viernes, 16 de junio de 2017

Irlanda, la fascinante isla esmeralda (VI)

Nun's Island, la isla de las monjas
Sólo cuando uno empieza a callejear por Galway se da cuenta verdaderamente de que la ciudad ( por lo menos su parte antigua) está formada por varios islotes que surgen del agua que discurre por los canales alimentados por el río Corrib. Así que no deja de ser una sorpresa cruzar un puente y encontrarse de repente en el centro de una isla con una historia de lo más curiosa.


Al parecer el nombre le viene de una orden de monjas clarisas que tenían sede en esta isla, en ese momento apartada del centro de la población y que junto a un monasterio de monjes franciscanos (también en una isla con su nombre) conformaban el estrato religioso de la hermosa ciudad de Galway.




Las dos órdenes religiosas fueron trasladadas desde sus conventos originales hasta la isla para protegerlas de la ira religiosa del Vizconde de Ranelagh que quería terminar para siempre con el poderío de la iglesia católica en Irlanda. Si andamos por la isla con los ojos bien abiertos, podremos encontrar las tumbas de dos clarisas que murieron durante esa época de persecuciones e incluso los restos de una pequeña ermita donde se reunían para rezar.



Una vez pasado el peligro las monjas restantes fueron trasladadas a otras poblaciones donde siguieron fundando conventos y creciendo en número, pero esta isla siempre permaneció en la historia de la Orden como el único refugio que encontraron en un época de grandes convulsiones de fe y principios.



A dos pasos encontramos la Catedral de Galway, inaugurada el 15 de agosto de 1965 y por ello, es la más joven de las grandes catedrales de piedra de Europa. Por fuera parece mucho más antigua, pero conforme nos acercamos a ella, las arrugas del tiempo desaparecen y comprobamos que su piedra parece recién tallada.
Galway es l
a ciudad de la tolerancia y el respeto, 
es en sí misma una atracción turística donde aún se puede saborear el regusto de la esencia irlandesa, aunque muchos se empeñen en tenerla en cuenta tan sólo como base para explorar sus alrededores, ya que se encuentra a poca distancia de otros imanes turísticos como la preciosa Connemara, los acantilados de Moher o las solitarias islas de Arán.



Pero Galway es más que eso.
Levantada en la desembocadura del río Corrib y dividida por él en dos partes, nos muestra en su orilla izquierda su centro histórico, mientras que la derecha guarda los edificios de la Universidad y el en su tiempo famoso barrio pesquero de Claddagh que a su vez toma el nombre del famoso anillo de compromiso ( que está por toda la ciudad y que se vende como churros) que representa dos manos que sujetan un corazón sobre el que hay una corona.


La universidad y los muy numerosos habitantes la dotan de un ambiente especial, agradable y abierto, tolerante y joven, alegre y vital. Aunque no posee playas famosas o grandes parques, ni románticos jardines a orillas de su río o elegantes balnearios la sensación de despreocupación está más presente en Galway que en cualquier otro lugar de Irlanda, lo que podemos percibir de inmediato en los numerosos locales y restaurantes del centro, visitando tiendas o monumentos y especialmente en la expresión de la gente.




Basta andar un poco por las principales calles de la ciudad para respirar ese ambiente irlandés que la hace diferente al resto de ciudades de la isla, que la viste de hermosura y sobre todo que te hace sentir cómodo.




Restaurantes para disfrutar de los frutos del mar o de la más genuina cocina irlandesa, pubs donde tomar unas pintas, comercios con las últimas tendencias en moda juvenil o mil joyerías que ofrecen el famoso anillo, nos salen al paso combinadas con restos de murallas y palacios, esculturas como la que recuerda al genial Oscar Wilde o grandes murales que visten los edificios y que hoy forman parte del acervo artístico de la ciudad. Galway es sin duda uno de los lugares más encantadores de Irlanda.

Religión y leyendas en Galway

Indisolublemente unidas por la historia y la leyenda, la iglesia de San Nicholas y la ventana de Lynch siguen marchando juntas con el paso de los siglos.

La primera destaca por su magnífica colegiata, por ser una de las más antiguas iglesias de la región que aún permanece en pie, ya que data de 1320 y sobre todo por la leyenda que cuenta que el mismísimo Cristobal Colón entró en ella a investigar viejos manuscritos, tal vez interesado por los viajes de San Brendan, el monje irlandés que navegó a América en el siglo VI. El edificio es más interesante por fuera que por dentro, ya que su interior ha sido totalmente renovado.


