martes, 4 de agosto de 2015

Londres, la moderna Babilonia (IV)

Fish and chips de lujo
Pop Newland es el nombre del visionario que quiso y supo dar un toque especial y elevar a la categoría de delicia culinaria, el famoso y en sus orígenes humilde plato que desde hace más de un siglo campea por las calles de Londres.

Ya lo descubrió Charles Dickens en Oliver Twist como una comida humilde pero sabrosa, y fue el origen de la 'fast food' al estilo británico.

El señor Pop, toda una institución tanto en Spitalfields como en Candem, lleva friendo pescado y patatas toda su vida; prácticamente no ha hecho otra cosa. Así que canalizó toda su energía en pasar de una freiduría común y corriente a montar dos establecimientos que hoy en día son referentes inevitables en la cocina londinense.


Aprovechando el radical cambio que sufrió el East End y que lo convirtió de una zona de mercado y comercio en una vibrante zona de moda y constante renovación, abrió sus dos sucursales que decoró al estilo de los años 40 y 50, con una cuidada recreación de los locales de antaño que incluye una juke box ( nuestra rokola) que al parecer no tiene precio por ser única en el mundo, un uniforme auténtico de la guardia Beefeater, reproducciones de aviones, y un amplio surtido de objetos que recuerdan el paso por la Segunda Guerra Mundial del Imperio Británico.


Cuadros, fotografías, muebles muy de la época e incluso camareras ataviadas como si hubieran salido de una película histórica, consiguen meternos rápidamente en ambiente.
Nos sentamos en una de las solicitadas mesas, tras haber visto ( algo muy de agradecer) el lugar y la manera en que elaboran los platos, y pedimos, por supuesto nuestras raciones de 'fish and chips'.


Exquisitas, no tengo otra palabra. Delicado bacalao ( también se puede pedir de merluza, lenguado o incluso platija) rebozado en una perfecta mezcla de harina, huevo y cerveza. Literalmente se deshace en la boca. Acompañando el pescado las insustituibles patatas fritas condimentadas con sal y unas gotas de vinagre y escoltadas por dos tipos de salsa para bañarlas ( si apetece).

Nada mejor que una cerveza de jengibre ( Fentimans) para sentirnos plenamente británicos y dejar el local con muchas ganas de volver para disfrutar de otro atracón de exquisito pescado frito.


Me pregunto si muchos de los que comen este tradicional plato en los miles de locales repartidos por el mundo, saben que su origen está en el pescaito frito que los judíos emigrantes provenientes de España y Portugal llevaron al entonces naciente Imperio Británico.
Bueno, no digamos nada a los ingleses, no vayamos a quitarles una de sus glorias nacionales. Guardaremos el secreto.

Catedral de St. Paul
Quizá una de las catedrales más espectaculares e imponentes de Europa, Saint Paul se levanta, como ave fénix, sobre los restos de una anterior iglesia medieval ( la primera de Inglaterra) que fue arrasada hasta los cimientos por el Gran Fuego de 1666.

Para los ingleses, y londinenses en especial, esta catedral guarda tanto valor simbólico, que el mismísimo Churchill, preguntaba si seguía en pie después de cada bombardeo alemán. Y no es para menos, ya que todo en ella parece tener un halo de unicidad que la convierten en indispensable para los amantes del turismo religioso, arquitectónico e histórico.


Por un lado la imponente entrada, guardada por dos torres que fueron añadidas para colocar las esferas de reloj que actualmente vemos desde abajo.

Dentro, nos espera la historia de Londres, en un espacio tan grande y macizo que nos hace comprender el tiempo que tardaron en levantar la catedral. De echo hay una frase que se sigue usando que dice " Eres más lento que los obreros de San Pablo".


Hay que ir con tiempo y calma, para poder admirar rincones como el que se reservó para la escultura de Henry Moore " Madre e hijo", la capilla dedicada a los americanos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, el órgano del coro, las preciosas pinturas que cuentan la vida de San Pablo, o una visita a la cripta donde descansan los incombustibles Nelson y el Duque de Wellington.




Por supuesto que la cúpula es la estrella del templo, ya que con sus 33 metros de ancho y 110 de alto es casi tan grande como la del Vaticano. Para los más avezados, entre los que me encuentro, no supondrá un contratiempo subir los más de 600 escalones que nos llevan hasta la linterna, sobre todo porque al estar dividida en tres alturas, siempre tenemos la posibilidad de recuperar el aliento mientras admiramos la fascinante bóveda.



La que más llama la atención es la Galería de los Susurros, con una acústica tan especial que el eco de cualquier palabra dicha en voz baja se extiende por toda la cúpula y se puede escuchar al otro lado. Misterios de la arquitectura..

Un poco más arriba encontramos la Galería de Piedra que se encuentra cerrada a los visitantes, y de ella accedemos por unas angostas escaleras de caracol hasta la Galería Dorada, desde donde tendremos una visión única y espectacular de toda la ciudad.
V&A o la fascinación por el arte.
No es cuestión de dejarse en el tintero, después de visitar el British o el Natural History, un espacio tan interesante como es el Victoria and Albert. Mucha gente suele dejarlo para el final, perdón, casi todo el mundo la hace, incluyéndome a mi; uno de mis errores... Pero reaccioné a tiempo y exprimí un par de horas de la apretada agenda que tenía en la ciudad del Támesis.


Todo un acierto, porque el V&A es ese tipo de museo de artes decorativas y aplicadas que tanto me atrae en las grandes ciudades que recorro. Un compendio de objetos e ideas que van desde los que inspiraron a los primeros cristianos hasta los vestidos que presentó en su último desfile Alexander McQueen, o desde los paisajes del genial pintor Constable hasta llegar a las acuarelas del sureste asiático.

