miércoles, 12 de noviembre de 2025

Euskadi: Un lienzo pintado por el tiempo y el mar (III) Hondarribia

Hondarribia nació donde el mar y la frontera decidieron encontrarse. No es una ciudad que surgiera por casualidad, sino por necesidad: su emplazamiento, en la boca del Bidasoa, la convirtió desde la Edad Media en una plaza estratégica entre reinos, en una línea de control sobre el tránsito marítimo y sobre la ruta hacia el interior. Así, su geografía —esa bahía tranquila frente a Hendaya— fue también su destino histórico.

Durante siglos Hondarribia vivió con la urgencia del límite: fortificaciones, atalayas y murallas crecieron en respuesta a amenazas reales —incursiones, asedios, tensiones entre potencias— y la ciudad se organizó en torno a esa doble naturaleza: militar y marinera. No fue un burgo mercantil cualquiera; fue bastión. Las fortificaciones que hoy vemos son, en gran parte, el resultado de esa función; su silueta pétrea no es adorno sino eficacia.

Pero todo esto lo veremos en nuestro recorrido por la ciudad.


Entrar a Hondarribia por la Puerta de Santa María es atravesar un punto literal de tránsito histórico. Esta puerta, robusta, austera, imponente, era el acceso principal a la ciudad amurallada. No es un arco ornamental: era control. Era filtrado. Era defensa. Por aquí se definía quién entraba, quién salía y en qué condiciones. Construida en piedra y reforzada en época moderna, su forma recta, severa, sin florituras excesivas, es reflejo puro de una villa fronteriza que no estaba para sutilezas estéticas, sino para resistir. Sobre el arco se conservan escudos y elementos heráldicos que son la firma de los linajes que sostuvieron —políticamente y económicamente— la fortificación de la villa. Y eso la convierte también en documento: cada símbolo es una capa histórica reconocible.



Delante del arco, El Hatxero.

La escultura al Hatxero en  es una de esas piezas que si no sabes lo que representa… puedes pasarla por alto, ero si la entiendes, te abre una dimensión humana de la ciudad que no dan ni murallas ni castillos. El Hatxero era el soldado de infantería que iba delante, el abridor, el que abría paso, el que con su hacha ligera (hacha = hatxe) rompía obstáculos, despejaba camino, atacaba en primera línea y protegía a los demás detrás. No era oficial, no era noble: era fuerza directa y arriesgada del ejército fronterizo.

La escultura que vemos hoy lo representa en posición firme, con la hacha a punto, en actitud de avance. Es sobria, sin dramatismo, sin heroísmo exagerado. Precisamente por eso es tan potente: encarna de forma directa el espíritu militar real que tuvo la ciudad durante siglos. Por eso esta escultura no es solo homenaje a un soldado. Es homenaje a todos esos hombres anónimos sin apellido ilustre, sin blasón propio, que sostuvieron las batallas que luego otros firmaron en tratados diplomáticos.


El Kasino Zaharra es uno de los edificios civiles más elegantes y reconocibles de Hondarribia, y además uno de los que mejor explican el paso de villa militar dura a villa burguesa culta y social. Su presencia es distinta: no es defensiva, no es pétrea al estilo fortaleza, sino refinada, abierta, casi cosmopolita para el tamaño de la ciudad. El Kasino Zaharra fue durante décadas el gran punto de reunión de la élite local, el espacio de sociabilidad formal: tertulias, café, reuniones políticas, música… fue símbolo de ese cambio de mentalidad del siglo XIX donde Hondarribia empieza a mirar el ocio, la vida elegante, la conversación, la cultura… en vez de vivir únicamente para el conflicto fronterizo. Su fachada tiene esa estética afrancesada que no es casual: aquí enfrente está Francia, literalmente al otro lado del río, y durante siglos la influencia francesa se filtró en estilo, usos sociales y mentalidad urbana. Fue también punto clave de vida cultural local. Aquí se reunía gente con ideas, marineros que habían visto mundo, políticos, comerciantes, militares retirados… se debatía, se observaba, se discutía. Hoy el edificio mantiene esa aura señorial antigua, y se ha convertido en restaurante. Pero sigue teniendo categoría visual. Para muchos es uno de los edificios que mejor muestran cómo Hondarribia tuvo dos almas: la militar del castillo… y la civil ilustrada del Kasino Zaharra.


