sábado, 28 de febrero de 2026

Entre mareas y pueblos blancos: la provincia de Cádiz (II)

El siguiente rincón, popularmente se conoce como Plaza de las Flores, aunque su nombre oficial es Plaza TopeteEn Cádiz conviven ambos nombres sin conflicto, pero cumplen funciones distintas: la Plaza Topete es la denominación administrativa, en honor al almirante Juan Bautista Topete y la Plaza de las Flores es el nombre vivido, el que usan los gaditanos desde hace generaciones, ligado al uso real del espacio. El nombre popular viene de algo muy concreto: desde finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, la plaza se llenó de puestos de flores que abastecían a la ciudad, especialmente para celebraciones, altares domésticos y rituales religiosos. Ese uso cotidiano fue tan constante que terminó rebautizando el lugar en la práctica. La estatua que preside la Plaza de las Flores representa a Lucio Junio Moderato Columela, un agrónomo romano del siglo I d.C., nacido en Gades, la Cádiz romana. Es autor de De re rustica, el tratado más completo sobre agricultura, ganadería y gestión rural que nos ha llegado del mundo clásico. Durante siglos fue una obra de referencia en Europa. Su ubicación tiene sentido preciso, ya que la Plaza de las Flores ha estado históricamente vinculada al abastecimiento, a los productos de la tierra y al comercio cotidiano de alimentos. Colocar ahí a un teórico de la agricultura no es un homenaje abstracto, sino una coherencia funcional: el saber que explica lo que la plaza vende.


Desde el Mirador El Vendaval, hay dos elementos que capturan la mirada de inmediato: el rompeolas y la Catedral con el casco antiguo.

Hacia el sur, el rompeolas se extiende como una barra firme que corta el Atlántico. Su superficie es gris, rugosa y resistente, marcada por años de embates del mar y los temporales atlánticos. Desde aquí se ve cómo las olas se estrellan contra él, salpicando espuma y sal que llegan hasta los ojos del observador. Cada rompiente tiene un ritmo propio, una cadencia irregular que recuerda que Cádiz está hecha para convivir con el océano, no para resistirlo pasivamente. Los barcos que entran o salen del puerto lo usan como guía, surcando aguas que se vuelven más tranquilas al protegerse detrás de esta muralla artificial. Al otro lado, hacia el casco histórico, la Catedral de Cádiz se alza sobre los tejados encalados como un punto de referencia visual y simbólica. Su cúpula dorada brilla cuando el sol la acaricia, destacando sobre las fachadas bajas y calles estrechas del centro antiguo. La Catedral y sus torres permiten leer el trazado de la ciudad: plazas, callejuelas, patios y miradores. Desde El Vendaval, se aprecia cómo el casco viejo parece abrazar la catedral, como si la estructura principal del edificio organizara toda la urbe a su alrededor.

La Catedral de Cádiz, dedicada a la Santa Cruz, se alza sobre el casco histórico como un referente visual y urbano que combina ambición constructiva y adaptación histórica. Su construcción se prolongó durante más de un siglo, entre 1722 y 1838, lo que explica la combinación de estilos que hoy se aprecian: barroco tardío en la fachada principal y neoclásico en la parte posterior y algunas torres. La catedral está orientada de este a oeste, como es habitual en la tradición cristiana, con la cabecera hacia el este. Su planta de cruz latina mide aproximadamente 115 metros de largo y 46 metros de ancho, con una nave central flanqueada por dos laterales y crucero marcado. La fachada principal presenta un barroco decorativo, con columnas corintias, frontones y nichos que alojan esculturas de santos. Los detalles están trabajados en piedra caliza local, resistente a la salinidad y al viento atlántico, lo que asegura su perdurabilidad a lo largo de los siglos.


