domingo, 11 de enero de 2026

Japón. Viaje a la Tierra del Sol Naciente. Kioto (V). Tenryu-ji y Arashiyama, el Bosque de Bambú.

 

Tenryū-ji aparece como un suspiro verde después del movimiento. Tras estaciones, calles y cruces, entras… y el mundo baja el volumen.


Estamos en Arashiyama, al oeste de Kioto, una zona donde la ciudad se disuelve poco a poco en naturaleza. Tenryū-ji no es solo un templo zen importante; es uno de los Cinco Grandes Templos Zen de Kioto y, aun así, no presume. Te invita a mirar hacia dentro. Nada más cruzar la entrada, el espacio se abre con una elegancia contenida. Los edificios son sobrios, de madera oscura, líneas limpias, sin exceso. Todo parece diseñado para no distraer. Aquí el protagonista no es la arquitectura, sino lo que la rodea.


Tenryū-ji (天龍寺) fue fundado en 1339, durante el período Muromachi, por orden del shōgun Ashikaga Takauji. El motivo no fue solo religioso: el templo se construyó para apaciguar el espíritu del emperador Go-Daigo, fallecido tras una etapa de conflicto político. En Japón, la memoria y la paz espiritual de los muertos eran asuntos de Estado. El templo se levantó sobre el antiguo emplazamiento de una villa imperial, lo que explica su orientación amplia y elegante, poco habitual para un templo zen más austero.


Desde su origen, Tenryū-ji fue el templo principal de la escuela zen Rinzai, y llegó a ser el más importante de Kioto en su tiempo. Como muchos templos de Kioto, Tenryū-ji ha sufrido numerosos incendios a lo largo de los siglos. Los edificios actuales no son los originales del siglo XIV, pero siguen fielmente el estilo arquitectónico tradicional y la distribución histórica.


Tenryū-ji responde al estilo zen sobrio: madera oscura, sin ornamentación excesiva, espacios amplios y abiertos, conexión directa con el exterior y una gran importancia del vacío y de la luz natural. Aquí la arquitectura no quiere destacar, quiere desaparecer para que el entorno respire.


Las principales estancias eran el Hattō o Salón del Dharma, como edificio principal, donde se impartían enseñanzas zen y se celebraban ceremonias importantes, y el Hojo, residencia del abad, desde donde se contempla el famoso jardín. El suelo de tatami, las puertas correderas y la ausencia de muebles invitan a sentarse y mirar.



Tenryū-ji hoy es: Patrimonio de la Humanidad (UNESCO), uno de los templos zen más importantes de Japón y un lugar donde historia, arquitectura y paisaje dialogan sin ruido.




El jardín de Tenryū-ji es una obra maestra del siglo XIV, diseñada por el monje paisajista Muso Soseki. No ha cambiado prácticamente nada desde entonces. Lo que ves hoy es lo que se veía hace casi setecientos años. Eso, en Japón, es un privilegio silencioso.



Un gran estanque ocupa el centro. Las piedras parecen colocadas al azar, pero no lo están. Los pinos se reflejan en el agua, las montañas del fondo se integran como parte del diseño. No hay frontera clara entre lo creado por el hombre y lo natural. Ese es el truco zen: no imponer, sino acompañarTe sientas, miras. Y sin darte cuenta, empiezas a respirar distinto.



Según la estación, el jardín cambia de carácter: en primavera es delicado, en verano, profundo y verde, en otoño, una explosión contenida de rojos y ocres y en invierno, minimalista, casi abstracto. Tenryū-ji no se recorre rápido. Se contempla. Es un lugar que no te ofrece respuestas, pero te ayuda a dejar de hacer preguntas.


Y cuando sales por la parte trasera, el tránsito es perfecto: casi sin aviso, el camino te conduce directamente al bosque de bambú de Arashiyama, como si el templo te empujara suavemente de vuelta al mundo, pero de una forma más ligera.


El bosque de bambú de Arashiyama  se atraviesa. Y en ese atravesar pasa algo extraño: el tiempo se estira, como si alguien hubiera bajado un punto la gravedad del día. No es un bosque inmenso, pero tampoco lo necesita. Su fuerza no está en la extensión, sino en la verticalidad. Los tallos suben rectos, pulidos, con un verde que no parece natural sino pensado. No hay ramas bajas, no hay distracciones. Todo empuja la mirada hacia arriba y, sin darte cuenta, la respiración se vuelve más lenta.

