martes, 18 de octubre de 2016

Nueva Zelanda, naturaleza en estado puro (I)


Destino mil veces soñado y las mismas veces pospuesto por razones de tiempo, economía o simplemente aventajado por otros, Nueva Zelanda rondaba en nuestras cabezas como una idea fija pero intermitente, que cada año al planear las vacaciones tenía un lugar entre los tres primeros favoritos, pero que nunca ganaba.
Hasta que el pasado año los hados decidieron alinear los planetas necesarios para darnos fuerzas y ganas y decidir que al fin había llegado el momento.
Tras consultar varias páginas web decidimos que este año sería diferente, que nos lanzaríamos a descubrir las islas por nuestra cuenta en caravana, con la libertad de horarios y sitios que nos permitía.
Pero, ¡ay! nos la prometíamos muy felices con la caravana, aunque eso lo contaré mas tarde. Contratamos la caravana, digo, los vuelos con la compañía Air Korea y un hotel para pasar la noche de vuelta en Auckland y en Seul con la compañía http://www.nzviajes.com que en todo momento demostró una profesionalidad excelente y que recomiendo como gestor de un viaje a este rincón del mundo. De resto todo era aventura. Como siempre hago, recurrí a la fabulosa guía de Nueva Zelanda de mi adorada editorial Lonely Planet http://www.lonelyplanet.es/ para preparar los itinerarios y las visitas y así cuando llegara el día solamente tendríamos que disfrutar y vivir la aventura.

Llegó octubre, mes elegido por se primavera en el Hemisferio Sur y con las maletas cargadas de ilusión y muy poca ropa ya que el espacio en una autocarvana es valiosísimo y escaso nos embarcamos en el Gran Viaje. Partimos desde Madrid con Korean Air y tras tropecientas horas de vuelo hicimos una pequeña escala en Seúl. Durante el viaje me aficioné a esta comida que viene distribuida en varios cuencos y en la que la gracia está en ir mezclando siguiendo un estricto guión que acompaña a la bandeja.


 Llegamos a Auckland y tomamos otro avión hasta Christchurch, ciudad de partida del viaje que comenzaría por la isla sur.

 En el aeropuerto varias figuras nos recordaban que Nueva Zelanda había sido el plató natural para el rodaje de El Señor de los Anillos.
Recogimos la caravana y tras las pertinentes indicaciones la pusimos en marcha, con extremo cuidado por su excesivo peso ( más de 3.500 kilos) y sobre todo porque había que habituar al cerebro a conducir por otro carril y con el volante al otro lado.
Esa noche, y a eso me refería antes, nos dimos cuenta de que una autocaravana no es la bicoca, no es la solución a todos los problemas del viajero que quiere ir por libre. Tiene sus limitaciones, como estar conectada para que funcione la calefacción y el microondas, para calentar el agua de la ducha...Esa primera noche nos echamos a un lado de la carretera y aprendimos todas las lecciones resumidas en una sola: tendríamos que tirar de los campings para poder llevar adelante el viaje.

Al día siguiente decididos ya a buscar en una guía de campings el alojamiento cada noche, llegamos a la conclusión de que lo mejor sería ir tomando todo como viniera y empezar a conocer la isla. Así que nos acercamos a Christchurch, el ave fénix de las ciudades.
La segunda ciudad más grande de Nueva Zelanda afronta un reto descomunal, que no es fácil ni rápido. Sin embargo debe ser apasionante. Les cuento:

 En 2010 y 2011, la mayor parte de esta población que se precia de ser la más inglesa del país, fue destruida en casi su totalidad por dos devastadores terremotos que muy poco dejaron de lo que una vez fue orgullo de Gran Bretaña allende los mares.

El primero de ellos no causó víctimas, pero el del año siguiente resultó ser arrasador. Muros y terrazas, edificios completos cayeron sobre calles comerciales que en ese momento estaban llenas de gente, los puentes se doblaron, las calles se inundaron de barro y cieno...





