miércoles, 16 de noviembre de 2016

Nueva Zelanda en estado puro (VII)

Hermosa y tranquila
Dicen los neozelandeses que Nelson es una de las cinco ciudades mas habitables del país, debido en gran parte al clima templado del que disfruta y a la manera en que sus habitantes han sabido hacer de ella un lugar agradable y sobre todo hermoso.


¿Que cómo lo han hecho? Muy fácil. Primero dedicándose en cuerpo y alma a mantener sus edificios, casas y jardines en un estado impecable, y segundo llenando la ciudad de galerías de arte y artesanía, con un inagotable catálogo de muestras de cerámica, prendas de punto y joyerías (recordemos que en una esquina de los jardines de la catedral está el orfebre artífice del famoso Anillo Único de El Señor de los Anillos y donde podemos comprar sus réplicas desde 500€ para arriba).


La ciudad se extiende a lo ancho de la costa que toca el mar de Tasmania, vertebrada por el río Maitai y sobre todo por la elegante Trafalgar Street, plagada de tiendas, bancos, galerías y varios edificios art decó como el cine State, que se mantiene como tal y donde acude toda la población de la región de Nelson a pasar unas horas de entretenimiento. La misma calle lleva hasta Shortbread Cottage, la zona del puerto donde descansan los barcos sobre la arena en las horas de la marea baja.



Preciosas casitas de estilo gingerbread ( con aleros de madera calada como casas de muñecas) rodeadas de cuidados jardines, calles limpias y un ambiente muy tranquilo y agradable, hacen de Nelson un lugar estupendo para descansar después de haber recorrido en su totalidad la Isla Sur.
Catedral de Nelson, una catedral art decó
Tras el asentamiento de los pakehas, aquellos colonos que durante el siglo XIX viajaron a las islas para establecerse por orden de la Reina Victoria, se encargaron entre otras cosas de levantar iglesias y extender la doctrina cristiana entre los pobladores polinesios. Al principio sólo eran unos pocos, pero los maories, rápida y fácilmente abrazaron la nueva religión que había venido del otro lado del mundo. Así que la pequeña iglesia era insuficiente, por lo que el párroco viajó a Inglaterra acompañado de las más poderosas familias de Nelson para pedir a la reina un obispado que les otorgara independencia. A cambio la ciudad crecería hasta llegar a las 5.000 almas.






Conseguido el permiso de Victoria, retornaron a Nelson y levantaron una gran iglesia en la colina, que hacía las veces de catedral, aunque no lo era, y era objetivo frecuente de terremotos y termitas al ser construida en madera.
Finalmente decidieron derrumbarla y construir una definitiva en piedra. Se comenzó a construir en 1925 y tardó 40 años en completarse, debido a terremotos, a la Segunda Guerra Mundial y sobre todo la la indecisión en los materiales a usar, debido a los frecuentes terremotos. Finalmente se decidió levantarla en mármol, con estructura de acero y hormigón.






Un espacio enorme que puede albergar a 650 feligreses, una torre de 35 metros de altura y rebosante de campanas, vidrieras que mezclan escenas de la vida maorí, la flora y fauna de Nelson, los hechos históricos y religiosos de la ciudad, se mezclan con otras puramente doctrinales, como las de los apóstoles, un gran rosetón que nos muestra escenas del Viejo y Nuevo Testamento, un órgano que cumplió hace poco 60 años, y referencias por todas partes a aquellos soldados de Nelson que dieron sus vidas por defender la paz de la Commonwealth.







Sin duda lo que más llama la atención del edificio es su exterior, con el icónico campanario de cemento construido en estilo art-decó tardío, combinado con el neogótico del resto del templo que es al menos desafiante. En mi opinión personal, aunque me guste la mezcla de los estilos, la catedral parece incompleta y nuestros ojos no parecen acabar de encontrar ninguna simetría entre las partes.
De cualquier manera no niego que es hermosa y que su torre tiene algo que la hace diferente a todas las que había visto anteriormente.



La colina donde se asienta domina la ciudad con el bastón de mando de la torre de la Catedral de Nelson.
La danza de la música del tiempo o todo depende de según como se mire
Es lo que tienen estas esculturas multidimensioniales, que esconden varias figuras, varias formas, varios significados. La de Terry Stringer, premio Orden del Mérito 2003 por su aportación a las artes, nos muestra nada menos que cuatro.
Primera, la que vemos desde lejos es una gigantesca gaviota que parece vigilar la entrada por mar a la hermosa ciudad de Nelson, esa sería la forma global, la de la totalidad de la escultura.

Al acercarnos, rodeemos la forma y fijémonos un poco más. Por un lado apreciaremos a un hombre que estira sus músculos después de un duro día de vendimia ( en referencia a la industria vinícola de la zona), por otro una mujer se dobla ante el peso de una canasta llena de pescado ( aquí centra el motivo en la industria pesquera) y por último una tercera figura que coge fruta de los árboles hablándonos de los extensos campos frutales de Nelson.

