martes, 1 de septiembre de 2015

Escapada a El Aaiun (I)

Nuestro buen amigo Stan, gran profesional del turismo y consumado piloto, estuvo poniéndonos los dientes largos durante mucho tiempo con sus frecuentes escapadas otras islas de Canarias y algún que otro escarceo por tierras africanas.

Pero conmigo no se puede jugar; así que un día le cogí por banda y entre bromas y veras empezamos a planear un fin de semana en el Sáhara.


Tras informarnos bien de lo que podíamos ver y con quién, empezamos los preparativos. Que si litros de gasolina, más unos 200 euros para el circuito improvisado que queríamos hacer y... todo en marcha.


Quizá agosto no fuera el mejor mes para ir al Sáhara, ya que el calor podía jugarnos una mala pasada por la refrigeración del motor, pero nos arriesgamos y salimos desde el aeropuerto de Tenerife Norte. Nos esperaban 370 kilómetros hasta el destino, a recorrer en 2 horas y a una velocidad de 185 km hora.

Tras una preparación exhaustiva del aeroplano, salimos hacia África, elevándonos hasta los 2.600 metros y pasando sobre la isla de Gran Canaria y el sur de Fuerteventura. Nos dieron "permiso" para entrar en el espacio aéreo marroquí en vuelo, ya que Stan había intentado pedir autorización semanas antes de la salida sin respuesta.
Pongo "permiso" entre comillas porque una vez allí parece que careció de validez, teniendo que rellenar una cantidad de papeleo inmensa, muy al gusto árabe.


Pero bueno, allí estábamos, sobrevolando la costa marroquí o saharahui, depende de quién lea esto, con el contraste del azul del mar y de la dorada arena.




Aterrizamos muy suavemente, sabiendo que la aventura estaba a punto de empezar....


Lo primero que hicimos al llegar a tierra sahariana, y tras esperar una larga hora en el aeropuerto hasta que nuestro compañero Stan formalizara nuestra entrada en el país, fue encontrarnos con nuestro guía de viaje, Alí Salem, que nos llevaría por el desierto y que resultaría ser una excelente persona y un anfitrión cuidadoso y protector.

Salimos del aeropuerto y decidimos comer, puesto que el servicio de a bordo no incluía tres platos y postre, aunque es el mejor donut que he comido a más de 2.000 metros de altura, eso seguro.


El lugar elegido por Alí fue el Omaima, una especie de gran salón donde suelen celebrarse bodas y grandes comilonas post ramadán y que nos gustó tanto que decidimos volver la noche antes de nuestra partida.

Por supuesto que queríamos saborear plenamente la cultura magrebí, así que nos lanzamos a probar platos nuevos.



Después de pedir los principales, llegaron los aperitivos, una aceitunas verdes muy picantes y aderezadas que nos hicieron sudar de lo lindo y beber mucho refresco de cola. Luego llegaron dos Kefta que es carne picada aderezada con piñones, cebolla, ajo, perejil, pimentón picante, cominos y aceite de oliva, que se sirve de diferentes formas y todas están buenísimas, y dos tajines de carne de....¡camello!.



Puedo asegurar que la carne, estaba exquisita, acompañada de pasas, ciruelas, dátiles y huevos duros. Literalmente se deshacía en la boca. Maravillosa y muy, muy sabrosa.
De postre una deliciosa tartaleta de cacahuete y caramelo, con un sabor exacto al de una famosa chocolatina americana.


Para el siguiente día dejamos unos fabulosos pinchitos morunos de cordero, carnero y vaca, acompañados de ensalada, papas y arroz y otra tartaleta, esta vez de higos.
Todo sabroso, con un servicio rápido y amable y a un precio realmente irrisorio. Si hubiera sido por nosotros hubiéramos comido allí todos los días, pero había que seguir ruta y aventuras.



