles, legajos, cuentas, registros, pergaminos, títulos de propiedad, embargos, ventas...Miles de documentos parecían querer perderse y mezclarse en los cuatro archivos con los que contaba la corona española allá por el año 1778. Todos ellos, concernientes a los dominios españoles más allá del Atlántico en aquella Hispania donde según se decía no se ponía el sol.


Madrid, Valladolid, Cádiz y Sevilla se repartían la valiosa carga del registro económico, censal y cultural de España. Pero el rey Carlos III, como buen monarca ilustrado que era, decidió unificar todo bajo un mismo techo y localizarlo en la ciudad que en aquel momento ostentaba el poder económico de la nación. Así que se expropiaron unos terrenos cercanos a la catedral, por aquello de que muchas de las transacciones económicas de Indias se hacían en el interior del templo y claro, eso era una vergüenza, y se levantó un edificio que formaría parte del eje de poder sevillano.


Cuando se reunió toda la información se comprobó que la idea había sido de lo más acertada, ya que eran más de 43.000 legajos, con unos 80 millones de páginas de documentos originales instalados en nueve kilómetros lineales de estanterías que ahora permiten consultar más de tres siglos de historia de todo un continente.
Incontables las joyas históricas que guarda, pero para los más curiosos, basta con nombrar las Capitulaciones de Santa Fe, el Tratado de Tordesillas (1494), entre Isabel y Fernando, por un lado, y Juan II de Portugal, por otro y el testamento redactado por Juan Sebastián Elcano en alta mar.



El edificio fue primero Lonja de Sevilla y estaba en estado de grave abandono, incluso ocupado por mendigos y otros menesterosos. Así que se rehabilitó y embelleció con mármol de la cercana Málaga y caoba de la lejana Cuba. Todo era poco para albergar una información que en muchos casos valía más que el oro.
Todo un imán para los cazatesoros y los buscadores de naufragios.Dentro está la respuesta a muchas preguntas...

En el año 1893, María Luisa Fernanda de Orleans, hizo un regalo único a Sevilla, su adorada ciudad adoptiva. Un jardín único e inimitable, de aires islámicos, ingleses, franceses que creaban un portento de arboledas, setos y fuentes, rincones evocadores y senderos cargados de sensualidad.


Su belleza lo convirtió en eje de la Exposición Iberoamericana, que lo embelleció con la Plaza de América y la enorme Plaza de España.






Es una delicia pasear por los sombreados caminos que parecen no llegar a ninguna parte, que parecen girar sobre sí mismos para ir mostrando a cada paso un secreto, un rincón diferente.
Frescos estanques con cisnes y patos que disfrutan del agua que refleja los árboles, glorietas llenas de arte e historia, como la de Bécquer, los Hermanos Machado o la propia María Luisa, pasadizos que llevan de un lado a otro del parque o que pasan por debajo de delicados pabellones de enrejado.



Los antiguos e inmensos jardines del palacio de San Telmo ahora son, gracias a la Duquesa, un bombón que propios y extraños podemos disfrutar en toda plenitud.

Siguiendo sus senderos llegamos a la Plaza de América.





Anibal González debió encontrarse en un éxtasis creativo cuando le encargaron la creación de los espacios que conformarían la Exposición Iberoamericana. Debió ser como si ahora le encargaran a una sola persona diseñar por completo la Expo 92 junto con sus jardines y servicios.










De ese frenesí creativo surgieron auténticos esplendores como la Plaza de España o ésta que nos ocupa, la de América.
Tres estilos para tres épocas diferentes y tres usos distintos, creados por un solo arquitecto. Por un lado el Pabellón Mudejar, actualmente Museo de Usos y Costumbres Populares, con un aire de inconfundible Alhambra, imponente y realmente exquisito, por otro el Pabellón Renacentista, que es hoy un Museo Arqueológico tratado con buen gusto y piezas selectas, y al que poca gente acude, una pena.