La segunda, la ventana de Lynch, enmarca a la primera desde el siglo XIV, época en que se levantó la casa para ser residencia de la acaudalada familia Lynch. El destino quiso que también fuera escenario de uno de los episodios más tristes de la historia de la ciudad, ya que su propietario, James Lynch FitzStephen, colgó a su propio hijo de esta ventana como castigo por haber matado a un estudiante español llamado Gómez por haber mirado a su novia Agnes. Bueno realmente nadie está seguro de que el castigo se haya llevado a cabo, ya que dada la importancia social de la familia Lynch al parecer nadie estuvo dispuesto a cumplir la sentencia.


Lo que si que trascendió en el tiempo es un verbo que aún hoy se usa en determinadas situaciones y que surgió de este escabroso acontecimiento, el verbo es "linchar".

Ya ven, sin querer hemos descubierto el origen de un verbo español...

Canal de Elington, el pequeño gran canal
Erlington es un canal corto, tan sólo recorre unos 1.300 metros pero su importancia reside, o más bien residió en que permitía la conexión entre el lago Corrib y la bahía de Galway.


Fue construido por los comisionados de Fomento entre 1848 y 1852 con la idea de esa unión y la de alimentar los numerosos molinos que en aquel entonces convertían el grano en fina harina con la que alimentar a la creciente población de la ciudad.


El canal era una obra de gran utilidad al drenar y regular las aguas sobrantes del lago, permitiendo la entrada del mar. También contribuyó a la instalación de grandes turbinas que contribuyeron al desarrollo de la incipiente Revolución Industrial, la edificación en su desembocadura de pequeños astilleros que construían barcos de vapor, la ordenación del alcantarillado (lo que favoreció las condiciones de salubridad de Galway) y lo que es más importante, una vía navegable que convirtió esos 1.300 metros en una nueva carretera acuática que facilitaba el transporte de hombres y mercancía.






Todo esto ocurría entre mediados del siglo XIX y mitad del XX. Hoy en día, el camino que discurre a lo largo del canal y sus numeroso puentes y esclusas, permiten hacernos una idea de lo que en su tiempo significó para los habitantes de la ciudad, ya que hoy no pasa de ser una curiosidad histórica que espera su rehabilitación en aras del turismo, aunque eso si, sigue permitiendo que el lago no se desborde durante las intensas lluvias que caen por este lado de la Isla Esmeralda.

Castillo de Athenry, la torre intacta
Athenry no es más que un cruce de caminos. Así ha sido siempre y creo que así será hasta el fin de los tiempos. Pero afortunadamente para los amantes de la historia tiene dos joyas que es preciso conocer.


La primera es su castillo, aunque a estas alturas del viaje seamos ya casi expertos en castillos irlandeses, y la otra es su priorato que veremos en nuestro siguiente relato. Pero centrémonos en el castillo, de cuya construcción original apenas queda poco más que su gigantesca y maciza torre, casi sin ventanas, sin chimenea y de aspecto austero e imponente. Parece que tiene poco que ver, pero una vez traspasamos la entrada al recinto y lo rodeamos admirando cada una de sus caras, se despierta en nosotros un interés que nos invita a entrar, a conocer la razones que hicieron que hoy en día una de las mejor conservadas torres de Irlanda aún se erija indolente al paso del tiempo como su hubiera sido levanta ayer.





Como dije al principio, la población era un cruce de caminos de relativa importancia, lo que hizo que un noble irlandés decidiera levantar una fortaleza para controlar el paso de mercancía y defender su territorio de otros señores feudales. Lo que hoy vemos es tan sólo una parte de lo que fue, y además es fruto de una reconstrucción que lo hizo resurgir de un letargo de escombros en el que estuvo sumido durante 400 años, desde que los O'Donnell los redujeron prácticamente a cenizas.





Se supone que ahora nos muestra el aspecto que tenía antes de su destrucción, empezando por la planta baja, donde se acuartelaba la guarnición que lo protegía, el gran salón donde vivían, comían y hacían vida los señores del castillo y un último piso cubierto por un tejado a dos aguas de madera que nos regala una buena vista de los alrededores.

Priorato dominico de Athenry, la abadía de las tumbas
Frente al castillo de Athenry encontramos este impresionante edificio religioso que desde lejos nos atrae como en su momento lo hizo con los escritores románticos que con él se toparon accidental o intencionadamente. Una de las razones, aparte de la belleza de las ruinas, es el hecho de que está dentro de lo que un día fue el recinto amurallado de la ciudad, separado de ella tan sólo por el río que la divide en dos.


Completamente cercada por las casas que se fueron levantando a lo largo de los años, afortunadamente conserva gran parte de los terrenos que un día poseyó y que hoy la hacen tan atractiva. Y es esa tierra la que da cobijo a las tumbas que hoy en día adornan todo el conjunto del priorato, lápidas que van desde el siglo XIII a la edad moderna.