Hondarribia por dentro es un tablero medieval urbano precioso. Aquí las calles no son solo calles —son capas. Son memoria caminable. Cuando entras por Santa María y te adentras hacia el interior amurallado, todo se vuelve estrecho, empedrado, recogido. Hondarribia tiene un trazado muy puro de villa fronteriza medieval: calles rectas, ligeramente en pendiente, y manzanas muy definidas entre muros. Aquí nada es casual, porque las calles eran defensa, control, laberinto. Lo primero que llama la atención son los balcones de madera pintados en colores intensos —rojo, verde, azul, granate oscuro— y llenos de flores. Eso no es para el turista. Esa tradición viene del prestigio marinero vasco, del simbolismo familiar, de la madera barnizada contra la sal.




La calle Mayor, Nagusia, es la columna vertebral. Allí estaban los comercios más antiguos, las casas más nobles, la vida social. Cuando caminas, se nota. Es una calle que se siente “rectora”. Luego aparecen pequeñas callejuelas laterales que parecen hechas para escapar, para sorprender. Algunas conectan con bastiones, otras con pequeñas plazuelas, otras con miradores que de pronto se abren hacia la bahía y Hendaya enfrente.


Las calles se leen como si fueran un libro. Puedes imaginar asaltos, ceremonias, procesiones, festejos, mercados… todo ahí. Todo en esos 3-4 pasillos urbanos que parecen escenografía de película histórica pero son reales. Y Hondarribia mantiene algo que pocas ciudades medievales conservan: la sensación de continuidad. No es decorado, es verdad viva. Las calles aquí no son pasado: son presente habitado.




Aquí encontramos casas nobles como del Conde de Torre Alta, un antiguo palacio nobiliario ligado a los militares de alto rango encargados de la defensa de Hondarribia, la Casa Zuloaga, de comerciantes y marinos con conexiones con el tráfico atlántico, la Casa Ordóñez, familia vinculada a cargos públicos y administración real, entre muchas otras.


A mitad de calle se encuentra la plaza del Obispo. En ella se encuentra la Casa Palencia o Echevestenea, de origen medieval. En ella  nació Don Cristóbal de Rojas y Sandoval en 1502. Llegó a ser arzobispo de Sevilla, capellán de Carlos V y protector de Santa Teresa.


La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción y del Manzano es el edificio religioso más importante de Hondarribia, y además uno de los más interesantes del País Vasco a nivel histórico porque está íntimamente ligado a la identidad de plaza fronteriza. Esta iglesia fue lugar de juramentos, pactos, protección de archivos, refugio en momentos de sitio… era un pilar de estabilidad política además de religiosa.

Las capillas laterales son pequeños mundos particulares, cada una con su personalidad marcada. Muchas de ellas están vinculadas a cofradías, familias y linajes que tuvieron peso en la ciudad. Es muy diferente a otras iglesias donde las capillas parecen repetidas o meramente ornamentales. Aquí cada una tiene su razón y son cápsulas históricas. Muestran devociones marítimas, militares, gremiales y reflejan esta doble alma híbrida tan característica: mar + frontera + nobleza + religiosidad vasca.

En algunas capillas se conservan piezas de imaginería antigua, pequeños retablos y elementos que hablan de siglos en los que el templo fue refugio espiritual en momentos muy difíciles.


El altar mayor es de carácter monumental, barroco en su presencia pero sobrio en proporciones, con ese gusto vasco por la piedra y por el volumen. Allí preside la imagen de la Virgen del Manzano, que es corazón identitario de Hondarribia. No es un altar recargado sin sentido; es un altar que “manda” y que concentra la mirada. Y lo más importante: este altar ha sido testigo real de juramentos solemnes y actos civiles a lo largo de siglos. Aquí se han tomado decisiones históricas que salían de lo religioso para afectar a toda la villa.


