sábado, 24 de enero de 2026

Japón. Viaje a la Tierra del Sol Naciente. Kioto (VI) Kinkaku-ji, el Pabellón Dorado, Sanjusangendo y Gion

El Kinkaku-ji, o Pabellón Dorado, no se visita. Se revela. Aparece de pronto, al final del recorrido, y todo lo que venía antes queda en suspenso, como si alguien hubiera girado el mundo un par de grados para que la luz cayera justo ahí. Estamos en el norte de Kioto. El entorno es tranquilo, casi discreto, y esa contención hace que el impacto sea mayor cuando el pabellón se abre frente al estanque.

El edificio fue originalmente la villa de descanso del shōgun Ashikaga Yoshimitsu, construida a finales del siglo XIV, en pleno período Muromachi. No nació como templo, sino como refugio estético, político y espiritual. Tras la muerte de Yoshimitsu, la villa se transformó en templo zen de la escuela Rinzai, según su voluntad.

En 1950, un monje perturbado incendió el pabellón, reduciéndolo a cenizas. El hecho conmocionó Japón y dio lugar a una de las novelas más conocidas de Yukio MishimaEl Kinkaku-ji actual es una reconstrucción de 1955, fiel al original, pero con una capa de oro más resistente. El fénix también fue reemplazado.

Paradójicamente, este incendio reforzó el simbolismo del lugar: destrucción y renacimiento, la no permanencia, la belleza efímera. Nada podría haber sido más zen.

Kinkaku-ji no es solo un monumento: es una declaración de poder refinado. Yoshimitsu gobernaba con mano firme, pero quiso que su legado fuese belleza y equilibrio, no ruido. El pabellón se alza junto al estanque Kyōko-chi, el “estanque del espejo”. Su reflejo no es un añadido: es parte esencial del conjunto. El edificio está pensado para verse duplicado, incompleto sin su imagen en el agua.

Cada planta representa un estilo arquitectónico distinto, como si el edificio resumiera Japón en vertical.

El primer piso está construido en estilo palaciego Heian, con madera natural sin dorar. Abierto, ligero, casi doméstico. Representa el mundo humano, lo terrenal, la vida cortesana.

El segundo piso es donde aparece el dorado. El estilo es samurái, más cerrado, más contenido. Este nivel está completamente recubierto de pan de oro, por dentro y por fuera. Simboliza la transición, el mundo de la disciplina y el poder espiritual.

Y el tercer piso es el más pequeño, el más concentrado. Estilo zen chino, con líneas simples y una intensidad silenciosa, y también recubierto de oro. En su interior se guarda una imagen de Buda. Es el mundo espiritual, elevado, casi abstracto. En lo alto, un fénix dorado corona el tejado. No es decoración sino  símbolo de renacimiento, de armonía universal, de algo que se eleva tras el fuego. El dorado no es ostentación gratuita. En el budismo zen, el oro no habla de riqueza, sino de pureza y trascendencia. Refleja la luz, disuelve los contornos, impide una mirada fija. El pabellón cambia con el sol, con las nubes, con la estación. Nunca es exactamente el mismo.

El recorrido alrededor del estanque es circular, no hay atajos. El visitante rodea el pabellón lentamente, viéndolo desde ángulos distintos. Cada curva ofrece una composición nueva: ramas que lo ocultan, reflejos que lo fragmentan, islas de piedra que lo enmarcan. El jardín es de tipo kaiyū-shiki, diseñado para ser recorrido, no contemplado desde un único punto. Las piedras emergen del agua como montañas simbólicas. Los pinos, cuidadosamente moldeados, sugieren antigüedad, permanencia.

Este grupo de piedras dispuestas en círculo con una pequeña estupa de piedra en el centro, llamado Anmintakues un lugar de ofrendas populares. No forma parte del recorrido solemne del templo, sino de su dimensión más humana, casi íntima. Las monedas esparcidas por el suelo no son descuido ni vandalismo, son deseos lanzados para conseguir salud, seguridad, tranquilidad o  estabilidad familiar.

Históricamente, estos espacios servían para que la gente común pudiera depositar preocupaciones en un lugar concreto, sin necesidad de intermediarios ni rituales complejos. Era una forma de decir: “que esto quede aquí”. En el centro, el gorintō o estupa de cinco elementos introduce una idea fundamental del budismo japonés: todo deseo humano debe convivir con la  no permanencia.