Bien sabían los frailes dominicos a los que se regaló el paquete completo que iban a sentar sus reales en tierras ricas pertenecientes a hombres y familias piadosas y poderosas, por lo que no dudaron en ofrecer sagrada sepultura a sus acaudalados beneficiarios en la sagrada tierra del monasterio.




Siglos de paz arrullaron la vida del santo lugar hasta que los soldados de Cromwell decidieron que debía ser destruido y sus habitantes desterrados. La iglesia quedó arrasada, pero siguieron celebrándose misas en su nave y enterramientos en su terreno. El interior de la iglesia, del que se puede visitar parte, incluye tres majestuosas tumbas que lograron sobrevivir al ataque , una de ellas con una urna hecha de una piedra realmente dura y que llamó la atención de los soldados de Cromwell, ya que corría por la zona una leyenda que decía que contenía un tesoro...Afortunadamente la guarnición fue desplazada antes de que los soldados se ensañaran con las tumbas y las destruyeran.


Fuera, los cuerpos de aquellos que fueron enterrados durante siglos esperando la resurrección, parecen no saber que gracias a la abadía sus nombres permanecerán vivos para siempre...


La ciudad de las siete cruces
Hay poca gente que se acerque a Kilfenora tan sólo para ver las preciosas cruces que guarda, pero yo puedo asegurar que vale la pena desviarse de nuestro camino al siguiente destino, en nuestro caso Killarney, para disfrutar en absoluta soledad de esta muestra inocente pero imponente del arte religioso irlandés.
No fue fácil, eso sí que lo reconozco, encontrar las cruces, ya que esperábamos que estuvieran situadas en un descampado, como otras que habíamos visitado durante nuestro periplo.




Muy al contrario, se hallaban bien protegidas por un techo de cristal que las aislaba de las inclemencias del tiempo que tantos estragos había causado en sus estructuras y relieves, y rodeadas por los añejos muros de la antigua catedral que levantó (según cuenta la leyenda, el obispo San Fachtnan).

Viendo las fotos que acompañan a las moles de piedra en este museo que combina la historia con la modernidad en su estructura, nos damos cuenta del intenso trabajo de restauración que llevaron a cabo aquellos arqueólogos de mediados del siglo pasado que decidieron recuperar estos monolitos pétreos para conocer un poco más de la historia irlandesa.


Ahora, en ejemplos como el de la cruz Doorty, somos capaces de distinguir claramente los pasajes de la Biblia con los que los religiosos y escultores de la época pretendían y conseguían adoctrinar a los campesinos que a falta de saber leer veían en los relieves todo aquello que los sacerdotes, en sus arengas y homilías les contaban sobre ese cristianismo que poco a poco iba penetrando en la historia de Irlanda.



Tengo que reconocer que fue una delicia disfrutar de la iluminación natural sobre las cruces que el techo de cristal proporcionaba y el contraste de la ancianidad de las cruces con el toque moderno que el centro Burren aporta al conjunto de este pequeño museo, que repito, bien vale la pena un pequeño desvío.
Castillo del Rey Juan, el castillo del río
Ciudad mil veces nombrada por su espíritu independentista y las batallas que tuvieron lugar en ella o en sus alrededores, Limerick lleva en la sangre el germen de la rebeldía. Cuando no luchaba contra Inglaterra lo hacían sus obreros contra las patronales abusivas o contra las crisis económicas que llevaron a miles de irlandeses a emigrar a América.


Lo que era una ciudad triste y marcada por las múltiples vicisitudes históricas, muestra hoy una cara más vital, , vivaz y deseosa de mostrar las bellezas que posee.

Y una de ellas se encuentra en el extremo oeste de la ciudad, justo donde desemboca el caudaloso y también rebelde río Shannon en su enorme estuario. Allí, encontramos dos hitos de la construcción irlandesa.




Por un lado el imponente castillo de King John, el famoso Juan sin Tierra,- si, el mismo de Robin Hood-, que después de ser levantado pasó de mano en mano y de familia en familia hasta ser cuartel militar. Hoy es un museo que cuenta los terribles asedios que sufrió por parte de Orange y Cromwell mediante audiovisuales, paneles, maquetas, reconstrucciones de bancos y carros antiguos, fabricación de monedas, etc. Entretenido, pero sólo si dominas el inglés.
Por otro lado el puente de Thomond, erigido alrededor de 1185 como paso desde el castillo de Limerick al otro lado del río Shannon.





Fue reconstruido varias veces a lo largo de la historia, y es el más antiguo de la ciudad, aparte de haber sido durante siglos el único puente que cruzaba el Shannon. Al final del puente encontramos la llamada Piedra del Tratado, que recuerda el documento que sellaba la paz tras el Asedio de Limerick.



Recomiendo pasear por la orilla izquierda del río para poder ver el castillo y el puente en todo su esplendor.

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