Al final de la calle encontramos La Plaza de Armas, el corazón más simbólico de la Hondarribia histórica. Es el punto donde la ciudad se ensancha después del corredor estrecho de la calle Mayor, como si la propia villa respirara. Aquí siempre estuvo el centro militar y político del lugar. No es casual que esté dominada por el Castillo de Carlos V en un lado y por la alineación de casas señoriales en el otro. Aquí se decidía, aquí se organizaba, aquí se juraba.

En tiempos de guarnición… esta plaza fue literalmente un patio central militar: formaciones, revista de tropas, proclamas, recepción de altos mandos, celebraciones de victorias y curación colectiva de derrotas. Era plaza dura, marcial, fronteriza, de frontera viva. Todo pasaba por aquí antes de bajar al puerto o mirar a Francia frente a frente.

El Castillo de Carlos V es la pieza monumental más poderosa de Hondarribia. Es la coronación en piedra de todo el sistema defensivo histórico de la ciudad. Cuando uno se coloca delante… entiende inmediatamente que Hondarribia no era un pueblo bonito sin más —era una plaza militar estratégica del mayor nivel en la frontera con Francia. El castillo no solo era residencia de los gobernadores y pieza simbólica del poder real… era el centro nervioso de la defensa. Aquí se organizaban sitos, estrategias, comunicaciones y se tomaban decisiones que afectaban al equilibrio de dos reinos. Técnicamente, es una fortaleza de enorme masa pétrea, líneas gruesas, fachadas imponentes, muros que parecen casi montaña. No es un castillo romántico de torres estilizadas: es una fortaleza pragmática, pensada para aguantar artillería moderna, bombardeos, largos asedios y desgaste.

La fortaleza resistió ataques brutales —el más famoso el Sitio de 1638— uno de los episodios más legendarios de resistencia vasca. El castillo fue columna, refugio y símbolo en ese momento. Hoy es Parador Nacional.


De un lado de la plaza surge el camino que nos lleva, si tenemos tiempo, a la Marina de Hondarribia.


Nos despedimos de la ciudad desde el otro lado de la plaza, repleto del colorido de sus balcones.

Vemos ahora un tipo de casa señorial o burguesa antigua, de cuando Hondarribia vivía aún con doble alma: defensa arriba y mar abajo. Está hecha en piedra arenisca en la parte baja (muy típico para aguantar humedad, frío y ataques) y cuerpo superior más ligero con entramado de madera (que también se ve en el gran alero). El alero de madera labrada que sobresale tanto es muy vasco, para proteger fachada y balcones de la lluvia atlántica constante. La vegetación que cubre fachada y muro (hiedra y parra principalmente) es totalmente característica del casco antiguo de Hondarribia. Aquí no es decoración “postal", es parte del ADN de calle, esa mezcla verde con piedra vieja que hace que cada casa parezca vivir, respirar, latir. El balcón de hierro forjado y la puerta maciza son también elementos típicos de casas nobles urbanas del siglo XVII–XVIII.


También encontramos curiosidades, como este un ejemplo de arquitectura historicista / romántica del siglo XIX - principios del XX, inspirada en formas neo-medievales, es decir: no es un torreón defensivo real, sino un edificio levantado para parecer un castillo.
Por eso vemos almenas decorativas en el coronamiento, ladrillo visto combinado con piedra arenisca, ventanas arqueadas o contrafuertes y remates exagerados

Esto se hizo muchísimo en zonas históricas europeas donde la memoria medieval era muy fuerte. Es arquitectura “revival”, sobre una base de muro antiguo auténtico (la parte inferior) y una construcción superior más reciente de estética romántica. Este tipo de edificio en Hondarribia normalmente pertenecía a familias que querían marcar distinción, gusto y prestigio… en un tiempo donde ya no se luchaba cuerpo a cuerpo con artillería en el Bidasoa, pero donde el pasado militar seguía siendo símbolo.