Pero la voluntad humana parece ser más fuerte que los caprichos de la Naturaleza, e inmediatamente la ciudad fue objetivo de numerosas campañas de ayuda para su recuperación.
Hoy en día aún se recuerdan aquellas 185 almas inocentes que perecieron en el seísmo, y casi dedicada a ellos, la ciudad se ha embarcado en un megaproyecto de reconstrucción que modifica su arquitectura en previsión de nuevos terremotos. Ahora los edificios serán de dos plantas como máximo, se crearán nuevos parques y zonas verdes, se resucitará el espíritu orgulloso y luchador de la ciudad.
Mientras, los restos del desastre aún están a la vista de todos endulzados por el lento y silencioso fluir del río Avon que cruza la población, los jardines llenos de coloridas flores que sobrevivieron al desastre, nuevos edificios y sobre todo un aura de optimismo que parece envolverlo todo. Grandes contenedores se han reconvertido en improvisadas tiendas, casas y almacenes, solares ya limpios de escombros y excavados hasta los cimientos ven nuevas estructuras a prueba de terremotos. La ciudad renace muy poco a poco.





Lugares como la antigua catedral, prácticamente inservible y objeto de disputa entre quienes quieren derribarla y construir una nueva, y aquellos que se niegan a eliminar parte de su historia y su legado, se enfrentan a la modernidad de las nuevas estructuras, como su vecino el "Chalice", una gigantesca copa de metal de 18 metros de altura que sobrevivió a los seísmos y que desde 2001 conmemora la llegada del nuevo milenio.






Ya no será posible disfrutar de aquella Christchurc elitista y burguesa, rica en patrimonio y en historia, pero el reto también será para sus visitantes, porque ahora tendrán dos ciudades en una, la antigua y la moderna.


Hicimos una parada en el Museo de Canterbury un espacio pequeño pero fascinante, que nos daría una primera y completa visión de lo que nos esperaba y de las pocas joyas arquitectónicas que quedaron en Christchurch después de los seísmos de esta década.




Por fuera el edificio tiene el atractivo de aquellas construcciones victorianas que en su momento fueron orgullo de la ciudad y que hoy recuerdan que la Ciudad Jardín era la población más hermosa del país.
Entramos al museo bastante justos de tiempo, y fue nuestra primera lección: en Nueva Zelanda se hacen un lío con el cambio de horario de invierno a verano, y lo aplican a su conveniencia. Resumiendo, todo cierra a las 17.30.






Aún con todo, nos dio tiempo de hacernos una idea bastante completa de lo que el museo quiso enseñarnos, desde una vuelta al lejano pasado con dioramas de los aborígenes cazadores de moas (grandes aves parecidas a las avestruces y descendientes directos de los extintos dinosaurios) con un inmenso despliegue de sus usos y costumbres, pasando por el nuevo universo maorí, que pobló las islas antes de la llegada occidental, como veremos en próximos rincones, la invasión victoriana (me atrevo a denominarla así porque creo que realmente lo fue) con recreaciones espectaculares de una calle colonial, muebles, vestidos, maquinaria industrial y científica, hasta llegar a la era de las expediciones, con una fascinante exposición sobre vehículos y toda la parafernalia que envuelve las primeras y arriesgadas visitas a la Antártida.




Un toque de pésimo gusto nos lo da la Paua Shell House, una delirante muestra de una casa cubierta completamente por conchas de molusco y que fue orgullo de dos ancianos que la donaron al museo. Pone los pelos de punta, a menos que te gusten esas cosas.


Complementa la visita varias instalaciones dedicadas a los más pequeños y una constante en todos los museos: el área ecológica, un despliegue de medios audiovisuales para concienciar a propios y extraños sobre la importancia de reciclar, limpiar, ahorrar agua y cuidar el medio ambiente de manera responsable. Es efectivo, porque no vi en todo el país ni un solo papel en el suelo, ni una colilla, ni una bolsa de basura fuera de lugar.
El museo cuenta también con una tienda de recuerdos de muy buen gusto y a un precio muy asequible.


