martes, 18 de octubre de 2016

Nueva Zelanda, naturaleza en estado puro (III)

Es agradable llegar a un lugar como Te Anau, después de llevar casi media Isla Sur recorrida y encontrarse con un lugar que perfectamente podría confundirse con los lagos de la lejana Suiza si no fuera porque estamos en el Hemisferio Sur.





Plácidamente recostada en las orillas del lago del mismo nombre, Te Anau es un pequeño pueblo de descanso, donde no hay edificios, industria ni moles arquitectónicas. Más que eso, el edificio más alto es un hotel con aspecto de chalet de montaña que no supera los tres pisos y que sirve de refugio vacacional para aquellos que se acercan al lago en cualquier época del año.
Debemos saber que la pequeña ciudad sirve de base para las rutas d senderismo del Fiorland National Park y como ciudad dormitorio para los que quieren visitar el precioso Milford Sound, que más adelante veremos.
Medido y remedido, el lago se considera el segundo mayor del país y se extiende hasta tocar las montañas que lo rodean. Por sus aguas circulan mercancías y visitantes, animados por experiencias como la cueva de las luciérnagas ( que en realidad son gusanos), los vuelos en hidroavión o la plácida navegación en patines o barcas de motor.




Durante la temporada baja ( nuestra primavera verano que es su otoño invierno) la ciudad permanece casi desierta, habitada casi en exclusiva por los backpackers, mochileros que aprovechan los bajos precios que marcan esas fechas, pero a partir de noviembre, llega un enjambre de turistas que quieren aprovechar la bonanza del clima para caminar, nadar, hacer excursiones o simplemente quedarse en la ribera del lago tomando sol.

Hay que pasear por la cinta de cemento que bordea la masa de agua, sobre todo al atardecer, cuando el sol hace brillar con más intensidad los encantos de Te Anau.


Southland es la tierra de este típico plato de origen inglés que tiene numerosos detractores pero también admiradores (entre los que me incluyo) que lo consideran manjar de reyes. Así que una de nuestras metas era probar la manera en que se hace por estas tierras y compararlo con el de la madre patria de tan internacional platillo.
Después de preguntar por el pueblo, nos recomendaron el Mainly Seafood, un lugar que en principio debía estar muy concurrido y sin embargo estaba vacío. No sabemos si era por la temporada baja, la hora ( eran las 7 y los neozelandeses siguen la costumbre británica de cenar a las 6) o por la calidad del producto.



Decidimos probar y entramos al establecimiento. Nada que ver con lo que esperábamos, algo de rancio estilo inglés que oliera a fritangas y donde el fish fuera plato único. Al contrario olía a salsas orientales y el local estaba decorado en un estilo que podríamos considerar como "americano".
Pedimos a la guapa camarera de ojos rasgados la especialidad de la casa y uno de nosotros, que no come pescado rebozado, prefirió una hamburguesa de merluza.
Aquí las opiniones fueron encontradas. Por un lado la mía, que notaba el pescado soso y sin sabor, salvándose las papas que podían bañarse con salsa tarta antes de poder comerse y por otra la de mis acompañantes, que no se si por hambre o por decoro, opinaron que sin ser una delicatessen , sus platos iban a quedar tan limpios que podrían pasar revista.


Pero es que tampoco la carta daba muchas más opciones, a menos que te quisieras meter de lleno en un mundo de salsas agridulces, rollitos de primavera, cerdo agridulce o pollo al limón.
Así que la visita pasó sin pena ni gloria por nuestros estómagos, y nos fuimos a comer con la barriga llena pero con la sensación de que no habíamos probado el auténtico fish and chips.
Y es que hay cosas que no se deben probar fuera de sus fronteras. Ya lo se para otra vez, descuida.


La filosofía de los Holiday Parks se extiende por toda Nueva Zelanda. En un país tan extenso y con tan buenas carreteras, la necesidad de un alojamiento que pueda cubrir a todo tipo de viajeros es absolutamente necesaria, y un gran negocio. Tomemos como ejemplo uno de los mejores en los que nos hospedamos.