jueves, 6 de noviembre de 2025

Euskadi: Un lienzo pintado por el tiempo y el mar (II) Bilbao (II)

 La ría no solo atraviesa la ciudad: la define. Es, en el fondo, una metáfora perfecta de Bilbao mismo —una ciudad que, como el agua, aprendió a fluir, a adaptarse y a seguir adelante, sin perder nunca su fuerza. Y allí, a orillas del agua, se alza el icono indiscutible de esta nueva era: el Museo Guggenheim. Recuerdo perfectamente el momento en que lo vi por primera vez. Su estructura de titanio parece un barco anclado en el tiempo, o una flor metálica abierta al cielo. Cada ángulo cambia con la luz, y el edificio parece moverse, respirar, como si tuviera alma propia. Frank Gehry no solo diseñó un museo: creó un símbolo. En su interior, el arte contemporáneo dialoga con el espacio, y uno siente que ha entrado en una catedral moderna.


El Guggenheim no solo cambió el perfil urbano de Bilbao; cambió su destino. Donde antes había una zona industrial gris, junto al cauce del Nervión, se levantó una escultura habitable, una sinfonía de titanio, piedra y cristal diseñada por el arquitecto canadiense Frank Gehry, inaugurada en 1997. El edificio ocupa una superficie total de 24.000 metros cuadrados, de los cuales más de 11.000 están dedicados a espacios expositivos. Su estructura se compone de formas curvas y asimétricas, recubiertas por 33.000 láminas de titanio, un material que refleja la luz del cielo y del agua de manera cambiante. A lo largo del día, el museo parece transformarse: brilla con tonos plateados al amanecer, adquiere reflejos dorados al atardecer y, cuando llueve, se funde con la ría como si fuera parte del paisaje.



El edificio está anclado a la historia y al entorno. Gehry quiso que su diseño dialogara con el pasado industrial de Bilbao —el acero, los barcos, los astilleros—, pero también con su renacimiento cultural. Por eso, su estructura, aunque vanguardista, no resulta ajena: evoca la proa de un barco, las velas hinchadas por el viento y el movimiento constante del agua. Entre las obras permanentes más destacadas se encuentran piezas de artistas como Jeff Koons, Richard Serra, Anselm Kiefer o Louise Bourgeois. Y, por supuesto, las dos esculturas icónicas que ya forman parte del paisaje urbano: “Puppy”, el gigantesco perro floral de Koons que da la bienvenida al visitante y al que estaban cambiando la cobertura floral, y “Mamá”, la inmensa araña de bronce de Louise Bourgeois que se alza junto al río. El Guggenheim no solo se convirtió en un símbolo arquitectónico, sino también en un fenómeno cultural y económico. Dio origen a lo que se conoce como el “efecto Bilbao”, un término acuñado internacionalmente para describir cómo un proyecto cultural puede revitalizar por completo una ciudad. Desde su inauguración, el museo ha recibido más de 25 millones de visitantes, ha multiplicado el turismo y ha situado a Bilbao en el mapa mundial del arte contemporáneo.


Las Siete Calles son el latido más antiguo de la ciudad, el punto donde todo comenzó. Caminar por ellas es retroceder en el tiempo, hacia un Bilbao medieval que aún se respira entre los muros, los soportales y los aromas de sus tabernas. El Casco Viejo, como lo llaman hoy, nació en el siglo XIV junto a la ría, protegido por una muralla. Su estructura original estaba formada por siete calles paralelas que descendían hacia el agua, unidas por estrechos callejones y pequeñas plazas. Aquel entramado, que se ha conservado casi intacto, fue el germen de la ciudad. De ahí su nombre: Zazpi Kaleak, “las siete calles”, en euskera.






Sus nombres —Somera, Artekale, Tendería, Belostikale, Carnicería Vieja, Barrenkale y Barrenkale Barrena— evocan los oficios y la vida cotidiana de la villa en sus primeros siglos. Aquí vivían los comerciantes, los marineros, los artesanos… y de aquí partían las mercancías que dieron a Bilbao su carácter emprendedor y su vocación marítima. Pasear hoy por las Siete Calles es dejarse llevar por una mezcla perfecta de historia y vitalidad. Entre las fachadas de colores y los balcones de hierro forjado se esconden tiendas centenarias, tascas de pintxos, librerías, y mercados donde la vida sigue latiendo con naturalidad. Cada calle tiene su propio ritmo y su personalidad.