Y para acabar la visita a la ciudad nos acercamos a la Catedral Provisional.
Provisional en español, Transitional en inglés. Dos conceptos válidos que pueden aplicarse a esta iglesia de opereta que se levanta a poca distancia del centro de Christchurch, rodeada de solares vacíos pero también de nuevas construcciones que se levantaron después de los terremotos de 2010 y 2011.



 Es la llamada Catedral de Cartón, ya que en su construcción se emplearon 98 grandes tubos hechos de este material para dar forma a una pequeña estructura que recuerda claramente a las construcciones maories, a sus salas de consejo.

Templo anglicano, sala de conciertos y exposiciones, centro de la vida social en una ciudad que todavía lame sus heridas, fue construida por Shigeru Ban, arquitecto japones que se ha especializado en aportar su granito de arena en los lugares que se recuperan de los terremotos.





Ligera, luminosa y totalmente reciclada, sus paredes están hechas con contenedores de mercancía, al igual que muchos bares y tiendas de la ciudad crisálida, y sigue siendo objeto de controversia por parte de las cabezas más conservadoras de la ciudad, que ven en ella la precursora de un tipo de arquitectura "basura", que temen que pueda dar pie a que el resto de los edificios que se proyecten puedan restar prestigio a lo que una vez fue la Ciudad Jardín.



Litigios y guerra de opiniones aparte, vale la pena acercarse hasta ella para contemplar un buen ejemplo de edificio provisional, rezando para que no la derriben cuando se construya la catedral definitiva. Sería una pena.


La siguiente parada sería Oamaru, la ciudad victoriana y hippie.
Puede parecer una contradicción, pero es real, o al menos lo fue, y también motera.






Oamaru se presenta en el mapa como un pueblecito costero al este de la Isla Sur, no más que un punto sobre el papel o el gps. Pero si somos un poco curiosos nos acercaremos a ella y veremos como tiene mucho que ofrecer.









Tan sólo con la entrada a la ciudad, una ancha avenida al estilo americano ( que debía permitir el giro de un carro de bueyes), flanqueada por edificios oficiales en piedra blanca en un descontrolado delirio de grandeza y una casi infinita sucesión de tiendas que se cobijan bajo los soportales de las construcciones que conforman la calle, ya vemos que la parada va a ser interesante. Aparcamos justo donde empieza esa avenida y la recorremos a pie. Justo al llegar al final, aparece uno de los platos fuertes de la ciudad, el barrio victoriano.





Oamaru siempre tuvo aires de gran urbe, rica y ambiciosa hasta tal punto (difícil de creer ahora) que en 1880 tenía el tamaño de Los Ángeles. Sorprendente. Su puerto, desde donde partían enormes barcos que transportaban la deliciosa carne de la isla hacia la hambrienta Gran Bretaña, dejaban atrás una riqueza incalculable, hasta tal punto que el deseo de presumir y ostentar hizo que las familias más importantes iniciaran una guerra para ver quién era capaz de gastarse más dinero en construir el edificio más grande y hermoso. Pero ésta trifulca les llevó a la ruina.




Así que dejó de crecer y esos mismos edificios quedaron vacíos, deshabitados y milagrosamente a salvo de las demoliciones que trituraron e hicieron desaparecer centenares de joyas arquitectónicas en todo el país.




Galerías de arte, bares al estilo victoriano (pero con wifi), centros de artesanía con una gran dosis de espíritu hippy, restaurantes y lugares encantadores como la librería de viajes que vemos en las fotos.

El lugar es parada obligatoria para moteros, que se concentran en un pequeño garito localizado a la entrada de la bahía.


Pasear por Oamaru es entrar en una máquina del tiempo, volver a un pasado donde la ciudad era próspera. Pero su vanidad acabó con ella, aunque no del todo; al final consiguió su propósito, ser una de las ciudades más hermosas de Nueva Zelanda.


