Salir de Tokio desde Tokyo Station (東京駅) es una experiencia en sí misma. No es solo una estación de tren: es el corazón ferroviario del país y un auténtico hormiguero de movimiento constante.
La Tokyo Station, en su fachada de ladrillo rojo, es uno de los edificios más históricos y elegantes de la ciudad. Fue inaugurada en 1914, en plena era Taishō, y su diseño estuvo a cargo del arquitecto japonés Tatsuno Kingo, considerado el padre de la arquitectura moderna en Japón. Se inspiró en las grandes estaciones europeas, especialmente en la estación central de Ámsterdam, algo que se aprecia claramente en su estética clásica. Externamente, el edificio destaca por su larga fachada simétrica de 335 metros, construida con ladrillo rojo oscuro, y por sus tres cúpulas de estilo neobarroco: una central y dos laterales. Estas cúpulas, con detalles en blanco y formas curvas, aportan un aire señorial que contrasta fuertemente con los rascacielos de cristal y acero que la rodean.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la estación sufrió graves daños a causa de los bombardeos aéreos de 1945. Las cúpulas fueron destruidas y, tras la guerra, el edificio fue reconstruido de forma más simple y funcional. Sin embargo, entre 2007 y 2012 se llevó a cabo una restauración histórica minuciosa que devolvió al edificio su apariencia original de tres plantas y cúpulas ornamentadas, respetando los diseños de 1914. Hoy, la estación es un símbolo de la resistencia y la modernización de Japón: un edificio con alma europea, historia japonesa y una presencia imponente en pleno corazón financiero de Tokio, justo frente al Palacio Imperial. Es el perfecto equilibrio entre tradición, cicatriz y renacimiento.
Dentro, lo primero que impresiona es el tamaño y la organización perfecta. Decenas de andenes, pasillos subterráneos interminables, señales claras en japonés e inglés y un flujo continuo de gente que se mueve con una precisión casi coreografiada. Todo ocurre rápido, pero sin caos. Huele a comida recién hecha, a café, a dulces tradicionales. Mucha gente compra su “ekiben” (la cajita de comida típica para el trayecto) justo antes de subir al tren.
Cuando finalmente llegas al andén del Shinkansen, todo se vuelve más solemne y emocionante. Las marcas en el suelo indican exactamente dónde colocarte según tu vagón. Nadie empuja. Todos esperan. Y, de pronto, el tren bala aparece en silencio, brillante, perfectamente alineado, como si no pesara nada.
Subes, encuentras tu asiento, miras por la ventana… y Tokio empieza a alejarse lentamente. Primero los rascacielos, luego los barrios más bajos, después edificios industriales, hasta que la inmensa ciudad se convierte en un fondo difuso.El Monte Fuji se escondía entre las nubes, como si jugara al escondite con quienes lo buscaban. Durante gran parte del trayecto solo dejaba ver su silueta difusa, cubierta por una nube espesa que lo envolvía en misterio. Pero, por unos instantes casi mágicos, las nubes se abrieron y apareció ante mi, imponente, perfecto, con su cima recortándose limpia contra el cielo.
Fue un momento breve, pero justamente por eso resultó aún más especial: una recompensa inesperada, un regalo silencioso de la montaña. Ver el Fuji sin nubes, aunque sea por unos segundos, es casi un privilegio, y convierte ese instante en uno de esos recuerdos que permanecen intactos con el paso del tiempo.
Tras llegar a la estación de tren de Kioto, subimos a un autobús que nos llevaría hasta nuestro siguiente punto de máxima importancia del viaje, Fushimi Inari.
A mi izquierda y derecha aparecen los primeros puestos tradicionales y pequeñas tiendas donde venden amuletos, figuras de zorros, dulces típicos y omamori. Pero seguí recto, atraído por la entrada principal del santuario: el Romon Gate, una estructura majestuosa sostenida por grandes pilares rojos. Es como una bienvenida solemne.
Más adelante encuentras el Honden, el salón principal, donde la gente se detiene a rezar. Algunos lanzan monedas, juntan las manos, otros cierran los ojos durante unos segundos. No hay silencio absoluto, pero sí una calma muy distinta al ruido de la ciudad. Aquí todavía hay bastantes personas, pero sientes que estás a punto de dejar la multitud atrás.
Y entonces aparecen ellos: los primeros túneles de torii.