Desde pequeño solía escuchar aquello del banco canario-sahariano. Eran frecuentes los altercados entre España y Marruecos debido a los excesos en la pesca cometidos por unos y otros, llegando incluso a producirse apresamientos por parte de las autoridades marroquíes.
La Corriente de las Islas Canarias, fría y con afloramientos de aguas profundas muy ricas en nutrientes, es hogar y cría de decenas de especies de pescado sabroso y abundante. Esto ya lo sabían fenicios y romanos, que se aventuraban más allá de las Columnas de Hércules para llenar las bodegas de deliciosas capturas con las que llenar las mesas del Mediterráneo y por supuesto, preparar el que era el sumum de las delicias romanas, el garum.

Más adelante los castellanos, para los que las Islas de Realengo ya formaban parte de la Corona, vieron el potencial del banco y lo supieron aprovechar. Posteriormente se sucedieron los tira y afloja entre los dos reinos, con épocas de paz y acuerdos, frente a otras de guerrilla y ametrallamientos.

Por eso nos pareció un poco de ficción llegar a El Marsa y ver la enorme flota pesquera amarrada, con los barcos enganchados unos a otros como pasarelas al mar, mientras se mecían con el suave vaivén de la corriente.
Eran decenas, quizá cientos, los pesqueros que se resguardaban en el sencillo muelle mientras se preparaban para salir a faenar o regresaban de alta mar. El olor a pescado era mareante, el sol implacable, pero había algo hipnótico en aquel lugar que nos hacía mirar hacia los navíos y quedar ensimismados por su decrepitud y su historia.


Decidimos salir despacio del pequeño pueblo que no difiere mucho de los que encontramos en esta zona del norte de África. Nos fuimos con esa sensación de haber conocido al fin algo de lo que siempre habíamos oído hablar.


Cuando planeamos la escapada al Sáhara, pasamos mucho tiempo buscando información sobre empresas que pudieran ofrecernos algún tipo de tour o circuito por la zona. La verdad es que los resultados fueron descorazonadores, ya que el índice de turistas que visitan El Aaiún es casi inestimable, por lo que aparte de políticos y empresarios que de vez en cuando hacen una parada en la ciudad para resolver sus asuntos, hay poca demanda de servicios para intentar conocer la región.


Pero he aquí que el destino puso en nuestro camino Paco Jiménez, un canario que lleva muchos años de relación con Marruecos y que vive a caballo entre Gran Canaria y Marruecos, donde tiene un pequeño pero bien organizado negocio para los pocos viajeros que visitan la zona.
Desde su villa en Aaiún, parten varios circuitos que incluyen visitas a oasis y dunas en 4X4, estancias en jaimas en medio del desierto y dentro de muy poco una experiencia de balneario alimentado con aguas sulfurosas y barro del desierto que seguro que hará las delicias de cualquier visitante por ser una experiencia única e innovadora.
Para nosotros preparó un mini circuito de dos días, que nos proporcionó una visión global bastante completa y satisfactoria de este pequeño rincón del Sáhara.





Nuestro conductor y guía, Ali Salem, nos recogió en el aeropuerto y tras llevarnos a comer y cambiarnos algo de moneda para nuestros gastos, nos condujo directamente al desierto, donde pasaríamos la noche. Tras seguir la carretera hacia el sur, nos desviamos por una pista casi invisible para nosotros hasta llegar a un emplazamiento rodeado de palmeras, arbustos y sobre todo mucha agua. Allí, Paco ha construido una pequeña aldea con servicios básicos, donde pasaríamos la noche. Un pozo donde abrevan caballos, camellos y un perro juguetón, una torre de estilo bereber, y varias construcciones que hacen funciones de cocina, comedor y despensa conforman el lugar donde pasaríamos la noche.



Desgraciadamente el viento no quería dejar de soplar, por lo que la experiencia en la jaima la cambiamos por dormir en la torre, al abrigo del frío del desierto. Cuando cayó la noche nuestro guía y el encargado del campamento nos sirvieron un delicioso tajine de carnero, acompañado de otras especialidades locales realmente deliciosas y a continuación, con el viento ya calmado, pasamos a la media jaima donde asistiríamos a la ceremonia del te beduino mientras hablábamos de la jornada bajo un espectacular dosel de estrellas. Inolvidable.