El lugar donde se levanta la escultura siempre ha sido sagrado para los maoríes, ya que los dioses del mar les proporcionaban abundante comida y los de la tierra fruta y verduras para seguir su dieta rica y variada. Hoy los mismos dioses han dotado a Nelson de una especial sensibilidad para la belleza, que se puede apreciar en las decenas de esculturas que adornan la ciudad, en sus casas y en sus jardines.

Es una pena que tan poca gente se acerque a la bahía para disfrutar de las mareas bajas y de esta encantadora escultura de la Danza de la Música del Tiempo, erigida en 2012 y que en poco tiempo se ha convertido en uno de los símbolos de Nelson.

Y nos vamos a la Isla Norte

De todos es sabido que Nueva Zelanda es una tierra de paisajes espectaculares, llenos de color y vida, que detrás de cada curva o cada montaña puede aparecer algo que llame nuestra atención. Pero pocos tienen en cuenta el trayecto que va desde la isla sur a la norte o viceversa y que en sí mismo es una de las mejores atracciones que nos puede ofrecer el país. No en vano muchas revistas y páginas web dedicadas la viaje lo han catalogado como una de las más espectaculares travesías en barco del mundo.



Y no es de extrañar, ya que cruzar el estrecho de Cook a bordo de uno de los ferries de la compañía Interislander es toda una pequeña aventura.




Son sólo 92 los kilómetros que separan las dos islas en distancia, tres horas en tiempo, y les puedo decir que pasan volando. El viaje es sencillo, ya que tan sólo hay que comprar los billetes en Picton, subir con la caravana a bordo y disfrutar desde el minuto uno de la experiencia. Para quien tenga miedo al mar o maree con facilidad, el barco ofrece varias salas independientes, con butacas, sillones enormes y cómodos, servicio de restauración, tienda de recuerdos, cafetería, salón de televisión, comedor e incluso wifi ( de pago). Para los más avezados marineros como yo, la jornada de viaje se va en un suspiro si la pasamos en cubierta, de un lado al otro del barco viendo como desfilan los paisajes ante nuestros ojos; islas, islotes, lenguas de tierra que entran al mar, granjas y piscifactorías, cascadas y sobre todo un mar de un azul profundo invaden el objetivo de nuestra cámara.



Hasta 11 veces al día, los barcos de esta compañía recorren la distancia que separa las dos islas y a nosotros nos tocó navegar en el Aratere, que recientemente fue remodelado para alargarlo y con ello aumentar su capacidad. Aratere en maorí significa "rápido" y realmente hace honor a su nombre, ya que sin apenas darnos cuenta estábamos en la isla norte, y con ello en el ecuador de nuestro viaje....
El museo que lo tiene todo
No se puede visitar Wellington, capital de Nueva Zelanda, y dejar atrás el museo Te Papa. Y por muchas razones, como la que lo nombra oficialmente Museo Nacional, sus exposiciones interactivas, el hecho de ser altamente interactivo y sorprendente y sobre todo por hacer honor a su nombre maorí, "El cofre del tesoro".




Joyas esconde muchísimas, como una enorme colección de objetos maoríes, exposiciones sobre la historia natural y medioambiental del país, salas enteras dedicadas a la historia nacional y el origen polinesio de sus habitantes, y miles de pequeños detalles que captarán nuestra atención haciendo que los minutos dentro del museo nos parezcan segundos.


Lo mejor es elegir bien lo que queremos ver, y no intentar abarcarlo todo. Si nos gusta la historia natural debemos ir a la primera planta, la historia de Nueva Zelanda como súbdita de Gran Bretaña nos llevará a otro piso y la cultura maorí tiene su espacio bien delimitado.
Los neozelandeses son muy amantes de los museos, por lo que no debemos ponernos nerviosos si vemos que el espacio está literalmente lleno de "kiwis", ya que son un pueblo con unas inquietudes culturales realmente extraordinarias y siempre ávidos de aprender de todo lo que le rodea.

Por supuesto que la entrada es gratuita, y sólo las exposiciones temporales llevan un cargo extra. El museo dispone de aparcamiento propio y está localizado junto al mar. Por eso lo tiene absolutamente todo.
En lo más alto de la capital
Creo que tuvimos una suerte bárbara al poder admirar la ciudad de Wellington por mar y casi por aire, desde el ferry y desde uno de sus miradores más famosos y visitados, el de el monte Victoria. También es el de más fácil acceso, ya que la empinada carretera nos deja justo en el amplio aparcamiento, casi siempre lleno, que precede a las varias plataformas de observación que nos permiten tener una idea global, casi en 360º de la compacta ciudad.


Aunque la altura no es impresionante (sólo 192 metros) si lo son las vistas, con hermosos paisajes que combinan las zonas boscosas con la maraña de calles (de sentido único), un impresionante puerto que parece ocupar la mayor parte de la superficie de la ciudad y una zona escarpada, llena de acantilados y playas que domina casi toda su costa sur.