El procedimiento es el siguiente: entramos con nuestra caravana por el parque como Pedro por su casa y nos dirigimos a recepción. Allí pedimos un "powered site" esto es, una plaza que tiene una toma de corriente y decimos cuantas personas somos. Como hemos tenido la precaución de adquirir la tarjeta Kiwi que nos ha costado 15 euros, tendremos ahora un 5% de descuento en la tarifa. La media para tres personas más caravana con derecho a uso de todas las instalaciones es unos 25 euros ( se amortizan), aparte se contrata el wifi por unos 2 euros las 24 horas. Después de aparcar recorremos el recinto.



Una gran cocina con varios puntos para cocinar, fregaderos, utensilios de cocina y calderos, y grandes neveras donde guardar nuestra comida si queremos.
Seguimos el recorrido por las zonas comunes: Un salón de televisión y comedor, unas duchas limpias y con mucha agua caliente, barbacoas, piscina y sobre todo espacios verdes con césped y flores de todo tipo.


También existen en todos los holiday parks espacios para montar tiendas de campaña y cabañas unifamiliares o incluso grandes, para grupos de amigos.
Por lo general estos recintos son idóneos para aquellos que viajan en autocaravana o coche, por lo económicos y la total libertad que permiten a sus usuarios y sobre todo porque hay en todas las poblaciones, ya sea de Kiwi o de otras empresas.
Una buena alternativa al turismo de hotel, un poco más encorsetado y menos dúctil a la hora de disfrutar de unas vacaciones "a la neozelandesa".


Lago Wakatipu

Este inmenso lago, que se alimenta de nada menos que cinco ríos, es la antesala de la ciudad de Queenstown, una vibrante y siempre cambiante ciudad que se enmarca en las aguas de este embalse natural que mide nada menos que 212 kilómetros.
La leyenda cuenta que un gigante secuestró a una bella joven; para salvarla, su amado novio quemó la cama donde dormía el gigante y su grasa, al derretirse, ardió y formó un cráter, que es la cuenca del lago Wakatipu.




Hoy, aún siendo lugar de recreo y transporte por barco, el agua que llena ese cráter se considera la segunda más pura del país, llegando a un nivel del 99,9 %. Es decir, es preferible beber agua del lago directamente que comprar una botella de agua en un supermercado. Increíble.
Pero si alto es su nivel de pureza, baja es su temperatura, por lo que incluso en verano, cuando el sol ha calentado la superficie cristalina, ésta no llega a rozar los 10º, debido al flujo constante de los ríos provenientes de montañas nevadas y glaciares.



El lago es tan grande, que en cuanto sopla un poco de viento se levantan olas y el efecto es el mismo que si estuviéramos en una playa. De hecho, los habitantes de Queenstown suelen ir a la playa de Marine Promendade a tostarse bajo el sol del verano, pero eso si, no se meten en el agua sin un buen neopreno..



El viejo cementerio de Queenstown se encuentra casi por casualidad, pero también por obligación, ya que es absolutamente inevitable aparcar justo enfrente de él si queremos acceder a una de las principales atracciones de la ciudad, el Skyline.
Situado en la parte más alta de la ciudad, después de cruzar el centro de ésta y dirigirnos colina arriba hasta la terminal del teleférico, tenemos una única opción de aparcamiento, y es en la explanada que se abre entre el cementerio y la salida de las góndolas que nos llevarán a lo alto de la colina.



Conociendo mi atracción por los camposantos, mis acompañantes me cedieron parte de sus tiempo para que me metiera por los senderillos y pisara el cuidado césped que rodea las tumbas e investigara un poco.
Remontándonos en la historia encontramos que el cementerio de Queenstown se fundó como cementerio minero, durante la fiebre del oro en los años 50 del siglo XIX justo en el sitio de la primera aldea minera de la región de Queenstown -Wanaka. Junto con los mineros llegaron los ganaderos de ovejas que convirtieron el pequeño poblado en una auténtica ciudad minera, con calles, edificios y varios miles de habitantes. La fiebre en la zona duró hasta entrado el siglo XX, cuando se agotaron los filones y la población decidió emigrar, quedando en la ciudad tan sólo unos 190 habitantes.