Paseamos un poco por la parte costera de la ciudad y nos fijamos en el Parque del Rey Jorge.
King George Park es su nombre oficial, pero todo el mundo lo conoce como Friendly Bay Playground.




Lo que ahora es una bulliciosa pero tranquila extensión de césped con columpios, una rueda de hamster gigante y unas curiosas tallas de animales propios del país que parecen salir de los troncos de los árboles, fue en su momento lugar de esparcimiento de toda la sociedad de Oamaru gracias a una iniciativa que vio la luz allá por los años 50 del pasado siglo.

Resulta ser que el Club de Yates de la entonces decadente ciudad, decidió recaudar fondos para los más desfavorecidos y se les ocurrió la idea de montar una feria ( Carnival en inglés) que congregara a todos los parroquianos de la población y sus alrededores, entre el día de Navidad y el de Año Nuevo.





Funcionó durante varias décadas, ofertando una gran variedad de atracciones como tío vivos, sillas voladoras, un mini tren, e incluso para los más adultos una pista de baile. Los fuegos artificiales que celebraban la llegada del Nuevo Año eran tan famosos que se hacían cientos de kilómetros para poder verlos. Pero la gente se cansó de ver las mismas caras y faltó voluntad para seguir adelante, así que de repente lo que era un lugar de obligada cita anual se convirtió en el parque que hoy vemos.



Su situación frente a la bahía lo convierten en un buen sitio para descansar un rato después de kilómetros al volante y dejarse arrastrar por los hipnotizantes colores del mar y tomar el pulso a una ciudad que a ratos parece dormida.


Frente a él el puerto de Oamaru.

 Como vimos anteriormente, la ciudad de Oamaru, tan grande como Los Ángeles en 1800 ( este dato me impactó), fue durante casi un siglo una próspera urbe que basaba su riqueza casi totalmente en su puerto, lugar de trasiego mercantil para todos los cargueros que partían hacia Gran Bretaña cargados de carne refrigerada, tan abundante en la isla y tan necesaria para alimentar la maquinaria del Imperio Británico.





En ese momento los territorios de la Reina Victoria se extendían por gran parte de la tierra conocida, de la que quedaba poca, ya que fue una época en la que las expediciones científico contaban con la absoluta protección y subvención de la soberana.
Pero el poder de Londres y su territorio fue decayendo poco a poco y sus colonias independizándose, por lo que ya no era necesaria esa ingente cantidad de alimento para alimentar a un Imperio en decadencia. Atrás quedó la riqueza de Oamaru y sus preciosas casas victorianas levantadas con el dinero del comercio marítimo. El puerto quedó obsoleto e inservible, así que tuvieron que diversificar.







Hoy, el tranquilo muelle de la ciudad se ha reinventado y ha dado la bienvenida a todos los visitantes que quieren embarcarse en la aventura de la naturaleza. Barcos pequeños y manejables, recorren las costas en busca de delfines, ballenas y focas en una jornada que puede durar hasta un día entero. Pero la fama no le viene de esas excursiones esporádicas, sino de algo que ocurre todos los días del año a la misma hora.
Al atardecer y justo antes de que la noche cubra la costa, los pingüinos de ojos azules llegan en tropel tras pasar el día pescando en alta mar. Salen del agua y se dirigen a sus nidos, e incluso alguno se atreve a pasear por las calles de la ciudad, por lo que hay señales que advierten de su eventual presencia. Estos simpáticos habitantes de Oamaru comparten hábitat con los de ojos amarillos, más grandes, raros y tímidos hasta el punto de abandonar a sus polluelos si oyen una voz humana.




Desgraciadamente la hora de mi visita no correspondió a la de su vuelta a tierra firme, por lo que me limité a pasear por la bahía, disfrutando del fresco aire del mar y de su color verde esmeralda. Una delicia.



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