Debemos movernos por el amplio espacio y acceder a los 5 miradores que nos hacen recorrer el antiguo volcán extinto para conseguir esa vista total de la región. Cuando hayamos acabado, dediquemos tiempo a estudiar dos monumentos que presiden el punto más alto del monte. Por un lado y con forma de pirámide, encontramos el memorial a Richard Byrd, el aviador estadounidense que organizó numerosas expediciones antárticas desde su base en Nueva Zelanda y que en 1929 realizó el primer vuelo sobre el Polo Sur.


Por otro, un tótem maorí que nos recuerda a Whataitai, uno de los monstruos marinos que según la leyenda excavaron la bahía a fuerza de coletazos.
Tradición y heroicidad acaban de completar la visita obligada a este delicioso mirador donde tenemos que tener mucho cuidado con sombreros, gorros y demás objetos susceptibles de vuelo libre, ya que las ráfagas de viento que lo azotan pueden despedirnos de ellos para siempre.
Whanganui, la ciudad recuperada
Desde mediados del siglo XIX, los colonos europeos ocuparon estas tierras, pero claro, no fueron ellos los primeros pobladores, ya que 700 años antes los maoríes se habían asentado en las riberas del río y fundado su propio poblado. Nuevamente llegaron guerras de posesión, entre los aborígenes y los pakehas usurpadores de tierras, y la ciudad sufrió varios altibajos que hicieron de ella un lugar en el que la gente no tenía mucho interés en vivir. Pero en el siglo XX, varios visionarios confiaron en la valía de esta población a orillas del río Whanganui, sobre todo en términos de lugar estratégico para el embarque de mercancías y decidieron construir un puerto y dotar a la ciudad de todas las infraestructuras necesarias para su desarrollo.






Así, hoy en día y tras varios planes de reforma y restauración de varios de sus edificios, podemos disfrutar de espectaculares estructuras art decó, recuperadas en sus colores y formas originales que contrastan con un par de pinceladas victorianas en fuentes y farolas que le dan a la ciudad un ambiente un poco cinematográfico. Pero lo que no debemos pasar por alto es subir al monte Durie, donde se encuentra la War Memorial Tower que desde 1925 se encarga de mantener viva la memoria de los más de 500 jóvenes de Whanganui que perdieron la vida en la Primera Guerra Mundial.



Tras subir los 176 peldaños por una ventosa escalera de caracol, la vista que nos aguarda es realmente impresionante, ya que no sólo podremos ver la ciudad desde una perspectiva única, sino que además tendremos el monte Taranaki y el Ruapehu casi al alcance de nuestros dedos.
El parque marino y la central eléctrica
Ya se sabe como los neozelandeses se han tomado en serio la protección de sus fauna y flora, sabedores de que es el imán más poderoso para el viajero que visita las islas, y una buena muestra de ello es la zona de Sugar Loaf Islands, al oeste de la ciudad de New Plymouth. Aún hoy sigue siendo un poco chocante encontrarse con la mole de la central eléctrica transformada en una fuente de energía limpia tras ser desmantelado su anterior maquinaria por ser altamente contaminante.

El resultado lo tenemos frente a nuestros ojos, un refugio de aves marinas y casi 400 lobos marinos a poco menos de un kilómetro de la costa, que viven, enamoran y anidan en estos islotes volcánicos fruto de la erosión del mar y el viento. Junto a ellos y siguiendo la cadena trófica, conviven ballenas, orcas, delfines, tiburones, rayas y decenas de especies de pequeños peces que los alimentan.




Claro, que de todo esto poco podemos ver desde tierra. De lo que sí podremos disfrutar es de una vista maravillosa desde el acantilado que adorna un cuidado parque ( aunque ventoso) que permite tener una idea global gracias a los carteles informativos de lo que se mueve bajo las aguas de este renacido parque que estuvo una vez en peligro.
Huka Falls, la sinfonía del agua
El agua que se abre paso por esta garganta estrecha y escarpada fluye desde el lago Taupo y tiene un nombre, río Waikato, con todos los honores el río más largo de Nueva Zelanda, que empieza su camino de 425 kilómetros desde aquí hasta llegar al mar que baña el sur de Auckland.



En este punto, el río está dominado por este estrechamiento de quince metros de ancho y diez de profundidad que él mismo excavó con su imparable fuerza de casi 43 metros cúbicos por segundo. La erosión no ha parado, por supuesto, y así seguirá a lo largo de millones de años o hasta que el hombre decida que ya es suficiente y quiera emplear esta fuerza en mover su civilización, algo improbable pero no imposible.


La "gran masa de espuma" de los maoríes está formada por un agua cristalina como pocas, tan pura que podría beberse directamente de la catarata y en los días soleados brilla como si fuera una torrente de diamantes que surgiera de las entrañas de la tierra.


Recomiendo cruzar el puente y dar un corto paseo río abajo para ver el punto exacto donde las aguas caen desde una altura de diez metros a una gigantesca poza, antes de seguir su largo camino hacia el mar.

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