Al día siguiente, muy temprano, disfrutamos de un completo y sabroso desayuno antes de continuar la jornada que nos llevaría a conocer otros lugares.

jueves, 6 de agosto de 2015

Londres, la moderna Babilonia ( y VI)

Museo Ripley's Believe it or not!
Realidad o superchería? Nuestro corazón inocente, infantil, quiere creer que todo lo que se muestra aquí es una fantasía hecha realidad, pero nuestro cerebro, siempre a la defensiva de lo desconocido, tiende a decirnos que todo es falso, o al menos una gran parte.


Sea como sea es un museo para disfrutar, ya sea solo, en pareja, con amigos o familia, Es tanto lo que nos muestra que nos podemos pasar horas dentro, y por eso incluso han puesto un pequeño hot dog bar a mitad del recorrido.


El edificio en sí es precioso, en pleno Picadilly Circus. Entramos y subimos en ascensor al increíble mundo de Robert Ripley, explorador, dibujante, aventurero y por supuesto coleccionista, viajero por más de 200 países y buscador de lo extraño, lo inexplicable y lo peculiar. Se dice que recibía cerca de 1.000.000 cartas al año, ofreciéndole la venta de los más increíbles objetos.




Salimos del ascensor y empieza un recorrido por varias plantas donde vemos cosas increíbles y otras realmente ridículas.

Edificios hechos con mondadientes, cuadros con latas de refrescos, miniaturas, animales disecados, reproducciones de coches en madera o cristales de Swaroski, cabezas reducidas de jíbaros, calaveras labradas para ritos religiosos, estatuas de fertilidad africanas que eran y siguen siendo visitadas por mujeres que no pueden tener hijos ( de echo muchas de ellas envían luego las fotos de sus bebes, nacidos por su intercesión), instrumentos de tortura (con un pasillo por donde hay que pasar y que viene a ser una Casa de Terror de Feria),vampiros y otros monstruos, bustos de cera de gente con extrañas deformidades (hombre lobo, hombre unicornio) y así van pasando las horas, de un susto a una sonrisa, pero siempre con la boca abierta de asombro.

Y llegamos al final, sin saber cuanto de lo que hemos visto es real y cuanto superchería.

Con más de 30 museos repartidos por el mundo ( siempre en lugares muy turísticos y con gran afluencia de visitantes) es un lugar que aunque no visita obligada, es recomendable para descansar después de un buen museo o la visita a cualquier lugar algo más cultural. Además cierra a las 22.00!

El Museo de Historia Natural
La naturaleza encerrada
El edificio en sí mismo ya vale la pena, enorme y con aspecto de catedral...una obra maestra de la arquitectura británica del siglo XIX, con una estructura de acero y hierro que disimulan arcos y columnas ricamente decoradas con esculturas de animales y plantas.

Pero no nos quedemos fuera, sino entremos para disfrutar de un espacio único, que combina las últimas técnicas interactivas y virtuales con la exposición de piezas tradicionales que nos recuerdan el delicado equilibrio entre la Tierra que habitamos y que ahora más que nunca está en peligro por la sobre explotación y la idea ya caduca de que el hombre es la especie dominante.

Asombrémonos de las maravillas de la Madre Naturaleza, como el esqueleto de 26 metros de un dinosaurio, las teorías que inspiraron a Darwin, los mamíferos y reptiles que pueblan y poblaron la superficie terrestre, los peces de sus aguas y las aves de su cielo.

Aunque el museo en sí vale la pena en su totalidad hay varios puntos que no debemos perdernos, como la galería de la Ecología ( que reproduce un bosque húmedo), la sala de los artrópodos ( maravillosas tarántulas),el balcón de los mamíferos (desde donde se tiene una impresionante vista de una ballena, delfines y cachalotes a escala natural, el pabellón de Historia Natural de Gran Bretaña ,con los hábitats característicos del país, o la galería de la tierra con infinitas muestras de piedras y minerales. No olvidemos tampoco la galería de Aves, con especies extinguidas hace tiempo y que son difíciles de ver.

En resumen, otro lugar de Londres para disfrutar sólo o en compañía, pero que no debe dejar de verse.

Museo de Londres, welcome to the heart of the world!