Dentro del recinto del Kinkaku-ji, entre árboles y senderos secundarios, aparece una chashitsu, una cabaña destinada a la ceremonia del té. Es pequeña, austera, de materiales humildes: madera, barro y paja. Nada brilla y nada reclama atención.

Wabi frente a esplendor El Kinkaku-ji representa el ideal aristocrático: belleza visible, poder refinado y luz reflejada. La cabaña del té representa el wabi-chala belleza de lo simple, lo imperfecto, lo contenido. Ambos conceptos nacen en el mismo país, pero dialogan desde extremos opuestos. Caminar del pabellón dorado a la cabaña del té es pasar de la admiración al recogimiento.

La chashitsu sigue las reglas tradicionales: una entrada baja, obligando a inclinarse para entrar en un espacio reducido, pensado para pocos invitados, ventanas pequeñas, luz medida y materiales naturales sin tratar en exceso

El camino que conduce a ella, el roji o “sendero del rocío”, no es un simple acceso. Es una transición mental. Cada paso prepara al visitante para dejar fuera el mundo exterior.


Tras el oro, el jardín, el estanque, la cabaña del té y la calma medida, aparece un pequeño templo de madera, el Fudō-dō, discreto pero cargado de tensión simbólica. Fudō Myōō significa “El Inamovible”.

Colocar este templo al final del recorrido no es casualidad. En este salón se realizan ceremonias "goma", rituales de fuego en los que se queman tablillas de madera con deseos, miedos o plegarias escritas.


Sanjūsangen-dō: el salón que no se acaba. Su nombre completo es Rengeō-in, pero todo el mundo lo llama Sanjūsangen-dō, “el salón de las treinta y tres intercolumnas”. Y el nombre no es poesía: es arquitectura pura. El edificio mide más de 120 metros de largo, todo en madera, una línea casi interminable en el este de Kioto. 



Construido originalmente en 1164, en época Heian, y reconstruido en el siglo XIII tras un incendio, es el edificio de madera más largo de Japón. Pero su verdadera longitud es interior. En el centro se alza la Senju Kannon, la Kannon de las mil brazos, tallada en ciprés japonés, sentada, serena, casi distante. Sus múltiples manos no son exceso: son vigilancia total.


A cada lado, alineadas en filas perfectas, se extienden 1.000 estatuas de Kannon, todas aparentemente iguales… y ninguna idéntica.


Cada rostro tiene una leve variación: una mirada más baja, una sonrisa apenas insinuada o un gesto que parece reconocerte. La tradición dice que entre ellas está tu propia Kannon, la que refleja exactamente tu estado interior. Cada Kannon fue tallada en madera de ciprés japonés (hinoki), utilizando la técnica yosegi-zukuri, ensamblando piezas huecas para evitar grietas y dar ligereza. El número mil no es literal, sino simbólico. Representa lo incontable, lo ilimitado.


El jardín se extiende principalmente a lo largo del edificio, acompañando la inmensa fachada de madera. No se presenta como un espacio central, sino como un marco silencioso.

Sus elementos principales son la grava clara cuidadosamente rastrillada, los arbustos bajos, nunca invasivos, los árboles colocados con distancia, dejando pasar el aire y el musgo en las zonas sombrías. Todo mantiene la horizontalidad que dialoga con la longitud del salón. El jardín de Sanjūsangen-dō no busca quedarse en la memoria como imagen, sino como transición. Es el espacio donde dejas atrás las mil Kannon sin cerrarlas del todo, como si siguieran caminando contigo, pero ya sin necesidad de mirarlas.




Gion es uno de los barrios más antiguos de Kioto y todavía conserva una vida propia que no depende del visitante. Se extiende entre el río Kamo y el santuario Yasaka, y su origen está ligado a los peregrinos que acudían al santuario desde la Edad Media. Con el tiempo, el barrio se especializó en el entretenimiento tradicional y en las artes escénicas.

Las calles son estrechas y ordenadas. Las machiya, casas tradicionales de madera, presentan fachadas cerradas con celosías que filtran la luz y protegen la intimidad. Desde fuera, casi nada se muestra. El interior queda reservado, y esa reserva forma parte del carácter del barrio.