Entre las calles se abre la Plaza Nueva, un espacio porticado del siglo XIX que actúa como punto de encuentro y escenario de la vida bilbaína. Allí se reúnen vecinos y visitantes para desayunar, charlar o disfrutar del tradicional pintxo-pote.

Es inútil e imposible resistirse, en este lugar a probar la infinita variedad de pintxos que ofrecen los bares que rodean los soportales de la plaza.




La Catedral de Santiago es el templo más antiguo e importante de Bilbao, y se levanta en pleno Casco Viejo, integrada orgánicamente con la trama medieval original de las Siete Calles. Su construcción principal corresponde al siglo XV, y su estilo dominante es el gótico tardío vasco, con líneas verticales elegantes, pináculos afilados y arbotantes discretos que permiten una lectura muy pura de esa estética del gótico final, ya racionalizada en forma y proporción.


El exterior que vemos hoy, sin embargo, mezcla historia con restauración: tras siglos de modificaciones, incendios y transformaciones urbanas, la fachada principal y la torre neogótica se añadieron a finales del siglo XIX (la torre actual se concluye en 1890 aproximadamente). Esa torre estilizada, de aguja esbelta, se convirtió en uno de los perfiles más reconocibles del skyline tradicional de Bilbao antes incluso del Guggenheim. El templo está construido principalmente en piedra arenisca clara local, que adquiere tonos diferentes según las horas de luz filtrada por la ría. En el exterior también puede verse la portada gótica, con un diseño en arco apuntado y decoración vegetal y geométrica típica del gótico vasco, sin excesos barrocos añadidos que pudieran distorsionarlo.



La Catedral está declarada Monumento Nacional y forma parte estructural del Camino de Santiago del Norte. Históricamente fue punto real de paso para peregrinos que atravesaban Bilbao por vía marítima y terrestre, lo cual explica la presencia de simbología compostelana en su exterior. Sin necesidad de entrar, observando solo su volumen y su piel de piedra, es fácil entender que este edificio fue el corazón civilizador del Bilbao medieval: el punto donde la villa se organizó, creció y se legitimó como núcleo urbano portuario. Exteriormente, su sola presencia explica el origen de la ciudad.



A cada paso, el visitante descubre detalles que hablan de siglos de historia: escudos en las fachadas, fuentes escondidas, puertas que han visto pasar generaciones. Pero las Siete Calles no son un museo; son un barrio vivo, donde la gente sigue comprando, saludándose y compartiendo mesa como hace quinientos años. Las Siete Calles son la esencia más pura de la ciudad: estrechas, vibrantes, acogedoras y llenas de carácter. Un laberinto encantador donde cada esquina guarda una historia y cada paso huele a tradición.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Euskadi: Un lienzo pintado por el tiempo y el mar (II) Bilbao (I)

 Mi llegada a Bilbao fue una sorpresa. Ya no esperaba una ciudad gris, industrial, marcada por el pasado fabril del norte. Sabía que esa época había terminado. Pero lo que no esperaba era encontrar un lugar tan vibrante, lleno de vida, donde la tradición convive con la vanguardia en un equilibrio perfecto. Bilbao no solo ha cambiado: ha renacido. Y lo ha hecho sin perder su carácter, ese orgullo vasco que se percibe en las calles, en las miradas y en el ritmo sereno de su gente.