Porque Londres era el corazón del mundo, y en muchos aspectos lo es aún. Por eso visitar este museo es comprender la idiosincrasia y la personal visión que tienen los londinenses y los británicos en general de su cultura e historia. No fue abierto hace tanto tiempo, en 1976, con lo que el año próximo cumple 30. Pero ese tiempo ha sido suficiente para convertirse en un lugar de obligada visita para aquellos que esperan "algo más " de la ciudad del Big Ben.


El recorrido empieza por la prehistoria de la ciudad, con infinidad de descubrimientos arqueológicos que sin apenas transición nos llevan a la época romana, la sajona, la medieval, el reino de los Tudor y los Estuardo, el Victoriano y la época más actual.



Para ello se valen de perfectas reproducciones de interiores y escenas callejeras, objetos domésticos y otros encontrados en excavaciones accidentales, una maqueta animada del Gran Incendio y algo vital para los Londinenses, una amplísima muestra de su moda, usos y costumbres.



Lo más indispensable para llevarse en el recuerdo es un recorrido por las calles de Londres del siglo XIX con tiendas victorianas de todo tipo, la sala del Londres del siglo XX, que nos presenta la historia del sufragio femenino, la Segunda Guerra Mundial, el auge del cine y el famoso " Swinging London".
Vestidos, decoración, música, proyecciones, la carroza del Alcalde de Londres que aún se utiliza, espacios muy amplios y realmente didácticos, son algunos de los ingredientes de este museo que sin duda nos hará comprender eso de ser "so British".
Museo de Cera de Madame Tussauds, lo más cerca que se puede estar de un famoso
Reconozco que no era uno de los lugares que tenían prioridad en mi agenda de visitas londinenses, al contrario, estaba casi al final de ella. Pero como suelo planificar las cosas de manera que al final me sobre tiempo, decidimos acercarnos a comprobar y validar la fama del más famoso museo de cera del mundo.







Marylebone fue el sitio elegido por los propietarios para levantar el museo con su impresionante planetario que hoy proyecta películas en 3D; Según entramos, las personalidades más famosas del mundo nos van saliendo al paso, y es inevitable fotografiarse con ellos. La familia real, actores, políticos, pintores, escritores...la lista no parece tener final. Es un paseo de la fama, una enorme alfombra roja por la que podemos desfilar con los famosos sin que se puedan negar a ello.




Para poner la guinda al pastel subimos en unos carritos que nos llevaron por unos raíles que recorrían espacios con figuras animadas y música, en un rápido recorrido de la Historia de Inglaterra.
Sea Life London Aquarium, un mundo azul oscuro
A orillas del Támesis, mezclado con la London Eye y con las casas del Parlamento, encontramos un mundo aparte, un mundo que contiene miles de criaturas que viven en dos millones de litros de agua.




Según dicen son más de 500 especies las que se muestran en una de las atracciones ineludibles si queremos que nuestra visita a Londres sea completa, o casi, porque ya se sabe que la ciudad no se puede ver nunca del todo.
La publicidad que se le ha dado se basa sobre todo en sus 40 protagonistas, que son nada menos que tiburones traídos de varios puntos del planeta y que parecen convivir en varios tanques de agua acompañados por gigantescos moai de la Isla de Pascua. Pero hay más.





Medio camuflados entre la decoración vegetal que mezcla lo natural con lo artificial, encontramos muchos pequeños tanques de agua, algunos no más grandes que peceras, que nos muestran las maravillas de las medusas, las tortugas, las mantas raya, cocodrilos en sus terrarios, peces venenosos e inofensivos pero hermosos corales, localizados en 14 zonas temáticas y divididos en los tres pisos del edificio.



La visita es todo lo instructiva que puede ser, salpicada de buenas intenciones como el Sea Life Trust que pretende salvar de la extinción a varias especies de tiburones.
En general el acuario está muy bien, aunque hay partes un poco abandonadas, desnudas de contenido que le dan un aire de edificio sin acabar. La parte que menos me gustó fue la de los pingüinos, donde apenas un rayo de luz artificial dejaba ver a varios ejemplares de mirada triste. Eso me llegó al corazón.