Y el tercero en completar esta trinidad arquitectónica es el Pabellón Gótico, que es sede de una de las delegaciones del Ayuntamiento de Sevilla.







Aconsejo mirarlos como un todo, aunque rápidamente tengamos un favorito donde posar nuestra mirada un poco más de tiempo que en los demás. Fueron creados juntos, y juntos deben disfrutarse ya que son reflejo de la historia de España.
Para acabar y como gracioso ornato, las fuentes de porcelana y azulejos, literalmente invadidas por las cientos de palomas de todos los tamaños y colores, que vienen a refrescarse y a beber en los meses del estío, calurosos y secos.




Vamos de camino al río.


Viendo otros recuerdos de la Exposición Universal.



El palacio de San Telmo y sus gatos












La Duquesa de Alba..


Y nos encontramos de frente con esta belleza.




La " Borg al Dsajeb" de los árabes, nuestra Torre del Oro, uno de los símbolos de Sevilla desde el siglo XII, recibió su nombre según unos historiadores por el brillo de sus azulejos al ponerse el sol, o según otros por la cantidad de tesoros que albergaba, procedentes de todos los rincones del Imperio.








Sea como fuere, esta atemporal vigía de la riquísima Hispalis, es hoy referencia de todo aquel que visite la ciudad.
Me pregunto cómo se vería el río si la leyenda fuera cierta. La que cuenta que al otro lado del Guadalquivir, justo enfrente había una torre gemela que estaba unida a la otra por una cadena muy gruesa que impedía el paso a los barcos y protegía la entrada a la ciudad.










Según parece no existió esa torre aunque sí una especie de puente flotante unido por cadenas.
Igual que pudo haber dejado de existir la actual, después de 1755, cuando el terremoto de Lisboa la dejó en tan penoso estado que se pensó en borrarla de la faz de la tierra.








Afortunadamente el alcalde los Reales Alcázares, consciente de su valor histórico y estratégico, decidió su completa restauración, y su protección total llegó en 1822 cuando la Marina instaló en ella las oficinas de la Capitanía del Puerto.
Entre 1991 y 2005 se restaura absolutamente toda la Torre, dando vida al nuevo Museo de la Armada, del Guadalquivir y de la misma Sevilla. Una pequeña muestra de la historia de la ciudad y de la Nación, donde podemos quedar tan fascinados por el continente como por el contenido.










E intentemos subir a lo más alto. Las vistas bien lo valen.

Retomando el camino encontramos el Costurero de la Reina




No hay duda de que es uno de los edificios más curiosos de la capital andaluza. Y no creo que nadie me lo niegue.
Las razones son obvias. Por un lado por su ubicación, en una de las rotondas de más tráfico de Sevilla, la de los Marineros Voluntarios, aislado, sólo, como un niño que estuviera esperando en el cercano paso de cebra para cruzar al otro lado y reunirse con los edificios que forman la plaza de América.








Por otro lado, su arquitectura, una de las piezas que forman el enmarañadísimo catálogo de variedades estilísticas de la ciudad de Sevilla, muestrario y cobijo de artes y artistas.
Pero claro, como todos los edificios también tiene su historia, cierta o no.
El nombre le viene de la creencia de que este pabellón, construido para el Cuerpo de Guardia que vigilaba una de las entradas al Palacio de San Telmo, propiedad de los Duques de Montpensier, era lugar donde María de las Mercedes, hija de los Duques y futura Reina de España, pasaba largas horas de costura, arropada por la luz y el cálido sol de Sevilla que la aliviaban de sus dolencias y sus frecuentes constipados. Allí la visitaba el rey Alfonso, y allí se cruzaron sus primeras miradas de amor.


