viernes, 1 de enero de 2021

Cantabria, la Tierra Infinita (I)

 

Cantabria, ese pequeño paraíso aprisionado entre montañas que lo vertebran, lo abrigan, lo protegen y al tiempo lo aíslan, para bien o para mal. Aunque quizá debería decir, en mi opinión, que ha sido una suerte geológica que esas cadenas de piedra hayan dado forma a esta región del norte de España que se abre, sin embargo, al visitante que quiere disfrutar de la enorme variedad de riquezas que atesora.
Quizá si no hubiera sido por su geografía no hubiera nacido aquel pintor anónimo de Altamira, ni el ejercito de guerreros, navegantes, políticos de buen hacer, arquitectos, inventores, deportistas, escritores y demás oficios de valor incalculable para la historia de Cantabria, de España y del mundo.
Pero estos temas y personas irán saliendo poco a poco a lo largo de nuestro viaje, así que por ahora, y sólo por ahora, dejémoslos descansar en su gloria.
Empecemos a conocer la tierra Cántabra por su oeste, concretamente por uno de sus pueblos costeros más hermosos.

San Vicente de la Barquera

Dejemos nuestro coche en la parte nueva de la ciudad, para no contaminar con modernidades las piedras de una villa que se remonta como tal a tiempos de Alfonso I, es decir al siglo VIII, aunque ya hubo población en sus orillas en tiempos anteriores a los romanos. Según dejamos atrás nuestro vehículo pasamos por el centro económico de una de sus mayores riquezas, la pesca. No en vano, San Vicente fue sede de la fundación de una de las cofradías de pescadores o mareantes más antiguas de España, consolidada nada menos que en 1319. Un ejemplo arquitectónico podemos verlo en el edificio de la Lonja del Pescado.

Mirando hacia la marisma de Rubín, nuestra visión puede abarcar toda la longitud del puente de la Maza, que con sus 32 arcos originales, se levantó en el siglo XV, aunque el que vemos ahora sea del reinado de Carlos III y tenga menos luces.

A nuestra derecha, cruzando el llamado Brazo Mayor y separando la villa antigua de la ciudad moderna, aparece el puente de la Barquera, por el que caminamos para encontrarnos con la historia de la ciudad.

Desde su paseo disfrutamos de una generosa visión de sus dos imponentes monumentos, el castillo del Rey y la iglesia de Santa María de los Ángeles.

Parece más bien que fuera la iglesia la que protege al pueblo puesto que está situada en lo más alto de la colina, pero fue la fortaleza la que, construida en el siglo XIII, simbolizó la fuerza defensiva de la ciudad. Hoy en día su papel no es menos importante, aunque en otro sentido, el cultural. Su restaurado interior alberga una exposición permanente sobre el entorno natural y cultural de la Villa, así como un maravilloso mirador.

En esta imagen podemos observar claramente la mole de la iglesia que es la auténtica señora de San Vicente.

Entramos a la antigua villa por la Puerta de la Barrera, adosada a la Torre del Preboste, que primero fue residencia del recaudador de hacienda en época medieval y luego cárcel.

En nuestro camino a la cima encontramos varias construcciones singulares, como la casa de la familia Corro, que es hoy sede del ayuntamiento, y que fue levantada por un inquisidor perteneciente a la familia, que intentó lavar sus fatídicos veredictos y condenas acogiendo entre sus paredes a los pobres y enfermos de la ciudad.

Y es tan sólo a unas decenas de metros que nos encontramos con la iglesia de frente.
  
Precedida por los restos de la portada del Hospital de la Concepción, que fue albergue de peregrinos en su ruta a Santiago...

Esta iglesia gótica, que se construyó en el siglo XIII impresiona por sus recias paredes y la elegancia de su torreón, que curiosamente se añadió en el siglo XIX.

Como contraste, dos hermosas puertas románicas dan acceso al templo, al que no entramos por respeto, ya que acababa de iniciarse la misa de la tarde.


Lo que si hicimos fue acercarnos a una terraza que ofrece unas hermosas vistas del interior del pueblo y las marismas.




Rodeamos la iglesia, asombrados ante la maciza pero hermosa mole y emprendimos el camino de regreso al coche.


Nos hubiera gustado entrar al templo para admirar la estatua yacente en blanco mármol del inquisidor Corro, que se cuenta entre las más importantes del arte funerario del renacimiento español. Queda para una próxima vez...


Para esa próxima ocasión dejamos también la visita al Santuario de la Virgen de la Barquera, que se encuentra a la entrada del puerto.

Seguimos camino hasta nuestra siguiente parada, Suances.
Aunque la pequeña ciudad es una hermosa y animada población costera, recomiendo aprovechar el tiempo acercándonos con nuestro coche hasta un punto que concentra la mayor parte del interés de la visita. Desde el mirador en el que se localiza el faro, podemos ver a nuestra derecha la Playa de la Concha, el mayor y más concurrido de los arenales de Suances.

Y unas espectaculares vistas, aunque hoy algo nubladas, de la isla de los Conejos, la Pasiega, la Solita y la Casilda.