No suelo visitar lugares donde mantengan animales encerados, fuera de su hábitat, pero siempre acabo en ellos porque me apasiona verlos....quizá antes de que se extingan.
Wellington Arch, uno de los gemelos.
Si, gemelos porque su hermano es el Marble Arch, hijos del mismo padre, Decimus Burton y entradas ambos a lo que en su día eran los terrenos de Buckingham Palace. Hoy, un poco más alejado del palacio, pero aún en las rutas de los visitantes de Londres debido a su cercanía con Hyde Park, el arco al que se puede entrar aunque nosotros llegamos tarde, se construyó con la apreciada piedra de Portland y se embelleció enormemente con las esculturas que podemos apreciar en su cima y sobre todo las maravillosas verjas que, con el escudo de armas real, "cierran el paso" a los que pretendían entrar al palacio.

Como curiosidad, decir que bajo el arco estuvo la comisaría de policía más pequeña del Imperio hasta 1960, en la que el arco perdió su poder efectivo y ganó el simbólico.

A unos pasos a la derecha encontramos otro monumento, el Memorial Neozelandés de Guerra, que recuerda a todos los caídos en los dos grandes conflictos mundiales. 16 soportes de bronce en forma de cruz con un peso de 700 kilos cada uno presentan unas superficies patinadas oscuras, adornadas con textos diferentes, dibujos y pequeñas esculturas, todos simbólicos de Nueva Zelanda, incluyendo formas de helechos, una figura de manaia, plantas y animales de Nueva Zelanda, emblemas de las fuerzas armadas del país y referencias a autores y artistas de la tierra de Oceanía.


City Hall, desde donde se gobierna Londres
Se dice que es el edificio más verde de la ciudad, que toda su energía es reciclada y reciclable, así como la basura que generan sus ecológicos empleados. Diseñado por Foster y su equipo, sus 45 metros de altura divididos en 10 pisos, destacan desde el río por la modernidad de su estructura cubierta casi completamente por cristal y acero.


En términos convencionales, el edificio no tiene delantera o trasera: su forma se deriva de una esfera geométrica modificada. Esta forma híbrida está diseñada para minimizar el área de superficie expuesta a la luz solar directa.
Aunque se puede visitar, la cola para entrar ( no existe una diferente para visitantes y otra para londinenses), era impresionante, por lo que nos conformamos con observar el edificio desde todas sus perspectivas y comprobar que el lugar donde se encuentra es uno de los más vitales de Londres.



Quizá la mejor vista sea desde el puente, ya que se integra perfectamente en la nueva ciudad, entre otros edificios modernos y lustrosos que muestran una cara de Londres poco visitada.

Y nos despedimos de la ciudad del Támesis en uno de sus lugares más emblemáticos, Trafalgar Square, el verdadero corazón de Londres
El genial arquitecto Nash quiso desde que la diseñó que fuera la parte más importante, la pieza central de su plan de reordenamiento de la ciudad del barrio de Westminster.


Lo que poca gente sabe, es que esta famosa plaza y el terreno que pisa, eran propiedad de los reales caballos de Su Majestad, ya que eran las caballerizas de la familia más importante del Imperio. Sigue siendo, como al principio y al decir de los londinenses "el más bello lugar de Europa". No puedo negar que aunque un poco chauvinista no tienen parte de razón.



Y es que es impresionante contemplar el frente de la National Gallery complementada por la columna de Nelson, que se eleva 44 metros por encima de nosotros y cuyos leones guardianes, hechos en el bronce de los cañones capturados en las guerras napoleónicas, son protagonistas indispensables de toda foto típica que tomemos en Londres.
Escenario suntuoso de grandes fastos reales y celebraciones populares ( como el Año Nuevo Chino), todos los años se adorna con un gigantesco abeto navideño regalado por Noruega. El resto del año está tomada por miles de turistas y miles de palomas.
Un 'must' londinense.
Y ya sólo nos queda salpicar el final de esta pequeña aventura con algunas instantáneas que fuimos recogiendo a lo largo del viaje, seguros de que volveremos a visitar la ciudad que un día fue la más poderosa de la Tierra.