Hanami-kōji es la calle más conocida. No por su tamaño ni por un monumento concreto, sino porque concentra muchas casas de té históricas. Al atardecer, cuando se encienden las linternas, el barrio adquiere un ritmo más pausado. No ocurre nada extraordinario, y precisamente ahí está su atractivo.



En el corazón de Gion, donde las calles parecen ríos de piedra que reflejan siglos de pasos humanos, se yergue la pagoda que los locales llaman Sayaka. Su silueta de cinco pisos se eleva con elegante resistencia, como si cada nivel fuera un suspiro atrapado del pasado. También llamada Yasaka-no-tō, forma parte del templo Hōkan-ji, un templo budista situado en el área de Gion / Higashiyama, en Kioto. No pertenece al santuario sintoísta Yasaka, aunque el nombre y la cercanía han causado confusión durante siglos. La fundación original del templo Hōkan-ji se sitúa tradicionalmente en el siglo VII, durante el período Asuka. Algunas tradiciones lo atribuyen al príncipe Shōtoku, figura clave en la introducción y consolidación del budismo en Japón, aunque esto no puede confirmarse con certeza documental. La estructura que se conserva hoy data de 1440, en el período Muromachi. Es una pagoda de cinco pisos (gojū-no-tō), una forma arquitectónica asociada a la cosmología budista. Mide aproximadamente 46 metros de altura y está construida principalmente en madera, siguiendo técnicas tradicionales japonesas que permiten cierta flexibilidad ante terremotos. A lo largo de su historia, el templo y la pagoda fueron destruidos varias veces por incendios, algo común en Kioto.


Cada reconstrucción respetó el diseño tradicional, lo que explica su apariencia coherente a lo largo de los siglos. El templo Hōkan-ji está asociado al budismo zen, específicamente a la escuela Rinzai. La pagoda en sí es un relicario simbólico, como todas las pagodas budistas, concebida para albergar reliquias y representar el eje espiritual entre la tierra y el cielo. Durante el período Edo, la pagoda quedó integrada en el tejido urbano de Gion, un barrio que combinaba templos, residencias y casas de entretenimiento. A diferencia de otros templos más aislados, esta pagoda siempre convivió con la vida cotidiana de la ciudad. Es uno de los iconos visuales más reconocibles de Kioto, protegida como bien cultural. Aunque el interior solo se abre en ocasiones especiales, el exterior se mantiene como punto de referencia histórico y espiritual.




El Yasaka Jinja se funda, según la tradición, en el año 656, antes incluso de que Kioto fuera capital. En sus inicios no era un santuario de celebración, sino de contención: su función principal era apaciguar fuerzas consideradas peligrosas, especialmente las vinculadas a epidemias y desgracias colectivas. En una sociedad donde la enfermedad se entendía como manifestación espiritual, este santuario cumplía un papel crucial.

La deidad central es Susanoo-no-Mikoto, un kami complejo, asociado tanto a la destrucción como a la protección. Junto a él se veneran: Kushinadahime, su consorte y Yahashira-no-Mikogami, los ocho hijos divinos. Esta tríada refuerza la idea del santuario como un espacio donde el caos se domestica y se transforma en orden. Durante siglos, Yasaka Jinja fue un santuario goryō, dedicado a calmar espíritus vengativos que se creía causaban enfermedades. En tiempos de epidemias, la ciudad dirigía sus rituales aquí, convirtiéndolo en un punto clave de la salud espiritual colectiva.

Con el paso del tiempo, su función se amplió: de lugar de apaciguamiento pasó a ser también protector de la ciudad y, más adelante, centro ritual del barrio de Gion.

El crecimiento de Gion está íntimamente ligado al santuario. Comerciantes, artistas y residentes se establecieron en sus alrededores, creando un barrio que vivía entre lo sagrado y lo mundano. El Yasaka Jinja no rechazó esa cercanía; la absorbió, permitiendo que la vida urbana y la devoción convivieran.

Esa relación explica por qué Gion desarrolló un carácter único: disciplinado por rituales, pero vibrante en lo cotidiano.

Históricamente, el Yasaka Jinja no fue un lugar de retiro, sino de interacción constante: entre enfermedad y protección, entre ciudad y ritual, entre miedo y esperanza. Su permanencia durante más de mil trescientos años no se debe solo a su antigüedad, sino a su capacidad de adaptarse sin perder su función esencial.