Uno de los elementos más característicos del exterior es la cúpula central, cubierta de azulejos dorados y visible desde varios puntos de la ciudad y del puerto. La cúpula tiene un diámetro aproximado de 20 metros y se apoya sobre una linterna que permite la entrada de luz natural. Junto a ella, las torres campanario se elevan hasta unos 76 metros, convirtiéndose en puntos de referencia desde el mar, como un faro urbano para navegantes que llegan al puerto. La Catedral no solo es un templo, sino también un marcador topográfico y visual de Cádiz. Desde la bahía o desde miradores como El Vendaval, su silueta permite orientarse en el entramado urbano del casco antiguo. Su posición elevada sobre un terraplén natural amplifica su presencia y asegura visibilidad incluso desde el puerto.

Durante la construcción se sucedieron diferentes arquitectos, lo que explica la mezcla de estilos. Se inició bajo el proyecto de Vicente Acero, arquitecto del barroco sevillano, y concluyó con influencia neoclásica gracias a Torcuato Cayón, que adaptó la obra a materiales y técnicas más duraderos frente al viento y la humedad del Atlántico. El uso de piedra caliza, ladrillo y mortero de cal permitió construir muros gruesos capaces de soportar la presión del viento y el paso del tiempo. El exterior también refleja la evolución social y económica de Cádiz: se levanta en pleno auge del comercio con América, un período de prosperidad que permitió financiar una obra monumental y prolongada, mientras que los cambios de estilo muestran la transición cultural de una ciudad en contacto con corrientes europeas diversas.


La Iglesia de Santiago Apóstol en Cádiz es uno de los templos históricos más relevantes del casco antiguo, tanto por su arquitectura como por su papel en la vida urbana y religiosa de la ciudad. Santiago Apóstol ha sido siempre un referente de barrio, un punto de encuentro para procesiones, fiestas patronales y celebraciones litúrgicas. Su presencia estructural y visual ayuda a orientar dentro del entramado irregular del casco antiguo. Además, la iglesia ha acompañado la evolución de la ciudad, desde el auge comercial con América hasta la vida urbana contemporánea. El templo presenta un estilo barroco tardío con elementos neoclásicos añadidos en reformas posteriores. La fachada principal, relativamente sobria, se articula con portada de piedra, rematada por un frontón triangular y un nicho central con la imagen de Santiago Apóstol. La utilización de ladrillo visto y piedra caliza refleja la adaptación de la arquitectura a la salinidad y la humedad del entorno atlántico. El campanario, situado a un lateral, se eleva de manera discreta pero visible desde las calles cercanas. Su estructura es rectangular con remate en linterna, y las campanas históricas servían tanto para la liturgia como para marcar el tiempo y eventos importantes en el barrio.

La Iglesia de San José en Cádiz se sitúa en el límite entre el casco histórico y la expansión moderna de la ciudad, y su arquitectura refleja con claridad ese momento de transición urbana. El templo se construye a finales del siglo XVIII, en un periodo en el que Cádiz comienza a desbordar su recinto histórico hacia el istmo que la conecta con tierra firme. La iglesia se levanta para atender a una población creciente que ya no vive exclusivamente dentro de las murallas. Desde su origen, San José ha sido un templo ligado a la vida cotidiana, a celebraciones parroquiales y al tejido social del entorno. No está asociada a grandes ceremonias históricas, sino a la regularidad del culto y la vida vecinal, lo que explica su lenguaje arquitectónico contenido y directo.



Las reliquias de San Pacífico mártir llegaron a Cádiz en el siglo XIX, en un contexto muy concreto. Durante ese periodo, Roma autorizó la distribución de restos procedentes de las catacumbas, identificados como mártires, a iglesias europeas que buscaban reforzar su vínculo con la Iglesia primitiva. No era un gesto ornamental, sino teológico y simbólico: anclar una parroquia moderna a los orígenes del cristianismo. Desde el punto de vista litúrgico, la presencia de un mártir en el templo refuerza la idea de continuidad apostólica. La iglesia no es solo un edificio del siglo XVIII, sino un eslabón más en una cadena que se remonta a las comunidades cristianas perseguidas del Imperio romano. El mártir actúa como testigo silencioso, no como protagonista visual. San Pacífico pertenece a un grupo amplio de mártires de las catacumbas romanas, santos cuya veneración se basa en su testimonio de fe y sacrificio, no en una biografía desarrollada ni en una tradición milagrosa concreta. En muchos casos, lo único que ha llegado hasta nosotros es el nombre, la condición de mártir y los restos identificados y autenticados por la Iglesia.