Si hay algo que define a Bilbao, más incluso que su arquitectura o su arte, es su ría. A veces pienso que la ciudad no nació en tierra firme, sino en el reflejo de sus aguas. La ría del Nervión —o, como muchos la llaman, simplemente “la ría”— no es solo el centro geográfico de Bilbao, sino su columna vertebral emocional e histórica. Todo, absolutamente todo, ha girado siempre en torno a ella. Hace siglos, estas aguas fueron el punto de partida de los barcos cargados de hierro y carbón, el alma de un Bilbao obrero, rudo, cubierto de humo. Aquí resonaban los martillazos de los astilleros, los silbidos de las fábricas, el rugido metálico de una ciudad que crecía al ritmo del trabajo. La ría olía entonces a hierro y a esfuerzo, y su color era oscuro, casi opaco, como si reflejara el peso del progreso.


Pero el tiempo, como el agua, limpia y transforma. Hoy, pasear por la ría es asistir a uno de los renacimientos urbanos más bellos de Europa. Donde antes hubo fábricas y grúas oxidadas, ahora se extienden paseos ajardinados, esculturas, puentes y arquitectura contemporánea. El aire huele a sal y a vegetación, y las orillas se han llenado de vida: ciclistas, familias, músicos callejeros, viajeros que se dejan seducir por la calma del lugar. 

El Teatro Arriaga es uno de esos lugares en Bilbao donde no hace falta entrar para sentir que estás frente a algo con alma. Está inspirado en la Ópera de París, y eso se nota en cuanto uno llega a la plaza: balcones curvos, ornamentación noble, la piedra jugando con la luz como si quisiera demostrar elegancia sin exceso. Fue inaugurado en 1890 y lleva el nombre de Juan Crisóstomo de Arriaga, el “Mozart español”, nacido en Bilbao y muerto dramáticamente joven, con solo 19 años.


 El edificio que vemos hoy es reconstrucción fiel del original, porque el teatro se quemó en 1914 y volvió a sufrir una gran inundación en 1983 con la ría desbordada. Y aun así sigue en pie —como si el carácter bilbaíno también se construyera aquí, en piedra y memoria: se cae, se levanta, se rehace. Su arquitectura es puro eclecticismo neobarroco de finales del XIX, con fachada simétrica, cúpulas laterales, esculturas alegóricas y un dominio absoluto de la curva sobre la línea recta. Es uno de los edificios más fotografiados y más reconocibles de Bilbao, justo en la entrada natural al Casco Viejo, al otro lado de la ría, como si fuera una puerta ceremonial hacia la ciudad histórica.

Llegamos a la calle Ribera, bajo cuyos soportales encontramos un curioso grupo de frescos, como "La leyenda de Kixmi". Estos paneles incluyen varias obras de distintos autores, con temas que celebran el arte, la ciudad y la tradición bilbaína.

El estilo es contemporáneo en su intención (al menos en algunas piezas), aunque están integradas en un entorno clásico de la ciudad vieja.

Hay un momento en todo viaje a Bilbao en el que uno siente que ha llegado al verdadero origen de la ciudad. No está frente al Guggenheim ni en la Gran Vía moderna, sino a orillas de la ría, donde se alzan dos símbolos que parecen mirarse el uno al otro desde hace siglos: el Mercado de la Ribera y la Iglesia de San Antón.
Juntos forman la postal más genuina de Bilbao, la que aparece incluso en su escudo, como si el alma de la ciudad hubiera nacido allí, entre piedra, hierro y agua.



El Mercado de la Ribera es mucho más que un mercado. Es un espectáculo sensorial, un espacio donde el Bilbao de siempre sigue vivo entre los ecos del pasado. Construido sobre antiguos puestos de venta al aire libre, su edificio actual, con su estructura de hierro, cristal y hormigón, fue durante años el mercado cubierto más grande de Europa. Desde fuera, su arquitectura art déco ya impone: formas geométricas, vidrieras que reflejan la luz sobre la ría, balcones donde se mezclan la historia y la modernidad.

Justo al lado, un poco más arriba, se alza la
Iglesia de San Antón, una joya del gótico vasco que parece proteger al mercado como un viejo guardián. Construida en el siglo XV sobre los restos de una fortaleza, su historia está tan entrelazada con la del propio Bilbao que ambos —la iglesia y el puente vecino— aparecen en el escudo oficial de la ciudad.

