miércoles, 25 de mayo de 2016

Mallorca y Menorca. Dos perlas en el Mediterráneo (III)

Inca, en el centro de Mallorca
Desde tiempos inmemoriales Inca ha sido uno de los centros económicos de Mallorca. Este hecho la ha convertido en ruta de obligado paso de los mercaderes a lo largo de la historia y ha fortalecido su imagen y poderío monetario. Por eso es fácil ver, al caminar por sus calles, el por qué los musulmanes la tenían en tanta consideración como para tener su propia mezquita, y cómo tras la reconquista de la isla, supo hacerse un hueco importante que le dio un empujón para crecer económicamente con la fuerza de su artesanía y la producción de destacados vinos.








Hoy, sin olvidar estas bases, la ciudad está volcada a la fabricación de calzado de altísima calidad de reconocidas marcas como Lotusse y Yanko.









El resultado de la evolución económica de Inca se puede ver en edificios religiosos como la Iglesia de Santa María la Major, recia y fuerte y perfectamente conservada y restaurada, o civiles, como el Teatre Principal de aires neoclásicos, sin olvidar las preciosas galerías que rodean la plaza mayor.




Comercio, comercio y más comercio. Tiendas de calzado, de ropa y de artesanía que nos recuerdan que trabajando duro y con ahínco se puede llegar en pleno siglo XXI a permanecer en el candelero económico de una isla cuya base es el turismo, pero que tiene mil y una ofertas que proponer.

Cabo Formentor, el lejano norte
Pollença es el punto de partida para esta pequeña pero larga jornada mañanera, que nos llevará hasta uno de los rincones más mágicos y magnéticos de Mallorca.
La carretera nos va subiendo hasta la sierra. Inocentes y confiados en que será un camino corto aunque con algunas curvas, según el mapa, conducimos con prudencia por un terreno zigzagueante y empinado. Llega un momento en que la carretera sustituye el desnivel muy pronunciado por continuas subidas y bajadas, siguiendo el trazado de la montaña. Pasamos de largo el mirador de Mal Pas, al que regresaremos luego y que está literalmente abarrotado de visitantes, para seguir en dirección al cabo.




Después de decenas de curvas y repechos, sombreadas por bosques de pinos, aparece ante nuestros ojos el impresionante promontorio donde se asienta el faro. Pero lo que ocurriría a continuación no lo esperábamos.








La carretera que sube hasta la cima de la roca es estrecha hasta decir basta, y los visitantes que no quieren aparcar su coche en el espacio que se encuentra a un costado de la construcción deciden hacerlo a los lados de la misma. El resultado es un embotellamiento que ni en Madrid la noche de Reyes. Miles de insultos e improperios en todos los idiomas, acaloramientos múltiples y maniobras imposibles con los coches.






Nosotros, prudentes, decidimos que no valía la pena perder tiempo en subir con el coche hasta arriba, así que lo aparcamos donde no molestara y ascendimos a patita.
Al llegar arriba, nos esperaba el faro y sus habitantes, varias confiadas gaviotas que luchaban por un pedazo de pan y una simpática cabra que se paseaba por las mesas mendigando algo de comida y dejando que su fotogenia se adueñara de cámaras y móviles.



El faro, paciente e inamovible como ha estado desde que se construyó a finales del siglo XIX, nos observaba desde arriba, contándonos su difícil historia que lo convirtió en uno de las balizas de más dura construcción debido a la dureza del terreno. Poca gente sabe que la carretera es relativamente reciente, y que antes de que existiera para llegar a él había que subir 272 escalones desde el cercano muelle del Patronet.
Aprovechamos para tomar un café en el establecimiento que se encuentra a sus pies y disfrutar de unos momentos de relax bajo el maravilloso sol del norte de Mallorca.
A la vuelta, paramos unos instantes en el mirador del Mal Pas para admirar el islote d'es Colomer, hermoso y salvaje, habitado por pájaros, lagartijas y algún que otro roedor solitario.

Cuando subimos al coche, nos sentíamos cargados de una energía maravillosa que sólo se puede percibir cuando se visita este precioso rincón de la isla de Mallorca.

Día de mercado en Sóller, delicias mallorquinas
Si por algo se caracteriza el archipiélago balear, aparte de sus preciosas calas, la amabilidad de su gente y su riqueza natural y artística es su enorme acervo gastronómico. Sóller, huele a naranjos, a monte y a naturaleza conservada a lo largo de los siglos.




