El edificio fue originalmente la villa de descanso del shōgun Ashikaga Yoshimitsu, construida a finales del siglo XIV, en pleno período Muromachi. No nació como templo, sino como refugio estético, político y espiritual. Tras la muerte de Yoshimitsu, la villa se transformó en templo zen de la escuela Rinzai, según su voluntad.
Paradójicamente, este incendio reforzó el simbolismo del lugar: destrucción y renacimiento, la no permanencia, la belleza efímera. Nada podría haber sido más zen.
Cada planta representa un estilo arquitectónico distinto, como si el edificio resumiera Japón en vertical.
El recorrido alrededor del estanque es circular, no hay atajos. El visitante rodea el pabellón lentamente, viéndolo desde ángulos distintos. Cada curva ofrece una composición nueva: ramas que lo ocultan, reflejos que lo fragmentan, islas de piedra que lo enmarcan. El jardín es de tipo kaiyū-shiki, diseñado para ser recorrido, no contemplado desde un único punto. Las piedras emergen del agua como montañas simbólicas. Los pinos, cuidadosamente moldeados, sugieren antigüedad, permanencia.
Este grupo de piedras dispuestas en círculo con una pequeña estupa de piedra en el centro, llamado Anmintaku, es un lugar de ofrendas populares. No forma parte del recorrido solemne del templo, sino de su dimensión más humana, casi íntima. Las monedas esparcidas por el suelo no son descuido ni vandalismo, son deseos lanzados para conseguir salud, seguridad, tranquilidad o estabilidad familiar.
Históricamente, estos espacios servían para que la gente común pudiera depositar preocupaciones en un lugar concreto, sin necesidad de intermediarios ni rituales complejos. Era una forma de decir: “que esto quede aquí”. En el centro, el gorintō o estupa de cinco elementos introduce una idea fundamental del budismo japonés: todo deseo humano debe convivir con la no permanencia.
Dentro del recinto del Kinkaku-ji, entre árboles y senderos secundarios, aparece una chashitsu, una cabaña destinada a la ceremonia del té. Es pequeña, austera, de materiales humildes: madera, barro y paja. Nada brilla y nada reclama atención.
Wabi frente a esplendor El Kinkaku-ji representa el ideal aristocrático: belleza visible, poder refinado y luz reflejada. La cabaña del té representa el wabi-cha: la belleza de lo simple, lo imperfecto, lo contenido. Ambos conceptos nacen en el mismo país, pero dialogan desde extremos opuestos. Caminar del pabellón dorado a la cabaña del té es pasar de la admiración al recogimiento.
La chashitsu sigue las reglas tradicionales: una entrada baja, obligando a inclinarse para entrar en un espacio reducido, pensado para pocos invitados, ventanas pequeñas, luz medida y materiales naturales sin tratar en exceso
El camino que conduce a ella, el roji o “sendero del rocío”, no es un simple acceso. Es una transición mental. Cada paso prepara al visitante para dejar fuera el mundo exterior.
Tras el oro, el jardín, el estanque, la cabaña del té y la calma medida, aparece un pequeño templo de madera, el Fudō-dō, discreto pero cargado de tensión simbólica. Fudō Myōō significa “El Inamovible”.
Colocar este templo al final del recorrido no es casualidad. En este salón se realizan ceremonias "goma", rituales de fuego en los que se queman tablillas de madera con deseos, miedos o plegarias escritas.
Sanjūsangen-dō: el salón que no se acaba. Su nombre completo es Rengeō-in, pero todo el mundo lo llama Sanjūsangen-dō, “el salón de las treinta y tres intercolumnas”. Y el nombre no es poesía: es arquitectura pura. El edificio mide más de 120 metros de largo, todo en madera, una línea casi interminable en el este de Kioto.
A cada lado, alineadas en filas perfectas, se extienden 1.000 estatuas de Kannon, todas aparentemente iguales… y ninguna idéntica.
Cada rostro tiene una leve variación: una mirada más baja, una sonrisa apenas insinuada o un gesto que parece reconocerte. La tradición dice que entre ellas está tu propia Kannon, la que refleja exactamente tu estado interior. Cada Kannon fue tallada en madera de ciprés japonés (hinoki), utilizando la técnica yosegi-zukuri, ensamblando piezas huecas para evitar grietas y dar ligereza. El número mil no es literal, sino simbólico. Representa lo incontable, lo ilimitado.
El jardín se extiende principalmente a lo largo del edificio, acompañando la inmensa fachada de madera. No se presenta como un espacio central, sino como un marco silencioso.
Sus elementos principales son la grava clara cuidadosamente rastrillada, los arbustos bajos, nunca invasivos, los árboles colocados con distancia, dejando pasar el aire y el musgo en las zonas sombrías. Todo mantiene la horizontalidad que dialoga con la longitud del salón. El jardín de Sanjūsangen-dō no busca quedarse en la memoria como imagen, sino como transición. Es el espacio donde dejas atrás las mil Kannon sin cerrarlas del todo, como si siguieran caminando contigo, pero ya sin necesidad de mirarlas.