En el contexto de la Iglesia de San José de Cádiz, la imagen de la Virgen del Rocío está vinculada a la Hermandad del Rocío de Cádiz. Aunque el elemento central de la devoción rociera suele ser el Simpecado, en este caso existe también una imagen mariana escultórica que cumple función devocional interna, no romera.

No es la Virgen del Rocío original de Almonte, sino una imagen devocional local, adaptada al lenguaje estético andaluz contemporáneo, pensada para el culto parroquial y los actos de la hermandad.

La hornacina que la acoge está diseñada para integrarla en la arquitectura del templo, sin competir con el altar mayor, lo que refuerza su carácter de presencia viva pero no central en la jerarquía litúrgica.


Esta imagen representa a la Virgen Dolorosa, concretamente bajo la advocación de Nuestra Señora del Mayor Dolor y TraspasoSobre la hornacina aparece la inscripción “STABAT MATER DOLOROSA IUXTA CRUCEM”, que alude directamente a la Virgen permaneciendo junto a la cruz durante la Pasión. La Virgen aparece de pie, con las manos entrelazadas, gesto de aceptación y recogimiento más que de dramatismo extremo. Viste túnica roja y manto azul, colores tradicionales asociados al dolor, la caridad y la realeza espiritual de María.


Nuestra Señora del Amparose expresa aquí sin dramatismo. La Virgen se presenta erguida, frontal, cercana, con las manos adelantadas en un gesto que no suplica ni lamenta, sino que recibe. Es una imagen pensada para la confianza del fiel, no para la conmoción. El vestido blanco bordado en oro subraya la idea de pureza y dignidad, mientras que el manto azul, amplio y abierto, actúa casi como un espacio simbólico bajo el cual el devoto puede sentirse protegido. El azul no es aquí color de duelo, sino de permanencia y fidelidad. La corona imperial y la ráfaga dorada la sitúan en un registro glorioso, pero sin exceso teatral. No hay Niño, no hay atributos narrativos concretos. Todo está concentrado en la figura y en su función: amparar. Incluso el rosario, discreto, refuerza esa relación directa y cotidiana con quien se acerca.


Para cerrar el recorrido, y después de tan amplio recorrido por la ciudad, lo mejor es recuperar fuerzas con una buena fritura gaditana. Unas tortillas de camarones, unas puntillitas y un cazón.



Nos despide de Cádiz la escultura de Segismundo Moret, uno de los grandes políticos liberales españoles del cambio de siglo, varias veces presidente del Gobierno y, sobre todo para Cádiz, figura clave en la supresión de los consumos, un impuesto muy impopular que gravaba productos básicos al entrar en las ciudades. Su relación con Cádiz fue estrecha y duradera, y la ciudad se lo reconoció en vida. Es una escultura de bronce, con un modelado muy fino en el rostro y en las manos, donde Mariano Benlliure demuestra su dominio del retrato psicológico. El cuerpo no busca idealización. La postura es natural, casi conversacional, como si Moret estuviera a punto de dirigirse al ciudadano. Esa cercanía es deliberada: representa al político liberal moderno, no al prócer distante. La escultura de Moret marca también un cambio de época donde ya no se glorifica al militar ni al santo, sino al político civil, al hombre de leyes, al representante del Estado liberal. En una ciudad como Cádiz, con fuerte tradición constitucional, ese mensaje tiene un peso específico claro.

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