Este valle, acreditado por sus exquisitas naranjas, elabora innumerables productos de suprema calidad como el sabroso paté de sabor único y excepcional, las deliciosas empanadas, cocas, pasteles y tartas. Pero esto es hablar muy por encima de la peculiar cocina de Sóller. Hay que saber, que debido a la emigración a Francia de muchas generaciones de sollerics existe una cierta influencia en la cocina gala. Basta pasear por el mercado que se instala semanalmente en la Plaza de la Constitución para deleitar nuestros sentidos con los productos naturales que ofrece la tierra mallorquina con especial atención a las frutas, verduras, mieles, quesos y embutidos, jamones y mil y una delicias que perfuman el aire de la plaza. Las calles adyacentes aprovechan el tirón para sacar toda su artillería de mercaderías al exterior e incluso montan improvisados expositores en un intento de atraer a potenciales compradores. La plaza y las vías colindantes se llenan de turistas y lugareños que hacen cola para sentarse en una de las preciosas terrazas de los cafés después de haber acabado las compras y disfrutar de un zumo de naranja recién exprimido o un delicioso café.





Recomiendo pasear sin prisas entre los puestos y disfrutar de la rica artesanía que nos ofrece Sóller y llenar nuestras mochilas con los ricos manjares que recordarán nuestra visita a la preciosa ciudad.




Calles de Sóller, la otra mallorca

Las fantasías eclécticas del Modernismo y el Art Nouveau español de principios del siglo pasado, no sólo dejaron hermosas huellas en Palma sino también en Sóller, la preciosa segunda ciudad de la isla. Es un espectáculo pasear por las calles de la ciudad admirando maravillas como la Iglesia de San Bartomeu y los elegantes forjados del Banco de Santander del inigualable discípulo de Gaudí, Joan Rubió.
El trazado de sus calles, laberíntico y con muchos rincones y recovecos, nos recuerda los tiempos en que los habitantes de la ciudad tenían que defenderse de los numerosos ataques piratas que pretendían despojarla de sus numerosas riquezas. Menos agresivo fue el paso de fenicios, romanos, bizantinos y musulmanes, que la adoraron y dejaron en ella más de un recuerdo de su estancia.








Inevitable y recomendable es el paseo por el Carrer de Sa Luna que permite comprender la voluntad innovadora de una burguesía emergente, que regaló a la ciudad una arquitectura rica, de carácter propio, elegante y con cuidados detalles en su decoración.
Algo que me sorprendió en esta calle es que casi todas las puertas están abiertas a los paseantes o hay un cristal que permite ver su interior, como si sus habitantes estuvieran muy orgullosos de mostrar la elegancia de sus casas. Asomándonos un poco y con discreción, podemos admirar espejos, cuadros, macetas, cortinas, muebles, cerámicas y ya con menos prudencia los numerosos jardines cerrados por verjas y muretes.






Entremos a las fábricas de calzado donde veremos a los orgullosos artesanos fabricar el mejor calzado de la isla o dejemos paso al tranvía que viene del puerto de Sóller en un trayecto de años de antigüedad.
Disfrutar del paso de un tiempo que parece detenido, disfrutar de otra Mallorca.

Lavadero público de Sóller, el agua y los chismes
Una ciudad laboriosa y siempre activa, como Sóller, no podía carecer de nada, y mucho menos de un espacio tan importante como un lavadero, donde dejar impolutas las prendas de sus habitantes, las propias y las de los señores de importancia, que no podían permitirse perder el tiempo ni estropear sus manos con las labores de limpieza.

Así, que aprovechando una corriente de agua que se canalizó y acondicionó para este menester, los ingenieros crearon un lugar con un encanto especial a nuestros ojos del siglo XXI, pero que en su tiempo tenia un gran valor como lugar de higiene y reunión.


Cada día, las mujeres del entonces pueblo de Soller llevaban la ropa sucia de sus familias o la de los señores a los que servían a este lavadero localizado al final de la calle de la Luna, y con sus losas de madera, sus raspadores y bastos jabones metidos en barreños pasaban horas quitando el polvo y la suciedad de las prendas. Pero aparte de eso, hablaban y comentaban cualquier noticia o acontecimiento que ocurría en el pueblo o en los alrededores, de donde nacieron expresiones como ‘lavar los trapos sucios’ en relación a criticar a otros o ‘hay ropa tendida’ como aviso de que no se podía hablar delante de una persona determinada.






No es fácil localizar el lavadero, ya que se encuentra un poco escondido entre huertos de naranjos y casi es identificable por su techumbre y por el espacio que se abre para dejar pasar la corriente de agua. Se encuentra en un estado de conservación bueno, aunque si se me permite, debería estar mejor señalizado y acondicionado su acceso, ya que es una pena que los visitantes de Sóller no puedan disfrutar de este pequeño espacio, de este trocito de historia tan común a muchos pueblos de España que está casi perdido.