El suelo es sencillo, casi humilde. Caminos de tierra, algunos tramos empedrados, vallas de madera y bambú entrelazado que no delimitan, sugieren. Nada interrumpe la continuidad visual, ni carteles llamativos, ni colores fuera de sitio. El verde manda. Cuando el viento aparece, el bosque habla. El bambú no cruje como los árboles, sino que produce un murmullo seco, rítmico, casi hueco, como si el aire tocara un instrumento antiguo. Ese sonido está considerado en Japón uno de los paisajes sonoros más bellos del país, y no cuesta entender por qué: no invade, acompaña. La luz aquí se filtra y se fragmenta en láminas finas que cambian a cada paso. Por la mañana es suave y lechosa; al mediodía se vuelve más dura, más gráfica; al atardecer, el verde se apaga y todo adquiere un tono más frío, casi azul.


El bambú tiene además un simbolismo profundo en la cultura japonesa. Representa la flexibilidad, la resistencia silenciosa. Se dobla con el viento, pero no se rompe. Crece rápido, recto, sin esfuerzo aparente. Caminar entre estos tallos es caminar dentro de una metáfora viva. Históricamente, este bosque ha estado ligado a templos, villas aristocráticas y caminos de retiro. No era un lugar de paso cualquiera, sino un espacio pensado para desconectar del ruido del mundo, incluso cuando el mundo estaba mucho más callado que hoy.


Y aun con visitantes, el bosque conserva algo intacto. Basta detenerse un momento, dejar pasar a otros, quedarse quieto. En cuanto el movimiento se diluye, el bambú recupera su dominio. El lugar vuelve a ser suyo. Sales del bosque sin una gran imagen épica, sin una foto definitiva. Sales con una sensación más difícil de explicar: como si te hubieran enderezado por dentro, igual que esos tallos que siguen creciendo hacia el cielo sin preguntar.



Debajo del bosque, casi como un descanso natural después de tanta verticalidad, aparece el río Katsura. Si el bambú obliga a mirar hacia arriba, el río te devuelve la mirada al horizonte. El Katsura no irrumpe, se ensancha. Su curso aquí es amplio, sereno, con un ritmo lento que parece pensado para reflejar el paisaje sin deformarlo. El agua se desliza, y en esa calma se cuelan las montañas de Arashiyama, los árboles de la orilla y el cielo cambiante de Kioto. Las orillas están cuidadas pero no domesticadas. Piedras grandes, vegetación baja, senderos donde la gente se sienta sin ceremonia. Es un río vivido, no monumental. Durante siglos ha sido vía de transporte, lugar de ocio y escenario poético. La aristocracia venía aquí a contemplar las estaciones, a escribir versos, a dejar que el tiempo hiciera su trabajo.


En el río aparecen a veces barcas tradicionales, largas y estrechas, que se mueven con una lentitud casi ceremonial. No buscan velocidad, sino presencia. Verlas pasar refuerza la sensación de que aquí las cosas suceden despacio porque así deben suceder.

El puente Togetsukyō, justo sobre este tramo, es el punto de unión entre todo. De madera clara y líneas simples, no compite con el paisaje sino que lo acompaña. Su nombre, “El puente que cruza la luna”, suena a exageración hasta que lo ves reflejado al atardecer, con la luz baja y el agua convertida en espejo roto. En primavera, los cerezos se asoman desde la orilla y el agua se llena de pétalos errantes. En otoño, los arces tiñen el reflejo de rojos profundos. En verano, el verde lo domina todo y el río refresca incluso sin tocarlo. En invierno, el paisaje se vuelve gráfico, casi en blanco y negro.

El Katsura funciona como un punto de equilibrio. Después del recogimiento del templo y la abstracción del bambú, el río devuelve al cuerpo al mundo físico. Aquí la gente camina, se sienta, observa. No hay prisa ni objetivo. Arashiyama no se entiende sin este río. Es su pausa larga, su respiración profunda. Un lugar donde el viaje deja de ser itinerario y se convierte, simplemente, en estar.

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