Llegamos así al faro y al Torco, este último resto del antiguo fortín defensivo de San Marín, que es hoy sede, ya remodelado, de la Universidad de Cantabria.


Por su parte, el faro, que desde 1863 sirve de luz y guía a los marineros que vienen o pasan por estas costas, fue remodelado en los años 60 del pasado siglo.

Ya a nuestra izquierda encontramos la surfera y hermosa playa de Los Locos, que nos regala un atardecer inolvidable. Aquí, si nos vuelve locos el mar podremos contratar un curso de surf o de bodyboard 

A nuestra espalda, y para despedirnos de Suances, encontramos la llamada Estatua de los Vientos, una escultura de 3 metros de altura inaugurada en 2010.

La naturaleza ventosa de la zona y los dramáticos acantilados que la rodean, inspiró a su autor, González de la Vega, a realizar esta pieza que simboliza la unión del hombre con la Naturaleza, recibiendo el viento y las gotas de espuma de mar que parecen flotar en el aire.

Y llegamos al mágico lugar donde hacemos nuestra primera noche, la simpar Santillana del Mar. En esta pequeña villa es buena idea contratar la visita guiada por Santillana del Mar para conocer todos sus secretos.
Compitiendo estrechamente con Santander por ser la más conocida de las villas y ciudades de Cantabria, este tesoro nacional parece aún inmerso en las brumas medievales que lo vieron nacer allá por el siglo IX.


Su origen hay que buscarlo en la fundación de un convento, el de Santa Juliana, que sólo tardó poco más de un siglo en transformarse en colegiata, lo que en estos términos significaba que estaba por encima de la mismísima Santander. Desgraciadamente su emergente poder, se debilitó por las continuas disputas entre religiosos y nobles, que la sumieron en un letargo que duró siglos.


Y es en su plaza mayor donde encontramos los mejores ejemplos del poder de los segundos, con la espectacular torre de Don Borja, que forma parte de la Fundación Santillana, o la del Merino, que se encargaba de recaudar los impuestos y ejercer el poder civil frente a los religiosos.




En el otro lado de la plaza vemos el ayuntamiento, acompañado de las casa del Águila y de la Parra, que también se han transformado para albergar espacios culturales, o el Palacio de los Barreda que hoy continua su historia como Parador Nacional Gil Blas.


Precisamente, delante de las casas antes nombradas, encontramos otro de los símbolos de la ciudad, la escultura El Bisonte, de Jesús Otero, que es un homenaje a las famosas pinturas de la cercana Altamira.

Saliendo de la plaza mayor y callejeando por Juan Infante y Santo Domingo, vemos maravillas arquitectónicas como el palacio de Peredo o del marqués de Benamejí, todas ellas, por supuesto, adornadas con los famosos blasones que nos hablan de la nobleza de la villa y de aquella competencia entre sangres azules que mencioné anteriormente.


Al final de esta última calle, y antes de volver a adentrarnos en el casco histórico por otra vía empedrada encontramos el Museo Diocesano, que encontró su emplazamiento perfecto en el monasterio Regina Coeli ocupado por las clarisas, que atienden y cuidan de más de 800 piezas de arte religioso popular, el archivo documental de la diócesis e incluso un taller de restauración de obras de arte.

Casi pared  con pared y con un precioso jardín, sale a nuestro paso el convento de San Ildefonso, donde las monjas dominicas recibían a las hijas de las más prestigiosas familias de la zona para su formación o para convertirse voluntaria u obligatoriamente en nuevas siervas de Dios, que ya se sabe que antes, tener un hijo cura o una hija monja daba mucho prestigio y sobre todo pía imagen a la familia.

Fueron los llamados indianos, que retornaban de América cargados de riquezas tras haber dejado la villa en busca de un futuro mejor, los que se hicieron cargo de renovar, restaurar e inyectar un valiosísimo capital en la adormecida Santillana. Gracias a ellos, fue declarada patrimonio histórico-artístico a finales del siglo XIX, y con ello entra de lleno en los circuitos de visita de los primeros viajeros, que ven recompensadas las duras jornadas de viaje por maltrechas carreteras, con una vuelta al pasado medieval de la historia de Cantabria.



Seguimos nuestro camino por la calle Cantón, que se transforma en la Río, donde se desarrolla la actual actividad económica y turística de la villa. Llena de tiendas de artesanía y gastronomía, pequeños restaurantes y hoteles boutique, es la auténtica arteria que insufla vida y movimiento a Santillana.






Y con ello llegamos al punto focal de las visitas a la pequeña pero encantadora ciudad que tal y como dicen "Ni es santa, ni es llana ni tiene mar", pero que nos atrapa desde que pisamos los primeros cantos rodados de sus calles.
La Plaza Abad Francisco Navarro muestra orgullosa cuatro tesoros para sus visitantes.
Por un lado tenemos el Museo del escultor Jesús Otero, instalado en las caballerizas de los abades, que muestra un nutrido ejemplo del espectacular quehacer de este hijo predilecto de Santillana.

Frente a este espacio cultural encontramos el llamado Museo del Barquillero, que ocupa el palacio de la Archiduquesa de Austria. Este curioso espacio atesora esculturas, juguetes, utensilios y demás parafernalia relacionada con este casi desaparecido oficio que endulzaba nuestra niñez callejera.