Ya de por sí el edificio es una maravilla, un lujo de la arquitectura de mediados del siglo XIX, con todo lo que conlleva el derroche de poder que en esos momentos disfrutaba el Imperio Británico.


Son 11 kilómetros de galerías llenas de tesoros, pero desgraciadamente hay que ser tajantes si tenemos poco tiempo, así que tengo varios puntos que recomendar para hacerse una idea general: empecemos por las cuatro galerías de artes decorativas europeas que muestra más de 500 años de refinamiento artístico en nuestro continente; la colección Constable, pintor que captó magistralmente el paisaje inglés; la inevitable sala Morris & Gamble, con decoraciones victorianas y materiales de la época industrial (aquí es donde se respira ese aire imperial ); el tesoro medieval, con el fastuoso relicario de Eltenberg; la colección de vestidos de época (desde 1600 hasta 2015); y finalmente la Nehru Gallery of Indian Art, con preciosos objetos de los tiempos en que la India era la más valiosa joya del Imperio Británico.

No podría dejar de recomendarlo e incluso anteponerlo a otros lugares con menos relevancia histórica y artística.

Donde se escribió la historia
Un poco alejado del centro de Londres, aunque apenas tardemos 10 minutos en metro, Kensington ha sido desde 1689 uno de los lugares con más residentes reales del Reino Unido y sin duda cuando paseemos por su interior nos daremos cuenta de que varios de los momentos más importantes de la historia de la monarquía británica han transcurrido en este pequeño pero precioso palacio.



De hecho, aunque el palacio está abierto a las visitas, un ala privada sigue sirviendo de residencia a algunos miembros de la familia Windsor mientras que el resto albergan exposiciones que nos ayudan a vivir casi en primera persona la historia de los monarcas británicos.




Hay cuatro rutas. Nosotros comenzamos por la llamada Victoria Revealed que nos va guiando por las habitaciones donde se desarrolló buena parte de la historia de la Emperatriz de la India: el salón rojo donde celebró su primer Consejo, las habitaciones en las que nació y creció, recuerdos de su matrimonio, de la Gran Exposición y sobre todo del llamado Jubileo.

Luego seguimos por la ruta de María II, con su preciosa escalinata de madera, sus dormitorios (donde murió de viruela a los 32 años), salones y el gran comedor; continuamos por la ruta del rey Jorge II, famosa por ser el reinado donde florecieron las artes y por ello con habitaciones, galerías y salones más suntuosamente decorados.

 

Para acabar, nada mejor que recorrer las seis salas que componen la ruta de la moda, donde se exponen vestidos y complementos que usaron la reina Isabel y las princesas desde 1950 hasta la muerte de la princesa de Gales. Recordemos que el palacio estuvo en el ojo de la prensa cuando tras anunciarse la muerte de Diana se vio inundado de visitantes que inundaron de flores, fotografías y velas la verja dorada que bordea el sur del palacio. Nadie ha olvidado como el suelo aparecía alfombrado de las más variadas y coloridas flores.

Una vez recorrido el interior, no está de mas complementar la visita con un paseo por los jardines, cuidados con esmero británico.

Una curiosidad. Junto con el plano del palacio, nos adjuntan otro llamado " Plano de olores de la Corte del Rey Jorge", con el, y rascando sobre determinados iconos del mapa, podremos hacernos una idea de lo que los cortesanos olían en el palacio: la cera, el tabaco, la leña quemada, el brandy o el perfume de la reina. Una idea interesante que nos permite vivir más de cerca la visita a este lugar de profunda importancia histórica.

Aprendiendo del pasado
Normalmente no suelo sentirme atraído por toda la parafernalia que constituye esos recuerdos que muchos prefieren mantener en la memoria histórica por razones de heroísmo, gloria o simple fetichismo. Pero tengo que reconocer que en el caso del HMS Belfast mis prejuicios cayeron redondos al suelo, o más bien al agua del Támesis, ya que ver este destructor, balanceándose casi imperceptiblemente en el arrullo de las mareas del río tiene un magnetismo fuerte e irremediablemente atractivo.





No es fácil resistirse a visitar el pasado cuando en pleno centro de la ciudad de Londres encuentras un barco que tiene y retiene tanta historia que parece envuelto por un halo de leyenda.

Y es que viene a ser un apéndice del Museo Imperial de Guerra, como las torres exentas de las iglesias románicas, aunque en vez de campanas tiene ametralladoras y cañones, que sonaron durante la Segunda Guerra Mundial y la innecesaria Guerra de Corea. Menos mal que algún visionario tuvo la buena idea de redimir el alma del navío y dedicarlo a labores humanitarias, papel que interpretó hasta su conversión en museo.



Sólo al pisar la cubierta por primera vez nos damos cuenta de que el barco era en sí mismo un pequeño cuartel flotante, ya que prácticamente cubría todas las necesidades de la marinería en alta mar. Una cuidadísima reconstrucción de sus instalaciones nos lleva a través de los camarotes, la cocina, la enfermería, el dentista, la despensa, el puente de mando o, bajando hasta el corazón, la sala de máquinas y la enorme caldera.


Varios maniquíes colaboran activamente en dar más sensación de realismo a la visita, ya que prácticamente pueblan todo el barco, desde la cubierta principal hasta las cocinas o el quirófano. Con mucho cuidado, ya que las escaleras y escotillas no están hechas para cualquier visitante dada su inclinación y estrechez, vamos pasando de una a otra cubierta y descubriendo la importancia histórica del buque.






A quién le guste la maquinaria bélica y todo lo relacionado con la Segunda Guerra le encantará el barco, pero también disfrutará quien quiera conocer un poco más sobre el papel del Reino Unido en la contienda y los entresijos de un barco espectacular. Totalmente recomendable.





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