Su torre, de piedra dorada por los siglos, se refleja en las aguas del Nervión, creando una imagen que todos los bilbaínos reconocen con orgullo. Dentro, el templo respira sobriedad y recogimiento, con bóvedas altas y un aire medieval que contrasta con el bullicio del mercado. Es como si la iglesia y el mercado representaran las dos almas de Bilbao: la espiritual y la cotidiana, la del trabajo y la del silencio.


Desde el puente de San Antón, las vistas son de esas que se quedan grabadas: a un lado, las fachadas de colores del Casco Viejo, con balcones llenos de flores; al otro, el mercado reluciendo al sol, y más allá, el río que lo conecta todo. Es un lugar que resume siglos de historia en unos pocos metros.

En la otra orilla, la vida sigue con un ritmo más cotidiano. Los barrios de Deusto y Uribitarte se asoman al agua con un aire renovado, donde antiguos almacenes se han convertido en centros culturales, oficinas y cafés con terrazas que miran al río. Cada tramo de la ría parece tener su propio carácter, su propio pulso. Y sin embargo, más allá de la modernidad, hay algo profundamente simbólico en todo esto. La ría ha sido testigo de las dos almas de Bilbao: la del hierro y la del arte, la del esfuerzo y la del renacimiento. Es el espejo donde se reflejan las cicatrices del pasado y el brillo del futuro.




La estación de Abando tiene ese equilibrio tan bilbaíno entre lo funcional y lo bello. Construida en el siglo XIX, cuando el ferrocarril era símbolo de modernidad, fue testigo del bullicio industrial, del humo y del hierro. Hoy, sin embargo, ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder carácter. Los viajeros se mueven entre andenes amplios y señales digitales, pero aún se siente el eco del pasado en las columnas de hierro, en las viejas lámparas, en la piedra gastada de los muros. Allí conviven las prisas del presente con la calma del recuerdo. Algunos llegan con maletas de ruedas, otros con el periódico bajo el brazo, y siempre hay quien se detiene un instante para mirar hacia arriba y dejarse atrapar por sus vidrieras. Porque nadie pasa por Abando sin alzar la vista. Es un gesto inevitable, casi instintivo.

Y hay algo poético en eso: mientras los trenes parten hacia Madrid, Barcelona o Santander, la luz que entra por los cristales sigue anclando a Bilbao a su tierra, a su historia, a su identidad. Es como si la estación respirara por todos los que la cruzan. Fuera, los taxis esperan en fila, el metro se desliza bajo tierra y la ría no está lejos, recordando que toda la ciudad gira en torno a su cauce. Dentro, el reloj marca la hora con la paciencia de quien ha visto miles de despedidas y regresos. Dicen que con la llegada del tren de alta velocidad, Abando volverá a transformarse, y que la estación del futuro será aún más moderna, más abierta, más luminosa. Pero yo espero que las vidrieras sigan ahí, presidiendo el espacio como una bendición. Porque, más allá de los trenes, lo que convierte a esta estación en un lugar único no es su función, sino su alma.


Paseando por la ría de Bilbao, uno se da cuenta de que esta ciudad se reinventa sin dejar de mirarse en el agua. Y justo allí, donde el cauce se curva suavemente, aparece una silueta blanca, ligera, casi etérea. Es el Puente Zubizuri, una de esas obras que no solo se cruzan, sino que se contemplan.. Zubizuri significa “puente blanco” en euskera, y el nombre no podría ser más acertado. Su diseño, obra del arquitecto Santiago Calatrava, parece una metáfora de lo que Bilbao quiso ser tras su transformación urbana: una ciudad moderna, abierta y elegante, que tendió un puente —literal y simbólico— entre su pasado industrial y su presente cultural. El puente se eleva sobre la ría con una grácil curva de acero y un arco inclinado del que cuelgan decenas de tensores que recuerdan las cuerdas de un instrumento musical. Cuando uno lo observa desde el paseo de Uribitarte, tiene la sensación de que flota sobre el agua, como si el aire y la luz sostuvieran su estructura.