El tercer punto es el Lavadero- Abrevadero, que recibe sus aguas de un pequeño río que aquí desemboca. Fue durante siglos y desde su construcción en el XVI, lugar de encuentro y mentidero de la gente de la comarca que intercambiaban noticias y chismes mientras los animales bebían y las mujeres lavaban las ropas de las familias adineradas de la villa.



Y para el final dejamos, por supuesto la espectacular Colegiata de Santa Juliana.

Como dijimos al principio creció la villa en torno a este antiguo monasterio que pronto fue convertido en colegiata, allá por el siglo XII. Lo que vemos ahora, frente a nuestros ojos es una iglesia románica a la que se fueron añadiendo edificios hasta bien entrado el siglo XVIII.
Ya de frente impresiona, por su forma diferente que incluye una pequeña plazuela a la que se accede por una escalinata. La torre que observamos a su derecha fue el antiguo campanario, que fue sustituido por la mole cuadrada que vemos a la izquierda.


Sobre la entrada principal vemos un detalle curioso. Si nos fijamos bien hay un cambio en el color de la piedra sobre los arcos de la puerta, justo encima del Pantocrátor. Ese frontón triangular es un añadido del siglo XII para pode añadir una imagen de Santa Juliana, cuyas reliquias se guardan en el interior.

Comenzamos la visita por el claustro, al que se accede por una entrada lateral.


Los amantes de la historia del arte religioso tienen la ventaja de poder ver a la altura de sus ojos los adornos de los capiteles, ya que las columnas que sostienen los arcos son un poco más bajas de lo normal si las comparamos con la de otros claustros españoles.


De esta manera podemos disfrutar de un casi interminable catálogo de diseños geométricos, florales, zoomorfos ( formas animales) y sobre todo aquellos que relatan historias bíblicas, que son los más interesantes.


Como hemos dicho, el conjunto fue completándose a lo largo de los siglos, por lo que sólo tres lados del claustro son románicos, mientras el cuarto es un añadido muy posterior.

El espacio techado del mismo es en sí mismo un pequeño museo religioso con varios pequeños retablos como el de San Luis, que pertenece a la capilla de los Polanco, que también guarda los restos de sus nobles sarcófagos de piedra.


Alineados en las galerías también podemos ver numerosos sepulcros de piedra de nobles y religiosos como el del obispo Pelayo de Oviedo, del siglo XII.




Antes de abandonar el claustro para entrar en el templo, nos encontramos con una sorpresa que ocupa la casi totalidad de una de las galerías. Se trata de una maqueta de unos 70m² que reproduce con la ayuda de más de 500 figuras, de las que 50 de ellas tienen movimiento, la semana de la Pasión de Cristo realizadas de manera artesana por Ángel Pérez Ramos.








Y entramos a la iglesia. 

Una de las naves tiene especial interés: se trata de la que alberga la capilla de Barreda, ya que alberga un hermoso crucificado que es considerado el más valioso de los realizados durante el siglo XVII en Cantabria..

En uno de los ábsides vemos a Santa Juliana dominando al demonio, ayudada por un ángel que vuela sobre ellos y protege a la santa.

En la sacristía encontramos piezas de gran valor donadas por indianos, así como la reliquia del Lignum Crucis que lleva siglos custodiándose en el templo.

Por su parte, el retablo mayor se mandó a construir para guardar las reliquias de Santa Juliana. Esta preciosa obra de arte combina la escultura con la pintura de manera magistral, siendo esta segunda técnica la que representa varios episodios de la vida y martirio de la santa así como escenas de la pasión de Cristo. Bajo la imagen de Santa Juliana se sitúa el tabernáculo que guarda sus reliquias

Justo bajo el crucero encontramos entre rejas la estatua yacente de la santa, realizada en 1453, que es el momento en que las reliquias se instalan definitivamente en el lugar actual del templo.


Una de las piezas de más valor de la iglesia es la pila bautismal románica que data de finales del siglo XII acompañando al antiguo pantocrátor que presidía la primitiva portada de la iglesia y que mide casi dos metros de altura.


Finalizamos la visita admirando el hermoso coro que se construyó con los donativos llegados desde América en el siglo XVIII, al que se añadió un órgano a finales del siglo XIX.

Salimos de la Colegiata y rodeamos su exterior. Por uno de los lados tenemos campo abierto, donde pastan apaciblemente caballos, potrillos y ponys.

Pasadas algunas casas de construcción menos antigua, volvemos al pasado al encontrarnos de frente con el Palacio de los Velarde.

Esta magnífica construcción de estilo renacentista, se terminó de edificar en 1556 y ha sido residencia de príncipes y nobles hasta que una de las descendientes de la familia lo vendió en 1915 al escritor catalán Ricardo León por sólo 15.000 pesetas. En la actualidad pertenece a un mexicano de origen cántabro que pretende convertirlo en hotel de lujo. Tiempo al tiempo...


Y seguimos ruta para conocer aún más de la hermosa tierra cántabra.


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