Dos columnas infinitas de puertas rojas comienzan a envolver el camino. Al principio son anchas, permiten que la gente camine en ambos sentidos, pero poco a poco se van estrechando, cerrándose a tu alrededor. La luz del sol se filtra entre las vigas de madera y crea un juego de sombras y destellos rojizos sobre el suelo. Cada paso resuena de una forma distinta, más profunda, más íntima.
Empiezas a leer algunos nombres grabados en la parte trasera de los torii: nombres de empresas, familias, restaurantes, comerciantes… Son deseos, agradecimientos, sueños convertidos en madera.
El camino empieza a inclinarse levemente. La pendiente es suave, pero constante. Te das cuenta de que estás subiendo la montaña sin apenas notarlo. A ratos escuchas turistas hablando, pero luego hay tramos donde solo se oyen los pájaros, el roce del viento y tus propios pasos.
A los lados del sendero aparecen pequeños altares escondidos entre la vegetación: figuras de zorros cubiertas de musgo, pequeñas velas, monedas, torii en miniatura. Todo parece sacado de un cuento antiguo.
Si decides continuar —como muchos no hacen— el camino se vuelve más solitario. Los torii siguen apareciendo, pero ya no son tan densos. El bosque toma más protagonismo. El aire es más fresco. Aquí Fushimi Inari deja de ser un atractivo turístico y se transforma en algo mucho más espiritual, más personal. En este punto, casi sin darte cuenta, empieza un diálogo silencioso contigo mismo: con tus pensamientos, con tus emociones, con lo que has vivido en el viaje. Cada paso bajo un torii se siente como un capítulo que se cierra o que se abre.
Dejamos atrás el claro donde muchos se detienen. A partir de aquí hay menos voces, menos pasos ajenos. El sendero se vuelve más estrecho, más irregular, y los torii, aunque siguen marcando el camino, ya no forman un túnel perfecto. Aparecen como una sucesión rítmica, casi como latidos de madera roja en medio del bosque.
La luz cambia. Ya no es esa luz directa que se cuela entre cientos de puertas seguidas, sino una más suave, verdeada, tamizada por las hojas altas de los árboles. El entorno se vuelve más salvaje, más antiguo. Aquí es fácil imaginar a monjes, peregrinos y campesinos subiendo durante siglos por el mismo camino, con las mismas preguntas, los mismos deseos. Empiezas a notar la pendiente de verdad. Tu respiración cambia, se hace un poco más consciente. El sonido de la grava bajo tus pies parece más fuerte ahora que todo lo demás está en silencio. A los lados del camino encuentras pequeños altares de piedra, algunos casi cubiertos por la vegetación. Sobre ellos hay monedas, figuritas de zorros, botellas pequeñas de sake, notas escritas a mano. Son ofrendas íntimas, casi secretas. Nadie las ordena. Nadie las quita. Están ahí como susurros dejados al paso del tiempo.
No es una cima espectacular, con grandes monumentos o templos masivos. La cima del Monte Inari es sencilla. Humilde. Hay un pequeño santuario, más torii, más altares diminutos. Y una energía muy distinta a la del inicio: más introspectiva, más silenciosa, más tuya. Llegar hasta aquí no es una cuestión física, es casi un gesto simbólico: elegí seguir cuando otros se dieron la vuelta. Permanecer un rato en la parte alta tiene algo profundamente sanador. Es un lugar perfecto para detener tus pensamientos, para agradecer, para recordar a alguien, para pedir algo… o simplemente para no pedir nada en absoluto.
Después de llegar a la cima —ese punto discreto, silencioso, casi escondido entre árboles, pequeños altares y más torii— no elegí volver por el mismo camino. Tomé la otra ruta, la que rodea la montaña y me devolvería al mundo poco a poco, con otra perspectiva. El ambiente allí es distinto: todavía hay menos gente, más vegetación, más silencio, y una sensación de despedida lenta, como si la montaña no quisiera soltarte tan rápido.
Es en uno de esos tramos donde aparece algo que muchos pasan por alto si van deprisa: el pequeño puesto del artesano de torii en miniatura.