Es, en muchos sentidos, el pulso espiritual de Gion: no elevado ni distante, sino presente, cotidiano y profundamente arraigado en la vida de Kioto.

domingo, 11 de enero de 2026

Japón. Viaje a la Tierra del Sol Naciente. Kioto (V). Tenryu-ji y Arashiyama, el Bosque de Bambú.

 

Tenryū-ji aparece como un suspiro verde después del movimiento. Tras estaciones, calles y cruces, entras… y el mundo baja el volumen.


Estamos en Arashiyama, al oeste de Kioto, una zona donde la ciudad se disuelve poco a poco en naturaleza. Tenryū-ji no es solo un templo zen importante; es uno de los Cinco Grandes Templos Zen de Kioto y, aun así, no presume. Te invita a mirar hacia dentro. Nada más cruzar la entrada, el espacio se abre con una elegancia contenida. Los edificios son sobrios, de madera oscura, líneas limpias, sin exceso. Todo parece diseñado para no distraer. Aquí el protagonista no es la arquitectura, sino lo que la rodea.


Tenryū-ji (天龍寺) fue fundado en 1339, durante el período Muromachi, por orden del shōgun Ashikaga Takauji. El motivo no fue solo religioso: el templo se construyó para apaciguar el espíritu del emperador Go-Daigo, fallecido tras una etapa de conflicto político. En Japón, la memoria y la paz espiritual de los muertos eran asuntos de Estado. El templo se levantó sobre el antiguo emplazamiento de una villa imperial, lo que explica su orientación amplia y elegante, poco habitual para un templo zen más austero.


Desde su origen, Tenryū-ji fue el templo principal de la escuela zen Rinzai, y llegó a ser el más importante de Kioto en su tiempo. Como muchos templos de Kioto, Tenryū-ji ha sufrido numerosos incendios a lo largo de los siglos. Los edificios actuales no son los originales del siglo XIV, pero siguen fielmente el estilo arquitectónico tradicional y la distribución histórica.


Tenryū-ji responde al estilo zen sobrio: madera oscura, sin ornamentación excesiva, espacios amplios y abiertos, conexión directa con el exterior y una gran importancia del vacío y de la luz natural. Aquí la arquitectura no quiere destacar, quiere desaparecer para que el entorno respire.


Las principales estancias eran el Hattō o Salón del Dharma, como edificio principal, donde se impartían enseñanzas zen y se celebraban ceremonias importantes, y el Hojo, residencia del abad, desde donde se contempla el famoso jardín. El suelo de tatami, las puertas correderas y la ausencia de muebles invitan a sentarse y mirar.



Tenryū-ji hoy es: Patrimonio de la Humanidad (UNESCO), uno de los templos zen más importantes de Japón y un lugar donde historia, arquitectura y paisaje dialogan sin ruido.




El jardín de Tenryū-ji es una obra maestra del siglo XIV, diseñada por el monje paisajista Muso Soseki. No ha cambiado prácticamente nada desde entonces. Lo que ves hoy es lo que se veía hace casi setecientos años. Eso, en Japón, es un privilegio silencioso.



Un gran estanque ocupa el centro. Las piedras parecen colocadas al azar, pero no lo están. Los pinos se reflejan en el agua, las montañas del fondo se integran como parte del diseño. No hay frontera clara entre lo creado por el hombre y lo natural. Ese es el truco zen: no imponer, sino acompañarTe sientas, miras. Y sin darte cuenta, empiezas a respirar distinto.



Según la estación, el jardín cambia de carácter: en primavera es delicado, en verano, profundo y verde, en otoño, una explosión contenida de rojos y ocres y en invierno, minimalista, casi abstracto. Tenryū-ji no se recorre rápido. Se contempla. Es un lugar que no te ofrece respuestas, pero te ayuda a dejar de hacer preguntas.


Y cuando sales por la parte trasera, el tránsito es perfecto: casi sin aviso, el camino te conduce directamente al bosque de bambú de Arashiyama, como si el templo te empujara suavemente de vuelta al mundo, pero de una forma más ligera.