Fue tanto el cariño que la reina tomó por el pabelloncito, que pidió que fuera la última imagen que de Sevilla tuvieran sus ojos antes de regresar a Madrid, donde moriría días más tarde.
Verdad o leyenda, el precioso costurero guarda todos los secretos de los reales enamorados entre sus paredes y sigue teniendo su papel activo en la vida de la ciudad como Oficina Municipal de Turismo.
Está claro que no quiere dejar de ser arte y parte de la vida de Sevilla. ¡ Que sea por muchos años!

No fue necesario tomar ninguna calesa, de las que inundan Sevilla, para llegar a Las Columnas.


Aunque fui recomendado por una amiga, ya desde lejos pude localizar el local, por la afluencia de hispalenses y visitantes y los aromas que inundaban la calle, junto a la algarabía de los que pasaban el rigor de la calurosa noche sevillana caña en mano y charla en la boca.




Entramos, afortunados y alegres por haber podido encontrar una mesa, pequeña pero cómoda y estratégicamente situada en un lugar de paso desde donde poder observar a la clientela entrar y salir y al mismo tiempo a un paso de la barra donde se pide la comanda, cosa ésta de vital importancia.
Una vez instalados, y ayudados por la familiar confianza y gracia de los camareros, empezamos a pedir la tapas que han hecho famoso el lugar.




Lugar de honor, por supuesto, se lo lleva la pringá, sabrosa tapa compuesta de la mezcla de los ingredientes cárnicos del cocido andaluz o puchero, que se trituran y se mezclan para comerlos junto con el tierno pan sevillano.
El desfile de delicias sigue con una buenas huevas fritas, unas tortitas de camarón crujientes, unos boquerones fritos que quitan el sentío y que vienen de la mano de unos calamares a la romana jugosos que combinan de maravilla con las gambas rebozadas y contrastan perfectamente con las sencillas aceitunas sevillanas.






Hay que fijarse en la manera en que los camareros que toman el pedido llevan el control de las consumiciones. A la antigua usanza anotan en la misma barra y con tizas, lo que vamos pidiendo, y en el mismo sitio hacen las cuentas de cabeza.
La compañera ideal de tan suculento festín de taperío español es sin duda una refrescante serie de cañas de cerveza a la que no da tiempo a calentarse en el vaso. Y después de aquí, a seguir viviendo la tarde o la noche sevillana. Eso sí, con el estómago lleno y satisfecho.

¿Y que mejor manera de despedirnos de Sevilla que visitando al Cristo de los Gitanos?


¿Emoción? Muchísima, ¿Fe? A raudales, ¿Arte? De sobra, ¿Lágrimas? A mares...
¡Cuanto sentimiento inspira esta sencilla imagen, llena de amor por los hombres, de expresión de dolor y sufrimiento, de puro arte arte escultórico, de vida..!





Y sin embargo permanece oculta a todo aquel que se limite a conocer lo más típico de Sevilla, sin reparar en que a veces, lo más sevillano, no está en las guías.


Y es que Este gitano de raza, moreno de verde luna, sustituye desde 1938 a un anterior nazareno que desapareció en el incendio de San Román, y tiene su hogar en este Santuario que lleva su nombre oficial, el de Jesús de la Salud.
Acompañado siempre por la imagen de la Virgen de las Angustias Coronada, es el centro único e indiscutible del templo desde 1999, llevado, como las imágenes con todo el cariño y fervor por la Hermandad de los Gitanos, que se fundó en Triana en 1753.
No podemos dejar de acercarnos a la imagen aunque no seamos creyentes y observar su petrificada agonía, sus ojos entornados en un dolor contenido, que nos hace dejar de lado cualquier idea y tocar, por un momento, Su sagrado talón de madera.....
¿Hay alguien que sepa despedirse de Sevilla? Si existe, que me enseñe cómo hacerlo. Irse sin mirar atras, deseando volver con todas las ganas, dejando tanta historia, tanta pasión, tanto calor...pero sabiendo que vas a volver, que Sevilla tiene como corazón un imán que te atrae y al que no puedes resistirte aunque quisieras. Sevilla...


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