domingo, 22 de noviembre de 2015

Islandia, corazón de hielo y fuego (VIII)

La Islandia más verde
No quería dejar de hablar de la zona este de la isla como un todo, no sólo por las panorámicas que ofrece, su naturaleza, su espíritu y su sensación de soledad, sino también para compartir las bellas imágenes que parecen sacadas de una guía de viaje y que irremediablemente nos atraerán y quedarán por siempre grabadas en nuestras retinas.




Y es que la región oriental de Islandia no atrae a tantos turistas como otras partes del país, al regalarnos imágenes más sutiles y atracciones menos masificadas, aún encontrándose tan cerca de los grandes glaciares.






Esta zona nos magnetiza con sus fiordos, sus pueblos rodeados por montañas escarpadas salpicadas de cataratas, el lago más grande del país, granjas perdidas y sobre todo el Snaefell, uno de los más hermosos picos de Islandia. Por eso hay que ir un poco más allá y dejar durante unas horas la carretera de circunvalación, que nos aleja de estos parajes de ensueño.




Es, geológicamente hablando la zona más antigua del país, erosionada por los elementos hasta dejar ver sus entrañas.

Es recomendable, aunque no necesario para los más cómodos, bajar del coche para disfrutar del paisaje, de la sensación de aislamiento, de la belleza de una naturaleza que no cesa en su formación y destrucción de la tierra, de un entorno que parece no pertenecernos pero que la sentimos dentro, como si formáramos parte de ella. Es un lugar para comulgar con la verdadera Islandia, aquella que permanece aislada, casi virgen y desconocida.
El mar, el glaciar y el universo
Höfn vino al mundo como uno de los centros de actividad de la industria pesquera y sus derivados y así permaneció durante mucho tiempo, hasta que poco a poco fue derivando sus intereses hasta llegar a ser un punto estratégico para el turismo, ya que a su aeropuerto llegan diariamente vuelos desde Reykjavik y de aquí parten excursiones al glaciar de Vatnajökull.






Pero en ningún momento, y aunque hayan pasado décadas, los habitantes del pueblo han olvidado sus orígenes, y para que a todos los visitantes les quede claro, levantaron un moderno y blanco monumento que recuerda a todos los marineros y pescadores que dieron su vida por sus familias, ya fuera pescando las enormes ballenas del mar del Norte (cuyos arpones están representados por las tres enormes columnas) o simplemente como marinos mercantes que contribuyeron al comercio y la supervivencia de la sociedad islandesa.






La escultura es sencilla, compuesta por esos tres arpones y dos bustos sencillos que se funden uno con otro, como si quisieran avistar tierra o encontrar una ballena errante con la que acabar la jornada interminable de pesca.

Lo que es realmente extraño, es que a los lados de la carretera que lleva al monumento hay varias esferas que representan los planetas del sistema solar con carteles que explican cual es cada uno. Al principio puede parecer chocante, pero es que éste es el Sendero de la Naturaleza.

Más larga será la subida….
Y es que es muy larga, porque el camino que nos lleva hasta ella la convierte en la cascada accesible más alejada del asfalto de toda Islandia (si no contamos las que se encuentran en el interior).




Aunque si hablamos con propiedad debemos decir que son dos cascadas en una. Por un lado la cascada "madre" que se llama Hengifoss, y que es la segunda mayor en altura de la isla, con sus 120 metros. Para llegar a ella se necesitan unas dos horas y media, ya que son 7 kilómetros en elevada pendiente y no siempre por caminos en buen estado; y por otra la cascada "hija" conocida como Litlanesfoss y que se encuentra a sólo 1,5 kilómetros de donde debemos aparcar el coche. Ésto no quiere decir que su acceso sea fácil, ya que debemos subir un buen tramo de escaleras de acero, que acaba en una vereda que a su vez nos lleva a cruzar una cerca y seguir andando todo ellos siempre en cuesta, hasta que el terreno se suaviza y llegamos a una semiexplanada que se interna en la montaña hasta formar una amplia garganta. Al fondo encontramos la hermosa cascada.






Pero debemos andar hacia ella fijando nuestra vista en las paredes de la quebrada, puesto que las formaciones de piedra que la conforman tienen unas geometrías casi imposibles. Es como si la naturaleza las hubiera fundido y les hubiera dado forma de bombones de chocolate. Fue mi impresión.







Escoltando la cascada, unas altísimas y estilizadas columnas de basalto, que parecen curvarse en su parte más alta como si la lava aún estuviera empujándolas desde arriba.
Una excursión corta, un breve paseo que nos descubre otra de las maravillas de Islandia.

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