jueves, 1 de enero de 2026

Japón. Viaje a la Tierra del Sol Naciente. Tokio (III) Hakone y el Valle de de Owakudani

 La salida en autobús desde Tokio hacia Hakone fue un pequeño descanso dentro del ritmo frenético de la ciudad. Mientras avanzábamos, pude apreciar lo enorme que es la bahía de Tokio, una extensión de agua inmensa que parece no tener fin y que abraza gran parte de la metrópolis. Poco a poco los rascacielos quedaron atrás y el paisaje comenzó a volverse más verde y montañoso. Sentado junto a la ventana, el ambiente se volvió más tranquilo, casi meditativo, como una transición natural entre el Tokio más urbano y la serenidad que me esperaba en Hakone.



Hakone es una zona montañosa situada al suroeste de Tokio, dentro del Parque Nacional Fuji-Hakone-Izu, en la región de Kanagawa. Es un destino famoso por sus paisajes naturales, sus aguas termales (onsen) y por las impresionantes vistas que, en días despejados, ofrece del monte Fuji. Su clima es más fresco que el de la capital: incluso en verano se agradece la brisa de la montaña, y en otoño e invierno la niebla y el frío le dan un aire misterioso y casi mágico al entorno.

Uno de sus grandes atractivos es el teleférico de Hakone (Hakone Ropeway), que conecta diferentes puntos de la zona atravesando valles, lagos y áreas volcánicas activas. Subirse a él es como iniciar un pequeño viaje por encima de un paisaje cambiante: bosques densos, montañas escarpadas y, de repente, el terreno gris e humeante de Ōwakudani, una zona volcánica donde el suelo respira vapor de azufre.

El trayecto en el teleférico de Hakone comienza casi sin que te des cuenta. Las puertas se cierran con suavidad, la cabina se balancea ligeramente… y, en cuestión de segundos, tus pies dejan de tocar la tierra. Abajo queda la estación, diminuta, entre árboles y tejados bajos, mientras delante se abre un paisaje que va cambiando a cada metro de altura. Al principio sobrevuelas un manto verde espeso, salpicado de senderos casi invisibles. El silencio solo se rompe por el leve zumbido del cable y alguna exclamación contenida dentro de la cabina. La sensación no es de vértigo, sino de flotar, como si el tiempo se ralentizara. Poco a poco, el bosque va dando paso a un terreno más abrupto, rocoso, menos amable.

Desde las cabinas, que avanzan lentamente en silencio, se obtienen vistas espectaculares del paisaje. Es una experiencia que combina aventura, naturaleza y contemplación, perfecta para sentir el lado más salvaje y sereno de Japón en un mismo trayecto.


Entonces aparece Ōwakudani. El color del paisaje cambia bruscamente: los tonos verdes se transforman en grises, ocres y amarillos. Del suelo surgen columnas de vapor que se elevan lentamente, recordándote que estás sobre una zona volcánica activa. El olor a azufre se filtra incluso dentro de la cabina, un aroma fuerte, casi metálico, que refuerza la sensación de estar en una tierra viva, en constante transformación. Cuando finalmente llegas a la cima, no hay prisa por salir. Te quedas unos segundos más dentro de la cabina, observando en silencio, como si cualquier palabra pudiera romper el momento. No es solo un trayecto en teleférico; es una transición entre mundos: del bosque a la piedra, del calor de la tierra al aire frío de la altura, del ruido interior a una calma inesperada.




Al llegar a la cima del recorrido del teleférico, lo primero que te envuelve es una mezcla de aire frío, viento y olor a azufre. Estás en pleno Ōwakudani, el “valle del gran hervor”, una de las zonas más impactantes de todo Hakone. Aquí la tierra parece abierta, viva. El suelo respira columnas de vapor blanco que salen de entre las rocas, creando un paisaje casi lunar, áspero e hipnótico.




Los senderos, perfectamente señalizados, te conducen entre zonas de seguridad marcadas y miradores desde los que puedes observar las fumarolas, las piscinas de barro caliente y las grietas del terreno. A cada paso sientes que estás caminando sobre una energía contenida, sobre el recuerdo permanente de la erupción que formó este valle hace miles de años.

En este punto también es imposible no fijarse en uno de los iconos más curiosos del lugar: los huevos negros (kuro-tamago), cocidos en las aguas sulfurosas de la zona. La cáscara se vuelve completamente negra debido a los minerales del agua y, según la tradición local, comer uno alarga la vida siete años. Comprar una bolsita con dos o tres de estos huevos y comerlos allí, con el paisaje humeante de fondo, se convierte casi en un pequeño ritual.