No es una tienda moderna, ni llamativa. Es más bien un espacio humilde, casi detenido en el tiempo. El hombre trabaja en calma, sin prisas, con una mesa sencilla de madera y rodeado de pequeñas puertas torii hechas a mano. Cada una es diferente, ligeramente imperfecta, lo que las hace únicas. No parecen souvenirs… parecen ofrendas personales en miniatura. Y luego está el gesto más especial: el pincel. Lo veo mojar la punta en la tinta negra espesa, tomar la pequeña puerta entre sus manos, y con trazos seguros —lentos, elegantes, casi ceremoniales— escribir los ideogramas de: Felicidad (幸 ), Fortuna (運) y Salud (健)
No es una escritura mecánica. Es caligrafía con intención. Cada trazo tiene peso, equilibrio, respiración. Durante esos segundos no hay turistas, no hay cámaras, no hay ruido. Solo el sonido suave del pincel rozando la madera. Es casi una oración en silencio. Ese pequeño torii que me llevo no es un recuerdo cualquiera. Es un símbolo poderoso: llevo conmigo un fragmento del camino, un deseo bendecido en lo alto de una montaña sagrada.
Al continuar el descenso, algo cambia en la atmósfera. El bosque se abre más, los sonidos regresan poco a poco, y finalmente vuelves a ver gente, tiendas, voces, vida cotidiana. Pero yo ya no era exactamente el mismo que entró horas antes bajo el primer arco rojo. Bajé por un camino diferente, sí. Pero sobre todo bajé diferente por dentro. Fushimi Inari no es solo un lugar que se visita. Es un lugar que, si lo recorres entero como yo hice, deja una marca silenciosa, profunda, casi invisible, pero duradera.
Vuelvo a la base de la montaña, reaparecen los puestos, el murmullo de la gente, el olor a comida callejera flotando en el aire… y allí está la brocheta de cangrejo, humeante, dorada por fuera, con ese aroma marino que se mezcla con el dulzor de las salsas japonesas. El primer bocado fue glorioso, no solo por el sabor, sino por el contexto: comer después de una caminata larga, con las piernas aún sintiendo la subida, con la mente todavía en silencio de templo. Esa brocheta no era solo comida, era el cierre perfecto del ritual, una forma muy humana de volver al mundo real. Crujiente por fuera, jugosa por dentro, ligeramente dulce, con el toque ahumado del grill portátil… Japón tiene ese don de convertir hasta un tentempié en una pequeña ceremonia. Y lo mejor: no hay restaurante elegante que compita con una brocheta callejera que llega justo en el momento exacto
Nara aparece como un suspiro antiguo después de la intensidad de Kioto. Es una ciudad que no te grita, te observa. Y tú entras en ella casi sin darte cuenta, como quien cruza una puerta invisible hacia otro tiempo. Lo primero que cambia es el ritmo. Todo se vuelve más lento, más abierto, más verde. Y entonces aparecen ellos: los ciervos. No están encerrados, no están escondidos, no están al fondo de un recinto… están allí, caminando entre la gente con una naturalidad desconcertante, como si los humanos fueran la atracción y no al revés.
Según la tradición sintoísta, estos ciervos son mensajeros de los dioses, animales sagrados que protegen la ciudad. Por eso nadie los ahuyenta, nadie los aparta. Ellos deciden por dónde pasar, con quién detenerse, a quién observar. Algunos son elegantes, otros descarados, otros directamente expertos en robar galletas con una coreografía casi teatral. Cuando les das una de sus galletas especiales, muchos se inclinan haciendo una pequeña reverencia con la cabeza antes de comerla. Un gesto mínimo que desarma a cualquiera. Como si hubieran aprendido modales budistas después de siglos escuchando plegarias.
Entrar al Tōdai-ji es como atravesar la boca de un gigante de madera que respira historia.
Te acercas primero a la Nandaimon, la enorme puerta de entrada, custodiada por dos feroces guardianes de madera, los Niō. Sus músculos tallados, sus gestos tensos, sus venas marcadas y sus miradas de tormenta parecen detener el tiempo. No están allí para asustar, están allí para proteger. Y el simple hecho de pasar entre ellos ya lo sientes como una prueba silenciosa.
Tras la puerta, el camino se abre y aparece ante ti el Daibutsuden, el Gran Salón del Buda. Aunque el edificio actual “solo” tiene dos tercios del tamaño original, sigue siendo el mayor edificio de madera del mundo. Su fachada oscura, sólida, casi imposible, te hace sentir pequeño, pero también extrañamente a salvo.
Al cruzar el umbral, la luz cambia. El interior es amplio, solemne, impregnado de olor a madera envejecida e incienso suave. Y entonces lo ves: el Gran Buda (Daibutsu). Gigantesco y sereno. Inmóvil y eterno.
Está sentado en posición de loto, con una expresión de calma absoluta, como si nada en este mundo pudiera perturbarlo. Sus manos forman el mudra de la enseñanza, su rostro es suave, equilibrado, casi humano a pesar de su tamaño descomunal. Su cuerpo ocupa gran parte de la sala, pero no resulta aplastante. Al contrario: silencia la mente.
