La salida en autobús desde Tokio hacia Hakone fue un pequeño descanso dentro del ritmo frenético de la ciudad. Mientras avanzábamos, pude apreciar lo enorme que es la bahía de Tokio, una extensión de agua inmensa que parece no tener fin y que abraza gran parte de la metrópolis. Poco a poco los rascacielos quedaron atrás y el paisaje comenzó a volverse más verde y montañoso. Sentado junto a la ventana, el ambiente se volvió más tranquilo, casi meditativo, como una transición natural entre el Tokio más urbano y la serenidad que me esperaba en Hakone.
Hakone es una zona montañosa situada al suroeste de Tokio, dentro del Parque Nacional Fuji-Hakone-Izu, en la región de Kanagawa. Es un destino famoso por sus paisajes naturales, sus aguas termales (onsen) y por las impresionantes vistas que, en días despejados, ofrece del monte Fuji. Su clima es más fresco que el de la capital: incluso en verano se agradece la brisa de la montaña, y en otoño e invierno la niebla y el frío le dan un aire misterioso y casi mágico al entorno.
Uno de sus grandes atractivos es el teleférico de Hakone (Hakone Ropeway), que conecta diferentes puntos de la zona atravesando valles, lagos y áreas volcánicas activas. Subirse a él es como iniciar un pequeño viaje por encima de un paisaje cambiante: bosques densos, montañas escarpadas y, de repente, el terreno gris e humeante de Ōwakudani, una zona volcánica donde el suelo respira vapor de azufre.
El trayecto en el teleférico de Hakone comienza casi sin que te des cuenta. Las puertas se cierran con suavidad, la cabina se balancea ligeramente… y, en cuestión de segundos, tus pies dejan de tocar la tierra. Abajo queda la estación, diminuta, entre árboles y tejados bajos, mientras delante se abre un paisaje que va cambiando a cada metro de altura. Al principio sobrevuelas un manto verde espeso, salpicado de senderos casi invisibles. El silencio solo se rompe por el leve zumbido del cable y alguna exclamación contenida dentro de la cabina. La sensación no es de vértigo, sino de flotar, como si el tiempo se ralentizara. Poco a poco, el bosque va dando paso a un terreno más abrupto, rocoso, menos amable.
Desde las cabinas, que avanzan lentamente en silencio, se obtienen vistas espectaculares del paisaje. Es una experiencia que combina aventura, naturaleza y contemplación, perfecta para sentir el lado más salvaje y sereno de Japón en un mismo trayecto.
Al llegar a la cima del recorrido del teleférico, lo primero que te envuelve es una mezcla de aire frío, viento y olor a azufre. Estás en pleno Ōwakudani, el “valle del gran hervor”, una de las zonas más impactantes de todo Hakone. Aquí la tierra parece abierta, viva. El suelo respira columnas de vapor blanco que salen de entre las rocas, creando un paisaje casi lunar, áspero e hipnótico.
Los senderos, perfectamente señalizados, te conducen entre zonas de seguridad marcadas y miradores desde los que puedes observar las fumarolas, las piscinas de barro caliente y las grietas del terreno. A cada paso sientes que estás caminando sobre una energía contenida, sobre el recuerdo permanente de la erupción que formó este valle hace miles de años.
En este punto también es imposible no fijarse en uno de los iconos más curiosos del lugar: los huevos negros (kuro-tamago), cocidos en las aguas sulfurosas de la zona. La cáscara se vuelve completamente negra debido a los minerales del agua y, según la tradición local, comer uno alarga la vida siete años. Comprar una bolsita con dos o tres de estos huevos y comerlos allí, con el paisaje humeante de fondo, se convierte casi en un pequeño ritual.
Además, si el clima lo permite, desde los miradores de la cima se obtiene una de las mejores vistas del monte Fuji. En nuestro caso, el clima no acompañó, y lo único que pudimos ver, fue una impenetrable masa de nubes.
En la terminal del teleférico de Hakone hay un rincón muy especial que muchos visitantes descubren casi por sorpresa: un pequeño baño de pies de agua termal, conocido como ashiyu. Se trata de una zona habilitada donde puedes meter los pies en agua caliente natural, proveniente de las mismas fuentes volcánicas que alimentan los onsen de la región. El contraste entre el aire frío de la montaña y el calor que sube lentamente por tus piernas es increíblemente relajante, casi terapéutico. Es un momento de pausa perfecta después del recorrido en las alturas. Mientras tienes los pies sumergidos, puedes observar el paisaje humeante de Ōwakudani, ver pasar las cabinas del teleférico y sentir cómo el cuerpo se desacelera. No es solo una experiencia física, sino también mental: te obliga a detenerte, a respirar, a estar presente.
Lejos de decepcionar, ese clima transformó la experiencia en algo más íntimo y evocador. El silencio era mayor, el ambiente más recogido, y cada imagen parecía sacada de una acuarela japonesa. No fue un día de grandes vistas, sino de sensaciones: calma, misterio, introspección. A veces, viajar no es ver lo que todo el mundo ve, sino sentir el lugar tal y como se presenta, sin filtros. Y Hakone, envuelto en niebla, nos regaló precisamente eso: su lado más enigmático y auténtico.
A lo lejos se distingue el famoso torii rojo del santuario de Hakone-jinja, que parece flotar sobre el agua. Es una imagen profundamente japonesa: el rojo intenso de la puerta sagrada frente al azul del lago y el verde del bosque, un símbolo de transición entre el mundo terrenal y el espiritual.
El trayecto en barco es suave, casi hipnótico. Es el contraste perfecto con la energía salvaje del volcán: aquí todo es calma, equilibrio, contemplación. Es un momento para mirar, respirar y simplemente dejarse llevar.
