De Palma a Soller en tren, un recorrido histórico
Al consultar la página web de la empresa que gestiona el ferrocarril de Sóller, vimos que ofrecía un pack que cubría casi todo el día y nos ofrecía la posibilidad de probar el tren que va a la ciudad desde Palma, el tranvía que baja al Port de Sóller y desde allí hasta Sa Calobra, pudiendo disfrutar de unas horas de baño y sol en el Torrent de Pareis.





Así que hicimos la reserva, pero los hados y el dios Éolo en particular, quisieron que los vientos soplaran excesivamente fuerte para que el barco pudiera salir, por lo que tuvimos que posponerla al día siguiente. De nuevo ocurrió lo mismo, así que decidimos tomar sólo el tren que nos llevaría a Soller y pasar allí el día.
La experiencia fue única. Salir del centro urbano de Palma y a pocos kilómetros vernos sumergidos en el paisaje de la Sierra de Tramuntana, con el perfume del campo y de los naranjos envolviéndolo todo, te transporta siglos atrás, cuando este tren comenzó a hacer su trayecto centenario. El viajero se relaja ante el paisaje o se entusiasma con él, ambas cosas válidas y atrayentes. La vía nos lleva por casi 28 kilómetros de hermosas vistas, con 13 túneles, varios puentes, un viaducto y emocionantes curvas.


Perfectamente conservado y mimado, como un anciano del que nadie se quiere deshacer, el tren de Sóller seguirá prestando su servicio hasta que no le quede una cuaderna ni un eje entero. Hasta que la historia se haga más vieja que él.

Cuevas del Drach, las cuevas del dragón
Según cuenta la leyenda, los primeros exploradores de las cuevas le dieron ese nombre por los extraños sonidos rugientes que provenían de su interior, y que recordaban al de los dragones. Eran el sonido de las olas del cercano mar, pero uno, siguiendo con las metáforas no puede menos que imaginarse al entrar que va pasando por la garganta y el estómago de estos míticos animales, tal es la sensación que se tiene al visitarlas.











Estalactitas y estalagmitas, lagos, pozas, juegos de luces, ecos y emociones, nos salen al paso en el poco más de un kilómetro que dura el recorrido habilitado y que termina en el lago Martel, donde el visitante se sienta para escuchar admirado un pequeño concierto de música clásica que interpreta un cuarteto, con piano incluido, que navega en una barcaza por el lago.









Después, podemos montar en las mismas barcas para cruzar los apenas 117 metros de longitud de la laguna ( que la convierten en una de las más grandes del mundo) para maravillarnos con las caprichosas formas de la naturaleza que nos rodea y salir a la superficie antes de que el dragón nos engulla para siempre.



Dejémosle en paz, para que siga custodiando aquel tesoro moro que los caballeros de Jaime I nunca pudieron encontrar.
Arenal de Sa Rápita, la playa de Beatriz
Mudo de admiración me quedé cuando mi amiga Beatriz González, viajera empedernida y la mejor anfitriona del mundo, me llevó a ver su playa, a dos pasos de su preciosa casa en Sa Rápita.



Digo su playa, porque ella la considera así, suya. Y no es difícil apropiarse de su hermosura, de su nívea y limpia arena, de la transparencia de sus aguas, de su aire marinero y al mismo tiempo solitario, casi exclusivo.
Con un poco más de un kilómetro de largo, este arenal de aguas tranquilas e invitadoras al baño, es un oasis para todo el que la visita, sobre todo si lleva muchos kilómetros y cansancio a la espalda, como nuestro caso.






Tras aparcar el coche a la entrada del maravilloso Club Náutico, hundimos los pies en la fina y cálida arena y nos tumbamos bajo el radiante sol mallorquín. La sed apretaba, así que nada mejor que tomarnos una cerveza helada en el chiringuito montado a todo lujo sobre la misma arena y relajarnos con su música chill out esperando a que caiga la tarde. Un baño de vez en cuando en unas aguas que compiten con las más limpias, transparentes y turquesas del Caribe, nos ayuda a olvidarnos de todos nuestros problemas y preocupaciones, a vivir la vida y verla de otra manera.






Todo esto y la tranquilidad de la playa de Sa Rápita hacen que enamores perdidamente de ella, que cuando dejes Mallorca la lleves en la retina y en el recuerdo. Algo la convierte en una playa única, en la playa de Beatriz.

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