martes, 19 de diciembre de 2023

Sri Lanka, la maravilla de Asia. (VII)Miintale y Sigiriya

 Mihintale, a las afueras de Anuradhapura, fue el primer lugar donde la religión budista impactó de manera más significativa en el corazón de los habitantes de la antigua Ceylán. 


1840 escalones debimos subir para alcanzar la cima de esta sagrada montaña, donde el rey Devanampiyatissa se convirtió a la religión budista.

 Al final de los escalones, en un espacioso claro, nos espera la Dagoba Ambasthala, que marca el lugar donde Mahinda se apareció al rey, suplantando al ciervo que el rey perseguía en una de sus cacerías.

Cerca se halla Aradhana Gala, la roca de las invocaciones, donde Mahinda rezó por primera vez. La Maha Seya, por su parte alberga el único pelo de Buda que se conservó. Desde ella se tiene una vista fantástica de las grandes dagobas de Anuradhapura.


Los impresionantes paisajes de Sigiriya han fascinado a reyes y campesinos desde tiempo inmemorial. Su particular morfología ha hecho que fuera lugar de oración y recogimiento para los primeros monjes budistas, tal y como demuestran las inscripciones en piedra.


Fue, por también sede de la realeza durante un breve espacio de tiempo, el último cuarto del siglo V, cuando un furor constructivo se apoderó del entonces príncipe Kasyapa. Tal y como ocurre en todas las familias reales, la sucesión al trono fue toda una novela que incluyó un golpe de estado, el encarcelamiento del rey y la huida del legítimo heredero.


Tras un rápido y falso juicio, Kasyapa mandó a enterrar vivo a su padre y en su paranoia, al creerse amenazado constantemente se dirigió a Sigiriya, donde ordenó la construcción inmediata de su palacio en lo alto de la roca.


Siete años después de haber ascendido al trono, el rey ( que se consideraba a sí mismo un dios en la tierra) se trasladó al nuevo palacio. Allí vivió en relativa paz hasta siete años después, cuando su hermano, el legítimo heredero volvió del exilio para reclamar el trono. 
En plena batalla, el elefante de Kasyapa, se asustó, y las tropas pensando que el rey se rendía se retiraron. El rey dios se vio sólo y prefirió clavarse una daga en el cuello y morir que caer prisionero de su hermanastro.

La roca de Sigiriya es el resto de un magma endurecido de un volcán extinguido y muy erosionado.


Entramos al parque arqueológico por una cuidadísima avenida, que es el marco perfecto para la Roca del León. Nos reciben dos varanos mientras toman el sol.


Antes de empezar la subida, atrae nuestra mirada el llamado Jardín del Agua, varios estanques dispuestos de manera simétrica para proporcionar aún más belleza al conjunto. Destaca especialmente el que encontramos a nuestra izquierda con los restos de una enorme piscina.



Enfilamos el camino de subida a la roca pasando por varios dinteles de roca que en su momento sirvieron de lugar de retiro y meditación de los monjes que vivían en la roca antes de la edificación del palacio y una vez que éste fue abandonado.



La última parada antes de la cima será la Terraza del León. 
Antiguamente, el que quisiera entrar al palacio debía pasar por las fauces abiertas (giriya) de un león (sinha), esculpido en la gran roca.
Hoy solo quedan las enormes zarpas, que siguen imponiendo al visitante como lo hicieron en el pasado,



Tras la ardua y empinada subida llegamos a la cima, cubierta en su momento de edificios que constituían el gigantesco Palacio Real.

Las vistas desde aquí son espectaculares y abarcan el gran Estanque de Sigiriya, la antigua Ciudad del Este, Petangala y sobre todo Prison Rock, desde donde se tiene una imagen de Sigiriya impresionante.




La ciudad contaba incluso con unos canales subterráneos para la Casa Real de Verano, rodeada de fosos y columnas, con piscinas para el baño.





Sigiriya era una fortaleza diferente a las demás, edificada para dar paz y una vida feliz al rey, por lo que contaba con muchos espacios al aire libre, llenos de fuentes y albercas, en lugar de los palacios oscuro y lúgubres al uso.



Recorriendo el palacio podemos encontrar lugares como este trono excavado en la piedra.

Como he comentado, tras el suicidio del rey Kasyapa, el legítimo heredero Mogallan trasladó de nuevo la capital del reino a Anuradhapura, pero la gente seguía acudiendo a Sigiriya a disfrutar del paisaje desde lo alto y sobre todo a admirar las pinturas de las Doncellas. Para poder admirarlas es necesario subir por una escalera de caracol hasta la cavidad onde se encuentran los frescos.

Al parecer la totalidad de la pared del oeste, la que da acceso a la Roca del León, estuvo en su momento revocada y adornada con todo tipo de delicadas pinturas.
De lo que fue esa maravillosa galería de arte del siglo V apenas quedan 19 figuras femeninas de las 500 que una vez embellecieron el camino a la cima.
Para algunos estudiosos las pinturas representan a las mujeres del harén de Kasyapa, para otros son deidades femeninas o apsaras.


Pintadas sobre una base de plátano, leche y dahaiva, los colores se conseguía mezclando tintes vegetales, minerales y animales.
La maestría de los pintores le dan un efecto tridimensional e incluso de movimiento realmente increíble. Desnudas de cintura para arriba, parecen emerger de un mar de nubes, reforzando su carácter erótico o divino.
A punto estuvieron de perderse para siempre, ya que en 1967 un demente destruyó varias de estas pinturas de incalculable valor, que pudieron ser restauradas por el doctor Marenzi.


Ya de nuevo a nivel de tierra firme, pasamos por esta roca donde se puede haber celebrado consejos...



Una de las formaciones más famosa es la conocida como Cobra Hood, ya que su aspecto es el de una amenazante cobra.

 
Con esta imagen nos despedimos de la fascinante Sigiriya, la Roca del León. 

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