Además, si el clima lo permite, desde los miradores de la cima se obtiene una de las mejores vistas del monte Fuji. En nuestro caso, el clima no acompañó, y lo único que pudimos ver, fue una impenetrable masa de nubes.


Hay un santuario en la cima, dedicado a las deidades que protegen la montaña y este territorio volcánico. Es una forma de pedir permiso, de mostrar respeto a una tierra tan poderosa como impredecible. Contrasta de una manera muy simbólica con las fumarolas que lo rodean: mientras el suelo hierve y expulsan vapor sin descanso, el pequeño altar permanece quieto, sereno, estable. Las personas que llegan hasta él suelen hacerlo en silencio. Algunos dejan una moneda, otros orean una breve plegaria, otros simplemente se detienen unos segundos, observando. No es un lugar de multitudes ni de fotos ruidosas; es un rincón de recogimiento en medio de un paisaje salvaje. Esa imagen —un santuario diminuto en un entorno volcánico activo— resume algo muy profundo de la cultura japonesa: la idea de que la espiritualidad no está separada de la naturaleza, sino que nace de ella y vive en ella.


En la terminal del teleférico de Hakone hay un rincón muy especial que muchos visitantes descubren casi por sorpresa: un pequeño baño de pies de agua termal, conocido como ashiyuSe trata de una zona habilitada donde puedes meter los pies en agua caliente natural, proveniente de las mismas fuentes volcánicas que alimentan los onsen de la región. El contraste entre el aire frío de la montaña y el calor que sube lentamente por tus piernas es increíblemente relajante, casi terapéutico. Es un momento de pausa perfecta después del recorrido en las alturas. Mientras tienes los pies sumergidos, puedes observar el paisaje humeante de Ōwakudani, ver pasar las cabinas del teleférico y sentir cómo el cuerpo se desacelera. No es solo una experiencia física, sino también mental: te obliga a detenerte, a respirar, a estar presente.


Subimos de nuevo al teleférico. Después del terreno árido y humeante de la cima, el cambio es casi mágico. El camino desciende y, poco a poco, aparece ante ti la superficie tranquila del lago, rodeada de bosques y montañas. El aire sigue siendo fresco, pero ahora se siente más limpio, más húmedo, como si la naturaleza respirara en calma después de tanta intensidad.
Embarcar en el barco turístico que cruza el lago Ashi —muchos con forma de antiguos barcos pirata— es una experiencia casi de cuento. Mientras navegas, el rumor del agua acompaña el paisaje, y todo parece ralentizarse.




Nos tocó un día muy nublado, de esos en los que el cielo se vuelve una manta gris que lo cubre todo. El monte Fuji decidió esconderse por completo, invisible tras las nubes, y el paisaje perdió la foto perfecta que todos esperan… pero ganó otra cosa.


La niebla se deslizaba lentamente sobre el lago Ashi, difuminando las montañas y suavizando los contornos del bosque. El agua se volvió más oscura, más misteriosa, casi como un espejo empañado. El famoso torii rojo del santuario Hakone-jinja apenas se intuía entre la bruma, y eso le daba un aire aún más espiritual, casi fantasmal, como si no perteneciera del todo a este mundo.

Lejos de decepcionar, ese clima transformó la experiencia en algo más íntimo y evocador. El silencio era mayor, el ambiente más recogido, y cada imagen parecía sacada de una acuarela japonesa. No fue un día de grandes vistas, sino de sensaciones: calma, misterio, introspección. A veces, viajar no es ver lo que todo el mundo ve, sino sentir el lugar tal y como se presenta, sin filtros. Y Hakone, envuelto en niebla, nos regaló precisamente eso: su lado más enigmático y auténtico.

A lo lejos se distingue el famoso torii rojo del santuario de Hakone-jinja, que parece flotar sobre el agua. Es una imagen profundamente japonesa: el rojo intenso de la puerta sagrada frente al azul del lago y el verde del bosque, un símbolo de transición entre el mundo terrenal y el espiritual.

El trayecto en barco es suave, casi hipnótico. Es el contraste perfecto con la energía salvaje del volcán: aquí todo es calma, equilibrio, contemplación. Es un momento para mirar, respirar y simplemente dejarse llevar.


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