Las calles son estrechas y ordenadas. Las machiya, casas tradicionales de madera, presentan fachadas cerradas con celosías que filtran la luz y protegen la intimidad. Desde fuera, casi nada se muestra. El interior queda reservado, y esa reserva forma parte del carácter del barrio.
Hanami-kōji es la calle más conocida. No por su tamaño ni por un monumento concreto, sino porque concentra muchas casas de té históricas. Al atardecer, cuando se encienden las linternas, el barrio adquiere un ritmo más pausado. No ocurre nada extraordinario, y precisamente ahí está su atractivo.
En el corazón de Gion, donde las calles parecen ríos de piedra que reflejan siglos de pasos humanos, se yergue la pagoda que los locales llaman Sayaka. Su silueta de cinco pisos se eleva con elegante resistencia, como si cada nivel fuera un suspiro atrapado del pasado. También llamada Yasaka-no-tō, forma parte del templo Hōkan-ji, un templo budista situado en el área de Gion / Higashiyama, en Kioto. No pertenece al santuario sintoísta Yasaka, aunque el nombre y la cercanía han causado confusión durante siglos. La fundación original del templo Hōkan-ji se sitúa tradicionalmente en el siglo VII, durante el período Asuka. Algunas tradiciones lo atribuyen al príncipe Shōtoku, figura clave en la introducción y consolidación del budismo en Japón, aunque esto no puede confirmarse con certeza documental. La estructura que se conserva hoy data de 1440, en el período Muromachi. Es una pagoda de cinco pisos (gojū-no-tō), una forma arquitectónica asociada a la cosmología budista. Mide aproximadamente 46 metros de altura y está construida principalmente en madera, siguiendo técnicas tradicionales japonesas que permiten cierta flexibilidad ante terremotos. A lo largo de su historia, el templo y la pagoda fueron destruidos varias veces por incendios, algo común en Kioto.
Cada reconstrucción respetó el diseño tradicional, lo que explica su apariencia coherente a lo largo de los siglos. El templo Hōkan-ji está asociado al budismo zen, específicamente a la escuela Rinzai. La pagoda en sí es un relicario simbólico, como todas las pagodas budistas, concebida para albergar reliquias y representar el eje espiritual entre la tierra y el cielo. Durante el período Edo, la pagoda quedó integrada en el tejido urbano de Gion, un barrio que combinaba templos, residencias y casas de entretenimiento. A diferencia de otros templos más aislados, esta pagoda siempre convivió con la vida cotidiana de la ciudad. Es uno de los iconos visuales más reconocibles de Kioto, protegida como bien cultural. Aunque el interior solo se abre en ocasiones especiales, el exterior se mantiene como punto de referencia histórico y espiritual.
El Yasaka Jinja se funda, según la tradición, en el año 656, antes incluso de que Kioto fuera capital. En sus inicios no era un santuario de celebración, sino de contención: su función principal era apaciguar fuerzas consideradas peligrosas, especialmente las vinculadas a epidemias y desgracias colectivas. En una sociedad donde la enfermedad se entendía como manifestación espiritual, este santuario cumplía un papel crucial.
La deidad central es Susanoo-no-Mikoto, un kami complejo, asociado tanto a la destrucción como a la protección. Junto a él se veneran: Kushinadahime, su consorte y Yahashira-no-Mikogami, los ocho hijos divinos. Esta tríada refuerza la idea del santuario como un espacio donde el caos se domestica y se transforma en orden. Durante siglos, Yasaka Jinja fue un santuario goryō, dedicado a calmar espíritus vengativos que se creía causaban enfermedades. En tiempos de epidemias, la ciudad dirigía sus rituales aquí, convirtiéndolo en un punto clave de la salud espiritual colectiva.
Con el paso del tiempo, su función se amplió: de lugar de apaciguamiento pasó a ser también protector de la ciudad y, más adelante, centro ritual del barrio de Gion.
El crecimiento de Gion está íntimamente ligado al santuario. Comerciantes, artistas y residentes se establecieron en sus alrededores, creando un barrio que vivía entre lo sagrado y lo mundano. El Yasaka Jinja no rechazó esa cercanía; la absorbió, permitiendo que la vida urbana y la devoción convivieran.
Esa relación explica por qué Gion desarrolló un carácter único: disciplinado por rituales, pero vibrante en lo cotidiano.
Históricamente, el Yasaka Jinja no fue un lugar de retiro, sino de interacción constante: entre enfermedad y protección, entre ciudad y ritual, entre miedo y esperanza. Su permanencia durante más de mil trescientos años no se debe solo a su antigüedad, sino a su capacidad de adaptarse sin perder su función esencial.
Es, en muchos sentidos, el pulso espiritual de Gion: no elevado ni distante, sino presente, cotidiano y profundamente arraigado en la vida de Kioto.


























No hay comentarios:
Publicar un comentario