Kokūzō Bosatsu
Se encuentra a un lado del Gran Buda, alto, recto, con una serenidad que contrasta con la masa de bronce de la figura central. Se le asocia con la sabiduría y la memoria. Su gesto es calmado, como si custodiara un conocimiento que no se desgasta con el tiempo.
También podemos ver uno de los “shibi” del templo, también llamados shachihoko cuando tienen forma de criatura fantástica. Es una réplica a tamaño real de la pieza decorativa que corona los extremos del tejado principal del Daibutsuden. Se trata de una pieza ornamental gigantesca, con forma curvada, que representa una especie de criatura con el cuerpo de pez o un ser acuático. Su misión tradicional es proteger el edificio contra incendios, ya que estas criaturas míticas se asocian con el agua. El Daibutsuden ha sido reconstruido varias veces, y estas piezas, originales o restauradas, se exponen dentro para que los visitantes puedan apreciar su tamaño y su diseño, algo imposible de ver cuando están montadas a decenas de metros de altura. El color dorado representa protección divina y prosperidad, y hacía que el remate brillara bajo el sol, visible desde lejos. Era como un sello celestial sobre el edificio. No son adornos: son símbolos de protección, prestigio y conexión con lo divino. Junto a los Niō, los guardianes, estos shibi completan el sistema simbólico del templo: guardianes abajo, protectores acuáticos arriba.
Esta maqueta es una recreación del Tōdai-ji tal como era en su época más gloriosa, no el complejo reducido que vemos hoy. La gran sala del Buda aparece justo en la mitad, majestuosa, pero en su versión antigua, que era más grande que la actual. A los lados, como dos guardianes verticales, se elevan las pagodas Este y Oeste, cada una de casi 100 metros en su versión histórica. Los largos pasillos techados que rodean el patio principal servían para ordenar el espacio ritual y para mantener protegido el movimiento de monjes y visitantes. Son como brazos ceremoniales que cierran un cuadrado perfecto alrededor del Daibutsuden. Salas de oración, accesos, pabellones secundarios: toda esa arquitectura que hoy se ha perdido está recuperada en la maqueta, permitiendo ver cómo funcionaba el lugar como un campus religioso completo, no solo como un edificio aislado.
Es la base de una de las columnas hay un agujero famoso, más o menos del tamaño de la fosa nasal del Buda. Es un pequeño reto: quien consigue atravesarlo, dicen, alcanzará iluminación en su próxima vida. Ver adultos intentando colarse por allí, con cuidado y risas nerviosas, es uno de esos contrastes encantadores que solo Japón puede ofrecer: lo sagrado y lo humano mezclándose sin romper el respeto.
Pero, más allá de la anécdota, lo que realmente permanece es la sensación de estar ante algo que te trasciende en tiempo, en tamaño y en silencio. Te obliga, aunque sea durante unos minutos, a bajar el volumen del mundo dentro de ti.
En la puerta, nos sorprende una imagen muy curiosa.
Binzuru fue un antiguo discípulo de Buda, famoso por su capacidad para curar enfermedades.
En Japón se convirtió en una presencia entrañable: la encarnación del monje que escucha dolores corporales y emocionales sin pedir nada a cambio. La tradición dice que si tocás la parte de la estatua que coincide con la parte de tu cuerpo que te duele, Binzuru te ofrece alivio. Por eso sus rodillas, sus manos o sus hombros suelen verse pulidos por generaciones de manos humanas. Se le viste de rojo como gesto de respeto y para reforzar su función de guardián saludable, casi como entregarle un pequeño manto de energía cálida. Binzuru se encuentra justo en el exterior del Daibutsuden, cerca de la entrada. No está dentro del santuario principal porque, según la tradición, era tan popular entre la gente que Buda “lo puso afuera” para que pudiera atenderlos sin interrumpir la paz interior del templo.
Cuando sales del templo, la luz vuelve a entrarte en los ojos lentamente, y fuera siguen esperando los ciervos, la hierba y el cielo abierto. El mundo te recibe otra vez, pero tú sales diferente. Más en calma, más consciente. Más pequeño… y a la vez más conectado.









































































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