Y claro, muchos de esos habitantes pasaban al otro mundo. Algunos, por voluntad de sus allegados, volvía a sus tierras natales para ser enterrados allí, otros, más apegados al nuevo mundo, el que con tanto sudor habían regado, decidieron que querían ser sepultados aquí.
El resultado es una mezcla de estilos en las tumbas y sepulturas que nos hablan del tiempo que este cementerio lleva "habitado". La mezcolanza incluye las tumbas de dos hombres que sirvieron en las fuerzas de Nueva Zelandia durante la Primera Guerra Mundial, el artillero William McClelland y el soldado Alexander William Elliott, honrado por sus familiares y amigos en cada conmemoración de su muerte y tratados como héroes por sus conciudadanos.

Niños, ancianos, adultos, mucha tumba kitsch, pero también elegancia victoriana en los mausoleos y tumbas familiares, le dan a este pequeño cementerio que parece internarse en el bosque al que da la espalda una aura especial. Si encima lo visitamos con un soleado día como el que disfrutamos nosotros, el camposanto se transforma en un canto al paso de una vida a otra, a los recuerdos, a la vida después de la muerte, a la existencia.

Visitarlo y luego subir al teleférico es un poco sentir lo que sus almas cuando abandonan el cuerpo definitivamente y se dirigen a ese lugar del que nadie retorna.



Queenstown es una ciudad preciosa, vibrante, joven y colorista, eso nadie puede ponerlo en duda. Caminar por sus calles es llenarse de vida, de aire, de lago. Pero si realmente queremos llevarnos una imagen única del lugar debemos subir obligatoriamente al Skyline. ¿Por qué? Muy fácil. Desde arriba disfrutaremos de una vistas fantásticas y hacernos una idea de lo grande que es la ciudad y el marco que la rodea.



Para ello subimos por Brecon Street, aparcamos nuestro coche en ese espacio del que hablamos en el rincón anterior y que está entre el histórico cementerio de la ciudad y la terminal del teleférico.

Pagamos nuestra entrada que viene a costar unos 14 euros y que nos permite subir y bajar el el huevo que recorre los cables del recorrido ( para los más activos existe la posibilidad de bajar caminando). Esperamos religiosamente nuestro turno y subimos a la cápsula que lentamente va escalando la colina y preparándonos para lo que vamos a ver al llegar arriba.




En la terraza que precede a la plataforma nos bajamos y exploramos el lugar. Un negocio montado con esto de las vistas que debe aportar mucho dinero extra a la empresa y a la ciudad: un café, un restaurante de lujo con unas cristaleras que permiten ver las vistas mientras se disfruta de la cocina de autor, una tienda de recuerdos muy completa y lo más importante, el mirador.
Éste rodea toda la plataforma y está acompañado de varios paneles informativos que cuentan la historia del teleférico, fotografías de situación y una vista general de lo que tenemos frente a nosotros.


De derecha a izquierda el lago Wakatipu, la Sunshine Bay, los Remarkables con el pico Double Cone y sobre todo la inmensidad del paisaje donde la ciudad es el único centro.
Si nos gustan las emociones fuertes, podemos aprovechar el lugar para acercarnos al Ledge Bungy y dar un salto de 47 metros en caída vertical sobre los árboles, o probar el Skyline Luge, una especie de trineo con el que se desciende una pista de unos 800 metros entre curvas inclinadas y un túnel.


Aunque no hagamos ninguna de estas dos actividades subir hasta la terraza vale la pena, como decía en un principio, y aunque Nueva Zelanda está llena de este tipo de atracciones, la de Queenstown se lleva la palma no por el recorrido entre árboles, sino por las maravillosas vistas que se disfrutan desde arriba.