El bosque de bambú de Arashiyama  se atraviesa. Y en ese atravesar pasa algo extraño: el tiempo se estira, como si alguien hubiera bajado un punto la gravedad del día. No es un bosque inmenso, pero tampoco lo necesita. Su fuerza no está en la extensión, sino en la verticalidad. Los tallos suben rectos, pulidos, con un verde que no parece natural sino pensado. No hay ramas bajas, no hay distracciones. Todo empuja la mirada hacia arriba y, sin darte cuenta, la respiración se vuelve más lenta.

El suelo es sencillo, casi humilde. Caminos de tierra, algunos tramos empedrados, vallas de madera y bambú entrelazado que no delimitan, sugieren. Nada interrumpe la continuidad visual, ni carteles llamativos, ni colores fuera de sitio. El verde manda. Cuando el viento aparece, el bosque habla. El bambú no cruje como los árboles, sino que produce un murmullo seco, rítmico, casi hueco, como si el aire tocara un instrumento antiguo. Ese sonido está considerado en Japón uno de los paisajes sonoros más bellos del país, y no cuesta entender por qué: no invade, acompaña. La luz aquí se filtra y se fragmenta en láminas finas que cambian a cada paso. Por la mañana es suave y lechosa; al mediodía se vuelve más dura, más gráfica; al atardecer, el verde se apaga y todo adquiere un tono más frío, casi azul.


El bambú tiene además un simbolismo profundo en la cultura japonesa. Representa la flexibilidad, la resistencia silenciosa. Se dobla con el viento, pero no se rompe. Crece rápido, recto, sin esfuerzo aparente. Caminar entre estos tallos es caminar dentro de una metáfora viva. Históricamente, este bosque ha estado ligado a templos, villas aristocráticas y caminos de retiro. No era un lugar de paso cualquiera, sino un espacio pensado para desconectar del ruido del mundo, incluso cuando el mundo estaba mucho más callado que hoy.


Y aun con visitantes, el bosque conserva algo intacto. Basta detenerse un momento, dejar pasar a otros, quedarse quieto. En cuanto el movimiento se diluye, el bambú recupera su dominio. El lugar vuelve a ser suyo. Sales del bosque sin una gran imagen épica, sin una foto definitiva. Sales con una sensación más difícil de explicar: como si te hubieran enderezado por dentro, igual que esos tallos que siguen creciendo hacia el cielo sin preguntar.



Debajo del bosque, casi como un descanso natural después de tanta verticalidad, aparece el río Katsura. Si el bambú obliga a mirar hacia arriba, el río te devuelve la mirada al horizonte. El Katsura no irrumpe, se ensancha. Su curso aquí es amplio, sereno, con un ritmo lento que parece pensado para reflejar el paisaje sin deformarlo. El agua se desliza, y en esa calma se cuelan las montañas de Arashiyama, los árboles de la orilla y el cielo cambiante de Kioto. Las orillas están cuidadas pero no domesticadas. Piedras grandes, vegetación baja, senderos donde la gente se sienta sin ceremonia. Es un río vivido, no monumental. Durante siglos ha sido vía de transporte, lugar de ocio y escenario poético. La aristocracia venía aquí a contemplar las estaciones, a escribir versos, a dejar que el tiempo hiciera su trabajo.


En el río aparecen a veces barcas tradicionales, largas y estrechas, que se mueven con una lentitud casi ceremonial. No buscan velocidad, sino presencia. Verlas pasar refuerza la sensación de que aquí las cosas suceden despacio porque así deben suceder.

El puente Togetsukyō, justo sobre este tramo, es el punto de unión entre todo. De madera clara y líneas simples, no compite con el paisaje sino que lo acompaña. Su nombre, “El puente que cruza la luna”, suena a exageración hasta que lo ves reflejado al atardecer, con la luz baja y el agua convertida en espejo roto. En primavera, los cerezos se asoman desde la orilla y el agua se llena de pétalos errantes. En otoño, los arces tiñen el reflejo de rojos profundos. En verano, el verde lo domina todo y el río refresca incluso sin tocarlo. En invierno, el paisaje se vuelve gráfico, casi en blanco y negro.

El Katsura funciona como un punto de equilibrio. Después del recogimiento del templo y la abstracción del bambú, el río devuelve al cuerpo al mundo físico. Aquí la gente camina, se sienta, observa. No hay prisa ni objetivo. Arashiyama no se entiende sin este río. Es su pausa larga, su respiración profunda. Un lugar donde el viaje deja de ser itinerario y se convierte, simplemente, en estar.