Como hemos visto, los primeros pakehas (pobladores) llegaron a la zona del Lago Wanaka allá por los años 50 del siglo XIX, por lo tanto no se trata de una ciudad con historia, bueno, realmente ninguna ciudad de Nueva Zelanda la tiene. Pero lo que la distingue de las demás, es que siendo una población no muy grande, casi una ciudad, posee una energía vibrante, que puede respirarse en cada esquina de cada calle. No en balde se ha autoproclamado la capital de la aventura total , debido a la inagotable oferta de deportes y experiencias de este tipo que ofrece a los visitantes. Desde el original salto "Bangy" a los grandes senderos por la naturaleza, paseos en kayak, esquí acuático, vuelos en avioneta y helicóptero... De todo y para todos, así es Queenstown.











Pero también la ciudad sabe regalarse en pasajes más tranquilos, que incluyen un centro pequeño pero denso, con multitud de tiendas y restaurantes, un parque junto al lago donde las aves juegan con los visitantes y se dejan fotografiar como starlettes de una revista, un pequeño muelle desde donde tomar un vapor añejo pero restaurado que hará que volvamos atrás en el tiempo mientras navegamos el lago y sobre todo una pequeña muestra de arquitectura victoriana que pareciera acabada de construir.





Es una delicia recorrer las calles de Queenstown dejándose llevar por el tiempo, entrando y saliendo de tiendas, acercándose a descubrir la estatua de William Gilbert Rees, fundador de la ciudad, ir a comer una hamburguesa a Fergburger o lanzándose a cualquiera de las miles de actividades que la "Ciudad de la Reina" tiene para ofrecernos.

Fergburguer, el templo de la mejor hamburguesa del mundo.
 Y no es ni broma ni exageración. Y la exquisitez del emparedado redondo, jugoso y lleno de sabores radica en la experiencia, si, ya que llevan nada menos que desde 2001 sirviendo hamburguesas, pero también en las materias primas, frescas y de calidad superior.


 Pero entremos al local, o localito, ya que apenas es una barra y tres mesas en un lado, aunque si tiene unos bancos montados en plena acera donde podemos sentarnos a disfrutar de la comida. La decoración nos habla de la misma historia de la empresa, desde su fundación hasta fotografías de celebridades nacionales e internacionales que no han podido resistirse al aroma y sabor de las maravillosas hamburguesas de Ferg.
El menú, evidentemente se basa en estas grandes obras de arte que pretenden satisfacer todos los gustos. Así encontramos la original Fergburger, sencilla pero sabrosa, la Tropical con piña, la Mr Big Stuff con un filete enorme de media libra, otra de cordero, una de delicado ciervo, la inevitable de crujiente pollo, la oriental Bombay Chicken para los miles de visitantes de India, e incluso de tofu o fallafel para vegetarianos.


Yo me decidí ( bendita elección) por la insuperable Southern Swine, hecha con un exquisito y jugoso filete de ternera, crujiente bacon, lechuga, tomate, cebolla roja, aguacate, alioli y crema ( no salsa) de tomate. Me daba pena acabarla...Me la comí a mordisquitos, como si fuera una golosina. Permanecerá para siempre en mi memoria sensorial como la hamburguesa más que perfecta, perfectísima. Supera incluso las diminutas Shake Shak de la Octava Avenida o la gigantesca Jackson´s Hole de la Tercera, hasta ahora imbatibles.
Para acompañar unos deliciosos aros de cebolla y unas papas fritas sabrosas y crujientes. Todos estos manjares había que llevarlos al estómago, así que optamos por tomarnos una cerveza de gengibre cuyo sabor agridulce contrastaba a la perfección con los de la potente hamburguesa.


Aparte del lujo gastronómico, el ambiente que se respira en el local es joven y relajado, con animada música al volumen perfecto para charlar, y una buena ventilación, con lo que no estaremos comiendo la misma hamburguesa todo el día ( que tampoco estaría mal).

En resumen, una experiencia obligada para todos los amantes de una exquisitez que no es aquí comida rápida, sino manjar de reyes. Ahora mismo daría media vida por tener en mis manos otra vez esa deliciosa Southern Swine...


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